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Domingo, 4 de junio de 2006

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La patria transpirada

 Por Juan Sasturain

Para entender la pasión futbolera no se puede empezar por los estridentes mundiales: éste es el lugar al que hemos venido a parar. La prepotencia de lo que nos ocupa y ocupará la tensión y la atención por estos días –semanas saturadas de pantallas de fondo verde, trastrueque de prioridades laborales, alteraciones de sueño y de conducta, amores y/o parejas en stand by– sólo se puede entender como punto de llegada, una desaforada ceremonia universal en la que se le pasa lista prácticamente a todo el mundo. Pero todo lo que significa el fútbol viene de mucho más lejos; o de más cerca, mejor. Porque en el comienzo es sólo la pelota y la amistad, con ella misma y con los otros pateadores. El gusto, el placer de jugar e inmediatamente la práctica de competir: porque el fútbol es juego colectivo de competencia. Nosotros y ellos están desde el inicio, son fundantes, insoslayables. El resto, desarrollo de la primera partición que cristaliza las piezas anárquicas del picado. Hay que empezar por ahí para entender la cuestión de los colores.

Los clubes históricos del fútbol argentino –de Boca y River a Quilmes y Chacarita; los de la B, los de cada liga del Interior: grandes, medianos y chicos– suelen ser vistos y descriptos como el resultado de un proceso común, ejemplar en muchos sentidos. Tras un tiempo de jugar juntos, los muchachos del barrio, del colegio, del mismo laburo o del mismo pueblo se constituyen en equipo, eligen un nombre y adoptan una camiseta, los consabidos colores. Algo o mucho después, cuando esos meros equipos devienen institución formal –algo que suele coincidir con la sede social y/o la cancha propias– ya convertidos en clubes, tienden, entre otras cosas, a adoptar toda una serie de elementos –escudito, bandera, himno o marcha adecuados– homólogos al repertorio simbólico del propio país, la patria (si cabe) que los contiene. El gesto es muy fuerte –y muy enfermo, según el sentido común en decadencia– y las lealtades que generan los colores vinculados con la esquiva pelotita llegan muy lejos; tanto, que muchas veces la simbología futbolera se hace progresiva portadora de sentida identidad, se superpone a los codazos con cualquier otra escarapela en desuso o retirada (la religión, por ejemplo; la política cada vez más), y define y autodefine a la gente, se convierte incluso en alternativa a la nacionalidad.

Porque no hay que olvidar que, más allá de mandatos políticamente correctos, la Selección es siempre posterior (lógica y temporalmente) a los clubes; la Bandera llega después que los colores; propone un amor, una fe diferentes. Es interesante ver entonces qué pasa en el fútbol y en el corazón futbolero cuando –a veces, cada tanto– el club es la patria, cuando los nuevos/viejos emblemas nacionales unifican o pretenden unificar los irreductibles fervores partidarios.

Para la patria –Belgrano los quiso ésos y así–, en el origen están los colores plasmados en la bandera, todo baja de allí. En el fútbol, los colores viven en la camiseta y suben, desde ahí, a la tribuna: la camiseta es al club lo que la bandera a la patria, el emblema madre. Con la patria en juego o de por medio, la bandera debe ser honrada, respetada, defendida –cuerpo y armas mediante, se supone– hasta la muerte. Aunque ya se sabe qué suele hacerse con la bandera (honores públicos, vejaciones privadas), vale la pena repasar qué se ha hecho y se hace con la camiseta cuando está hecha con los colores, los pedazos de la enseña patria. Porque en el fútbol, donde hay pseudobatallas todos los domingos, los símbolos se usan, se arriesgan cada vez, se combate con y por ellos.

El cruce de fútbol e identidad nacional suele dar resultados fuertes. En una memorable película típica del cine del Este de principios de los ‘60, Match en el infierno, de Zoltan Fabri, el equipo de fútbol de los prisioneros le ganaba un desafío al de los nazis en el campo de concentración. Claro que la fiesta arruinada y la humillación subsiguiente se pagaban con la muerte: todo terminaba con la toma subjetiva de la ametralladora final barriendo el campo de juego desde lo alto de la tribuna. La victoria deportiva y moral de los oprimidos era, en la película húngara, una doble respuesta artísticamente compensatoria: a la brutalidad de la ocupación durante la guerra y –en otro nivel– a la final del Mundial de Suiza 54, donde los alemanes, con Rahn y Fritz Walter, ganaron 3-2 una final imperdible para los vistosos magiares de Puskas y Kubala, y postergaron para siempre la hora del desquite.

Veinte años después, un desganado John Huston –que sabía de muchas cosas pero nada de fútbol– contó en Escape a la victoria un partido parecido, pero en París, con Ardiles, Pelé y el ronco Stallone al arco, y que terminaba bien. Los alemanes eran más tontos que los de Combate. La historia era un asco, pero los yanquis puestos a hacer películas de guerra caliente, tibia o fría nunca creyeron en metáforas o en justicia poética. Alevosos o más o menos patrioteros, los filmes usaron el fútbol como lugar de identificación para la buena y justa causa de los hábiles ocasionalmente en desventaja.

Análogamente, nosotros podríamos haber hecho o hacer aún una película ambientada en los suburbios ventosos de Puerto Argentino, con una canchita de turba y poco pasto para que se enfrenten prisioneros argies y soldados ingleses mejor comidos en un desafío de posguerra. Gana Argentina, claro, con un arquerito correntino que ataja un penal sobre la hora; los despechados ingleses obligan a los nuestros a bañarse en aguas heladas a punta de fusil. Hay un pibe de Boca, otro de River, y una escena final en que, muertos de frío, se abrigan con banderas futboleras intercambiadas ante los sorprendidos británicos. Supongo, sin embargo, que cierto pudor mal procesado no nos autoriza el gustazo ficcional.

Aunque tal vez, por nuestra salud como comunidad, sea mejor así.

Estas líneas son parte del prólogo a La patria transpirada: Argentina en los Mundiales 1930-2006, el libro de Juan Sasturain que Gárgola ediciones distribuye por estos días en Buenos Aires.

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