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Domingo, 27 de marzo de 2016

DIARIO DE LA FILMOTECA

 Por Fernando Martín Peña

La película sobre el Titanic que aún no se ha filmado tendría que contar la historia de la camarera mufa Violet Jessop, un ejemplo extremo de que en todo acontecimiento importante de la historia más o menos reciente hay siempre algún argentino.

Violet Jessop nació en la provincia de Buenos Aires en octubre de 1887, en el seno de una familia irlandesa. Tras la muerte de su padre en Mendoza, Violet, que era muy linda y bilingüe, decidió viajar al país de sus padres y poco después consiguió trabajo como camarera en el transatlántico Olympic, el primero de tres barcos enormes construidos por la empresa naviera White Star. Violet se encontraba a bordo cuando en septiembre de 1911 el Olympic chocó contra un buque de guerra, el HMS Hawke, y tuvo que ser retirado de servicio durante varios meses. Violet consiguió enseguida que la empresa la reubicara en el Titanic, el segundo y más famoso transatlántico de la White Star. Como todo el mundo sabe, el Titanic se hundió de manera muy cinematográfica en abril de 1912 pero Violet fue una de las sobrevivientes rescatadas por el Carpathia. Contra todo pronóstico, en 1915 logró que la White Star la pusiera a bordo de su tercer transatlántico, denominado patrióticamente Britannic. En noviembre de 1916, en plena guerra mundial, el Britannic chocó con una mina en el Mar Egeo y se hundió en menos de una hora. Violet fue rescatada una vez más y siguió trabajando para la White Star. Eventualmente logró que la volvieran a designar en el Olympic que sin embargo se mantuvo a flote y mereció el apodo de Old Reliable hasta su desguace en 1935.

El último naufragio de Violet fue el de su matrimonio, con un marino que la abandonó quizá al conocer su foja de servicios. Falleció pacíficamente en Suffolk, Inglaterra, en 1971, tras una larga vida dedicada a la jardinería.


Todo cinéfilo conoce a Tarzán, el personaje de Edgar Rice Burroughs, pero es mucho menos sabido que Tarzán es también el nombre del caballo del cowboy Ken Maynard, noble animal de muy abundante filmografía entre 1925 y 1940.

De ese modo se explica que exista el film La venganza de Tarzán (Tarzan’s Revenge, 1938), donde el vengador es Tarzán, el hombre (mono), pero también el film La venganza de Tarzán (Come On, Tarzan!, 1932) donde el vengador es Tarzán, el caballo.

Es de lamentar que en ninguna película de Tarzán haya participado Tarzán. O viceversa.


Hacia 1948, cuando la panza de Johnny Weissmuller comprometió su convicción como Tarzán, alguien consideró sensato ponerle un poco de ropa encima. El actor pasó entonces a interpretar a Jim de la jungla, un intrépido guía que también vivía en el Africa, con un hijo y un chimpancé.

Hace poco compré un episodio de Jim de la jungla en 16mm. y me llamó la atención cómo se había reducido la voluntad del actor para hacer escenas de acción. Hay un asesino prófugo y la policía pide ayuda a Jim de la Jungla. “Nos lleva mucha ventaja, tenemos que salir de inmediato”, le dicen. Pero Weissmuller no tiene ningún apuro y se desplaza pesadamente hacia un tambor que tiene en el patio de su casa. Los policías se miran entre sí, estupefactos, al igual que el público. A los diez minutos de tocar el tambor, los nativos de la jungla le traen al asesino, atado de pies y manos. Weissmuller masculla algo así como “En la selva nadie puede escapar de los tambores”. Lo imaginé tomando un whisky, fuera de campo, mientras pasaban los títulos finales.

Un derivado de Tarzán que tuvo bastante fama fue Bomba, el muchacho de la jungla. El personaje lo interpretaba un joven llamado Johnny Sheffield, que estaba acostumbrado a andar en taparrabos porque había debutado en el cine haciendo de Boy, el hijo de Tarzán, en algunas películas junto a Weissmuller. El final de Sheffield fue indigno de un héroe de la jungla: se cayó de una palmera que estaba podando.


El fútbol llegó bastante pronto a los noticieros cinematográficos, que ya en la década de 1920 promocionaban en las revistas sus nuevas ediciones (los martes o miércoles) con el gancho de poseer “las mejores escenas” del partido más destacado del fin de semana previo. En la práctica, sin embargo, era técnica y económicamente imposible que el cameraman filmara el partido en su totalidad para luego editar “las mejores escenas”. Lo que hacía era poner en marcha la cámara cada vez que intuía una jugada riesgosa, pero era rarísimo que lograra registrar completa la ejecución de un gol. Por eso, hasta la llegada de la TV, los noticieros cinematográficos contenían un alegre compendio de jugadores corriendo para un lado y para otro y recurrían a textos y locutores para explicar el partido que no se estaba viendo.

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