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Domingo, 4 de junio de 2006

NOTA DE TAPA 1

El miedo del arquero frente al tiro del penal

La publicidad trabaja a todo motor. Los souvenirs incluyen hasta botellas con “aire del Mundial”. Los medios celebran expectantes las llegadas de las selecciones a las distintas sedes. Y la mirada del mundo ya está sobre ellos. Pero entre los habitantes del país europeo que más concurre a la cancha, el Mundial no termina de encender una auténtica pasión. Desde el pragmático escepticismo en su equipo al ominoso fantasma del nacionalismo nazi, los motivos son diversos y Radar estuvo ahí para averiguarlo.

 Por Mariana Enriquez

* desde Colonia, Alemania

“Un momento de hacer amigos.” Tal el slogan de la Copa del Mundo 2006 y el motivo de desvelo de los anfitriones, profundamente temerosos de no estar a la altura, pero al mismo tiempo contenidos. La hermosa ciudad de Colonia, que en Europa se conoce como “la Roma del Norte”, no parece una sede del Mundial. Está imbuida del talante de los alemanes de cara a esta Copa: o bien tratan de ignorar la espera dentro de lo posible, o intentan tomárselo con cierta ironía defensiva, o rezongan a viva voz, convencidos de la futura catástrofe del equipo local, que a nadie convence y a nadie gusta. En televisión, Jürgen Klinsmann y Oliver Bierhoff (técnico y manager del seleccionado, respectivamente) comentan los partidos de la Champions League –al momento de escribir esta crónica, Barcelona estaba a punto de salir campeón– con mucho profesionalismo y poco entusiasmo. Para comprender el grado de pesimismo, basta decir que el 50 por ciento de los alemanes no cree que el equipo pueda salir campeón (ni siquiera con la ventaja objetiva e histórica de ser anfitrión) y que Klinsmann todavía no anunció su retiro, pero se sabe que esta Copa es lo último que hará con el seleccionado.

A la antipatía contra el ex ídolo –parecen ya lejanas las épocas en que el rubio delantero arrancaba rugidos de los teutones con su infalibilidad voladora– contribuyó sin duda el Káiser Franz Beckenbauer, que puso el grito en el cielo hace unos meses, cuando Klinsmann se pegó un gran faltazo y no concurrió a un workshop de técnicos de equipos de la Copa del Mundo (en cambio, viajó a Los Angeles, donde reside con su familia, con una excusa del orden de lo personal). “El entrenador del país anfitrión debe estar aquí, eso está fuera de cuestión”, bramó el Káiser. “Si pensara más en esto, las palabras que elegiría serían drásticas. Siempre le digo a Klinsmann que tiene que pasar más tiempo en Alemania.” Cuando esta semana Alemania empató casi desesperadamente con Japón, los diarios titularon “Catástrofe” y “Humillación”. Casi que disfrutan del regodeo. Casi que el malhumor les resulta más sencillo que el entusiasmo. Porque pintarse la cara de negro, rojo y amarillo, enarbolar la bandera y calzarse la camiseta blanca no es una tarea tan fácil para la psiquis del alemán, sobre todo del alemán de clase media bien pensante, caracterización que les cabe a casi todos los residentes de la afable y orgullosamente mundana Colonia.

“A mí me costó muchísimo reconciliarme con mi país”, cuenta Cristoph, 46 años, periodista free-lance. “Cuando terminé la secundaria, me fui a vivir a Estados Unidos. Prefería hablar en inglés. Incluso elegía novias que no fueran alemanas. De verdad fue muy complicado, y lo es todavía, tener algún orgullo nacional después del nazismo. Me siento mal si me envuelvo en una bandera. Entiendo racionalmente que hinchar por la selección no me hace nazi, pero no puedo evitar sentir cierta repulsión incluso ante el nacionalismo futbolero. Me da envidia lo relajados que están otros países; me encantaría poder usar la camiseta con la alegría con la que la llevan los brasileños, por ejemplo.”

Cristoph no es una excepción. Los medios alemanes rebosan de sentimiento de culpa, más o menos explícito. En coincidencia con el Mundial –aunque no estrictamente apuntada al fútbol– se acaba de lanzar una campaña mediática cuyo fin aparente es lograr que los alemanes se sientan mejor consigo mismos. Se llama Du bist Deutchsland (“Tú eres Alemania”) y consiste en spots y páginas en la prensa gráfica con esa leyenda y el rostro de Albert Einstein o el de Oliver Kahn. Claramente, el mensaje es que Alemania es mucho más que el Tercer Reich, y que esos días espantosos ya están definitivamente en el pasado. La megacorporación de telecomunicaciones T-Com también lanzó una campaña parecida: a los rostros de alemanes con la camiseta de la selección –jóvenes y viejos, rubios y morenos– los acompaña la leyenda: “Miren el rostro de Alemania. Podemos hacer de esto una gran experiencia para todos”. Y una variación del slogan mundialista que se ve mucho por las calles es: “El mundo de visita en casa de amigos”.

Slogan que, en cualquier variante, está siendo ridiculizado por algunos medios, por culposo, o pesa como si hubiera algo que ocultar. La pasada Pascua, en la ciudad de Postdam –que habitualmente se considera modelo de integración y prosperidad en Alemania del Este–, un ciudadano de origen etíope de 37 años, Emrys Mulugeta, desde hace veinte residente en Alemania, de profesión investigador, fue dejado en coma tras un ataque a golpes de puño; muchos medios se apuraron a considerar neonazis a los agresores, mientras otros sostienen que fue una pelea de borrachos. En cualquier caso, incluso aparecieron viñetas en diarios donde hinchas africanos, cubiertos de moretones, les contaban a sus vecinos, una vez de vuelta en casa, sobre la experiencia del Mundial en “tierra de amigos”. “El Mundial llegó a la gente por la política, y todo el debate mediático se centra sobre ataques de neonazis a extranjeros en el Este de Alemania”, explica Máximo, cubano residente en Colonia, que trabaja como asistente de producción en proyectos cinematográficos, está casado con una alemana y tiene una hijita de seis meses. “Ya el tema sale de los medios, y es candente. Siempre que sale un nuevo ataque –los hay siempre, pero no trascienden los medios locales– se habla del Mundial, la seguridad y si hay o no no-go-areas, es decir, zonas que los extranjeros no deberían frecuentar para no sufrir inconvenientes. La política no sabe nunca cómo reaccionar, y la gente está un poco aturdida con todo.” El noticiero de la noche está dominado por un informe del pueblo de Warger, en Allgaeu, a 50 kilómetros del lago Constanza, en el sur de Alemania. Allí se aloja la selección de Togo, y los habitantes de Warger están enloquecidos: aprenden francés y aseguran que la llegada de los morochos es lo más interesante que le pasó al olvidado pueblo de provincias en años. Incluso les pintaron a los visitantes un ómnibus con los colores de la bandera de Togo. Pero, más allá de la evidente curiosidad de los locales, es imposible no sentir que el informe está armado sobre la base de confirmar que Alemania es un país abierto a los extranjeros, hospitalario, amable y buen huésped.

Y sin embargo, la incomodidad o dificultad para vestir colores de los que cuesta sentir orgullo no es la única explicación a la distancia que se percibe frente al Mundial. Al caminar por Colonia, es difícil creer que se trata de una sede. El parque de diversiones a orillas del Rin, frente a la hermosa e inquietante catedral, frecuentado sobre todo por inmigrantes turcos y griegos, ofrece el habitual merchandising de la ciudad (remeras que dicen Made in Kolny camisetas del equipo local, el FC Koln, que acaba de volver a Primera División después de descender trágicamente en 1998) y un modesto stock de souvenirs mundialistas, que se reduce a pelotas con el logo de la Copa, camisetas de Michael Ballack (la estrella del equipo), llaveros y accesorios por el estilo. Los supermercados ofrecen un CD-rom interactivo del Mundial con una compra mayor a determinado monto, que varía conforme se acerca la fecha; los mercados de flores, comunes y numerosos en la ciudad –donde, para colmo, no termina de desencadenarse la primavera, cosa que tiene a todo el mundo muerto de frío y con malhumor– montaron los puestos con banderines y algún hombre de ligustrina con pelota en los pies. Pero algunas tiendas y locales se declararon “zona libre de Mundial”, y allí no se consigue siquiera un encendedor con el dibujo de una pelota. Cosa comercialmente incomprensible. “A veces pareciera que no hay Mundial”, se sorprende Máximo, todavía desacostumbrado a la calma alemana. Pero, cuenta, ya hay síntomas de fiebre, sobre todo protagonizados por extranjeros: “Uno comienza a ver más turistas por las calles en busca de fiesta y fútbol. Por Colonia estuvieron los chamanes ecuatorianos para ‘bautizar’ el estadio; hicieron una gira por todos los estadios del Mundial. También un grupo de ingleses anda repartiendo volantes, aclarando que no todos los fans de inglaterra son hooligans (Inglaterra juega contra Suecia en Colonia). Y ves cada vez más cosas de fútbol en las tiendas, pero la pregunta es si la gente las compra. Todo es fútbol, aunque no lo quieran aceptar.”

Andreas, un arqueólogo treintañero que festeja su nuevo empleo en los bares cercanos a la Rathenauplatz, el centro nocturno por excelencia –Colonia es una ciudad romana, y acaban de encontrar ruinas mientras se cavaba para extender la red de subterráneos–, explica otra posible causa del desgano general, bastante extraño teniendo en cuenta que Alemania es el país europeo con más asistencia de público a los partidos de la liga local, incluso más que España o Italia: “A nadie le gusta el equipo. En realidad, no nos gusta ningún seleccionado alemán desde los ’70, creo. Ganan, pero juegan muy feo. No nos gustó siquiera cuando salimos campeones contra Argentina en 1990. Quiero decir, nadie tiene carisma, y es un fútbol chato. ¿Cómo puede identificarse uno con Rudi Voeller o con Brehme? No creo que pasemos de la primera ronda, y va a ser difícil justificar este enorme gasto de dinero con una derrota humillante”. Su amigo Rainer, DJ part-time, agrega otros motivos extrafutbolísticos: “La gente está bastante deprimida. El triunfo de Angela Merkel fue una gran frustración, y aunque los visitantes no lo noten mucho, porque Alemania sigue siendo y pareciendo un país rico, hay una crisis económica instalada: el 48 por ciento de un sueldo normal de clase media se va en impuestos, y hay 5 millones de desempleados. Eso pesa, y nadie tiene ánimo de fiesta”.

Pero Máximo, que los ve de afuera, les desconfía. “Yo me acuerdo del 2002”, cuenta. “Frente a casa, en la primera ronda, había dos banderas colgadas en las ventanas. En cuartos de final, diez. Y para semifinales, veinte. Después estaban enloquecidos, festejando en la calle del brazo de los brasileños –eso sí fue raro–. Lo que sucede es que éste es el país del seguro, en todo sentido. Aquí se venden más seguros que en cualquier otro lugar del mundo. Y a los alemanes les gusta tener garantías. Ellos sienten que es perder el tiempo invertir emoción en un seleccionado sin posibilidades. Este año no tienen seguro de Mundial, digamos, ni siquiera por ser locales. Son muy prácticos. Había una publicidad, ya no me acuerdo de qué, que me ayudó a entender a esta gente. Decían del producto: es cuadrado, práctico y bueno, en el sentido de buena calidad. A ellos les gusta que las cosas sean así. Esta selección no les cierra por eso.”

Cristoph, mientras tanto, pregunta si en el exterior se hacen muchos chistes de nazis. Hay que decirle que sí, y él se resigna, sabedor de que es un sino inevitable. Su esposa, Anna, medio alemana, medio inglesa, se indigna un poco. “Nadie le hacía chistes a Francia sobre el colaboracionismo, o sobre las atrocidades de Argelia”, bufa. Pero Cristoph le apunta que ella, después de todo, puede hinchar por Inglaterra y así no sentirse nazi. “¡Como si Inglaterra no tuviera su historia negra!”, exclama ella, y mira a su esposo compasiva, como si comprendiera, pero fuera incapaz de arrancarle ese trauma que le imposibilita disfrutar. A Cristoph también lo tiene harto lo que llama “el circo”: la enorme cantidad de películas sobre y de fútbol que inundan la televisión, el hecho de que una compañía esté vendiendo “aire” o “perfume” del Mundial en botellitas, a 5 euros y, mucho peor, que la empresa tenga un millón de pedidos, sobre todo de otras empresas que regalan el aire capturado como souvenir a sus clientes. “Este ambiente culposo mezclado con el comercio estúpido me pone nervioso”, explica. “Pero a esta altura ya no es posible escapar.” Para colmo, tampoco le gusta la selección, y todavía lo tiene muy amargado la derrota en un amistoso, en marzo pasado, contra Italia, por un espantoso 4-1. “No pasamos de la primera ronda”, repite como un mantra. “Por suerte, el Mundial sigue estando mucho más en los medios que en la calle, y es no es tan difícil ignorarlo, un poco al menos, si no se enciende la tele. A mí me encanta el fútbol, sin embargo”, asegura. “Juego todos los sábados con mis amigos, y sigo con fervor la Bundesliga. Es sólo que... yo no puedo poner una bandera en el balcón. Me hace sentir horrible. Ni siquiera puedo explicarlo.” Y pone un ejemplo que juzga decisivo sobre la complejidad alemana, sobre todo en temas de inmigración. “Los hijos de inmigrantes no son alemanes aunque nazcan aquí. Estos chicos vivieron en Alemania toda la vida, hablan alemán, y sin embargo tienen la nacionalidad de sus padres. Ahora creo que salió, o está por salir, una ley que les da la posibilidad de elegir cuando sean mayores de edad. Veo venir un escenario similar al de los suburbios de París... En cualquier caso, con esta selección pasó lo siguiente, que al menos despertó en algunos alemanes la noción de que todavía tenemos graves problemas de racismo: dos grandes jugadores, quizá los mejores de la Bundesliga, juegan para Turquía. Y ambos nacieron en Alemania.” Se refiere a Hamil Altintop, jugador del Schalke 04 y nacido en Gelsenkirchen, Westfalia, de padres turcos; y al jovencísimo Nuri Sahin, de diecisiete años, nacido en Ludenscheid, Dortmund, y jugador del Borussia Dortmund, que en su debut para Turquía le hizo un gol a Alemania. Pero el tema de los inmigrantes tiene otro aspecto, también presente en el seleccionado: los dos delanteros regulares, Klose y Podolski, nacieron en Polonia, fueron criados en Alemania y juegan para su país adoptivo, aunque los dos hablan el alemán con un ligero acento, incluso. O el caso de Asamoha, nacido en Ghana y residente en Alemania desde niño, que también juega para el seleccionado teutón. Con lo cual, la teoría de Cristoph tiene su contracara. No es que él vaya a aceptarla, claro. Sencillamente dice que no con la cabeza, abrumado por las complicaciones. Máximo, amigo y vecino de Christoph, resume: “Así andan las cosas por estas tierras. Por una parte, la gente loca porque el Mundial comience y acabe de una vez; por la otra, preocupados por el equipo y el miedo a la derrota y humillación absolutas; y por la otra el escándalo, que no es tal, de los neonazis y las no-go-areas. Y si Alemania es un país afable y buen anfitrión, o no. Al final no es ni lo uno, ni lo otro. ¡Es Alemania!”.

Los once del patíbulo

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Imagen de la campaña publicitaria de la empresa de telecomunicaciones alemana T-Com, cuyo slogan es "Mira el rostro de Alemania".
 
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