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Domingo, 15 de marzo de 2015

CON VUELO PROPIO

MUSICA Hacía falta un grupo así en la escena del rock argentino: música radiante, guitarrera y sin miedo a los solos, los cambios de acordes imprevistos, las métricas irregulares. Quizás esa confianza que irradia Amel tenga que ver con la estirpe: en la banda tocan Gustavo Spinetta y su sobrino, Gonzalo Pallas, y su bunker es en la calle Arribeños, donde el clan ensaya, convive y suena inevitablemente spinetteano.

 Por Sergio Marchi

Amel. Nombre corto y musical. Pero indescifrable. Hasta que Radar se aventura al histórico bunker de esta banda, bastante nueva, y pregunta. La respuesta la da el guitarrista y cantante del grupo, Gonzalo Pallas: “Amel es el nombre de un gato que compraron mis viejos, un gato persa, muy lindo, pero lo que me gustó fue la musicalidad del nombre”. Su tío, Gustavo Spinetta, baterista de Amel, agrega: “Los gatos que vienen con pedigrí traen el nombre de acuerdo a la camada de gatitos que haya parido la madre. O sea la primera camada de gatos tienen nombres con A, la segunda con B, y así sucesivamente”. Tal vez por eso, entre felinos de raza, no abunden los nombres con las últimas letras del abecedario.

En 2853, nombre del segundo disco de Amel (el primero salió en 2012), inclasificable por la variedad de estilos que aborda, figura un gato en la tapa. Sin embargo, ese gato no es Amel, ni es de raza, pero parece el dueño de la base de Arribeños, donde Gustavo y Gonzalo conviven y ensayan con el resto de la banda. Se llama Cascabel y patrulla con displicencia el lugar, como ajeno a la charla que se produce en la cocina. “Le sacamos una foto –dice Gonzalo–, y quedó como saturada, pero quedó la cara del gato y todo blanco alrededor y nos gustó el efecto.”

El Efecto Amel se traslada a su música, radiante, elaborada pero no complicada. Al escuchar 2853, producido por Tweety González y hecho con financiación colectiva (crowdfunding), se tiene la sensación de que hacía falta un grupo así dentro del alicaído panorama del rock argentino; suenan guitarreros, aunque hayan incorporado un tecladista hace relativamente poco (Lautaro Balestra Martínez), no les tienen miedo ni a los solos, ni a los cambios de acordes imprevistos, ni a las métricas irregulares. Hablan de amor, sí, pero también de portales en el tiempo, de niños índigo, de naves que despegan; insertan el audio de una entrevista a Salvador Dalí en una canción, bajan línea ecológica (sin severidad) y hablan de transformación.

2853 es un número de vuelo, pero tiene que ver más con una historia familiar, que con un avión que sale a determinado horario. Amel se forma a raíz de una tradición ineludible para los Spinetta: tocar. “Creo que Amel es el amor por la música que cada uno fue desarrollando a medida que se incorporó a la banda”, dice Gustavo. “El primer Amel fue Gonzalo, él formó la banda. Todo comenzó despuntando el vicio de tocar, yo siempre con la batería armada en mi casa, y cada vez que él venía acá se copaba con la música. Él iba al colegio, que está pegado a mi casa, que era el hogar de sus abuelos. Y acá siempre había un equipo, una guitarra que mi hermano Luis dejaba, o algún amigo, entonces estaba todo listo para hacer un poco de música. Esa fue la cuestión, que él comenzó a tocar la guitarra y cada vez que venía acá y confluíamos, la cosa era tocar, zapar, delirar un poco. Para mí era como un hobby y para él era algo muy copado. Gonzalo tendría 12 o 13 años cuando eso comenzó.”

“En un tiempo vivíamos juntos por una refacción que se hacía en Arribeños –interviene Gonzalo–, y vivimos un tiempo con mis viejos, los abuelos y Gus; él y yo compartíamos un cuarto que era como un living gigante. En ese departamento estaba la Yamaha de Luis.” Como en buena familia italiana, Gustavo lo refuta con cariño. “Había una Yamaha que era de mi viejo, en realidad, que Luis se la trajo: siempre le traía algo lindo a mi viejo; le traía guitarras porque era un luthier muy especial. Arreglaba lo imposible en las violas criollas, esas que la gente tiraba mi viejo las agarraba y quedaban sonando perfectas. Esa guitarra era una Yahama electroacústica, con cuerdas de nylon. Cada vez que Luis venía tenía una viola para tocar; lo primero que hacía era saludar a todo el mundo, y después cazaba la guitarra y ya venía con algo cargado. Yo también le daba a la viola, por ahí Gonzalo estaba con la computadora y yo paveando con la guitarra. Entonces, entre eso y haberlo tenido a Luis y a los primos tan cerca, se le dio por tocar. Gonzalo iba a Internet y se bajaba las tablaturas de las canciones, se fijaba cómo se hacían los acordes. Después Luis le entró a pasar alguna cosa.” “Yo le pedía temas de él y me pasaba los acordes originales: ‘Jilguero’, ‘Ganges’, ‘Credulidad’. Para mí también era como un ejercicio, ir sacando temas”, concluye Gonzalo. Pero, ya se sabe, las canciones del otro tío no eran cualquier canción.

Si se piensa un poco, Amel no es un grupo de barrio: es de la cuadra. Porque después de tío y sobrino, se suman dos compañeros de colegio de Gonzalo (Francisco Zunana y Pablo Castagneris), que iban a tomar la merienda a Arribeños, simplemente porque era la casa más cercana, pegada al colegio. Creciditos ya, comenzaron a agarrar los instrumentos y a hacer retumbar los cimientos del lugar, como lo hicieran, tiempo atrás, Almendra, Pescado Rabioso e Invisible. Es inevitable que Amel tenga un sonido spinetteano, pero no sólo por parte de Luis Alberto, sino también de Ana (madre de Gonzalo) y de todo el clan familiar. Francisco interviene en la charla y explica que “Amel es el proceso de muchos años de tocar, componer y zapar. Todos los demás también aportamos y componemos, no es que hay un monopolio”. “Ellos también –agrega Gustavo– comenzaron a aportar toda su historia sumada a la de Gonzalo, agregando cosas nuevas y redondeando todo con una libertad total. Y una de las cosas importantes que tiene la banda, y por ahí es lo que forma el estilo, es que a cada tema que pinta se lo trata como si fuera una entidad, como si fuera algo que decide por sí mismo, y cada uno trata de extraer eso. Ahí no pensamos que tiene que sonar de alguna manera. No copiamos estilo ni ajeno ni propio. No somos autorreferenciales.”

“Todos nos parecemos mucho de alguna manera –concluye Gonzalo–, también físicamente; a veces me dicen que me parezco a Dante, pero soy la versión masculina de mi mamá, y me parezco a mi viejo Mario, y tengo muchas cosas de él. Yo me lo tomo con naturalidad, me encanta la obra de mi tío, es un halago. Pero Amel va más allá de eso.” Y cierra con una buena frase: “El que a lo suyo se parece, honra merece”.

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