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Domingo, 11 de octubre de 2015

PERSONAJES > LIV & INGMAR

ESCENAS DE LA VIDA AMOROSA

Se conocieron en 1966, cuando Liv Ullman llegó desde Noruega para filmar Persona con Ingmar Bergman, en la isla de Färo. Ese encuentro fue una revolución: actriz y director se enamoraron locamente. Después, la relación pasó por todas las texturas posibles, las más rugosas y las más placenteras, las creativas y las despiadadas. La semana que viene se estrena Liv & Ingmar, el documental del director indio Dheeraj Akolkar que retrata el vínculo desde los años dorados hasta la reconciliación final en la vejez.

 Por Paula Vazquez Prieto

En 1968 Ingmar Bergman filma una de sus películas más oscuras, más terroríficas: La hora del lobo. “La hora del lobo es el momento entre la noche y la aurora cuando la mayoría de la gente muere, cuando el sueño es más profundo, cuando las pesadillas son más reales, cuando los insomnes se ven acosados por sus mayores temores, cuando los fantasmas y los demonios son más poderosos”. El diario de su protagonista, el artista Johan Borg, interpretado por el varias veces alter ego del célebre sueco, Max Von Sydow, refleja ese mundo siniestro que cobra vida en las sombras de la pantalla. Un mundo que se remonta a una infancia signada por el castigo y la represión, por la ausencia de afecto y la soledad de las propias fantasías. Todos los personajes del Bergman maduro son solitarios y atormentados, adultos crecidos en la hostil tempestad del invierno y el desamor infantil. En La hora del lobo, esos miedos y oscuridades nutren la creación de Johan, definen sus mundos imaginados, sus tentaciones de culpa y redención, su itinerario febril por esa árida isla del frío escandinavo. Quien descubre sus escritos, casi como enredada en el torbellino de una pesadilla, es su esposa Alma, cuya fragilidad y desconcierto no encuentran mejor representación que los ojos cristalinos y diáfanos de Liv Ullmann. La actriz había dejado la Noruega de su infancia y adolescencia para filmar Persona un año antes en la misma isla de Färo. Su encuentro con el cineasta había sido toda una revolución, no solo para el cine sino para la vida personal de ambos. Con más de 20 años de diferencia de edad y ambos casados, comenzaron un romance ardiente y tumultuoso de duraría pocos pero intensos años, dejando como testimonio de ese encuentro las películas que hicieron juntos, una hija y una amistad entrañable. Los recuerdos de aquel tiempo, los amargos y los luminosos, nutren el relato de Liv & Ingmar, el documental del director indio Dheeraj Akolkar, casi como una confesión en primera persona, como una despedida, como una celebración de un cine que nació y vivió en aquella pequeña isla de ensueño y pesadilla.

Todo comenzó en el mítico rodaje de Persona (1966), recuerda Liv, allí en la recién descubierta isla de Färo, la que reemplazaría a la Örno de Un verano con Monika (1952), la que sería el paraíso en la Tierra para Ingmar Bergman, custodio de su tiempo dorado, albergue de su vejez. La camaradería y el buen recibimiento del grupo creativo al que Liv Ullmann se sumaba como una recién llegada se engrandecen a la distancia en aquel anhelo de pertenecer, de ser parte de ese abismo que se abría a sus pies, fascinante y extraño al mismo tiempo. La cámara de Akolkar recorre en el presente esas playas que siguen iguales aún en sus colores más vivos, y la figura de Ullmann, marcada por el paso de los años, resistente en su vitalidad, honesta en sus emociones, evoca ese tiempo lejano que hace aparecer, como en un pase de magia, ese pasado y esa juventud perdidos. De pronto vemos reírse a Bibi Andersson, con su pelo claro agitado por el viento, trabajar concentrado al director de fotografía Sven Nykvist, recorrer tímido el espacio abierto al amigo y actor fetiche de Bergman, Gunnar Björnstrand, todos ellos como apariciones sin conciencia de la Historia que estaban creando. Salvo Bergman, artífice de aquel clima en el que se gestó un jalón ineludible del cine moderno, con el que ponía toda la carne al asador, aquella que había estado cocinando desde comienzos de los ’60 en su trilogía sobre el silencio de Dios que incluía Detrás de un vidrio oscuro (1961), Luz de invierno (1963) y El silencio (1963). Ese clima que se tornaba opresivo y desgarrador en la pantalla, se revela íntimo y placentero en la memoria de Ullmann que luego de 50 años recuerda aquellos días como los mejores de su vida. Días que regresan a través de los registros caseros de aquellas caminatas por esa playa desierta y rocosa, de sus carcajadas contagiosas, de las miradas furtivas entre los amantes, de la premonición de toda una odisea.

La película de Akolkar sigue la cronología del relato de su protagonista y construye las diversas estaciones, o estancias, en las que anidaron esos sentimientos que fueron mutando a lo largo de los años. Primero fue el amor, luego la soledad, después la rabia, el dolor, y así hasta la amistad que los unió en los últimos tiempos, más allá de los nuevos matrimonios, de la hija compartida, de la carrera internacional de Ullmann, sus triunfos en Hollywood y Broadway, los fracasos de Bergman y su exilio impositivo, el regreso en Gritos y susurros (1972), el suceso televisivo de Escenas de la vida conyugal (1973), la nostalgia amarga de Saraband (2003). Los ánimos personales encuentran eco en su reflejo fílmico, como el encierro y el aislamiento que dominaron la relación en el comienzo de su vida juntos en Färo, después de la construcción de la casa, del embarazo y de la convivencia. Esos fueron los años en los que la obra de Bergman indagó sobre hombres y mujeres al borde de la desaparición, que se desintegran ante nuestros ojos, devorados por sus propios fantasmas como la pareja de músicos de Vergüenza (1968) que escapa de un compromiso moral en tiempos de crisis. Liv Ullmann recuerda el rodaje de la escena final en el barco en la que Bergman destilaba una ira profunda y reprimida en su papel de director tirano, sometiéndola a las inclemencias del frío y el agua helada como una especia de represalia a una culpa injusta e indefinida. Culpas propias y ajenas invaden el cine de Bergman en esos años, cuando se instala del otro lado de ese vidrio oscuro que representa el misterio de la existencia, el mismo que a Ullmann en el presente la llevan a recordar entre lágrimas aquellos dolores suavizados por la comprensión y la melancolía.

“Ahora ya no tengo a nadie”, fueron las palabras de Bergman tras la muerte de su madre. Una madre anhelada y distante, evocada en fotografías en esa especie de homenaje catártico que es el cortometraje Karin de 1984. Una figura omnipresente en todos sus personajes femeninos, desde la Monika de Harriet Andersson hasta la fantasmal y elusiva madre de Gritos y susurros que interpreta la misma Ullmann como asumiendo ese rol que a veces representó en la vida del director. Así el vínculo entre Liv e Ingmar adquiere todas las texturas posibles, las más rugosas y las más placenteras, las creativas y las despiadadas. Fue territorio de especulación para la prensa luego de su separación, de interrogantes para ellos mismos en cada reencuentro, de reconciliación en su vejez, de compañía y respeto, de admiración mutua. “Fuiste mi Stradivarius”, le dijo él antes de morir. Su mejor intérprete, el alma de su obra, como el nombre de su personaje de La hora del lobo. El latido de un cuerpo escindido entre el presente y el pasado, el miedo y la liberación, la compañía y el silencio.

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