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Domingo, 2 de julio de 2006

PáGINA 3

El artista y La Parca

 Por Robert Crumb

Por mi supervivencia, he creado este anti-héroe alter-ego, un tipo en un traje apretado, parte hombrecito y parte payaso. Sí, ése soy yo. Nunca me pude relacionar con el héroe. No tengo ningún interés en dibujar personajes heroicos. No es lo mío. Me inclino más por el costado sórdido de la vida. Me parece más interesante hacer dibujos grotescos, espeluznantes o absurdos, y disfruto especialmente dibujar mis febriles obsesiones sexuales. A algunos no les gusta ese material perverso: hombrecitos extraños y horribles haciéndoles cosas retorcidas a mujeres hermosas. Pero la verdad, puede no gustarles, pero me hice famoso igual. ¡Y entonces pude vivir mis fantasías en el mundo real! Fui “afortunado”. Mi amigo y dibujante under Jay Lynch una vez lo expuso claramente: “¡Conseguís lo que dibujás!”, y es verdad. Tuve todo lo que alguna vez dibujé. Lo bueno y lo malo. Supongo que es el modo en que me concentro en algo y hago foco en lo que lo hace funcionar.

Pero el reloj avanza. En este punto de mi vida, es una carrera contra el tiempo. Se puede incorporar la Muerte a la vida de uno de algún modo armonioso, o se la puede dejar convertirse en algo terrible y acechante. Mi padre se unió a los Marines cuando era joven y fue enviado a China en 1937, cuando los japoneses estaban bombardeando Shanghai. Vio muerte y hambre en las calles. Sobrevivió a la Segunda Guerra y fue enviado a Hiroshima diez días después de que los norteamericanos soltaran la bomba atómica sobre la ciudad. No puedo ni siquiera imaginarme lo que vio. Nunca habló del tema.

Para mí, el encuentro más profundo que tuve con la muerte sucedió en 1966 después de haber tomado una poderosa dosis de LSD. No recuerdo exactamente lo que me aterrorizó, porque en aquel momento me dije que si quería volver a estar sano, debía olvidar lo que había visto. Forcé la amnesia para poder volver al mundo normal. “Con LSD, no hay que matar o dejarse matar”, todo sucede en algún otro plano de la existencia.

Mi trabajo tiene un fuerte elemento negativo. Tengo mis demonios internos con los que lidiar. Y dibujar es uno modo de articular cosas adentro mío que de otro modo no puedo atrapar. Lo que no quiero hacer, lo que me aterra más que nada, es dejar un legado de porquerías. No quiero que mi trabajo vaya a parar al cesto de basura de la historia y se convierta en otro de esos trabajos de segundo orden, mediocridades que los connoisseurs del futuro deberán correr del medio para llegar al material realmente bueno.

Ultimamente, sin embargo, estoy más interesado por “el viaje interior”, la gran aventura rumbo a lo desconocido dentro de uno. ¿No es raro que seamos tamaño misterio para nosotros mismos? Qué paradoja. Creo que uno de los grandes poderes que los humanos poseemos es el “foco singular”. En mi juventud, todo mi foco estaba puesto en mi mano izquierda, a través de la pluma y en dirección al papel. Porque vivía en el papel, mi trabajo tenía fuerza.

Como persona, en el mundo real, era débil. Mantener ese tipo de foco, tan estrecho, es peligroso para la salud mental y puede costar la vida. Sin la habilidad para “cuidar el negocio”, puede ser difícil sobrevivir en el mundo. Es una selva ahí afuera. Pero, dado que prefiero estar muerto que ser un mediocre, mi lema es: ¡Cada dibujo, una obra maestra!

Hace poco, después de ver la película Gladiador, decidí que debía retirarme de la “arena”. No quería que los espectadores siguieran viendo si iba a ganar o a caer. Quiero despedirme, abdicar, renunciar. Me gusta la metáfora de Rocky. Este mundo siempre será más grande y más poderoso que uno, pero hay que lidiar con él. La vida es una lucha activa. Como dice Rocky: “Sé que no le puedo ganar a este tipo, sólo quiero recorrer el camino con él. Sólo quiero estar de pie al final de la pelea, nada más”. Esa es la única victoria a la que se puede aspirar. Hay que encontrar un modo de mantenerse en forma, de mantenerse alerta, de mantenerse de pie. Rocky podrá ser una película tonta, pero contenía esta gran metáfora.

Este fragmento pertenece a The Robert Crumb Handbook (2005), autobiografía del ilustrador a cargo del mismo dibujante, y Peter Poplaski (dibujante y colaborador con firmas como Milton Caniff y Will Eisner). El libro también incluye un compact-disc registrando varias de las actuaciones de Crumb y su banjo en bandas como R. Crumb and his Keep-On-Trucking-Orchestra, The Crumb Family, R. Crumb and his Cheap Suit Serenaders y Les Primitifs du Futur.

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