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Domingo, 14 de diciembre de 2014

PODEROSA AFRODITA

PERSONAJES A los 28 años, Lena Dunham es una reina de la comedia blanca que recoge alabanzas y críticas en partes iguales. Con Girls, la serie que escribe, dirige, protagoniza y produce para HBO, se convirtió en una celebridad global y el mundo ama y odia a esta joven neurótica y hispter, de familia rica y neoyorquina, privilegiada y feminista, un poco Woody Allen y otro poco Judd Apatow. Ahora acaba de traducirse su memoir No soy ese tipo de chica (Espasa), un libro autocomplaciente y lúcido, con momentos desopilantes y otros cercanos a la autoayuda, donde está presente sobre todo su exhibicionismo compulsivo y también esa inteligencia de humorista filosa que entiende la necesidad emocional de reírse de sí misma.

 Por Ana Fornaro

Una de las formas más eficaces de escapar al ridículo es amplificándolo. Cuando se usa bien, la degradación autoconsciente se vuelve un arma poderosísima, restableciendo el control de la persona que lo perdió. No es lo mismo alguien que se cae por la calle y trata de disimularlo, que alguien que se cae, se burla de sí misma, y hace reír a los demás. La segunda, ganó. Con sólo 28 años, la guionista, productora, actriz y directora Lena Dunham tiene esto clarísimo y viene ganando la pulseada contra el mundo desde hace rato.

Su serie Girls, apadrinada por el gurú de la comedia indie Judd Apatow y coproducida por HBO, la coronó desde su primera temporada, en 2012, como reina de la pantanosa y nostálgica cultura hipster, y la colocó en el podio de la comedia burguesa-femenina-judía-neoyorquina-neurótica, si existiera esa categoría. Pero antes de saltar a la fama con el grito perdedor de Hanna Horvath –su personaje en la serie– Dunham ya había escrito, actuado y dirigido con éxito Tiny Furniture (2010), una película autobiográfica que recorre casi los mismos temas de la serie: tener veinte años, una relación torpe y confusa con el sexo y los varones, no querer enfrentarse a la vida adulta, ser hija de artistas famosos y saber que la creatividad es el camino, aunque no se sepa para dónde arrancar. A su vez, Tiny Furniture estuvo precedida por la serie web, Delusional Dowtown Divas (algo así como Divas Delirantes del Centro), un trabajo amateur y graciosísimo que hizo con un par de amigas, y la genealogía creativa autorreferencial de Dunham podría seguir hasta remontarse a sus poemas de infancia. Y para contar todo este camino ahora apareció No soy ese tipo de chica, una suerte de “memoir” precoz donde repasa su corta e intensa vida, reescribiéndose a sí misma, otra vez, pero mediante ensayos que se parecen mucho a entradas de un blog. Con sólo tres meses de vida, el libro ya tuvo las mejores defensas –la temida Michiko Kakutani, de The New York Times, le dio el visto bueno– se convirtió en uno de los libros más vendidos de Estados Unidos, le valió denuncias ridículas por abuso sexual contra su hermana menor, críticas con saña de las feministas 3.0 del blog Jezebel, y la indignación de varios escritores envidiosos del adelanto de 3,5 millones de dólares que le dio la editorial para escribir “eso”. Un revuelo previsible, pero exagerado, ya que No soy ese tipo de chica es un libro deliberadamente –éste es el secreto de Lena– poco pretencioso y divertido, que no va a cambiar el curso de la literatura autobiográfica, pero sí ayuda a echar luz sobre el personaje-persona Dunham; y eso ya está bien. Que esté escrito con gracia e ingenio no sorprende –Lena es colaboradora habitual del New Yorker y de hecho algunos de sus artículos forman parte de este libro– y que por momentos se torne intolerablemente banal y narcisista tampoco: ese es su juego. Pero hay algo superador, tanto de su talento como de sus falencias, y es la necesidad –intención– de la autora de ser lo más auténtica posible y de que lo que escribe sirva para algo, le sirva a alguien, aunque ese alguien sea ella misma. O, como dice su personaje en una de las escenas más graciosas de Girls cuando va a cenar con sus padres totalmente drogada y quiere convencerlos de que le sigan pasando plata: “Creo que voy a ser la voz de mi generación. Bueno, al menos una voz”.

Ese tipo de chica

Lo primero que hace Dunham, antes de sumergir al lector en su intimidad, es abrir el paraguas. En un clásico mecanismo retórico, argumenta el porqué de este libro, se sitúa en un canon, y con una modestia que parece genuina –como si fuera cualquier hija de vecino– deja varias cosas en claro: este es un libro con perspectiva de género, escribirlo fue una necesidad imperante, y a su vez espera que pueda servirle a chicas que, como ella, estén o hayan atravesado situaciones traumáticas, incómodas o de incertidumbre tanto con su sexualidad como con sus amistades, así como con su vocación, familia y carrera. Es a partir de estas temáticas que se irá organizando el memoir-autoayuda, con algunos entremeses en forma de listas del estilo “18 cosas inverosímiles que he dicho flirteando” o “13 cosas que he aprendido que no se deben decir a las amigas”, que coquetean –aunque de forma bestial– con la estética de las revistas femeninas. Hay que decirlo: aunque Dunham escriba con mucho humor y la clásica distancia irónica de quienes suelen contarse a sí mismos, se tomó muy en serio este libro y lo aclara desde la introducción: “No hay nada más valiente para mí que el que una persona anuncie que su historia merece ser contada, sobre todo si esa persona es una mujer. Por mucho que hayamos trabajado y muy lejos que hayamos llegado, aún hay muchísimas fuerzas que conspiran para decirles a las mujeres que nuestras preocupaciones son insignificantes, que nuestras opiniones no hacen falta, que carecemos de la seriedad necesaria para que nuestras historias cuenten. Que estos escritos personales hechos por mujeres no son sino un ejercicio de vanidad y que deberíamos valorar este nuevo mundo para la mujer, sentarnos y callarnos la boca”. Se está defendiendo de las posibles críticas, claro, pero también está defendiendo a sus referentes, que menciona y homenajea a lo largo del libro: Helen Gurley Brown –la inventora de la revista Cosmopolitan y autora de Tenerlo todo– que convenció a una Dunham adolescente e insegura de que las mujeres exitosas no nacen, sino que se hacen; la guionista y productora de cine Nora Ephron (Cuando Harry conoció a Sally, entre otras películas), que durante su último año de vida fue una suerte de maestra para ella, y la periodista y escritora feminista Gloria Steinem. Esa lista podría seguir con Dorothy Parker o Elaine Dundy –autora de la novela de iniciación Te quiero verde– escritoras que no nombra directamente, pero con las cuales está claramente emparentada. Además, hay recordar que en el último tiempo se han multiplicado en el mercado norteamericano los libros firmados por humoristas femeninas televisivas. Tina Fey y Amy Poehler, entre las más conocidas, han editado recientemente los suyos. Lo que la distingue a Dunham –y habla de otra clase de fenómeno, y también de marketing– es que el suyo se publica en castellano casi al mismo tiempo que en inglés.

Reality show

Dunham tiene un exhibicionismo compulsivo del cual es consciente y sobre el cual construyó su carrera. En más de una ocasión hablará de esto en el libro, así como en varias entrevistas, de la necesidad que siempre tuvo de decirlo todo, más por no poder hacerse cargo de sus propios sentimientos que por una sinceridad de tipo moral. Sobre este eje gira todo el memoir y aplica también para el resto de su trabajo. ¿Qué lleva a alguien a querer desnudarse sin parar –figurada y literalmente– a querer contar sus sesiones de terapia, su ingesta de medicación por un trastorno de ansiedad, hacer un inventario de una patética vida sexual y sentimental, a publicar tal cual un diario de dieta, a contar cómo le miraba la vagina a su hermana –esto fue lo que desató el escándalo de supuesto abuso sexual– a transcribir un mail ridículo con notas al pie que le mandó a un novio que la ignoraba –uno de los momentos más graciosos del libro–, o a contar la relación con sus padres? Lena responde: una mezcla de inseguridad, narcisismo y recobrada seguridad. En toda autoparodia actúan mecanismos intrincados y contradictorios que nacen, en general, de un pathos profundo –ella, como la mayoría de los humoristas, responde a un tipo melancólico, con necesidad de trascendencia– y terminan con una gran carcajada transformadora que genera empatía. En ese sentido, No soy ese tipo de chica se inscribe en el “pack Dunham” y el lector fanático de su obra se encontrará estableciendo correspondencias entre las anécdotas “reales” del libro y los episodios de Girls o escenas de Tiny Furniture. Pero ahí está la trampa y quizá lo más atrapante de este memoir: Lena no es exactamente la Hanna de la serie ni la Aura de la película, ni siquiera la narradora de No soy ese tipo de chica. La autora de estos ensayos o crónicas está, de alguna manera y a pesar de su juventud, de vuelta. Duhman es la versión exitosa –no en vano es la creadora– de sus propios personajes. “Soy una narradora poco fiable. Porque añado un detalle inventado a casi toda historia que cuento sobre mi madre. Porque mi hermana asegura que todos los recuerdos que ‘compartimos’ los he creado yo para impresionar al público. Porque me pongo ‘mala’ muchas veces. Porque uso la misma voz grave con todos los tipos que he conocido, excepto cuando pongo voz de adulto decaído para imitar a mi padre. Pero sobre todo porque más adelante describo un encuentro sexual con un republicano bigotudo del campus como la triste pero educativa elección de una chica que era nueva en el sexo cuando, de hecho, no pareció para nada una elección”, dice Dunham al inicio del capítulo “Barry” y se explaya después sobre cómo se percató con el tiempo de que una noche de borrachera fue en realidad una violación. Dunham escribe, como casi todos, un poco para aliviarse y otro para vengarse y en este libro se desquita bastante. En ese sentido se inscriben, y son justamente una de las partes más interesantes del libro –mucho más que la enésima anécdota sobre lo perturbada e inteligente que era de niña– sus reflexiones acerca del lugar que ocupa como mujer joven de clase privilegiada en el mundo del espectáculo, el derecho de piso que tuvo que pagar por eso mismo y los problemas de disociación que le generó su propia creación; al punto de preguntarse, en el apogeo de su éxito, “¿soy real”. Y no era metafórico.

Algunos contra Lena

Lena Dunham podría ser algo así como la nieta de Woody Allen, o de alguno de sus personajes neuróticos e intelectuales del Upper East Side neoyorquino. Hija de dos artistas de renombre, se crió en un loft del barrio bohemio chic Tribeca y fue a cuanto colegio privado progre había en la ciudad. Fue carne de diván desde una edad temprana y a los once años salió por primera vez en The New York Times como una especie de “it girl” enana opinando sobre moda. Años después, cuando tenía diecisiete, el mismo diario –que parece fascinado con ella– le dedicó una crónica sobre una cena vegana que hizo con sus amiguitos. Por lo que cuenta en su memoir, siempre gozó de una libertad, tanto creativa como económica, envidiable para cualquier proyecto de artista: su primera película fue financiada y protagonizada por su familia y el puntapié inicial para que HBO la llamara para que hiciera lo que quisiera. Ese es su mundo, eso es lo que conoce, de eso elige hablar. Como sus padres son feministas y de izquierda, se identificó rápidamente con una forma de pensar demócrata y con perspectiva de género. Y justamente ese es el blanco de las mayores críticas. Por un lado de los conservadores, que por razones obvias no comulgan con su obra llena de desnudos, escenas de sexo y máximas progresistas, pero por otro, de los policías de la corrección política que ven en su obra una construcción blanca, heteronormativa, nepotista y con restricción de clase. Se corría el velo: Lena Dunham no era entonces ni más ni menos que una nena bien creativa e ingeniosa, tornillo necesario y aceitado de la maquinaria excluyente de la televisión estadounidense. Y, si nos ponemos estrictos, algo de razón hay. Pero quienes le reclaman esto a una comedia sobre posadolescentes hipsters, no lo hicieron con, por ejemplo, las exitosísimas y también de culto Seinfield o Curb your enthusiasm que, casualmente, no están creados ni producidos por una chica veinteañera. A su vez el blog Jezebel ofreció este año diez mil dólares para quien consiguiera las fotos no retocadas de Dunham en la revista Vogue, como una manera de demostrarle al mundo que “la reina está desnuda” y que esta chica es en realidad una burla para el verdadero feminismo. En todas las críticas está presente una especie de desilusión: Dunham no es auténtica, no es revolucionaria, no vino a cambiar nada. Lo mismo pasó con No soy ese tipo de chica y ya salieron varios a pegarle por todos esos motivos. Este memoir, que peca de muchas cosas –es autocomplaciente, un poco moralista, tiene un tono “tú puedes” bastante insoportable– es también un libro lúcido y con momentos desopilantes sobre una chica sobreestimulada y con talento que “quiere tenerlo todo”. Una historia de iniciación de alguien que está ocupando un lugar extraño e interesante en el mundo hollywoodense. Y el resto es exceso de expectativa.

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