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Domingo, 2 de noviembre de 2014

EL ESPÍRITU DEL BOSQUE

 Por Martín Pérez

Al promediar su show en la segunda jornada del Festival del Bosque, Martín Buscaglia no pudo evitar la sonrisa antes de hacer un comentario. Hablando y cantando bajo, acompañado apenas por una guitarra, el uruguayo había logrado convocar la atención y el silencio de la multitud agrupada en el escenario Fogón, el más pequeño –y al mismo tiempo siempre el más disfrutable– del encuentro musical que se realizó durante el fin de semana pasado en La Plata. “Lo peor de las épocas en que animaba fiestas de niños era que, cuando había logrado tenerlos a todos callados y prestando atención a las canciones, llegaban los padres con los sanguchitos o las gaseosas”, recordó Buscaglia, justo cuando vio pasar al costado del escenario –robándose todas las miradas– a los actores disfrazados de animales que representan el espíritu lúdico del Festival, y que engalanan todos sus avisos. Porque no hay músicos en los afiches del Festival del Bosque, sino un conejo, un zorro, y un enorme muñeco peludo y con garras que recuerda a Olga, el amigo imaginario de la tira del dibujante Liniers. O a uno de los monstruos del clásico libro infantil Donde viven los monstruos, del gran Maurice Sendak, en el que un niño les demuestra a sus monstruos que él es más monstruo que ellos. Y termina todo con un gran baile. Algo parecido es lo que sucede todos los años en el Bosque, ya que por más monstruos que habiten los afiches, son los músicos los que siempre lideran la fiesta. Una fiesta que desde hace seis años se realiza siempre a bosque lleno y con la más maravillosa música.

Para esta sexta edición, el evento organizado por el Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires se ganó un bienvenido nombre propio, el Festival del Bosque, que hace referencia al marco extraordinario donde se realiza, el Bosque de la ciudad de La Plata, con sus tres escenarios armados justo al lado del estadio de Gimnasia. Antes apenas si tenía una sigla como referencia, Fifba, que resumía un nombre que al mismo tiempo decía y escondía todo: Festival Internacional de Folklore de Buenos Aires. Porque, en esencia, el del Bosque es un festival de folklore. Pero, al mismo tiempo, esa referencia “internacional” en su nombre multiplica hasta el infinito las posibilidades de ese folklore. Más allá de su nombre –o de su sigla– el Fifba es un festival ideado para explorar las fronteras de un género que, con ciertas ediciones de Cosquín como el peor ejemplo, siempre se empecinó en cerrarlas. Pero, utilizando justamente la popularidad de las más grandes figuras del folklore –el Chaqueño Palavecino cerró la fecha del domingo, con una convocatoria calculada en 80 mil personas– como sustento y punto de apoyo indispensable para un evento gratuito, en su programación se ha podido encontrar año a año músicas y músicos que no se hubiesen acercado hasta aquí de no ser por el radar de sus programadores. Que evidentemente conocen a su público, porque si no no se podría explicar el atrevimiento de programar en el escenario mayor, Panorama, a una banda como los mexicanos Sonido Gallo Negro o al haitiano Belo, unos perfectos desconocidos por estos pagos antes de hacer bailar a las sesenta mil personas reunidas la noche del viernes para ver cerrar a Onda Vaga.

Si bien lleva el folklore en el nombre –o la sigla–, el Fifba tiene el dinamismo de un festival de rock. Pero su rock tiene más que ver con los nuevos tiempos, en que los géneros y las influencias se mezclan libremente, y en el que las nuevas generaciones abrevan en los ritmos locales. Con sólo el rock más cuadrado y endogámico dejado afuera de la grilla, en el Bosque se escuchan mezclas electrónicas, como el suceso de Tremor junto al santiagueño Elpidio Herrera –también en el escenario Panorama, pero el sábado–, guitarras eléctricas como las de los locales La Nube Mágica, Nde Ramírez o los brasileños Graveola, todos protagonistas del escenario Alternativo, el intermedio, nada casualmente el más rocker del evento. Pero la clave del Festival está en el Fogón, el escenario donde la gente se sienta a escuchar y los consagrados se presentan en formato acústico. Por allí desfiló la brasileña Dom La Nena, una de las revelaciones del año musical internacional, presente en La Plata por la libertad de un festival que se programa como un festival de cine, intentando complementar antes que imitar la oferta musical del mercado. Por allí también pasaron Tomás Lipán y Rubén Patagonia el viernes, Cristóbal Repetto y nada menos que Ramón Ayala el sábado, y esa pareja mágica integrada por Juan Falú y Liliana Herrero el domingo, y por eso es un escenario que en su apuesta lúdica aparece como la más cercana a ese espíritu del Bosque encarnado en el muñecón de la gran cabeza y las patas peludas. Ese que entiende, en el cuento de Sendak, que el niño es el más monstruo de todos. Y que el sábado, durante el encantador recital de Buscaglia, bien podría haberse sentado a escucharlo como el público que, en silencio, siguió canción tras canción, comentario a comentario, un pequeño recital que de tan libre los resumió a todos. Y a un festival que es para celebrar que siempre sorprenda, convoque al silencio y la credulidad, y siempre invite a dar algunos pasos. De baile, por supuesto.

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