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Domingo, 2 de julio de 2006

CINE > EL PRIMER NICHOLSON EN DVD

Detrás de la máscara

No siempre Jack Nicholson fue el psicópata perfecto ni la máscara de sonrisa pintada y cejas arqueadas que hoy se pasea por fiestas y comedias. A fines de los ’60 y comienzos de los ’70, cuando Hollywood todavía se animaba a indagar en los abismos existenciales, Nicholson entregó un puñado de películas memorables, en las que ofrece un deslumbrante catálogo de angustia, insatisfacción y desesperación. Una inesperada andanada de lanzamientos en dvd son la excusa perfecta para verlo o volver a verlo.

 Por Mariano Kairuz

Embotellamiento en la autopista. Visiblemente molesto, Robert Dupea se baja del auto en el que ha quedado atascado junto a Billy, su amigo y compañero de trabajo en los pozos petrolíferos en los que transcurren sus días. Ante la mirada divertida de éste, Robert se sube a la parte de atrás de un camión de mudanzas que está, como ellos, paralizado unos metros más adelante. En la caja del camión viaja un piano. Robert lo descubre y se sienta a tocarlo, a tocar su propio concierto al viento. Y no se detiene siquiera cuando se reanuda la marcha y el camión se lo lleva con él hacia vaya a saber dónde. Nos enteramos de que Robert, antes de los pozos, fue pianista, y uno bastante bueno, proveniente de una familia de músicos. Por alguna razón que nunca se nos terminará de develar, ha abandonado todo eso. A su familia y a la música, en busca de algo que todavía ni él mismo parece saber qué es. Una angustia, una insatisfacción permanente, lo lleva a tomar decisiones intempestivas sin culpa aparente ni sensación de pérdida. Como si, de todos modos, todo estuviera ya perdido. La película en la que pasa todo esto se llama Five Easy Pieces, acá se la conoció (y se la recuperó en dvd hace no mucho) como Mi vida es mi vida, y el que interpreta a Robert es Jack Nicholson. Un Jack Nicholson en construcción, de poco más de treinta años, en el que todavía no acecha la estrella que saltó de psicópata en psicópata, del padre y esposo hacha en mano de El resplandor, al hedonista diabólico de Las brujas de Eastwick, al enemigo número uno de Batman, al coronel furibundo a punto de estallar de Cuestión de honor y al escritor neurótico y misógino de Mejor... imposible. Five Easy Pieces pertenece a una época en la que Hollywood hizo sus –acaso– últimos intentos por arrimarse a una angustia profundamente humana; a la desolación y al vacío; por encontrar personajes verdaderos en busca de algo inasible.

Los inicios, los años trabajando con Roger Corman –un personaje que estuvo en el principio de tantas cosas hollywoodenses que luego se transformaron en otras cosas más grandes y no siempre más sustanciosas– habían sido también los años con Monte Hellman, que lo dirigió en un par de “westerns existencialistas”, raros, atmosféricos. Uno de ellos, Ride in the Whirlwind, escrito por el propio Jack. El guión del otro, The Shooting (Rumbo al infierno), el más extraño y desconcertante de los dos, era obra de una modelo, actriz y bailarina que se llamaba Carole Eastman y que escribió, entre los escasos seis guiones suyos que llegaron a filmarse, el de Five Easy Pieces. Pero los sobrevivientes del Hollywood de fines de los ’60 y comienzos de los ’70 saben que hubo otro principio para Jack y que, en ese principio, fueron Peter Fonda y Dennis Hopper.

Se ha dicho incluso que Jack estaba a punto de retirarse de la actuación cuando le llegó el papel de George Hanson, que originalmente iba a hacer Rip Torn, y que lo convirtió en una estrella. En Busco mi destino (Easy Rider), la película de motociclistas que en 1969 iba a terminar de inyectar en Hollywood la idea de que eso llamado “contracultura” podía ser un muy buen negocio, George Hanson era el tipo al que el Capitán América (Fonda) y Billy (Hopper) conocían en una comisaría de pueblo. El tipo que –camisa y corbata, credenciales de abogado, las mejores referencias de papá y una tremenda resaca de la noche anterior– los sacaba de ahí, a ellos y a él mismo, y se iba con ellos en moto, para luego, en noches de porro al aire libre, cavilar sobre los extraterrestres y sobre las razones por las que “este gran país” había terminado de desbarrancarse. Su aparición no duraba demasiado: a los quince o veinte minutos, unos pueblerinos intolerantes le parten el cráneo de un batazo en medio de la noche.

Los cinco años siguientes serían de pura angustia existencial. En Castillos de arena (The King of Marvin Gardens, 1972), que Nicholson hizo, al igual que Five Easy Pieces (1970), junto al director Bob Rafelson, interpretó a un filósofo y dj radial que viajaba hasta Atlantic City a rescatar a su hermano, enredado con la mafia, para devolverlo “al mundo real”. Algo del cinismo y de la sensación de camino hacia la nada que acosaba al pianista de Five Easy... permanecen, pero en un grado mayor de pesimismo y de resignación. A su vez, se anticipa la sensación de futilidad y de fraude que parece impulsar al protagonista de El pasajero (la película que Nicholson protagonizó para Michelangelo Antonioni, y que también fue recuperada recientemente en dvd) en el momento en que decide trocar su identidad por la de otro tipo, a quien apenas llegó a conocer y que acaba de morir súbitamente en una despojada habitación de hotel en medio de la nada. Que Jack se llevara su primer Oscar por otra película de ese mismo año, Atrapado sin salida, no podría haber sido más significativo, ni más explícito sobre lo que vendría. Se trata, después de todo, de la película sobre alguien que se hace pasar por loco para evitar ir a la cárcel, y termina “loco” de verdad, lobotomizado, atrapado para siempre en un pabellón psiquiátrico. Para cuando reapareciera en El resplandor, cinco años después, sabríamos de entrada que no era el hotel, ni la tormenta, ni los fantasmas (al menos no “esos” fantasmas), sino que ese tipo ya estaba loco.

Las películas que hizo a principios de los ‘70, como Five Easy Pieces como Castillos... o como El último deber, fueron las mejores en una carrera que ya lleva casi medio siglo. No fueron un espejismo, pero hace tanto tiempo ya que Jack Nicholson se transformó en esa máscara, la de la sonrisa de mandíbula apretada, la que aparece en primera fila en cada entrega de los Oscar, en ese personaje único y genial pero alienado que parece pasar por afuera de las películas que protagoniza, que a veces es posible olvidar que la transformación se produjo en la pantalla, a la vista de todos.

Las películas con Nicholson reeditadas en dvd que se consiguen para alquilar o en venta en las disquerías, son, entre otras: Mi vida es mi vida, Castillos de arena, Busco mi destino, El pasajero, Atrapado sin salida, El resplandor y Terror.

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