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Domingo, 6 de diciembre de 2015

TELEVISION > JANE THE VIRGIN

LA FLOR DE MI SECRETO

La última relectura aggiornada de la telenovela se llama Jane The Virgin: va por su segunda temporada, está inspirada en un culebrón venezolano y cuenta la historia de una chica de Miami, muy religiosa, que aunque es virgen queda insólitamente embarazada. La clave de la propuesta de la serie está en su equilibrio: un poco al estilo de Almodóvar, el juego irónico con el género nunca lo desestima ni lo anula: uno se ríe con Jane y sus vicisitudes pero nunca se burla de ella.

 Por Paula Vazquez Prieto

Género clave del clasicismo, el melodrama ha dado varios giros en los tiempos modernos dando lugar a numerosas formas de abordar y violar sus reglas en exponentes cada vez más impensados. La telenovela, esa actualización del folletín decimonónico en su versión televisiva, ha recuperado capítulo a capítulo aquella oda lacrimógena al sufrimiento y la pérdida, al enfrentamiento entre el bien y el mal, y a la espectacularidad como forma de expresión artística. Más allá de los bastardeos y desprecios sufridos por cierta crítica “intelectual”, ha resistido en el refugio de la cultura popular como un consumo culposo pero placentero. Hoy en el nuevo escenario de las ficciones televisivas, marcado por la subsistencia del formato seriado, la consistente aspiración a una puesta en escena cinematográfica, y la proliferación de analistas y observadores de esas formas antiguas aggiornadas, parece haber dos caminos para el destino del viejo melodrama.

El más evidente es, sin dudas, el que conduce a la tragedia. Un poco lo que en el cine encarnó Arturo Ripstein. Si hay una tradición melodramática sólida es la mexicana, que incluye directores como el Indio Fernández y el mismo Luis Buñuel en el exilio. Ripstein ha llevado al extremo las operaciones del género en una epopeya decadentista que dio sus grandes títulos en los tardíos 80 y en los 90, de la mano de su guionista y esposa Paz Alicia Garciadiego: para comprobarlo basta con ver El imperio de la fortuna, La mujer del puerto o Profundo carmesí. Allí no hay sonrisas, ni humor, ni distancia reflexiva, estamos inmersos en una operística de la tragedia marginal que sumerge a sus personajes, y al ánimo de su espectador, en los más hondos padecimientos. El otro camino, por supuesto, es el de la parodia. Es el que ha elegido, por ejemplo, Pedro Almodóvar, conocedor también de la tradición melodramática española, combinada de manera fructífera con el esperpento de Valle-Inclán y con las estridencias del destape postfranquista de los 80. Todo lo que en Ripstein es terrible, para Almodóvar es sustento de una mueca jocosa (por lo menos hasta su trilogía Volver-Los abrazos rotos-La piel que habito). Ahí están las mismas operaciones estilísticas (la interpretación exagerada, los movimientos circulares de la cámara, los decorados barrocos), los mismos motivos temáticos (los hijos de identidad desconocida, los villanos implacables, los mutilados y deformes), pero con un signo invertido, cercano al humor corrosivo del grotesco.

Jane the Virgin define su camino en los primeros minutos. Es lo que va a ser a lo largo de sus –por ahora– dos temporadas, y todo lo que se juega en sus cartas expuestas sobre la mesa. Comienza con un prólogo: hace trece años y medio Jane Gloriana Villanueva, de solo 10 años, recibió una advertencia de boca de su abuela materna que marcaría su vida a futuro. “Mira la flor que tienes en tu mano, Jane, mira que tan perfecta es. Que pura. Ahora estrújala y luego intenta que luzca como antes. No es posible. Y eso es lo que sucede cuando pierdes tu virginidad. No se puede volver atrás”. Esa flor, símbolo de la virtud en el melodrama y de la pureza para Jane, será lo que la serie se encargue de poner en entredicho a partir de una parodia cuyo recorrido no parece tener fin. Después de esa advertencia, volvemos al presente y conocemos la realidad de Jane: tiene uno 23 años y medio, trabaja como camarera en un hotel, estudia magisterio, está de novia pero –siguiendo los ¿consejos? de su abuela- solo tendrá sexo después del matrimonio. Sin embargo, quedará embarazada. ¿Cómo? En una visita ginecológica será inseminada por error por la hermana ex alcohólica del fututo padre de ese bebé, que a su vez es el dueño del hotel donde ella trabaja, que a su vez es con quien tuvo un breve affaire de una noche (solo un beso, recordemos que Jane ES VIRGEN) hace cinco años. Si todo esto parece demasiado, en realidad es solo el punto de partida.

Inspirada en una telenovela venezolana del 2002, Juana la virgen, la serie emitida por CW apuesta a cierta complicidad con el espectador, conocedor de las reglas e impaciente por violarlas, ya desde la voz en off y los textos sobreimpresos: el relato omnisciente y los comentarios escritos sobre la pantalla funcionan como guiños irónicos sobre una trama que se desenvuelve asumiendo cada clisé como una apuesta al absurdo. Todo se enreda de manera deliberada, los cruces entre personajes se superponen de manera inesperada y, pese a las previsiones, siempre hay algo que resulta ridículamente sorprendente. Por ejemplo: Jane, su madre y su abuela son fanáticas de una telenovela en la que el protagonista resulta ser el padre desconocido de Jane (al que su madre nunca le contó del embarazo y le perdió el rastro en su vida adulta). Con un batido capilar inverosímil y un engolamiento anacrónico, este Rogelio de la Vega parece una caricatura de sí mismo, “literalmente” salido del artificio de la pantalla (de hecho en una escena de la ficticia telenovela que protagoniza se “descubre” que todo el escenario es una pantalla verde) dispuesto a reclamar a su hija negada. Lo mismo sucede con la ginecóloga, hermana del “futuro padre de la criatura” y responsable del “error” que origina el embarazo: se entera de que su esposa la engaña con otra, aturdida insemina a Jane en lugar de hacerle una revisión de rutina, enloquece cuando teme la denuncia y la pérdida de la licencia médica, acude a su ex amante y ahora madrastra para salir del embrollo, y aterriza en un psiquiátrico. El espiral, como vemos, es infinito.

Sin embargo, la clave de la propuesta de Jane the Virgin está en su equilibrio: un poco al estilo almodovariano, ese juego sarcástico con el género nunca lo desestima ni lo anula. Uno se ríe con la serie pero nunca se burla de ella. Los personajes principales sostienen el relato con la justa combinación entre calidez y delirio, y todo su periplo está determinado, a priori, por esa compulsión que en el melodrama tiene la estructura devenida en lugar común, pero que se disfruta por la honestidad con la que se la encara. Un poco como era el espíritu de las parodias de Mel Brooks en aquellas películas que desvestían los hitos populares como el Frankenstein de James Whale –en El joven Frankenstein–, o el cine de Alfred Hitchcock –en High Anxiety-, sin nunca dejarlos completamente al desnudo. El homenaje desde la parodia siempre supone correr riesgos porque la ofensa está a la vuelta de la esquina, sin embargo Jane the Virgin hace con la telenovela lo que la picaresca hacía con la novela de caballería sin invertir nunca el signo del héroe –en este caso de la heroína, que sigue siendo virtuosa- sino de todo el mundo que la rodea. Jane surfea en ese universo caótico, plagado de secretos y reveses inesperados, de accidentes imprevistos y villanos caricaturescos, con una integridad que la hace inmune al desastre, cómplice del humor del que nunca elige ser víctima.

Jane The Virgin se puede ver por Canal Lifetime (228 de DirecTV, 399 de Cablevisión) los jueves a las 22.

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