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Domingo, 23 de agosto de 2015

MúSICA DEL CANCIONERO DE RAMóN AYALA A LOS NUEVOS COMPOSITORES DEL LITORAL: CECILIA PAHL PRESENTA SU NUEVO DISCO, LITORâNE

ENTRE RÍOS

 Por Juan Ignacio Babino

“Mi bilingüe era la música”, dice y sonríe, enorme, como si en ese gesto cantara también.

Cecilia Pahl nació en Puerto Rico en 1970 pero ese lugar, en su derrotero, no es mucho más que un dato; sus padres estaban allí por trabajo y luego de su vuelta ella nunca más volvió ni tampoco tiene recuerdos natos. A los tres años ya estaban viviendo en Córdoba y ese “bilingüismo” se refiere a la educación que recibió desde jardín hasta terminar el primario en esa ciudad: colegio doble turno donde por la mañana tenía clases “formales” y por la tarde música. Se mudaron a Misiones y allí siguió estudiando música. “Estaba muy vinculada desde lo profesional con la música clásica pero con un interés en todas las músicas. En mi casa había para elegir: mi abuelo materno tocaba jazz, mi padre cantaba popular pero yo estaba en esa cuestión de conservatorio”, cuenta. Entre otras cosas fue preparadora vocal, ayudante de dirección, fundadora de un pequeño ensamble de música barroca. En Posadas, en Apóstoles, en Oberá –donde, a poco de llegar, se sorprendió al encontrar la plazoleta Sacerdote Pahl–. Y no fue sino hasta una estadía de un buen tiempo en el exterior –Nueva York, donde fueron por un trabajo de su marido, el artista plástico Ignacio de Lucca– que empezó a pensar un trabajo que tuviera que ver con su tierra, con parte de ese aire. “Y es cuando me viene esa claridad. Que canten música clásica y barroca millones, buenísimo; yo quiero cantarle a ese paisaje, cantarle a la tierra de uno, no que suene lindo, gorgorito de voz, sino que diga. Me nace eso viviendo en otro país. Y justo en Nueva York que es tan cosmopolita.” Y cantarle a su tierra en ese momento fue revisitar y buscar en la obra de Ramón Ayala. Ellos ya se conocían porque él visitaba de cuando en cuando el estudio de arquitectura de los padres de ella –donde, entre otros, se exhibían obras de distintos artistas misioneros entre los cuales estaba, claro, Ayala–. “Cuando él volvía a Misiones siempre que podía lo iba a escuchar y cada cosa que decía me quedaba impresionadísima, de ver esa contundencia, esa claridad que el tenía en el mensaje, en la poesía. Esta cosa de pintar la aldea, ¿no? Cuando volví de Estados Unidos lo invité a almorzar a mi casa y le dije que lo que realmente quería cantar era esto, la música popular. Lo que tiene sentido para mí, con lo cual puedo decir algo, que realmente sea verdadero. Estuvo muy contento. Y ahí se fue clarificando, dije: es este el paisaje”, cuenta. Y recuerda, por ejemplo, una postal que él le envió hace unos años –incluso antes del disco– desde Alemania: “Como si hubiera visto algo ahí”.

En guaraní, zorzal se dice corochiré. Y así se llamó el primer disco de Pahl, Corochiré (2010), que siguió ciertas premisas claras: diez temas que fueran letra y música de Ramón Ayala, lo menos conocido posible y sólo ritmos del litoral. La idea musical de la obra la trabajó junto al guitarrista Matías Arriazu. “Matías es un amigo, compañero musical que tradujo un poco la idea de lo que quería hacer. Coincidimos estéticamente en querer hacer esto. ‘En esa me prendo, en esa voy’, me dijo ante la propuesta. Me encanta como toca pero más las ideas, el desarrollo del pensamiento musical que tiene para bajarlo a la guitarra y hacer un arreglo.” El disco no sólo recibió elogios y emociones del propio Ayala; por caso, el historiador, ensayista y crítico musical Sergio Pujol lo eligió disco del año. Y Corochiré no es sólo un exquisito recorrido por esas obras poco conocidas de Ayala; a los gualambaos –“Amanecer en Misiones”, “Volver en un cuento” (dedicada a Horacio Quiroga)– y chamamés –”Caraí bandoneón” y “Retrato de pescador”– se suman guaranias y galopas, junto a la hermosísima “Irupé”, entre otros. Es, también, una fiesta del lenguaje, de lo que se enuncia y cómo se lo hace: lo dicho desde la musicalidad propia que habita el guaraní. Ahí están, entonces: caraí, cordión, mbaracá, barbacuá, tarefa, poriajhú, mboraijhú o la propia “La voz del monte”, donde dos estrofas en guaraní tienen su correspondencia en castellano. El arte, además, está ilustrado por acuarelas del propio Ignacio de Lucca: mil y un colores que remiten a esa tierra. “Toda esta cuestión de las fronteras –dice ella– que en Misiones para mí siempre fueron muy marcantes. Una provincia tan pequeña, tan angosta con límites naturales que son unos tremendos ríos, el Paraná y el Uruguay, las cataratas, que ofician de límite a la vez lo son de fluidez y encuentros. De un lado y del otro. Misiones, una cuñita de tierrita metida allí, que si no fuera por los ríos, o sería de Brasil o sería de Paraguay, eso es muy interesante.”

Litorâneo (editado por Shagrada Medra) es su nuevo y flamante disco. Y el nombre, que da algunas pistas, ella lo explica así: “Es una palabra en portugués, que quiere decir litoraleño pero me gustó ese juego: litoral neo. Y tiene otra cuestión con el portugués, tiene ese acento circunflejo porque toda esta parte del litoral tiene fuerte influencia de Brasil, entonces también era como una cuestión de región”. La premisa: autores contemporáneos y de esa región. “Fue un proceso de búsqueda, de investigar. ¿Y ahora qué voy a cantar después de lo de Ramón? Voy a cantar al litoral, sí ¿pero qué? Hay música nueva, hay compositores nuevos. Esto quiero cantar, estas canciones que no tienen tanta repercusión. La idea era esa, lo inédito, lo nuevo, lo que nadie canta.” “El suquipuquero” y “De fuego” (Coqui Ortiz), “Jazmín” (Guillermo Klein), “Ceibas” (Sebastián Macchi), “Yarará” (Jorge Fandermole), “Candombe de la luna en parche” (Germán Arriazu) son algunas de las canciones. Se abre la región que abarca el disco –ya no sólo Misiones sino también más abajo–, se abren las músicas y los colores: hay chamamé canción, hay 5/8 y 6/8 en un mismo tema, hay pasajes más jazzísticos (en “Jazmín” por ejemplo –¡ese flugel de Richard Nant!– hay canción litoraleña, hay cosas como “El suquipuquero”, que Cecilia la define como una especie de “milongón”. Y hay, sobre todo, un tratamiento exquisito de la canción sea en el formato que sea: otra vez la búsqueda y la intención en el decir, la dicción cristalina. Todo ello sobre el basamento que puede dar una banda integrada por Matías Arriazu (guitarras 8 cuerdas), Mariano Cantero (percusión y batería), Sebastián Macchi (piano y teclado) y Fernando Silva (bajo y contrabajo), más los invitados Carlos Aguirre, Leo Genovese, Lucas Monzón, Daniel Maza, Joana Queiroz, entre otros. “La unidad aquí es el Litoral hoy. Más que en Corochiré la identidad de este disco está en abrir, dada por algunos ritmos pero también por la poética, la palabra de los que narran y cuentan. Excepto Klein y Fander, todos tienen poco más de treinta años, son autores muy jóvenes. Cuando escucho, cuando leo lo que escriben digo ‘pucha, estos pendejos’. La música, finalmente, para mí, son puentes. Tendido de puentes. Querer contar de un lugar y de lo que la gente hace en ese lugar. En este mundo más abierto es imposible ser impermeable.” Resulta difícil pensar Litorâneo sin pensar en esa obra basal, capital que fue –que es– Litoral de Liliana Herrero –no por nada Cecilia nombra a su autora luego de referirse a Mercedes Sosa–. Obras que, quizá, tienen cierto punto de partida en común y búsquedas análogas pero que llegan a lugares un tanto diferentes.

“Nos planteamos ¿cómo es el Litoral? Allá, bien al norte Formosa y Misiones, mezcladísimos con Brasil y Paraguay, bajan las aguas y están de un lado Brasil y Uruguay, el candombe, y de este lado Chaco, Corrientes, Santa Fe, el río Paraná y desembocan todos en el Río de la Plata, que es el gran río y que se convierte en mar. Como dice Ramón “soy del Paraná, horizonte que va hacia el mar”, agrega y su voz –un río manso, una brillantina de agua– va y va, tierra adentro, al Litoral.

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Imagen: Nora Lezano
 
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