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Domingo, 20 de marzo de 2016

MUSICA > FONEZ

GABINETES ESPACIALES

A punto de editar un segundo disco y de salir de gira por España, los cordobeses Fonez traen a Buenos Aires sus canciones flotantes, en las que conviven influencias de My Bloody Valentine y el krautrock más una deliciosa dosis de pop. Pero además de las atmósferas musicales sorprendentes que produce, la banda pertenece a Lo-fi Records, clásico de la escena de los 90 con base en Córdoba, donde han empezado a asomarse y nuclearse una serie de bandas de rock innovadoras y en diálogo con el resurgimiento de la escena del cine independiente y las editoriales autogestionadas de la provincia.

 Por Andrea Guzmán

¡Tomar drogas para hacer música para tomar drogas! Así, como lo sugieren con la tapa de su primer disco –la etiqueta de advertencia de un súper pegamento espacial imaginario para superficies imposibles– las canciones flotantes de los Fonez invitan a tomarse un viaje lisérgico, cósmico e hiper estimulante por las texturas y la introspección ruidosa. Indecisos entre el rock espacial, el ímpetu shoegazer y la anarquía del krautrock, esta pandilla oriunda de Córdoba se divierte presentádose en su página de Bandcamp: “Unas cuantas canciones pegadizas, aunque solo sea por efecto del tolueno”. Los chicos, que pertenecen a la cada vez más variada escena de músicos independientes con afición por las canciones instrumentales y sus matices, cuentan que cuando se conocieron, eran demasiado jóvenes y demasiado pobres para jugar a ser My Bloody Valentine. Apenas en la secundaria, Nicolás Torres y Nicolás Garay, socios fundadores, bajo y guitarra intercambiable en la banda, comenzaron a juntarse en sus habitaciones para improvisar un puñado de canciones-ensayo que iban desde el surf a la electrónica, hasta que muy naturalmente y con el ímpetu de la adolescencia entraron decididamente por las gloriosas puertas del noise. Ahora, que se decidieron a salir de casa definitivamente y llevan un buen tiempo tocando en vivo como sexteto –segundo disco en camino y gira española mediante- se asoman por Buenos Aires en una serie de fechas organizadas por Fuego Amigo Discos.

“Hay una sensación y un concepto de movimiento en el disco. Es un tipo de música que invita tanto a un viaje espacial, como a ir de un punto a otro en el colectivo o en tu bicicleta. Bueno, y está también el pegamento, que de alguna forma también te hace viajar” insiste el tecladista Federico Domínguez, al teléfono desde Córdoba. Y es verdad que en este disco, su chispeante Adhesivo de contacto espacial, la banda se rebela con canciones que deciden no estancarse en el adhesivo de la repetición empalagosa de los sintetizadores vintage o de las guitarras flotantes. Son canciones que jamás dejan de avanzar y que incluso coquetean por momentos con la pista de baile. Hay también algo de ese espíritu heredado de los viejos héroes del krautrock –que se negaban a reproducir el formato de la canción tradicional y que taladraban un loop de repetición hipnótica– pero que en esta banda adquiere una relectura tan decididamente luminosa, como deliciosamente pop. Algo así como su versión del género, filtrada por sus bandas favoritas del noise americano de los noventas, por el arrebato agitador del indie de la ciudad de La Plata, por el espíritu del “hacelo vos mismo”, y claro, todo mezclado directamente en la tierra del cuarteto. Una propuesta fresca, pero también elegante, que entusiasma sobre todo cuando uno se entera que fue registrada en un estudio de grabación casero y con instrumentos fabricados por la misma banda.

El grupo tiene su nicho en el sello Lo-fi Records, clásico de la escena indie de los años noventas, con base en Córdoba, ahí donde cada vez con más frecuencia han empezado a asomarse y nuclearse una serie de bandas de rock innovadoras y en diálogo con el resurgimiento de la escena del cine independiente y las editoriales auto gestionadas de la provincia. No sorprende que los chicos desarrollen una inventiva para promover, diseñar, administrar todo en su proyecto. “El sello en sí nuclea cierta estética en común, que prevalezcan las canciones ante cualquier circunstancia técnica. Privilegiamos la música ante las carencias tecnológicas. Eso quizás tienen en común todas las bandas. Grabamos con lo que podemos pero sabemos que la materia prima es buena. Nuestro disco lo grabamos en un estudio casero, tardó bastante tiempo. Lo hicimos entre nosotros” dice Nicolás Garay. Y así, con este mismo arrebato entusiasta y autogestivo fue que empezaron a llegar los integrantes de la banda. A Federico, que se dedica a construir sintetizadores y reparar algunos antiguos, lo conocieron en un foro de internet con información para luthiers, mientras buscaban formas para construir sus propias guitarras. No pudieron resistirse a los tatuajes de Spacemen 3 del baterista Pablo Braga. Laura Torres llegó como segunda tanda de teclas y además como diseñadora de las carátulas y posters. Y Martín Campos, que entró al bajo como reemplazante temporal, se quedó permanentemente a cargo de las panderetas, percusiones y cualquier dispositivo ruidoso. Así quedaron formados como seis integrantes al frente, un número que a menudo aumenta en el escenario con invitados de bandas hermanas o cualquiera de sus amigos de la desparramada escena cordobesa, con shows que en su actitud, planean entre la precisión matemática y prudente del beat motorik, al total bardo cuartetero de escenario sobrepoblado.

Como también se entremezclan con lo que sucede en el cine independiente, los shows están religiosamente acompañados por visuales espaciales a cargo del joven cineasta Leandro Naranjo, director del largometraje El último verano, que también se encarga de los videos de la banda. Ahí mismo, en el frenético single “Pseudoefedrina”, se puede avistar una colorida recopilación de imágenes a tono. Un loop psicodélico con la performance del héroe de la banda, Diego Maradona, en el Mundial 94 durante el escándalo por doping. Se trata de un disco bien temático en sus narraciones y muy apasionado en su vocación por la autogestión, donde todos lo hacen todo, los integrantes se intercambian y también lo hacen sus propios referencias, entre los foráneos y los de las profundidades de su propia provincia. Aquí conviven ídolos del fútbol, de la política, del cine y de la música. Así se puede comprobar con su épica y parsimoniosa canción dedicada a Agustín Tosco, una de las cabezas del Cordobazo. Y así también lo dicen ellos, que aunque lo suyo es el ruido, sueñan que algún día la Mona Jimenez se saque una foto con su disco.

Fonez toca el viernes 25 en Naranja Verde (Santa Fe 1284), junto a Koyi y Dos Astronautas, y el sábado 26 en Pura Vida (La Plata).

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Imagen: Emilio Mercau
 
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