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Domingo, 17 de noviembre de 2002

PáGINA 3

En el camino

Por Luis Bruschtein
Están los tres en esa fotografía, una de las poquísimas que hay de los tres. Hay intensidad, hay electricidad en esa imagen que atraviesa 25 años con una fuerza intacta, una llama viva que impresiona y deslumbra. Tres miradas que no se cruzan pero que hablan de lazos que atan sus destinos. Son tres compañeros, una palabra que quizás ha perdido esa intensidad que está en las miradas del cura tercermundista, del dirigente revolucionario y de la mujer militante. Cada uno de los tres sabe que los otros dos han juramentado entregar sus vidas a una misma causa. Es algo que no tienen necesidad de repetirse ni hacer ostentación, cada uno está seguro del otro como si se hubieran alimentado de la misma leche. Cada uno siente al otro como a un hermano, alguien de su piel, son más que tres personas, en un punto son una sola. Y aunque no se miren, es lo que se ve en sus miradas, es la fuerza que proyectan.
Esa foto es el anuncio del documental de Luis Barone sobre la vida de Carlos Mugica, José Luis Nell y Lucía Cullen. El sacerdote que proviene de una familia aristocrática y que se vuelca al trabajo en las villas miseria; que podría haber tenido una carrera brillante en la curia, pero que ha decidido defender el derecho de los pueblos a rebelarse contra la opresión. La joven estudiante del colegio católico cuyo amor prohibido de adolescente es ese sacerdote que llega a su escuela, al que decide acompañar a la villa, aunque sabe que ese amor no tiene destino. El joven militante nacionalista que se incorpora al peronismo y toma las armas siguiendo la épica del Che Guevara.
Nell integró los primeros grupos armados del peronismo, en 1963 participó en el asalto al Policlínico Bancario, fue detenido y logró fugar. Estuvo en la fundación de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) y viajó a China y a Cuba. A su regreso, en Montevideo, tomó contacto con los Tupamaros y compartió la instrucción militar. Allí cayó preso y volvió a fugarse del penal de Punta Carretas, con más de cien tupamaros.
En 1968, Mugica viajó a Francia y asistió al mayo francés. Lucía decidió seguirlo y allí en París hablaron. Mugica había hecho una elección, no había lugar en ella para una pareja, la convenció finalmente de que la consumación de ese amor era imposible.
Lucía regresó a la Argentina, pasó el tiempo, estudió para trabajadora social y se incorporó a Montoneros. Nell ya había regresado y también militaba en Montoneros. Allí se conocieron y se enamoraron. Se casaron en la clandestinidad y le pidieron a Mugica, que era amigo de los dos, que oficiara la ceremonia. Mugica los había visitado, había compartido riesgos y acompañado la decisión militante de la pareja. Sin suspicacias ni dobleces, el amor adolescente se había transformado en cariño y respeto, que era correspondido por Mugica y fundido a fuego por el compromiso que hermanaba a los tres.
La foto es de ese momento, cuando el cura los casa. Es difícil saber lo que piensan o lo que están mirando. Los rostros del cura villero y del dirigente revolucionario se recortan con fuerza sobre los costados y, fuera de foco, un poco más atrás y entre los dos, aparece el rostro delicado de la mujer. Es un momento de plenitud que irradian las caras iluminadas.
El cura, que había organizado la villa 31 y se había convertido en uno de los referentes del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, fue invitado por Juan Perón a viajar en el avión que lo llevaría de regreso a la Argentina el 17 de noviembre de 1972. Perón regresó a España y preparó su retorno definitivo a la Argentina para el 20 de junio de 1973. En Ezeiza se organizó una inmensa concentración. El palco había quedado en manos de la derecha peronista, en tanto que Montoneros había decidido movilizar a cientos de miles de personas. José Luis Nell era dirigente de la columna Sur, una de las más numerosas y que debía entrar por detrás del palco. Allí se produjo el primer tiroteo, Nell cayó herido en la cabeza yen el suelo lo molieron a patadas y lesionaron su columna, por lo que quedó cuadripléjico.
Postrado en una silla de ruedas, criticó el enfrentamiento cada vez más fuerte de Montoneros con Perón y se alejó de la organización. Mugica, que había coincidido con esas críticas, fue asesinado por la Triple A de López Rega el 11 de marzo de 1974. Nell sentía que su vida había terminado, que ya no tenía sentido y se suicidó. Lucía se reincorporó a Montoneros y dos años más tarde fue secuestrada y desaparecida.
Hubo miles de vidas como ésas en un país hecho de violencia, de guerras civiles, golpes militares y bombardeos, de rebeliones y represión. Casi podría decirse que Mugica, Nell y Lucía son arquetipos de esa época. Las mismas caras, los mismos lazos, la misma decisión en la mirada, se multiplicaban en la pronunciación de la palabra “compañeros”.
La película de Barone se puede ver desde dos miradas, la más nostálgica y melancólica de los veteranos o la más crítica y vital de los jóvenes. Los jóvenes se encuentran con los jóvenes de la fotografía, se reconocen y hasta los entienden. A los veteranos a veces les es más difícil entender su propia locura, su propia historia en una historia mayor, que decanta, que digiere, que no se detiene, que es la historia de los pueblos.
Por eso, uno podría disentir con una sola cosa de la película, que es el título: Malditos caminos. Porque esa historia, aun en la derrota, no tiene caminos malditos, aunque uno maldiga la muerte y el dolor. Los nervios de esa historia grande son hilos de plata que brillan con miles de vidas como las de Nell, Mugica y Lucía. Pese a la muerte y el dolor, la historia de los pueblos se sostiene en las vidas de sus luchadores, apasionadas, intensas y plenas de sentido.

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