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Domingo, 20 de marzo de 2016

TEATRO > AGOSTINA LUZ LOPEZ

EL SER DE LAS CHICAS

Los milagros, lo nuevo de Agostina Luz López

 Por Mercedes Halfon

“¡Martina, haces mucho teatro!” le dice la madre a la hija en la nueva obra de Agostina Luz López. La pieza –actuada por un elenco íntegramente femenino y dirigida/escrita por una mujer– parece afirmar el parentesco entre los sentimientos desmedidos, el teatro y el modo de ser de las chicas, a través de un hilo tenue pero largo, que sigue desenroscándose a lo largo de los acontecimientos, a veces inesperados, no siempre lógicos, que ocurren en escena. Se trata de la tercera creación de esta actriz, dramaturga y directora de teatro –después de Mi propia playa (2009) y la bella y muy bien recibida La laguna (2012)– de lo más precoz de la escena porteña. Como no hay dos sin tres Los milagros llegó al Cultural San Martín para confirmar la hipótesis de que algo poderoso estaba gestando esta jovencita nacida en 1987, seleccionada para ir como artista residente al festival Zurcher Theater Spektakel (Suiza), a la residencia de escritura en el Centro de Arte Camac (Francia) y al Festival de artes performáticas Noorderzon (Holanda). Además de otros reconocimientos locales, como el prestigioso premio “S” y la dirección de la súper obra Palimpsesto, encomendada por la plataforma de intercambio y perfeccionamiento teatral Panorama Sur.

Nada poco.

Agostina inició su historia con el teatro como tantos compañeros de generación, con la gran formadora de actores inquietos que es Nora Moseinco. Empezó a los quince, después de transitar talleres en su barrio desde los 12 y haber empezado a llenar cuadernos mucho antes aun (tiene poemas escritos desde los ocho años). Siempre tratando de vencer su sempiterna timidez: “Empezar teatro fue conectar el afuera con el adentro, crear un puente que antes estaba un poco fisurado. De hecho, cuando entré a lo de Nora, recuerdo ese primer año como maravillada por todo lo que sucedía, no solo en las clases, sino con esas personas que vivían de una forma muy distinta a la mía, que se movían y hablaban de otra manera. Estudié años ahí, primero en un silencio absoluto, casi como observadora y después, de a poco, empecé a participar. Sentía que la vida que había ahí era mucho más fascinante que la que yo vivía. Algo del humor de Nora, tan particular y tan raro, hacía que uno cambiase la perspectiva y ya cualquier momento de la vida era más divertido porque podías verlo desde ahí.”

Esa mirada se le quedó pegada como un sticker a los ojos y desde ese lugar empezó a construir. Siguió formándose en el taller de Lola Arias y luego en la más formal carrera de dramaturgia en la Escuela Municipal de Arte dramático. Durante estos años también se fue vinculando con el que ahora es su entorno natural, actores y actrices que rondan los veintis y fueron creciendo juntos, participando en obras de unos y otros: Denise Groesman, Inés Efrón, Martina Juncadella, Paula Grinszpan, Iair Said y otros. Algunos incluso se han pasado al cine y las series. A la luz de esos primeros fuegos Agostina escribió su ópera prima, Mi propia playa, donde una chica reflexionaba en traje de baño sobre su presente a partir de las fotos de las últimas vacaciones con su novio que proyectaba poéticamente una pequeña televisión: “La fui escribiendo en talleres y en un momento quisimos hacer unas pruebas de montaje con Denise Groesman. Habíamos estudiado juntas actuación y éramos y seguimos siendo muy amigas. Ella tenía 18 y yo 20 años, teníamos ese entusiasmo de la juventud, fue un poco de esa unión que el proyecto salió adelante, pese a que tardamos mucho en estrenarla. Nos juntábamos a ensayar en la sala de Sebastián Soler que nos la prestaba y como no tenía tanta disponibilidad, agarrábamos unos horarios inverosímiles. Éramos muy chicas y por ahí nos peleábamos por algo, no podíamos ensayar y terminábamos llorando, teníamos una relación muy simbiótica. Pero con el tiempo lo pudimos hacer. Después apareció Mariana Tirantte que nos hizo el espacio y le dio forma y contención a ese texto.” Más allá de las dudas la obra se hizo durante dos años en el Elefante Club de Teatro, un espacio que también estaba naciendo y abriéndose al mundo.

En la segunda obra de Agostina López, La laguna, ya se percibía una voz particular y reconocible. Allí dos hermanas y un padre, en lo que iba a ser un viaje a su pueblo natal, quedaban varados en plena ruta. El padre decidía no manejar más y el tiempo también parecía detenerse. La obra condensaba en una estampa onírica – un auto partido a la mitad, bañado por una luz marina– una profunda complejidad emocional, a través de una sensibilidad extraña, en donde estos actores vibraban tomados por sentimientos intensos y conmovedores.

Y en este recorrido de intensidades emocionales, escenarios que parecen sueños y vínculos familiares enrarecidos, llegamos a Los milagros. Una obra en la que se cruzan actrices de tres generaciones sucesivas, en brechas de veinte años: Ernestina Ruggero en el rol de la abuela, Carla Fonseca como la madre, y Martina Juncadella y Laila Maitz como la hija y amiga respectivamente. La portavoz de la historia es esta Martina, quién narra sus sentimientos desmedidos y pone en movimiento a las demás. Martina es una conciencia que en su forma de contar vuelve la escena teatral una especie de novela. Pero, como si su propia angustia, su conflicto familiar, se hiciera real, llega una amiga fascinada por ella y todo lo que la rodea y empieza a ocupar su lugar en la casa. “Hay una prueba de una narrativa muy poco clásica, se va expandiendo por asociaciones. Comienza muy definidamente como una obra donde hay una narradora pero luego va deformándose.”

Hay que saber que una de las mayores particularidades de Los milagros, es que entre las actrices hay vínculos familiares y de amistad reales. Carla Fonseca y Martina Juncadella son madre e hija en la realidad y en la obra. Martina y Laila son amigas desde niñas. Y esto también actúa en este sistema milagroso en el que los sentimientos intensos logran que la realidad se vuelva teatro: “Ese grado de realidad me parece fascinante. Y también la mezcla, porque no es exactamente un biodrama. Algo de ese vínculo real aparece por sus parecidos físicos y por lo que ya existe entre ellas, pero al mismo tiempo todo es una ficción que inventé y a la vez la realidad se cuela por esos textos como una intrusa. Un poco de eso habla la obra también, como esta familia convierte a la vida real en novelas.”

Martina va a romper una pared de ladrillos con una maza, va a protagonizar una telenovela (en la tele ubicada adentro del escenario), va a ser espectadora del antiguo drama amoroso de su abuela. Sentimientos tan intensos y misteriosos, imágenes tan inexplicables, que no podrían no ser teatro. Como cierra Agostina: “Me gusta lo casi inexplicable de ciertas experiencias humanas. Porque algo uno podría explicar, ¿no? Trato de encontrarle lógicas narrativas a lo que hago pero nunca de darle toda la explicación porque hay algo de ese misterio que tienen la vida y las obras que siempre debe estar. Por ahí es como una sensación bastante infantil, tengo un recuerdo muy vivo de la forma de sentir cuando era chica. Eso infantil lo relaciono con permitirte acercarte a esos materiales potentes desde un lugar de observación más puro y poco especulativo. Estas fueron obras que se montaron sobre ese sentir. Quizás ahora empiece a cambiar, no sé. Me interesa lo humano, el ser humano transitando experiencias. Ya sea lo humano en la familia, en una guerra o en el fin del mundo.”

Los milagros se puede ver los viernes, sábados y domingos a las 21, en El Cultural San Martín, Sarmiento 1551. Entrada: $110, domingo: $80.

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Imagen: Catalina Bartolome
 
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