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Domingo, 17 de noviembre de 2002

TEATRO

La máquina del tiempo

Entrelazando en escena las vidas reales de tres personas nacidas en la misma fecha, Los 8 de julio (de Beatriz Catani y Mariano Pensotti) apuesta a una osadía inquietante: liberar al teatro de la ficción para convertirlo en un juego de cajas chinas con un protagonista excluyente: el tiempo.

Por Cecilia Sosa
¿Qué tienen en común tres personas nacidas el mismo día y el mismo año, digamos: el 8 de julio de 1958? ¿Algo más que un animal y un signo del zodíaco? Un horóscopo on line instruye: perro de cáncer; es decir: “Una persona dotada de gran intuición y facultad para predecir los acontecimientos. Muy susceptible de sufrir la influencia ajena. Llega a sentir y a actuar como aquellos que le impresionan”. Los ocho de julio (experiencia de registro sobre paso del tiempo), la obra de Beatriz Catani y Mariano Pensotti que cierra la edición 2002 del ciclo Biodrama, busca trasponer el ámbito oracular y poner en acto la presentación de la prueba. Así, con la excusa caprichosa de unir tres biografías que comparten una misma coordenada temporal, la premisa se transforma en el punto de partida de un relato que apuesta a combatir la representación con el presente de la exhibición: la presentación de una experiencia.
“Se busca gente nacida el 8 de julio de 1958.” La convocatoria empezó a circular vía e-mail y ahora el texto se exhibe en la pantalla, irrumpiendo en la temporalidad de otra escena. Respondieron más de 20 personas, y de allí surgió el elenco: Alfredo (Martín), María Rosa (Pfeiffer) y Silvio (Francini). Un médico psiquiatra, una maestra embarazada y un comisario de a bordo: no actores, sino personas que logran hacer de su experiencia vivida un relato teatral.
Una vez reunido el elenco, los directores distribuyeron consignas: por ejemplo, seguir a una desconocida, registrar todos sus pasos, sus hábitos, sus modos y, eventualmente, el desarrollo de su embarazo. Durante seis meses. “Mi misión fue filmar a María Rosa, a quien yo no conocía entonces y a quien nunca llegué verdaderamente a conocer”, cuenta Alfredo, el único actor de la obra (Perspectiva Siberia, El paciente). “Sólo fuimos presentados una vez. Mi relación con ella siempre se basó en puras hipótesis; siempre fue enfrentarme a una alteridad desconocida. Pero me descubrí pensando en ella en los momentos más inesperados. Cuando desapareció de su casa para tener a su bebé llegué a temer que hubiera sufrido un accidente.” La consigna de Alfredo se entretejió con la de María Rosa, que consistía en sacarse un rollo entero de fotos en la calle por desconocidos, en cualquier momento y lugar. “La instrucción que ella recibió permitió que yo, en paralelo, pudiera cumplir con la mía”, dice Alfredo.
Los distintos tiempos biográficos se entrecruzan en un juego de persecuciones que recorre soportes diversos: fotos, video, documentos... Así, Alfredo, en el presente de la escena teatral, juega a cruzar el mismo puente que María Rosa atraviesa en la imagen de video que él mismo registró con una cámara manual en algún instante de aquellos seis meses.
El otro “personaje” que sube al escenario es Alicia (Linaldelli de Francini). Pero en realidad lo hace en representación de Silvio, su marido, impedido de presentarse en persona por problemas laborales. El ausente, sin embargo, ha dejado en sus manos los testimonios que prueban la consigna que recibiera (y ejecutara) de los directores: pintar un mismo árbol durante seis meses. Nueva mediación, nueva intervención de “lo real”. “Silvio en este momento está volando a Mar del Plata”, se disculpa Alicia antes de ponerse a reproducir las conversaciones que mantiene a diario con él, entre el jardín de infantes (donde trabaja ella) y el taller de pintura (donde él invierte sus ratos de ocio).
Así, tejida con tres historias de vidas reales, la obra de Catani (actriz, dramaturga y directora) y Pensotti (cineasta) construye un extraño ensayo teatral que antepone la experiencia a las artimañas de la representación. Navegando en la frontera del teatro en vivo y el proyecto documental, Los 8 de julio describe una extraña parábola que en su borde más áspero lo acerca al reality show. En alguna dimensión de esa crítica a la representación, no es difícil incluso imaginar a Solita festejando ese enlace con la vida real, con “la vida misma”. De ese vínculo siempre quebrado, siempre fantasioso, surge el material de imágenes que, proyectado sobre el escenario, ayuda a los directores a “guionar” la obra. Así, el artificio original de las fechas da pie a la construcción de un relato plagado de paralelos y coincidencias. Como los enamorados construyen su relato de casualidades, Alfredo comienza a transitar la búsqueda de una vida en paralelo. Y, a la vez, es ese mismo material el que obliga a la “obra” a transitar por ribetes cada vez más realistas.
El momento clave de Los 8 de julio es aquel en el que las vidas de Alfredo y María Rosa se cruzan en vivo y en directo por única vez. Casi como una parodia sutil del “¡Cómo están mis valientes!” de Solita, Alfredo recibe en medio del escenario la llamada telefónica de María Rosa desde Santa Fe, adonde se mudó luego de tener a su bebé. El confesionario se abre a las preguntas de los espectadores. Y la protagonista, que fue espiada por el público, puede ser libremente interrogada por el público que finalmente se devela como el principal escribiente de la obra. “¿Cómo se llama la nena?”, quiere saber alguien desde su butaca. “Luisiana”. “¿Por qué esperaste tanto para volver a tener otro hijo?”, inquiere otro espectador, entrenado en fantasearse arriba del panel.
Las preguntas no difieren demasiado de las que abundan en cualquier talk show, y no tardan en vacilar. ¿Faltará un Dorio? En otras funciones, al parecer, hubo apuestas más arriesgadas. “¿Qué está pasando ahora en Esperanza, provincia de Santa Fe?” “¿No te molesta la diferencia de edad con tu novio Marcos?” Hubo incluso un indiscreto que preguntó: “¿Quién paga esta llamada telefónica?” Un problema que para los directores no fue fácil de resolver. En tren de amortizar costos, desde el Teatro San Martín, que produce la obra, se sugirió que la llamada fuera grabada. Pero la posición de Vivi Tellas, coordinadora del ciclo Biodrama, resultó convincente: si la llamada debía hacerse en vivo era porque “Biodrama se inscribe en lo que se podría llamar el ‘retorno de lo real’ en el campo de la representación. Después de casi dos décadas de simulaciones y simulacros, lo que vuelve es la idea de que hay experiencia, y el arte debe inventar alguna forma nueva de entrar en relación con ella”.
Confinada en Santa Fe, María Rosa nunca vio el proyecto concluido. Debe conformarse con el contacto efímero con el público a través de las preguntas que Alfredo renueva cada fin de semana por teléfono. Tampoco escucha los aplausos cuando, agotado el diálogo con el público, Alfredo y Alicia se retiran de escena. Sigue esperando que la producción se digne a enviarle el video prometido de la obra a Santa Fe. Montaje sobre montaje. Cajas chinas.
Como lo delata el subtítulo de la experiencia, sin duda el tiempo y su transcurrir están en el centro de Los 8 de julio. Pero hay más. Ese tiempo que se quiebra en los relatos de los tres protagonistas muestra su faceta colectiva cuando, en el video que abre y cierra la obra, un grupo de transeúntes ocasionales que pasan por una gélida Plaza de Mayo son invitados a confesar ante la cámara qué hacen allí un 8 de julio de 2002. “El retorno de la experiencia –lo que en Biodrama se llama ‘vida’– es también el retorno de Lo Personal”, dice Tellas en la declaración de principios del ciclo. “Vuelve el Yo, sí, pero es un Yo inmediatamente cultural, social, incluso político”. Otras caras, otros rostros, otras historias. Es en el vertiginoso entrelazamiento de los dramas personales donde la obra adquiere una dimensión pública y el concepto Biodrama revela su capacidad de apresar el tempo de una sociedad descompuesta. Es allí donde este sutil ejemplar de teatro de no ficción arroja, en su extraño engranaje documental, una imagen espejada de lo social. El artificio caprichoso de la fecha se desarma ante la urgencia de los rostros que se confiesan urgidos por el desempleo y la escasez, convirtiendo la pregunta en un drama común. Así, aquello que sólo el observador más aguerridopodría llegar a detectar en “la casa más famosa del país”, aquí se despliega, caudaloso, en un universo sin nombres propios. Los perros de cáncer se multiplican, misteriosamente enlazados a un destino colectivo.

Los 8 de julio, hasta fin de mes en el Teatro Sarmiento, Av. Sarmiento 2715 (Zoológico), de jueves a sábados a las 21 y domingos a las 20. Entrada: $ 5. Jueves: 2,5 $.

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