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Domingo, 7 de abril de 2002

CINE

Odio a la parrilla

Una parrillita donde el aire se corta con cuchillo y apesta a racismo, xenofobia, misoginia y homofobia. Premiada en Cannes, San Sebastián, Londres y Rotterdam, Bolivia, el primer largo en solitario de Adrián Caetano, es un auténtico tratado de cine sobre el “mirar mal” y sus consecuencias inmediatas, y confirma al coautor de Pizza, birra, faso como una figura decisiva no sólo en el nuevo cine argentino sino en el cine a secas.

Por Horacio Bernades
“¿Siempre es así, acá?”, pregunta Freddy, que llegó de Bolivia hace un par de semanas, en un alto de su primer día de trabajo como parrillero al mostrador. “No, los días que hay box o fútbol se pone peor”, le contesta Rosa, la lavacopas paraguaya. En sólo un ratito, Freddy ya presenció varias discusiones y tuvo que echar a un par de tipos que hicieron los vivos y lo quisieron trompear. De entrada nomás, un tachero grandote y amenazante a quien llaman El Oso le echó a Freddy una mirada que es como un disparo seco y apagado. Enseguida, parroquianos, empleados y el dueño del boliche clavan los ojos en Rosa, que llegó tarde y en el taxi de uno de los habitués. Poco después, Héctor, el buscavidas gay, estudiará con disimulo al nuevo parrillero, antes de que los demás murmuren a su vez que Héctor y otro de los tacheros son pareja. El aire se corta con cuchillo en la parrillita: algunos miran mal a los inmigrantes, otros miran mal a los homosexuales o a Rosa, cuyo cabello negrísimo y un mechón displicente le dan el carácter de objeto de deseo del lugar. Parecería que ahí dentro no hay manera de mirar al prójimo que no sea cruzado, torcido, de soslayo, con mala leche. Pensando, deseando o escondiendo lo peor. Eso es Boliva: un tratado cinematográfico sobre las distintas formas de mirar mal.
En ese microcosmos, las miradas, sus desvíos y sus cruces –que la cámara mira a su vez como sin querer pero sin poder evitarlo– son como una geometría de la violencia contenida. Que buscará liberarse necesariamente. Hacía tiempo que no se veía, en el cine argentino, un estudio tan sistemático y a la vez tan casual sobre la mirada y sobre la tragedia que ella condensa. En una palabra, hacía tiempo que no se veía una película tan puramente cinematográfica: una película de acción en la que la acción pasa por dentro. Hasta que estalla.

DESDE EL MARGEN
Primer largo a solas de Adrián Caetano (uno de los dos realizadores de Pizza, birra, faso), filmada por su propia cuenta y riesgo en blanco y negro y 16 mm, hace un año que Bolivia viene tomando la posta de La ciénaga en el dorado sitial de “película argentina más premiada”. Todo empezó en mayo del 2001 en Cannes, cuando se presentó en la Semana de la Crítica y se llevó el premio de la crítica joven y los primeros ditirambos. “Un tratado escrito con furia”, dijo Le Monde. “Ya podemos asegurarlo: hemos encontrado un director”, aseguró Le Film Français. “Un realizador para ponerle el ojo”, aconsejaba la respetadísima Deborah Young en Variety. Tras seguir la ronda de premios en San Sebastián (Mejor Película Latinoamericana), Londres (Premio Fipresci) y Rotterdam (premio de la crítica), Bolivia tendrá, el jueves próximo, su demorado estreno argentino.
Es curioso lo que ocurre con Adrián Caetano, nacido en Montevideo hace 32 años, mudado a Córdoba a los doce y radicado en Buenos Aires desde mediados de los 90. Para la comunidad cinéfila, hace rato que Caetano pinta como el cineasta a seguir. Para el resto del mundo es un perfecto desconocido. Las dificultades para filmar seguido en Argentina y el carácter difícil de Caetano son dos de las posibles razones para que esta eterna promesa no haya terminado de correrse del margen al centro de la escena. Y es posible que nunca lo haga del todo: daría la sensación de que sólo en el margen se siente cómodo.
Caetano tuvo su bautismo de fuego en aquellas Historias breves de 1995, verdadera eclosión generacional en la que sumaba su aporte al de Bruno Stagnaro (futuro coequiper de Pizza, birra, faso), Lucrecia Martel, Daniel Burman y otros como Sandra Gugliotta (cuyo primer largo, Un día de suerte, se presentará en competencia en el próximo Festival de Cine Independiente) y Ulises Rossell, Andrés Tamborino y Rodrigo Moreno (realizadores de la también inminente El descanso). El aporte de Caetano a Historias brevesfue Cuesta abajo, un corto en el que el conductor de una camioneta atraviesa un agujero temporal en medio de la ruta y termina atropellándose a sí mismo, mientras las gallinas revolotean y Carlitos Gardel canta el clásico homónimo por la radio. Filmado con precisión de relojería, planificado en el más puro estilo clásico y montado por alguien daba la impresión de saberlo todo sobre el oficio, Cuesta abajo anunciaba la llegada de un cineasta de género, un narrador “a la americana” seguidor del cine fantástico. Los gustos cinematográficos de este autodidacta, en cuyo altar personal se veneran dioses como John Ford, John Woo y John Carpenter, no hacían más que confirmar la suposición. Sin embargo, y aunque Caetano siga proclamando a los cuatro vientos su deseo de filmar “una de ciencia-ficción en la que aparezca la foto de Evita y el banderín de Independiente”, de allí en más rumbearía para otro lado.

AMPLIACION DEL CAMPO DE BATALLA
Considerada un hito del neorrealismo argentino, Pizza, birra, faso (1996) tiene poco que ver con la tradición local del cine social. No hay en la película la menor intención de alegato o “denuncia”, ni de representación a escala, sino una voluntad mucho más reducida y casi fotográfica: retratar la vida cotidiana de un grupo específico de marginales. A años luz de la entelequia del pibe de la calle que suele pasearse por el cine argentino, orbitando en una galaxia romántica e impoluta, éstos eran pibes barderos, de esos que no buscan piedad o simpatía y son capaces de robar en una cola de desocupados o manotearle las monedas a un ciego. Esa mirada inclemente, propia de quien se sabe parte del mundo que retrata y por eso no necesita demostrarlo, estaba presente ya en cortos anteriores de Caetano, como Visite Carlos Paz (1992) y Calafate (1993), ambas filmadas en Córdoba. En Visite Carlos Paz, Caetano mostraba lo que la postal turística mantiene oculto: que en ese enclave turístico serrano de aire límpido y espectáculos teatrales de temporada viven pibes que son como una caldera a punto de estallar. En Calafate, por su parte, una ridícula disputa entre vecinos por culpa de un pajarito termina con una desmesurada explosión de violencia.
La expresión del deseo (mediometraje realizado en 1996 gracias a un subsidio de la Fundación Antorchas) ampliaba el campo de batalla y le daba un territorio en disputa: el de una plaza del centro de Córdoba. Allí, un grupo de pibes drogones terminará combatiendo, con palos, sevillanas y algún disparo mortal de arma de fuego, a los mendigos que ocupan un sector de la plaza. El desencadenante era, de nuevo, un hecho mínimo, que termina disparado consecuencias desproporcionadas: una radio, prendida a volumen demasiado alto.

EL FUEGO EN QUE SE COCINA
Adrián Caetano tenía ya un tema, un mundo y unos personajes. El tema: la violencia entre pobres, absurda e irrefrenable. El mundo y los personajes: los de la marginalidad urbana, sin concesiones ni blanduras. Asomaban también una mirada y un estilo, caracterizados por una rara mezcla de distancia e inclusión, expresados mediante lo que ya aparecía como marca de fábrica: una combinación de planos cercanos, en los que la cámara se mostraba nerviosa y urgente, y otros muy distanciados, con frecuentes tomas aéreas, como si el realizador buscara desde dónde filmar esa guerra. Todo ello reaparece, en un punto máximo de decantación, en Bolivia, donde Caetano echa más leña al fuego de la potencial desintegración social, incorporando elementos altamente inflamables: el racismo, la xenofobia, la misoginia y la homofobia. Todos parecen tener sus razones, en la película. Todos acumulan resentimientos mutuos, todos funcionan como prisioneros de prejuicios o roles sociales que los exceden, todos se comportan ciegamente, más como agentes de la tragedia que como víctimas ovictimarios claramente diferenciados. Apretados por la situación económica como cualquier hijo de vecino, a ninguno le queda otra que la que hace.
El boliviano Freddy emigró de su país por falta de trabajo. En Buenos Aires encuentra al menos la posibilidad de hacer unas monedas, aunque esas chirolas jamás le alcanzarán para traer a su mujer e hijos, como pretende. Rosa está hace más tiempo, y ya no soporta Buenos Aires; se quiere volver a Paraguay. Héctor, el vendedor homosexual de chucherías (Héctor Anglada, el mismo de Pizza, birra, faso) está por volverse a Córdoba, frustrado porque no puede hacer diferencia y resentido porque el dueño de la parrilla le dio trabajo a un inmigrante. El Oso no llega a juntar la plata que necesita para cumplir con las cuotas del crédito, y mientras tanto acumula odio contra los dueños de la concesionaria, “esos uruguayos hijos de puta”, y –por extensión– contra todos los extranjeros. El dueño del boliche (Enrique Liporace, único actor profesional del elenco) ni siquiera sabe muy bien si el nuevo empleado es peruano o boliviano, y los borrachos que se quedan dormidos sobre las mesas putean a Freddy porque es un “negro de mierda”. Cuando Freddy salga un sábado a la noche con Rosa ya será demasiado, y la red de odios mutuos, de por sí intrincada, terminará por anudarse del todo. Sólo falta una excusa mínima, el más pequeño incidente, para que ese mundo termine, no con un quejido sino con un estallido.
EL ENCIERRO
Si Bolivia puede parecer una versión criolla de Haz lo correcto, las películas de Spike Lee y de Caetano no podrían ser más distintas en términos de estilo y narración. Allí donde el afroamericano apela a un funky cinematográfico contracturado y exuberante, hecho de ritmo y tonos saturados, Caetano filma en un atenuado blanco y negro, dejando que las tensiones circulen por debajo de los tiempos muertos y sabiendo que la tragedia es una maquinaria que trabaja sin necesidad de fogonearla demasiado. De todos sus colegas y con su admirada Lucrecia Martel como única posible competidora, Caetano es seguramente el más dotado para filmar la violencia. Pero no en acción, sino más bien como un mecanismo de reacción que se retroalimenta, y que se caracteriza por ser ciego, sordo y casi mudo. Hablan poco los personajes de Bolivia, y se escuchan menos. Cuando abren la boca, es para proferir amenazas veladas –como cuando el dueño del boliche le aconseja a Freddy tener cuidado con Rosa–, porque no pueden más –como cuando el Oso no sabe cómo resolver sus aprietes económicos y pide ayuda– o para largar alguna puteada, que de todos modos parecería más dirigida hacia adentro que para producir algún efecto en el afuera. Están atrapados. De allí que casi toda la película transcurra en el estrecho interior de la parrillita, y de ahí también que toda la secuencia de presentación se pasee por los rincones vacíos del lugar, como quien dibuja los límites de un espacio físico y, al mismo tiempo, el territorio en el que va a ocurrir la batalla.
En los escasos momentos en los que Freddy abandona ese espacio, va a dar a otro territorio ajeno u hostil: sale a la calle y la policía lo detiene para pedirle documentos, lo curran en un locutorio ilegal, se pone a jugar al pinball sin darse cuenta de que Rosa le quiere hablar o se extravía -producto de la oscuridad y el alcohol– en la pensión donde vive la chica. No es el espacio su único enemigo: allí está ese reloj de pared, primera imagen de la película y reiterado leit motiv visual más tarde. Cuando funciona, parecería obstinarse en marcar las horas que pasan muertas. O llevan a la muerte.

EL OSO
Después de la experiencia televisiva de La cautiva (basada en el poema de Esteban Echeverría y emitida hace unos meses por Canal 7), lo próximo de Caetano es Un oso rojo. En plena posproducción y con estreno previstopara mediados de año (¿después de presentarse en Cannes, tal vez?), lo que trascendió de Un oso rojo parecería señalar una continuidad y un quiebre al mismo tiempo. Algunos datos indican que Caetano decidió abandonar la soledad de los márgenes para correrse unos pasos hacia el centro de la escena. Por primera vez, el realizador trabajó a las órdenes de un productor (Lita Stantic, que ya había coproducido Bolivia, además de otros títulos claves del cine independiente, como Mundo grúa y La ciénaga), con actores profesionales al frente del elenco, como Julio Chávez y Soledad Villamil (si se exceptúa la pareja protagónica de La cautiva, Gastón Pauls/Paola Krum) y con una coguionista (la escritora Graciela Speranza). Por otro lado, la idea original de la película es de su autoría y está absolutamente en línea con su cine anterior: el Oso del título es un tipo violento y con contactos con el mundo de la marginalidad, que roba los sueldos de una fábrica el día que su hija cumple un año y es metido en prisión. A la vuelta de la cárcel, El Oso intentará recuperar a su familia. Pero palabras como familia, trabajo y pareja no son sinónimo de estabilidad en el mundo según Caetano, por lo cual es de presumir que ese intento no resultará nada sencillo. Como no lo será, seguramente, el paso de quien hasta ahora se manejó como francotirador solitario al cine de producción más ortodoxa. Unos primeros fragmentos de Un oso rojo atisbados en la mesa de montaje muestran a un Julio Chávez casi irreconocible y de aspecto feroz, a Soledad Villamil gritando y pataleando en los pasillos de la cárcel y a un grupo de marginales en feroz batalla con la policía. Todo parece indicar que el oso seguirá rugiendo.

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El Oso mastica su odio, vigilado por Enrique Liporace desde el mostrador.
 
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