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Domingo, 5 de julio de 2015

TEATRO. MI HIJO CAMINA SOLO UN POCO MáS LENTO

TODAS LAS MAÑANAS DEL MUNDO

Se presenta los domingos por la mañana y el texto es de un joven dramaturgo croata. Dichas así, las coordenadas de la pieza Mi hijo camina solo un poco más lento, de Ivor Martinic, suenan a propuesta excéntrica. Pero la obra dirigida por Guillermo Cacace viene recogiendo críticas efusivas y muchísimo público gracias a su densidad emotiva, los extraordinarios actores que van de los 20 a los 80 años y el despojo total de una puesta a luz del día.

 Por Mercedes Halfon

Domingo de lluvia torrencial en Capital Federal. El gris afea las veredas de Monserrat, pero adentro de la sala Apacheta el clima que se vive es diametralmente opuesto. Hay música en portugués y, sobre una barra, infusiones humeantes, chipá y galletitas. La luz de la mañana entra por las ventanas. Los actores deambulan por el espacio escénico en jogging, cebando mates, conversando entre ellos, como si estuvieran en el living de su casa. Los espectadores tomamos asiento en unas gradas pequeñas, sin darnos cuenta, inmersos en esa “reunión” de la que somos de algún modo partícipes. Hasta que lentamente la ficción comienza a hacerse lugar en la mañana. La obra es Mi hijo camina solo un poco más lento, un texto de Ivor Martinic, joven dramaturgo croata que llegó a nuestro país en el marco del festival Dramaturgia Europa + América en 2014. La versión local tiene dirección de Guillermo Cacace y desde el año pasado está generando impresiones, impacto, cosechando una gran adhesión en el público local.

La obra lleva a escena una familia cuyo centro es un muchachito llamado Branco, afectado por una enfermedad que lo ha dejado en silla de ruedas para siempre. Su familia es como un lago donde cayó una piedra grande y las ondulaciones siguen llegando hasta la orilla. Alrededor de Branco están: su madre, quien “no hay un día en que no llore por esto”; su hermana, que parece estar enamorándose, pero todo se torna menor en comparación con Branco; su abuela que olvida la mitad de su vida e inventa la otra mitad; su tía, en conflicto eterno con su madre. Y también están los hombres de la familia: el padre ausente, el abuelo prescindente, el tío ninguneado, que ocupan una posición lateral en el dibujo de la familia. Todo transcurre el día que Branco cumple 25 años, su hermana trae una amiga a casa que quedará prendada del chico. Con esta ya son cinco las parejas arriba del escenario. Claro que nada de esto es lineal en el texto y mucho menos en la puesta. Vamos entendiendo los vínculos de a poco y apenas, cada personaje tiene una enorme complejidad en sí mismo y en el modo que se relaciona con los otros.

Gran parte del impacto de Mi hijo camina solo un poco más lento radica en que toda esa complejidad emocional se manifiesta en escenario vacío. Solo algunas sillas desperdigadas donde descansar. La desnudez del espacio pone de relieve la humanidad sobre la escena: los personajes en ropa de calle, interpretados por actores que van de los ochenta a los veinte años, brillan en todo su esplendor. Y en ese arco etario también se da todo un mundo de diferentes tonalidades expresivas. Así lo explica Guillermo Cacace: “La mezcla de edades es parte de lo entrañable de la experiencia y eso evidenció lo diferente desde el instante cero. Sea por edades o por registros de actuación tan distintos en apariencia aposté a un máximo nivel de escucha entre ellos como todo procedimiento. A que se afecten unos con otros desde lo que hacen sin homogeneizar en un mismo estilo de actuación las improntas que singularizan a cada uno. Lo importante era encontrar formas de estar juntos y no de parecernos. La tarea era poner de relieve lo que hay, trabajar sin ocultamientos estetizantes”, cuenta.

Es toda una rareza ver una obra a las once de la mañana. Hay algo del ritual con que se va al teatro –nocturno, vinculado a la pizza posterior– que se modifica totalmente al cambiar el horario. Ver esos actores con ropas de ensayo, expuestos a la luz del día, ver sus rostros sin el tono anaranjado de los focos teatrales, los acerca mucho a la verdad. Como dice Cacace: “Muy en línea con no ocultar nada quedó esta luz y este vestuario. Ensayábamos por la mañana y con esta ropa. Si esa claridad del día y esa indumentaria fueron el instrumental de parto de lo que hoy acontece, ¿por qué luego hacer las funciones cambiando las condiciones en las que algo fue posible? ¿Para qué? ¿Para hacer lo que se suele hacer en teatro? Es absurdo y lo digo incluso sabiendo que habrá otras oportunidades donde no lo pueda evitar. No intenta ser una fórmula: se dio así y nos rendimos ante la evidencia. Ayudó a tomar la decisión de que así debía ser, que la obra para nosotros es también muy luminosa y que los equipos de gimnasia arman algo muy ‘familia’. Tiempo más tarde nos dimos cuenta que todos comienzan corriendo en una obra donde caminar es el signo de la dificultad. Todos están vestidos para correr y la única escenografía son seis lugares donde sentarse”.

A veces los actores necesitan sentarse para detener un poco el flujo de emociones que parecen estar atravesándolos permanentemente. ¿Cómo reacciona una familia cuando uno de sus integrantes, el más joven, está condicionado físicamente en su forma de estar en el mundo? ¿Es realmente tan grave lo que le pasa a Branco? ¿Cómo ese amor excesivo al hijo repercute en el resto de la familia? ¿Cómo conviven el principio de endogamia con el de exogamia en el seno de una familia en crisis?

Todas esas cuestiones aparecen y tensionan Mi hijo camina solo un poco más lento, sin terminar de resolverse. Es particular que toda esta problemática provenga de un autor de una latitud tan lejana. Un poco poniendo a prueba ciertas ideas preconcebidas sobre lo cercano y lo lejano. Cacace dice: “Creo que en la historia de la literatura dramática hay cuatro o cinco grandes temas y el resto son agenciamientos particulares. En esa singularidad aparece ‘lo extranjero’. Si la acción desarrolla la tensión de un hijo enfrentando a su madre, como es el caso de nuestra obra, nos encontramos frente a una situación universal y allí se inscriben Orestes, Hamlet, y la lista no tiene fin. Ahora bien, los condicionantes de esa acción son los que ponen de manifiesto la particularidad, el rasgo identitario. Y ese rasgo tiene un efecto poético que hoy es difícil dejarlo ligado a que la obra proceda de otro país. Dentro de un mismo país unas obras son muy distintas en relación a otras y acá incluso tenemos casos donde algunas obras argentinas parecen concebidas afuera o con una fuerte impronta europea. Pero curiosamente esa impronta europea es una falacia porque conocemos de Europa, o de otros lugares del mundo, lo que los circuitos de legitimación facilitan que circule. Así ha sido siempre. En todo caso celebro que algo de todo este movimiento haya permitido que me encuentre con este texto de una sensibilidad tan exquisita. Así como también celebro cualquier principio de exogamia. La primera vez que leí este texto de Ivor Martinic lloré”.

Algo de esa conmoción sigue recorriendo el cuerpo de los actores en la obra. Aldo Alessandrini, Antonio Bax, Luis Blanco, Elsa Bloise, Paula Fernandez Mbarak, Pilar Boyle, Clarisa Korovsky, Romina Padoan, Juan Andrés Romanazzi, Gonzalo San Millan, Juan Tupac Soler, todos potentísimos, continúan emocionándonos, a lo largo de sus funciones, de los días de lluvia y sol que se dejan ver en la obra, a través de la ventana.

Los domingos a las 11.30 y 14 y los sábados a las 16.30 en Apacheta Sala Estudio, Pasco 623. Entrada: $ 120.

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