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Domingo, 25 de septiembre de 2005

PERSONAJES > NICOLE KIDMAN: EL CASO DE LA RUBIA PLATINO

Mirarla o verla

Para algunos es una actriz extraordinaria que le recuerda al público, como ya nadie hace, lo que era actuar. Para otros, su talento es menor pero su belleza lo explica todo. Y para los de más allá, su magia está en ese algo inasible que irradia. En cualquier caso, mientras otras se conforman con ser actrices o estrellas, Nicole Kidman parece la única diva del cine.

 Por Rodrigo Fresán

UNO En su tan imprescindible como elegantemente maligno y gloriosamente subjetivo New Biographical Dictionary of Film, a la altura de la entrada dedicada a Nicole Kidman, el especialista inglés David Thomson afirma: “Pueden existir ciertos límites a su talento, sí; pero tanto en ambición como en la diáfana lujuria que despide al plantarse frente a la cámara ella es una auténtica estrella y una fuerza sin límites”.

Tiene razón.

DOS Entro en Google, escribo Nicole Kidman, presiono search, se me proponen de entrada 1.860.000 opciones para el click y, qué sentido tiene seguir, salgo de Google. Me concentro, en cambio, en tres revistas recientes que tengo sobre mi escritorio: El Gatopardo, Glamour y Vanity Fair. En la portada de las tres está Nicole Kidman y la lectura de los tres artículos –en tres estilos muy diferentes– acaban produciendo la misma impresión: salimos de ellos igual que entramos, sin saber nada demasiado nuevo sobre Nicole Kidman; porque Nicole Kidman es quien decide lo que debemos saber sobre ella. Y la idea es que no se sepa mucho más de lo que nos cuenta en sus películas, cuando Nicole Kidman se convierte en otra. De acuerdo: sabemos que nació en Hawai en 1967, que su apodo es “Nic”, que es pelirroja, que pasó buena parte de su juventud en Australia, que dejó el colegio secundario para dedicarse a la actuación, que suele ser más alta que casi todos sus coprotagonistas masculinos, que es una de las primeras estrellas en la flamante Avenue of the Stars de Londres, que es madre adoptiva de Isabella Jane (nacida en 1993) y de Connor Antony (nacido en 1995), y que se casó con un actor muy famoso en 1990 quien –todo parece indicarlo– la descartó como un juguete viejo en el 2001 en el nombre de la Cientología. Y todos felices, porque el que el actual Amo del Universo le diera salida significó su triunfo como actriz y porque el gusto un tanto vulgar de la chica a la hora de elegir partenaires mediocres (¡ese video-clip con Robbie Williams! ¡Lenny Kravitz!) nos prueba que, después de todo, no es perfecta.

TRES Y fueron muchos los que la vieron o la miraron por primera vez junto al pequeño gran hombre en Días de trueno o en Un horizonte lejano; o en ese thriller marino que es Terror a bordo. Yo, en cambio, la vi por primera vez en una humilde y sensible y deliciosa película australiana: Flirting, de 1991. Allí, Nicole Kidman tiene un papel secundario, pero parece devorarse la película. Eso sí: con la boca cerrada, de a bocados perfectos, con admirable educación y modales perfectos. Y uno allí, al otro lado de la mesa o de la pantalla, viéndola.

O mirándola.

Lo que me lleva a lo del título.

Porque a Nicole Kidman se la puede ver o se la puede mirar. Me explico: a Nicole Kidman se la puede ver en muchas de las muy malas películas que hizo e incluso en varias de las que se suponen buenas como La intérprete (donde la pobre chica soporta con entereza al siempre sollozante Sean Penn) o en Cold Mountain (donde se esfuerza en despertar algo de pasión en el gélido Jude Law) o en Dogville (donde se pone al servicio de las tonterías formales de Lars Von Trier) o en Billy Bathgate (donde todo el tiempo parece preguntarse qué hago yo en una película como ésta). Es decir: Nicole Kidman –el acto de mirarla– vuelve soportable cualquier cosa, porque allí está ella despidiendo esa radiación que tuvieron Greta Garbo y Audrey Hepburn. Digámoslo: una película con Nicole Kidman es, de algún modo, una película de Nicole Kidman.

En sus buenas películas (o en sus buenas películas un poco fallidas) recibimos, en cambio, el regalo extra de poder verla. Pensar en Todo por un sueño, Retrato de una dama, Ojos bien cerrados, Moulin Rouge, Ruleta rusa, Las horas, La mancha humana y –por encima de todo– en esas dos incuestionables obras maestras de director y actriz que son Los otros de Alejandro Amenábar y, muy especialmente, ese milagro que es Reencarnación de Jonathan Glazer. Recordar, en la última, ese primerísimo plano de su rostro, tres atronadores minutos de silencio donde se nos ofrece todo un catálogo de emociones. Allí, entonces, la ligereza del mirar se convierte en las profundidades del ver. Allí, mirando a Nicole Kidman, pensamos: “Ah, así que esto era eso de actuar”.

CUATRO La mala noticia es que Bewitched –al igual que la reciente The Steptford Wives– es otra de las de mirarla. Ya saben: reformulación de la serie de televisión emitida entre 1964 y 1972 que, en perspectiva, se entiende ahora como un manifiesto casi subliminal del feminismo entonces naciente pero, también, retorcidamente machista porque, bueno, las mujeres independientes y con power no pueden ser sino unas brujas. Y si la serie sirvió para elevar en escoba a los cielos de la fama a la muy adorable Elizabeth Montgomery (hija del galán Robert Montgomery y hasta su muerte encasillada en el rol de la hechicera doméstica Samantha Stephens), lo cierto es que Nicole Kidman, en los cielos desde hace años, desciende bastante para ponerse a la altura de esta película y, sobre todo, del insoportable Will Ferrell (aunque hay que admitir que los Darin de la serie, Dick York y Dick Sargent, ya eran insoportables, y que el gag de la botella de ketchup tiene lo suyo). Aún así, el guión de las hermanas Ephron –Nora dirige– tiene una vuelta de tuerca interesante: en un paisaje saturado de películas basadas en series de televisión, esta Hechizada revisitada es una película inspirada en una serie que trata sobre la revisitación de la serie en cuestión. Y si –como dicen los malvados– Nicole Kidman se ganó un Oscar con la ayuda de una nariz postiza en Las horas, entonces en Bewitched mueve la nariz con relativo buen olfato sabiendo que no hay nada para ganar –salvo un buen puñado de millones de dólares– en este entretenimiento amable. Un film apenas redimido por el siempre confiable Michael Caine (una vez más en el rol de Michael Caine) y por el masoquista placer que produce mirar a Shirley McLaine intentando, en vano, hacernos olvidar la insuperable Endora de Agnes Moorhead. Y lo cierto es que Nicole Kidman ya había hecho de bruja –con más gracia y perversión y malicia– en Practical Magic junto a la insípida Sandra Bullock, otra que se quedó por el camino de ladrillos amarillos rumbo a la Ciudad Esmeralda donde moran las contadas divas absolutas. La próxima en descarrilar será la insoportable Jennifer López. Y después Catherine Zeta-Jones (quien, dicen, odia a Nicole Kidman porque está convencida de que se queda con todos los papeles que en realidad son para ella). Y ya falta menos para que a algún productor se le ocurra juntar los muchísimos millones necesarios para orquestar lo que será el duelo más impresionante de todos los tiempos: Nicole Kidman versus Julia Roberts. Hagan sus apuestas... Pero, antes de perder dinero, un pequeño tip: mientras que los fans de Julia Roberts son los espectadores, los fans de Nicole Kidman –ya sean los fabricantes de blockbusters veraniegos o los que cultivan otoñales frutos indies– son los directores. Y el público cambia pero los directores permanecen. Todo esto para decir que cuesta poco y nada imaginar a Nicole Kidman actuando frente a una cámara hasta el día antes de que caiga el telón de la obra de su vida.

CINCO Pero antes de eso, mientras tanto y hasta entonces, ahí, quiero volver a ver a Nicole Kidman para dejar de mirarla: en Fur, junto a Robert Downey, Jr., la inminente biopic sobre la suicida fotógrafa de freaks Diane Arbus. Porque –conclusión interesante– a Nicole Kidman se le dan muy bien las historias de fantasmas verdaderos o falsos (Los otros y Reencarnación) y las de suicidas (Las horas y ahora Fur) o, valga la reincidencia, de fantasmas suicidas (Los otros, si mi memoria no me engaña). Y –otra no tan libre asociación de ideas– si Christian Bale es el mejor Batman, entonces Nicole Kidman es la mejor novia de Batman, y qué pena que Christopher Nolan no haya optado por ella para Batman Begins en lugar de elegir a la muy pequeña en todo sentido Katie Holmes quien, curiosamente, se dispone a asumir el difícil rol de futura esposa de ya saben quién. De seguir así la cosa, la Academia tendrá que agregar una nueva categoría: Oscar a la más creíble mujer de...

SEIS... y releo las tres entrevistas a Nicole Kidman de atrás hacia delante y en la edición británica de Glamour (en la portada aparece como la perfecta cruza de Barbie con Grace Kelly) se muestra como madre abnegada y profesional atareada y, negándose a contestar sobre las órbitas y revoluciones recientes de su ex esposo, ofrece una retahíla perfectamente maquillada de lugares comunes en plan “¡Yuck! ¡Qué duro es ser adulta!”. En Vanity Fair y con look Ingrid Bergman –luego de darnos la buena noticia de que es muy posible que muy pronto será dirigida por Wong Kar Wai (verla) y que protagonizara “una de extraterrestres” (mirarla)– se permite un momento de elegante y revanchista sabiduría: la periodista saca el tema del enamorado saltarín y aullante por sets de televisión y premiéres mundiales y Nicole Kidman se limita a comentar, enarcando una ceja y frunciendo la nariz que “Si te pones a explotar tu vida privada en público, entonces ¿qué es real y qué no lo es?”. Y en Gatopardo –desmelenada y despeinada como la post-orgásmica Jane Fonda de Barbarella– está lo mejor de todo. Allí, Nicole Kidman cuenta que una noche, mientras cenaba con el escritor Philip Roth –la actriz preparaba el rol para la adaptación cinematográfica de la novela La mancha humana– se le ocurrió preguntarle el porqué de algo de su personaje. Cuenta la actriz que Roth la vio fijo –no la miró– y le contestó: “Nicole, trata de eliminar de las conversaciones el tema del porqué”.

Dicho esto, elimino yo también el tema de por qué ver o mirar a Nicole Kidman.

Que se las arregle sola.

Después de todo, ella nunca necesitó la ayuda de nadie y mucho menos la mía.

Y –como bien apunta Robert Kolber en su ensayo A Cinema of Loneliness– a no olvidarlo, a tenerlo siempre presente: de los labios de Nicole Kidman, en el último segundo de Ojos bien cerrados, sale la última palabra en el cine del más grande, de Stanley Kubrick.

Y esa palabra es Fuck.

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Alcanza con recordar ese primerísimo plano de su rostro en Reencarnación, tres atronadores minutos de silencio donde se nos ofrece todo un catálogo de emociones. Allí, entonces, la ligereza del mirar se convierte en las profundidades del ver. Allí, mirando a Nicole Kidman,pensamos: “Ah, así que esto era eso de actuar”.
 
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