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Domingo, 11 de septiembre de 2016

TEATRO > EL VIENTO QUE ARRASA

SOPLANDO EN EL VIENTO

El pasaje de la literatura al teatro es de por sí bastante excepcional. En el caso del libro de Selva Almada, El viento que arrasa, se suma otra vuelta de tuerca, ya que la versión de Luis Menacho, con dirección de Beatriz Catani en el Teatro Argentino, es además una ópera. Una exploración musical a partir de una matriz narrativa mínima pero abierta a múltiples resonancias.

 Por Mercedes Halfon

Podría pensarse que El viento que arrasa desde su mismo título ya traía una evocación sonora, una fuerza que podía convertirse en música con cierta naturalidad. Aunque es sabido que nunca es sencillo el pasaje de la literatura al teatro y mucho menos a la ópera, la primera novela de la entrerriana Selva Almada tenía escondido en su nombre una matriz musical. Claro que para el que supiera escucharla. Algo así deben haber pensado desde la dirección artística del Tacec (Teatro Argentino Centro de Experimentación y Creación) cuando decidieron encarar el proyecto de llevar ese texto a la escena teatro-musical. En la novela, un pastor y su hija, un mecánico y su hijo adoptado viven una historia mínima en un paisaje hostil, que de incandescente pasa a tormentoso, siempre bajo el incesante ondular del viento, en algún lugar al norte del litoral.

La ópera está a cargo de la exquisita directora platense Beatriz Catani y de Luis Menacho, también platense y responsable de la composición musical. Se estrena este miércoles 14 y las funciones serán hasta el sábado. Así de breve es el camino de las óperas en Buenos Aires, por la complejidad y cantidad de personas que involucra, una temporada tradicional sería irrealizable. Es por eso que el trabajo de quienes la llevan adelante es pura intensidad, un tórrido romance de verano. Mientras maquinaria y técnica hacen el montaje, suben escaleras, manipulan taladros, martillos, colocan luces y tablas sobre el escenario; músicos, cantantes, actores, compositor y directora, dedicados íntegramente a este proyecto, deambulan por el teatro, entre ensayo y ensayo.

Beatriz Catani cuenta sobre el inicio de la pieza: “La invitación de Cynthia Edul, directora del Tacec, me dio gran alegría. Primero porque se reabriera este espacio de experimentación tan necesario, una buena noticia, como espectadora tanto como directora. Además por la propuesta, el cruce de una novela contemporánea con el lenguaje musical me parecía muy atractivo. Yo ya había hecho una experiencia similar, pero con una ópera barroca, en la que obviamente no había ningún dialogo posible con el compositor, como si lo hubo muy felizmente en este caso. Lo que le pedí a Cynthia fue hacer la adaptación de la novela, una condición clave para apropiarme del material. Una vez que eso estuvo empezamos a charlar con Luis y a trabajar en conjunto, algo fundamental para que después se logre el ensamble, que se debe haber en pocos días. Es curioso el proceso de la ópera. Porque cuando uno trabaja desde el teatro va viendo cómo se gesta la obra, en el proceso va apareciendo la forma en el espacio, en los cuerpos. Y en esto es todo más abstracto. Está en las cabezas del compositor y la mía. Y hay un momento que es donde eso se tiene que plasmar. Ese momento sería ahora”.

Uno de los desafíos más grandes que debe haber tenido Catani en la adaptación del libro es cómo contar desde el teatro una novela en la que el hecho que se narra pareciera ser mínimo y, sin embargo, sugiere tanto. Evocaciones interiores de hechos sucedidos en el pasado, historias de cada uno de estos cuatro personajes, heridas mal curadas, repasadas en silencio y en espacios abiertos. Todo pareciera ser poco teatral. Y por eso mismo, inquietante.

¿Como trasladar tanto tejido narrativo subjetivo a la escena? Cantantes, actores, un ensamble musical y una pantalla son los únicos representantes de esta historia. Una parte es revelada a partir del diario íntimo de Leni –la hija del reverendo– al que vemos en el video. Otra es contada por dos perros –un dúo dinámico de actores– encargados de llevar adelante y comentar la acción casi como si fueran un coro canino. Por último están los personajes principales: Brauer y el reverendo encarnados por cantantes que se disputan a Tapioca, el huraño hijo del mecánico, con un potencial tremendo para santo. Catani cuenta: “La idea es que este conflicto, el núcleo realista de la obra, sea dada en el canto, con el distanciamiento que produce la voz cantada. Tapioca es el objeto de deseo y de disputa entre dos discursos. La creencia y el misticismo del reverendo versus la confianza en los ciclos naturales que encarna Brauer”.

La composición musical por su parte, partió de la adaptación de la novela. Porque según cuenta Menacho, la primera vez que leyó el libro original entró en pánico pensando que iba a tener que escribir una ópera de seis horas. Pero una vez realizado el recorte, las zonas de desarrollo y metáfora, su trabajo pasó por llevar a otro plano algunas de esas ideas. Según cuenta, “para componer siempre parto de un a priori. En este caso fue la instrumentación: decidí que no haya violín sino viola, que le da una tonalidad opaca a la pieza. No hay tampoco casi maderas: hay flauta y un oboe barroco. Es decir que la idea del viento que arrasa, es un viento de metal, no un viento suave, ligado a la madera. La otra decisión a priori fue hacer una ópera donde se cante. Brauer y el reverendo, que son los que tienen el mayor peso vocal, todo lo dicen cantando.”

Hay un lied, un canon, un aria. “Luego están los momentos de una escritura más abstracta, más vinculada a la materia del sonido, como los de los perros, que tienen una especie de idiomática propia y la música tiene que ver con eso; o el registro musical del ensamble mientras se proyecta la película, donde es más como una música de cine.”

La gran tensión de la novela, entre Brauer y el reverendo, es replicada musicalmente por dos formas que pelean. La parte cantada que responde a formas de la tradición musical y las partes abstractas, donde el sonido se vuelve materia y no remite a nada más que si mismo. Como ilustra Menacho: “Se podría hacer un paralelismo: nuestra oboísta toca oboe barroco como si fuera a tocar Bach, mientras que nuestro percusionista tiene en su set una llanta de auto.” Ese es el arco musical de la ópera: entre lo elevado y lo averiado. Como cierra Menacho: “Gombrowicz decía que nosotros en Argentina utilizamos un montón de formas que vienen de la tradición europea, pero que no hemos tenido el drama de la constitución de esas formas. En muchos casos arrancamos con el modelo terminado. Entonces, pensé que estas formas que utilizo para la ópera, de las que no vivimos el nacimiento, sí podemos ver su torsión o declive. No quiero que funcionen como una cita prestigiosa, quise poder arruinarlas de alguna manera, hacer fracasar estos elementos de la tradición. La tradición ingresa a esta ópera contemporánea, pero no puede consumarse”.

El viento que arrasa.14, 15, 16 y 17 de septiembre a las 21 horas. Teatro Argentino. Sala TACEC. Calles 9 y 53, La Plata. Entradas $ 100. Cantantes: Sebastián Sorarain y Guillermo Saidón. Actores: Franco Bisccusi, Trinidad Falco, Graciela Martínez Christian, Germán Retola y Juan Manuel Unzaga.

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