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Domingo, 17 de noviembre de 2002

MúSICA

Hoy es día de fiesta

Nacida en una favela carioca, madrina del
seleccionado campeón del mundo en 1962, expulsada del Brasil por los militares, redescubierta por Caetano Veloso en los ‘80 y considerada la cantante del milenio por la BBC,
su flamante Da cóccix até o pescoço ha sido celebrado unánimemente en Brasil como el disco del año. Hija de Louis Armstrong por un día y mujer de Garrincha por tres lustros, Elza Soares es un mito que recorre –de la gloria a la tristeza, y viceversa– cuatro décadas de música brasileña.

Por Martín Pérez
Una enorme peluca negra de rulos, un vestido rojo y una mirada expectante. No es ella quien está en la portada de su último álbum, de elogio unánime en el Brasil, pero podría serlo. Sólo haría falta atrasar el tiempo unas cinco décadas, tal vez un poco más. Rodeada del black power de las pelucas afro, quien hace las veces de Elza Soares en la portada del sorprendente Da cóccix até o pescoço es una niña carioca de once años llamada Tatiana, que vive en la Favela de Rocinha, y que tal vez luzca como la propia Elza antes de casarse obligada a los doce, porque sus padres querían tener una boca menos que alimentar en su hogar de otra favela carioca, en una época en que no había tanta violencia como hoy, pero el hambre era el de siempre.
Tal vez por eso es que Elza puede cantar como ningún otro los versos que abren unos de los temas de su nuevo disco. “La carne más barata del mercado es la carne negra”, dice el tema “A carne”, compuesto por los rappers liderados por Marcelo Yuka. Y sigue: “Es la que va gratis a la prisión y debajo del plástico, / la que va gratis al subempleo y a los hospitales psiquiátricos”. Pero como Elza sabe bien de lo que canta, también puede incluir en el mismo álbum un tema como “Hoje e día de festa”, de Jorge Bem Jor. Y enseguida versionar con aire de tragedia contenida aquel “Haití” que Caetano y Gil presentaron en su Tropicalia 2. O si no cantar junto a otro joven rapper, ABM de Aguiar, un tema como “Todo dia”, crónica de una caminata diaria por una favela. “Todos los días yo subo por la ladera, / encuentro amigos a la orilla de la tristeza. / Todo ser humano nace para ser feliz, / sin discriminación yo canto, sí”, dice la letra. Son catorce los temas del que es considerado sin lugar a dudas el disco del año en Brasil. No falta un tema de Arnaldo Antunes (“Eu vou ficar aquí”) y tampoco uno de Carlinhos Brown (“Etnocopop”), ni uno inédito de Caetano Veloso llamado “Dor de cotobelo”, de donde sale la frase que bautiza el álbum. Pero tal vez su canción fundamental sea la que abre el disco, un tema en el que Chico Buarque describe mejor que ningún otro a la cantante que la está cantando. “Perdida en la avenida, canta su enredo fuera del carnaval. / Perdió la falda, perdió el empleo, desfila natural”, arranca la letra, que más adelante asegura: “Abandonó su familia, bebió veneno y va a morir de reír. / Pero para quien sabe escuchar la flor también está herida, abierta y no se la ve llorar”.
“Soy yo, pero cantada”, dice Elza del tema de Buarque, al que conoció en Italia, durante su exilio forzoso cuando los militares le dieron veinticuatro horas para abandonar el país, a comienzos de los ‘70. Conocido antes de su grabación definitiva como “Elza desafinó” y compuesto, obviamente, especialmente para ella, el bautismo final de la canción –”Dura na queda”– juega con el accidente que su destinataria sufrió en 1999: una terrible caída de tres metros desde el escenario del teatro Metropolitan de Río de Janeiro en la que se quebró la cadera. Pero aquella caída no fue la peor en la vida de la cantante. Nacida hace unos setenta años según su biografía autorizada editada a fines de los ‘90, y hace unos sesenta y cinco según los años que confesó en cada una de las entrevistas realizadas en ocasión de la salida de su último álbum, Elza da Conceiãço Soares es hija de una pareja entre una lavandera y un operario, fue criada en la favela Agua Santa (del barrio carioca Engenho de Dentr) y si a los doce estaba casada, a los trece ya era madre, a los quince vio morir de hambre a su segundo hijo, a los veinte tuvo el quinto y a los veintidós quedó viuda de un marido que una noche le disparó en un brazo por considerar que todas las cantantes eran prostitutas, dejándole una cicatriz que la acompañó durante toda su vida.
Y ése es apenas el comienzo de una historia que la transformó en sinónimo de samba desde su primer álbum en los años ‘60, pero también la convirtió para casi todo Brasil en la malvada de su telenovela de quince años de amor junto a Garrincha, el ídolo con alma de pájaro atrapado porla diosa zulú. Una historia que, más allá de las idas y vueltas de su carrera musical, le escamoteó un reconocimiento masivo que recién ahora percibe en toda su magnitud. “¿Que ya es tarde? No, nada es tarde en esta vida, todo tiene su tiempo”, asegura ella. Y agrega: “Ahora Brasil me está devolviendo lo que me debe, pero aún le queda mucho por devolverme”.

DEL BALDE
“Me gusta la cocina, me gusta muchísimo la cama, pero mi lugar decididamente es el escenario. Allí arriba el orgasmo es más fuerte, todo es más intenso”, explica Elza Soares, que subió por primera vez en su vida a un escenario a los dieciséis años, cuando se presentó en el programa de premios del animador Ary Barroso. Al ir a anotarse, le dijeron que el único requisito era que debía lucir bonita. “¿Bonita cómo?”, se preguntó Elza, que siempre ha dicho que aprendió a cantar haciendo “scat”, como los grandes vocalistas de jazz, al subir cargando los baldes de agua en su cabeza por las calles de su favela. Pensando sólo en ganar el primer premio para alimentar a sus hijos, Elza se puso un vestido de su madre, veinte kilos más grande que ella, utilizando alfileres para disimular los lugares donde sobraba tela. Sin embargo, cuando le tocó su turno sobre el escenario, al ver a esa pequeña de pelo alborotado y ropa mucho más grande que ella, el público rompió en una humillante carcajada.
“Pero... ¿de qué planeta viene?”, cuenta la leyenda que preguntó el animador. “Del mismo lugar que usted, señor Barroso. Del planeta hambre”, respondió la joven. “Fue un momento muy humillante”, recuerda Elza. “Pero cuando canté mi canción con la voz ronca y arrastrada, como siempre me gustó hacer cargando mi balde con agua, la gente que se estaba riendo comenzó a callarse, y finalmente terminó aplaudiendo. Esa fue la primera vez que sentí que me llenaba de odio. Por toda la hipocresía de la situación, porque era una madre que estaba exponiéndome a todo aquello sólo porque necesitaba dinero para darles de comer a mis hijos. Sin embargo, allí fue donde todo comenzó. Ary Barroso me llamó a su lado, me abrazó y me dijo aquello de que había nacido una estrella. Y yo era tan ingenua que no dejaba de buscarla en el cielo”, dice la cantante, estallando en una carcajada.
Aquel día Elza regresó a su hogar en taxi, y poco después comenzó a cantar con Mercedes Batista e incluso pasó un tiempo en la Argentina, donde recuerda haber comenzado cantando prácticamente con Astor Piazzolla. “Fue una experiencia hermosa, porque conocí a todos esos grandes músicos, que me consideraban una de ellos. No se imaginaban que estaba muerta de hambre y que en casa me esperaban muchas bocas que alimentar. Canté boleros y tangos para sobrevivir, porque el empresario que me había llevado hasta ahí huyó con todo el dinero.”
Al regresar a Brasil, Soares se instaló en San Pablo y comenzó su carrera cantando en la boite Oasis, en la parte antigua de la ciudad, donde hizo realidad sus sueños de estrella. A comienzos de los ‘60 grabó sus primeros discos, que aún hoy son reverenciados como hitos de la samba brasileña más negra.
“Aquellos discos fueron lanzados antes del furor de la bossa nova, y revelaron un tipo de voz negra, ya conocida en el terreno de la samba y la macumba pero que nunca antes había sonado en la radio”, escribió el compositor y especialista Nei Lopes. “Elza es morro que descendió al asfalto, golpeó la puerta del ritmo, y allí decidió quedarse”, se podía leer en la contratapa de su primer álbum, Se acaso você chegasse (1960), también título de su primer éxito, un tema de Lupicinho Rodrigues. Sumada a la movida de la bossa nova por la gente del sello Odeón, la música de Elza era llamada Bossa negra, el título de su segundo disco. “A mí siempre me gustó mucho la bossa nova, pero yo siempre tuve un estilo propio”, recuerda Elza, que asegura haber sido amiga de Joao Gilberto, quien llegó incluso a ir a su casa para tocar la guitarra hasta hacerla dormir.

LA CARNE
“You are my daughter”, decía una y otra vez ese señor negro y enorme como un ropero, que no hablaba su idioma pero que había quedado fascinado al escucharla cantar. Llegó un momento que no soportó más escuchar siempre lo mismo y le preguntó al traductor por qué era que este señor la llamaba todo el tiempo “doctora”. Ahí fue que Elza Soares se enteró que lo que Louis Armstrong hizo durante todo aquel día en que coincidieron ante la prensa chilena, durante la realización del Mundial de Fútbol de 1962, fue llamarla su hija. “Yo no tenía ni idea de quién era él”, recuerda Elza, que fue la madrina de la selección brasileña durante ese mundial que, según la historia del fútbol, Garrincha ganó para Brasil. Y también para ella.
La historia del amor entre Elza Soares y Garrincha es la del comienzo de una relación de odio entre el gran público brasileño y una cantante que siempre fue vista como la mujer de mala vida que le robó el marido a su esposa. “Con Elza Soares se cometió una gran injusticia”, explica Ruy Castro, autor de una biografía muy comentada sobre Garrincha. “Tengo plena convicción de que en lo que respecta a su romance, que comenzó en enero de 1962 y duró hasta que Elza lo abandonó definitivamente en 1976 o ‘77, si alguien salió perjudicado, fue Elza. Porque ella ya era Elza Soares cuando lo conoció, y él ya era Garrincha. Pero él dejó de serlo rápidamente y la arrastró a ella consigo hasta el fondo de un pozo, como siempre sucede con los cónyuges de víctimas del alcoholismo. Tal vez ella se hubiese salvado si lo hubiera abandonado antes. Pero de ser así, seguramente Garrincha también se hubiese muerto mucho antes.”
Víctima de un Brasil católico e hipócrita, que justifica el adulterio pero no perdona que el marido abandone el hogar, la pareja entre la cantante y el futbolista fue una polémica permanente. Cuando Garrincha dejó a su mujer y a sus hijas para ir a vivir con Elza la prensa los atacó permanentemente, las radios dejaron de pasar sus temas y la gente llegó a perseguirla por la calle y apedrear su casa más de una vez. Estaba claro que la suya estaba lejos de ser una pareja idílica. “Fue muy difícil, porque ni siquiera sabíamos que su alcoholismo era una enfermedad”, recuerda Elza, a la que un Garrincha ebrio llegó a partirle los dientes con un zapato. Juntos, los dos debieron ir al exilio cuando la dictadura militar les dio veinticuatro horas para dejar el país, en 1970. Se dieron cuenta de que la amenaza iba en serio cuando su casa fue ametrallada, y partieron hacia Italia, de donde volvieron sólo para que Elza terminase abandonando a un Garrincha que no se dejaba ayudar, y que murió en 1983, a los 49 años. “Yo siempre me considero una pionera en eso de ser novia de un jugador de fútbol”, le dijo Elza al diario O Povo, de Fortaleza. “Pero hoy ser novia de un jugador de fútbol es fácil, porque están llenos de dinero. Me gustaría verlas en aquel entonces, cuando los jugadores eran tan pobres como lo fue Garrincha. Era todo mucho más difícil. Fue una cosa muy loca, pero valió la pena.”
Durante los años ‘80 la cantante no le escapó a la polémica al acercarse al rock y ponerse en manos de los Titas para convertirse en una suerte de Tina Turner tropical. Pero quien la redescubrió por entonces fue nada menos que Caetano Veloso, que la convocó para cantar el tema “Língua”, en su álbum Velô. Aunque aquel retorno no duraría mucho, ya que en el mismo accidente de tránsito del ‘86 en el que murió Garrinchinha también murió su único hijo con el futbolista, y la cantante se fue a vivir a Los Angeles, abandonándolo todo definitivamente. O casi.

HASTA EL CUELLO
“Mirá este culo”, dice la entrevistada, poniéndose de espaldas al entrevistador, y golpeándose los glúteos. “Fijate cómo está. Es un culo firme, bien firrrrrrme”, se entusiasmó Elza ante el periodista Anthony Faiola, que escribió una artículo para The Washington Post a mediados de este año retratando el retorno en forma de la cantante, que nofuma, no bebe, no almuerza y acusa orgullosa un peso de cuarenta y nueve kilos y sesenta centímetros de cintura. “Elza ingresó en la década del 90 como casi una parodia de sí misma, haciéndose conocida por una contundente cirugía plástica que le dejó el rostro eternamente tenso”, escribió Faiola, describiendo tal vez con excesiva crudeza el duro panorama que enfrentó Elza Soares durante una década en la que prácticamente no editó ningún disco.
Aunque en 1997 tuvo un tímido disco de regreso titulado Trajectoria -acompañado por la edición de su biografía escrita por José Louzeiro, titulada Cantando para no enloquecer–, su carrera tocó fondo en 1999, con aquella caída. Y revivió en el 2000, cuando pudo exhibir orgullosa el título a la mejor cantante del milenio que le otorgó la BBC luego de una exitosa gira por Inglaterra que la llevó a cantar en el Royal Albert Hall y a que la crítica del Time Out británico la comparara con Louis Armstrong, Tina Turner, Edith Piaf y Celia Cruz. “Ya perdí la cuenta de las veces que vi a Elza caer al fondo de un pozo para volver a salir, golpeando la cabeza contra el techo”, le confesó al Jornal do Brasil su amigo Xangô do Salgueiro, mostrando como prueba de ese subibaja emocional las tres páginas de su agenda llenas de los teléfonos que fue pasándole su amiga durante estos últimos años. “Elza enfrenta las tragedias cerrando puertas”, explicó su biógrafo José Louzeiro. “Sus ausencias pueden durar años, pero siempre se recompone como si no hubiese pasado nada. Si no fuese así, ya hubiese enloquecido. Es como una Garrincha del escenario, que gambetea con su voz.”
A pesar de los elogios cosechados en Inglaterra, a Elza no le fue fácil construir este último regreso. “Ella es una de las grandes cantantes que existen y es absolutamente contemporánea, pero las discográficas la consideran una pieza de museo, y por eso no se dignaron a producir el disco que ella se merecía”, se quejaba el director artístico de su último álbum, Zé Miguel Wisnik, antes de que Carlinhos Brown le cediese su estudio y el sello independiente Maianga decidiese editarlo, poniéndolo en los quioscos de todo el país junto a una revista. “Es el mejor disco del año”, afirmó Silvio Essinger, del Jornal do Brasil. “Es un álbum que amplía las fronteras de la música brasileña”, escribió Marco Frenette en la revista Bravo. “Finalmente Elza tiene un disco capaz de representarla”, se enorgulleció Caetano Veloso.
“La música no tiene geometría, es simplemente música. O es buena o es una mierda”, dice Elza. “Así que lo que uno tiene que hacer es agarrar la música buena y sacar lo mejor de ella, hasta hacer una cosa como este disco”, resume la cantante al hablar de un álbum que reúne todos los estilos y a todos los intérpretes detrás de su figura, que en breve tendrá un documental dirigido por la cineasta de moda en Brasil, Katia Lundo, codirectora del film Ciudad de Dios. “Siempre digo que la fama y el hambre son las mismas palabras”, dice Elza, haciendo un juego de palabras con “fome”, “hambre” en portugués. “Uno duerme con la fama y se sueña con el hambre, duerme con hambre y sueña con la fama. Así que con este disco lo único que quise es asegurar mis vértebras, que son las que sustentan mi cuerpo. Y cuando me hablan del poder negro del que habla el disco, yo explico que no fue algo que buscamos. Simplemente sucedió. Y digo lo que digo siempre: que no quiero ser portavoz de nada, porque los portavoces terminan sin voz. Por eso mi disco, a pesar de todo, es alegre, porque simplemente permite que todos recordemos que se puede vivir mejor.”

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