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Domingo, 27 de marzo de 2016

CINE > DALTON TRUMBO

AZULES Y COLORADOS

La semana que viene se estrena Regreso con gloria, cuyo título original, Trumbo, revela de qué se trata: una biopic de Dalton Trumbo, el exitoso guionista que durante la caza de brujas del macartismo fue parte de los Diez de Hollywood, el grupo de nueve guionistas y un realizador que, merced a la figura legal de obstruir el accionar del Congreso, terminaron pasando entre seis meses y un año presos. La película, dirigida por Jay Roach y protagonizada por Bryan “Breaking Bad” Cranston, tiene los problemas habituales de estas producciones como el arco de caída y redención tan remanido y una mirada con pocos matices, pero viene bien para recordar aquella cacería, aquellas delaciones que todavía inquietan a la industria –basta recordar la reacción ante el Oscar honorífico a Elia Kazan– y repasar las vidas de los acusados y los acusadores, mucho más complejas que una idealización de héroes y villanos.

 Por Diego Brodersen

“A raros intervalos aparece entre nosotros una persona cuyas virtudes son tan manifiestas para todos, que tiene tal capacidad de relacionarse con cada ser humano, que subordina tanto sus propios impulsos egoístas a las preocupaciones de los demás, que teje su vida entera en una armonía tal con los estándares prevalecientes de su comunidad, que es reverenciado y amado por todo aquel con quien entra en contacto. Un hombre así… no fue Dalton Trumbo”. Quien rinde tan particular homenaje a quien acaba de morir es Ring Lardner Jr., periodista, guionista y amigo de Dalton Trumbo y, como él, víctima de las listas negras que llovieron en forma de fuego purificador sobre el Hollywood de los años 50. La fecha es septiembre de 1976 y el audio completo puede escucharse en el comienzo del documental Trumbo (2007), dirigido por Peter Askin, compañero ideal del largometraje de ficción Regreso con gloria (también Trumbo en su versión original) próximo a estrenarse en la Argentina. Nominada a un Oscar por la interpretación maximalista, mimética hasta el cascado tono de voz, de Bryan Cranston –profesional de larguísima trayectoria, pero inevitablemente marcado por el mote “el actor de Breaking Bad”–, la película de Jay Roach sufre algunos de los síntomas más comunes del “Mal de la biopic”, entre otros la sobre simplificación de hechos y anécdotas en pos de una mal habida alegoría, por lo que el doc homónimo puede ayudar al espectador a conocer un poco más en detalle la vida del homenajeado (para conocer la obra, no hay nada mejor que recorrer su filmografía como guionista). Lardner Jr. deja explícitamente en claro que Trumbo podía ser un tipo cascarrabias y altanero, aunque el tono elegido para el obituario imita el inagotable talento para la ironía y el sarcasmo que, dicen, era una de las marcas registradas más evidentes del escritor. Dicen, también, que era imposible ganarle una discusión, discurriera sobre el tema que fuere. De todas formas, eso no le impidió ser uno de los blancos predilectos del HUAC, siglas en inglés del infame Comité de Actividades Antiestadounidenses, que se dedicó con tesón incansable –sobre todo a partir de 1945– a señalar a ciudadanos norteamericanos por su afinidad, afiliación o simple simpatía hacia el Partido Comunista.

La historia es conocida, pero vale la pena repasar algunas de sus circunstancias centrales. Luego del fin de la Segunda Guerra y con el veloz enfriamiento de las relaciones con los soviéticos, el gobierno y la población de los Estados Unidos –una parte significativa de ellos, en realidad– comenzó a ver “rojos” y “rosas” por todas partes. Puntualmente, la preocupación por supuestos mensajes comunistas en algunos films producidos en el seno de la industria de cine de California dejó de ser un simple comentario al paso para poner en funcionamiento una maquinaria de sospecha, interrogación y delación que, no sin razón, terminaría conociéndose genéricamente como caza de brujas. Suele ponerse mucho énfasis en la figura del senador Joseph McCarthy (quien se llevó a la tumba el orgullo de haber gestado indirectamente el oprobioso sustantivo macartismo), pero lo cierto es que una parte significativa del senado –y no sólo en su vertiente republicana– hizo lo suyo para que la fiebre anti roja prendiera con saña en el mundo del espectáculo. A partir de 1947, el HUAC comenzó a citar a productores, guionistas, realizadores, actores y actrices, entre otros miembros del negocio cinematográfico, en una serie de sesiones muy publicitadas que tenían como objetivo de máxima “limpiar” a Hollywood de la “nefasta influencia” del comunismo. Si la presión hizo que muchos nombraran nombres, la negativa a colaborar con el Comité podía llevar, en el mejor de los casos, a transformarse en un paria hollywoodense, a encontrarse de pronto con la imposibilidad de trabajar en el futuro inmediato y mediato; en el peor escenario posible, a esa situación se le sumaba la posibilidad cierta de ir a prisión.

ESTAN NOMINADOS

Eso fue lo que le ocurrió, precisamente, a los famosos Diez de Hollywood, grupo integrado por nueve guionistas y un realizador, Edward Dmytryk, que merced a la figura legal de obstruir el accionar del Congreso terminaron pasando una temporada (entre seis meses y un año) detrás de las rejas. Dalton Trumbo fue uno de los diez nominados y, si bien la exposición del grupo en los medios fue altísima –transformándolos en símbolos de la persecución o de la infamia, dependiendo del punto de vista de quien mirara– lo cierto es que las listas negras arreciaron en Hollywood en varias tandas a lo largo de la década del 50, forzando al exilio o al ostracismo a varios centenares de personas, desde encumbrados realizadores como Charles Chaplin o Joseph Losey a actores como Harry Belafonte. E incluso a figuras del teatro como Arthur Miller. Fue precisamente Miller quien, en 1952, concibió la obra Las brujas de Salem como metáfora precisa de lo que estaba ocurriendo en su país. El peliagudo tema de la delación continúa generando hoy en día más de un debate y, para advertir esa “grieta” nunca cerrada, no hay más que recordar las reacciones ante el Oscar honorífico recibido por el realizador Elia Kazan en 1999: la mitad de la sala aplaudiendo de pie, la otra dueña de una expresión reprobadora en cuya mirada podía leerse la palabra “delator”. O, peor aún: rata. En una entrevista registrada pocos meses antes de su muerte para el documental Hollywood on Trial (1976), Dalton Trumbo afirmaba que “yo creo que, si se le da a la mayoría de la gente del mundo entero a elegir entre contar con suficiente comida para sus hijos, y vivienda y ropa, a cambio de su libertad de expresión… la mayoría elegirá la comida, la vivienda y las necesidades. Y la libertad de expresión se vuelve un lujo por el cual muy pocos pelean”.

Dalton Trumbo nació en 1905 y se hizo miembro del Partido Comunista de los Estados Unidos de América en 1943, durante los años en los que Hollywood se animaba a producir alguna que otra película ensalzando las virtudes del sistema soviético. Afortunadamente, Regreso con gloria no registra infancias ni adolescencias y arranca en la posguerra inmediata, con un Trumbo instaladísimo en Los Angeles, en medio del rodaje de una escena de un film noir inexistente protagonizado por Edward G. Robinson (Michael Stuhlbarg). En los minutos siguientes, persiguiendo una lógica de límpido clasicismo expositivo, el protagonista se enreda en una discusión por un paro de constructores de sets en plena fiesta glamorosa, es atacado por un simple espectador en el hall de una sala de cine luego de ser tildado en un noticioso de “rojo” –instalando el tono de histeria colectiva que se desataría en breve–, se topa con John Wayne, personificando aquí las más rancia tradición republicana en una conferencia titulada “Protegiendo el American Way of Life”, y conversa no muy amablemente con la temible y temida Hedda Hopper, encarnada con villanía de manual por Helen Mirren. Lo que sigue es la carrera barranca abajo durante y luego de las audiencias: ni el amparo en la Primera o la Quinta Enmienda de la Constitución estadounidense salvaron el pellejo de los Diez y, luego de la prisión, Trumbo y otros se exiliaron en México junto a sus familias.

A su regreso a los EE.UU., ante un panorama más bien negro (los ahorros tienen un comienzo y, sobre todo, un fin), comenzó a escribir frenéticamente guiones que serían vendidos a diversos productores bajo pseudónimo –muchos de ellos de personas reales–, en la etapa más interesante desde un punto de vista cinematográfico, y que el film de Roach explota convenientemente. Tanto su mujer, interpretada por esa gran actriz llamada Diane Lane, como sus hijos, formaron parte de ese sofisticado operativo de producción en serie de guiones, adoptando los roles de secretarios, representantes y carteros. John Goodman hace las veces de Frank King, el productor independiente que compró a precio vil un puñado de textos originales del autor y cuya producción El niño y el toro (The Brave One, 1956) le valdría a Truman –bajo el nom de guerre Robert Rich– su segundo Oscar a Mejor Guión (el primero había llegado tres años antes, por el tratamiento original y libreto para el film La princesa que quería vivir). Nadie recibiría sobre el escenario la estatuilla de oro de The Brave One y, en cuanto a la otra, sería entregada a su auténtico dueño por el testaferro Ian McLellan Hunter. El regreso con gloria del título local se producirá recién un lustro más tarde, cuando casi al unísono la estrella y productor de Espartaco, Kirk Douglas, y el productor y realizador Otto Preminger, quien estaba preparando su próximo proyecto, Éxodo, lo contraten para escribir sendos guiones con la garantía de que su nombre real figuraría en los títulos. De Truman a Eisenhower y de allí a Kennedy: poco más de diez años en la historia de los Estados Unidos. Fue justamente Kennedy quien comenzó a clavar los primeros clavos en el ataúd de las listas negras, al alabar públicamente las virtudes de Espartaco luego de una proyección especial.

LAS ZONAS GRISES

Con ese registro tan típico de los films basados en hechos reales de ricos y/o famosos, Regreso con gloria repasa hechos, inventa otros, elimina datos que no le resultan necesarios y retrata con realismo psicologista (esa convención) lo que en el fondo no es más que un relato de ascenso, caída y recuperación tan típico de Hollywood. Y de la temporada de premios. El principal problema del film, que Trumbo seguramente hubiera señalado con su cáustico sentido del humor, es su esquematismo, la falta de matices y la división tajante entre héroes y villanos en un período que la propia polarización salpicaba –no tan paradójicamente– de zonas grises, de traiciones personales y colectivas, de egoísmos e intentos de supervivencia. La única excepción quizás sea una breve escena en la cual Edward G. Robinson le explica a Trumbo que, a diferencia de él, no puede utilizar a otra persona para actuar en su nombre. Quizás sea una buena idea volver a revisar aquel film de Martin Ritt protagonizado por Woody Allen, El testaferro (1976), mucho más ocurrente, irónico y negro.

En su libro Odd Man Out: A Memoir of the Hollywood Ten, Edward Dmytryk –el único miembro de los Diez de Hollywood que, abdicando de sus primeras declaraciones, terminó confirmando ante el HUAC el comunismo activo de un par de decenas de colegas– relata los hechos de manera pormenorizada a partir de un punto de vista inevitablemente personal. En esas páginas, escritas en 1996, pocos años antes de morir, el director de El enigma del collar y El motín del Caine confiesa que “Dalton Trumbo era un rompecabezas, al menos para mí. Considerado como una de las mentes letradas y articuladas de Hollywood, (…) era dueño de un intelecto ferozmente independiente, y aunque podía marchitar a cualquier oponente en un debate ideológico, tenía una enorme tolerancia por el punto de vista del otro. (…) Hasta las audiencias, nunca lo había considerado un comunista, y hasta el día de hoy, no he podido comprender como un hombre tan poco fanático pudo mantener una lealtad a una organización tan doctrinaria como el Partido Comunista”. Trumbo es excusado de la rigidez de otros miembros del grupo y los dardos más envenenados están dirigidos, además de al propio HUAC, al guionista John Howard Lawson, otro miembro de los Diez, y al abogado Ben Margolis, a quienes describe como rígidamente dogmáticos, caballos de tiro del comunismo local con enormes anteojeras ideológicas.

Odd Man Out es, en partes iguales, una confesión catártica, un pase de facturas y una expiación consciente o inconsciente, e ilumina una época que, tal vez, ha sido demasiado idealizada por films como Regreso con gloria. Afirma allí Dmytryk, él mismo miembro del Partido Comunista durante un breve período, que “la historia es escrita por hombre y mujeres que toman partido a partir de un punto de vista sobre el pasado. (…) La historia de las audiencias del HUAC y los años subsiguientes ha demostrado una parcialidad hacia la izquierda, tal vez porque solamente aquellos que admiraron a los Diez y a su cruzada se sintieron movidos a escribir sobre ello. Para ellos, los Diez fueron héroes y, como una primera clase de escritura de guiones enseña, no puede haber auténticos héroes sin villanos. Y los villanos deben ser creados. (…) Los Diez, colectiva e individualmente, no merecían una alabanza incansable y los productores no merecían la paliza que recibieron de los liberales”. Para algunos recuperó profesión y seguridad económica a cambio de la traición; según sus propias palabras, eligió su propio martirio, no el señalado por el Partido.

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