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Domingo, 28 de noviembre de 2004

NOTA DE TAPA

La La La

Sus mujeres, sus ex mujeres, sus tías, sus amigas, sus musas, sus canciones y sus borracheras: Fito Páez habla de Mi vida con ellas, el disco doble que saca esta semana (y, de paso, explica qué extraña en la música argentina hoy, de dónde vienen las canciones, cómo distinguir el susurro de una musa del canto de una sirena, por qué la melodía es la mejor forma de llegar a las personas, cuándo larga con su próxima película y por qué va a tratar también de... ellas).

 Por Moira Soto

Una obra pop, definitivamente, con todo el condimento”, dice Fito Páez en el sofá blanco de su living blanco con un piano negro y algunos libros, de Xul Solar, y películas de Hitchcock por ahí. Después de celebrar en septiembre sus veinte años de carrera y de la reciente edición en DVD de los conciertos de fines de 2003 en el Gran Rex de Naturaleza Sangre, su último disco, Páez se apresta gozoso al lanzamiento, en los primeros días de diciembre, del disco doble Mi vida con ellas. Una primera síntesis de su historia musical (habrá continuación el año próximo) que sorprende con versiones diferentes, algunas nuevas, de su ya conocido repertorio, e incluye –por ejemplo– “Lo que el viento no se llevó” (Buenos Aires, 16/11/99), “Al lado del camino” (Nueva York, 27/9/00), “El amor después del amor” (Montreaux, 8/7/94), “Tumbas de la gloria” (Madrid, 23/7/02) y “Mariposa Tecnicolor” (Lima, 28/9/02).
Mi vida con ellas es un homenaje a las mujeres que han estado, que están en la vida del compositor, pianista y cantante. Las que le han dado amor y/o inspiración, compañía, amparo, confianza, lealtad. Las que lo han arropado, confortado, y también dado pelea y divertido a través de los años. No están todas, aclara FP, sólo dieciséis, a saber: Romina Ricci, Jorgela Argañarás, Divina Gloria, Romina Cohn, Fernando Noy, la tía Charito, Marcova, Anita Alvarez de Toledo, Rosario Delgado, Macarena Amarante, Nora Lezano, Fabiana Cantilo, Claudia Puyó, Dolores Fonzi, Sonia Lifchitz y Cecilia Roth. Ellas resplandecen en la magnífica producción de fotos que realizó Nora Lezano, con rutilante vestuario de Gustavo Ros, asistido por Silvia. Fito está fascinado con las imágenes de show de revistas, con los temas elegidos, con sus chicas, una de las cuales, su actual mujer –”la nueva vedette Romina Rictus”, la anuncia él– llega de la calle con su hija Valentina y con Martín, el hijo de Fito y Roth, y marcha a ocuparse de Margarita, la preciosa beba de seis meses de la pareja.
“Aprendí muchas cosas preparando estos discos”, discurre Fito Páez. “Porque la idea del archivo es algo que nosotros no manejamos: vivimos en lugar donde se hace y se tira. Al realizar este trabajo tomé conciencia de esta situación: qué bárbaro, veinte años y tener todo por ahí en cajitas. Cosas que deberían haber estado en algún lugar guardadas, ordenadas, rotuladas. Momentos de una historia con muchas implicaciones.”
¿Nunca en la vida se te ocurrió archivar esas grabaciones?
–Ya ves que no, estaba todo tirado, desperdigado. En casa de uno o de otros, en casetes, en DAT. Bueno, tardó tanto la tarea de búsqueda de material como la mezcla del álbum.
¿El trabajo se acentuó mucho a la hora de elegir y tener que descartar?
–Sí, claro. Ése fue el segundo paso. Algo delirante, me sentí tironeado por todos lados. Había momentos que ganaba la calidad de grabación; otros, la interpretación o el contenido. Entonces era: qué, por qué y cómo. Se imponía tomar decisiones. Entonces armé dos grupos: este que es el primero, y después otro donde están las cosas que quizás no tengan tanta calidad técnica, pero sí otros valores. Por ejemplo, una interpretación muy fuerte. Ahora me acuerdo de una de los hermanos Fattoruso en un barcito en Montevideo, con Osvaldo y Hugo en el piano: no se escucha bien el bajo, la batería está fuerte, la voz medio perdida, pero salió buenísima, aunque no entró en el concepto del disco que sale ahora.
¿Hubo alguna consigna, alguna idea madre a la que adheriste como punto de arranque?
–Mi vida con ellas: ese título fue la base del proyecto. Surgió de una forma un poco disparatada, porque hasta ese momento era el título de la película que quiero filmar el año que viene, una comedia de chicas. Pero no me terminaba de cerrar, no podía justificar el título, aunque me sirvió para escribir el guión. Después pasó lo de la grabación de Rosario, el concierto de los 20 años que no funcionó muy bien por problemas técnicos.Y entonces surgió la posibilidad de armar un álbum con grabaciones de todos estos años. Empezó la búsqueda de los temas y ahí se unieron dos ideas: ese concierto con las amigas, los amigos, los músicos, los hijos... y los veinte años en canciones por las ciudades, con distintos públicos en distintas épocas. Este concepto fue el que terminó de formular el álbum. Y en la selección, lo que siempre ganaba –más allá del grado de popularidad de la canción– era cierta intimidad mía con los temas. Recién después empiezo a pensar en aspectos técnicos, que son importantes a la hora de tener un estilo.
¿Y dónde están ellas?
–Cuando decimos ellas, tenemos que hablar de las letras, de los manuscritos, de la cantidad de botellas ingeridas, de la cantidad de mujeres con las que me he vinculado. Ellas están dentro de mí, son parte de mi vida. También podemos hablar de las canciones como disfraces, ¿no? Por eso me gustan las chicas con las plumas, el despliegue de ese vestuario espectacular. “Dadle a un hombre un máscara y te dirá la verdad...” En este caso, a dieciséis mujeres. Me gustaba la imagen de ellas ligada a la idea de teatro, de representación.
¿De juego, de desdoblamiento, de
fantasía?
–Sí, tal cual. En este punto estoy cada vez más antiestalinista, menos dogmático, más divertido en el sentido de alejarme de la solemnidad. Me parece que “Ciudad de pobres corazones” es una canción de una gravedad tal que viene bien aligerarla, completarla con una pluma. Lo mismo a un tema como “Al lado del camino”, tan retórico.
Finalmente, tu vida es puro teatro...
–Me he pasado una vida en los escenarios, entre las plumas, el maquillaje, la ropa, la puesta en escena, la actuación... Todo eso tomó un cuerpo aquí, en esto que funciona como una suerte de álbum de revisión.
¿Mi vida con ellas te llevó a hacer memoria y balance, repasar coherencias e incoherencias, a hacer una evaluación, una autocrítica?
–Exactamente, todo eso metido ahí adentro y además teniendo que tomar decisiones tan difíciles.
¿Es un poco la película de tu vida?
–De alguna forma. Y lo que empezó siendo un juego muy incitante terminó en el lugar de una gran encrucijada. Por eso tuve que armar dos discos, sin contar el que va a salir el año que viene.
Vos siempre te has negado a analizar las letras de tus canciones, a proponer lecturas y has sostenido que no tenían un mensaje, ¿después de este proceso de recapitulación y examen seguís en la misma?
–La foto que veo, desde que arranca hasta que termina el álbum, es la de un tipo dentro de un cuarto con un piano. El tipo va cambiando el piano, el lápiz, hay servilletas, cuadernos, máquina de escribir; en vez de piano aparece un teclado, una guitarra... Pero esa foto está siempre. Por otra parte, respecto de esa discusión eterna, creo que las formas le ganan a lo que querés contar. La forma habla por sí sola. Y en ese punto, puede ser poderoso encontrarte con una canción como “11 y 6” veinte años más tarde y decir: “Joder, qué bien funciona”, con esa idea del posible amor reparador aun dentro de la miseria... Te estoy hablando de la melodía como forma musical que se impone sobre el texto, la melodía como dueña de una fuerza expresiva más poderosa que el texto. Creo que la música siempre puede ir más lejos. De paso te comento que hoy estaba acá con Margarita, escuchando un disco de María Elena Walsh, y es espeluznante. No me acordaba de las letras, me puse a tocar las melodías, que son todo un tema en ella. Una artista maravillosa, una gran melodista más allá de su poesía. Por eso los chicos la siguen escuchando y se siguen enamorando de sus canciones. A mí, más en chiquito, me han sucedido cosas así, con “11 y 6”, con “Mariposa Tecnicolor”... Melodías que te preguntás cómo es que tiene ese enganche en Bogotá, en Madrid, en Nueva York, en Lima, en Santiago del Estero. Escurioso, produce el mismo efecto en todos lados, y podría ser una música para niños.
¿Será el famoso niño que subsiste en los artistas?
–A ver: yo diría que la forma de la canción precisa, para ser una canción, de la ingenuidad popular. Tener la capacidad de atravesar todas las barreras, intelectuales quizás, y llegar a algo muy, muy profundo. Hay cosas involucradas en la canción como género que están fuera de la música, y esto es lo que hace grandes, imprescindibles a ciertas canciones. Una película puede describir e interpretar determinada época y esa película, contener una canción que después representa un montón de otras cosas. Y posiblemente te acuerdes más de la canción que de la película... La canción es milenaria, ancestral, tiene algo de trasmisión oral, algo juglaresco. También algo del cuento. Lo que no quita que se puedan inventar formas nuevas, porque si no, no se podría hacer nada después de “El arriero”, de Yupanqui. El relato y lo melódico juntos ejercen un poder de comunicación muy fuerte. Por supuesto que sí a La consagración de la primavera, a Villalobos, a Gandini... Por supuesto que sí a Cobián y a Cadícamo, a Charly, a Gershwin, a Chico Buarque... La canción es un género que todavía, pese a la velocidad de las cosas de la vida moderna, te permite el contacto con una emoción primaria.
¿Por eso todo el mundo tiene “sus” canciones, esos temas que te expresan como les pasa a los personajes de la película Conozco la canción, de Resnais?
–Pero claro, cómo no. Por eso el éxito de ciertos boleros, de los tangos, de los temas de Los Beatles. Yo extraño un poco últimamente en la Argentina ese bordado de la canción. Me alarma que este país que ha sido tan prolífico no esté generando ahora cancionistas. Creo que el último grande es Calamaro. Estoy extrañando eso visceral que aquí ha tenido cimas tan altas dentro del tango, del folklore, del rock, con Charly, Litto y Luis. “Nace una flor...”, esa letra de “Inconsciente colectivo”, esos acordes, ¿de dónde vienen? De muy arriba. Mirá, estoy escribiendo un ensayito sobre Charly: a los veintipico cuenta la historia de un tipo exitoso que al final se queda solo con su fantasma. Pensaba que Thomas Mann se había tomado setecientas páginas para escribir La montaña mágica y este cabrón puso en cinco minutos el relato de toda una vida. Por eso encuentro tan pobre hoy la canción argentina, me preocupa que no esté a la altura de su propia historia. Te estoy hablando de invenciones de la música popular, desde “El día que me quieras” hasta “Suspensión” de Spinetta, una expresión cubista de la canción si querés. Hipermoderna. ¿Cómo no extrañar a Litto y sus invenciones, el rasguido en la guitarra que es único, el scat dentro de la canción de rock, de temas como “Los que se fueron”?
¿Una de las metas de Mi vida con ellas fue rescatar la emoción y la espontaneidad de las grabaciones en vivo?
–Me parece lindo haber hecho un álbum medio a lo Cassavetes: ocho canales acá, un estéreo acá, dieciséis canales acá... Se grabó así, de esta manera brutal, durante veinte años. Esto no es FM, no está hecho para vender, no tiene otro criterio que el de dejar plasmado un cacho de historia musical y personal, que te puede interesar un poco más, un poco menos. Y que tiene un lenguaje bien crudo y real: así se toca en vivo. Un poco también ante la contrariedad de los productores que analizan el mercado y ven qué pueden tomar para armar su mapa musical de Latinoamérica, dejando afuera la música argentina, valiosa hasta más no poder. Diría la más valiosa, junto con la de Brasil, dentro del cancionero popular, sin despreciar otras músicas –la de Chile, la de Perú– que son maravillosas. Pero te estoy hablando de los ‘50 en adelante.
¿En qué parte de tu propio mapa musical está Fito Páez?
–Y... yo estoy ahí, con mi barquito, remando, cruzando, reconociéndome en ciertas cosas, en mi historia, mi casa, mi padre, mi familia. La elección de “Aguas de marzo” para mí está llena de lecturas: era la música que escuchaba con mi padre en Rosario a fines de los ‘60 y comienzo de los ‘70. Jobim fue uno de los motores que me acercó a los acordes. Entonces, también está “Tres agujas”, que es mi manera de acercarme a Jobim diez años después de haber escuchado esa música. Y también están Charly y Luis Alberto que fueron los tipos que más o menos me armaron. Jobim, un peso pesado, muy serio y muy divertido. Mirá, el otro día leí una nota de un tipo prestigioso de la crítica científica musical, un tipo que sabe. Y hablaba del Polaco Goyeneche, decía que entre el cantante sobrio de las orquestas de Salgán y Troilo, y el decidor patético de las películas de Pino Solanas, tenía que haber algo que diera la mirada histórica del Polaco. Me pareció tan terrible... ¿Cómo podés cuestionar a alguien tan a lo Schopenhauer, poniendo la cámara tan arriba? Para hacer eso tenés que tener un pie que te lleva hasta muy arriba, alguna obra fundamental. Pero para la mirada de este crítico colonista, el Polaco era un “decidor patético”. Decir eso de un cantante que inventó formas... Me puse mal, decidí escribir algo sobre lo patético.
Estos textos que has mencionado, ¿los estás escribiendo con algún destino
editorial?
–No. Por ahora la carpeta se llama Pequeñas barbaridades. Quizás abra un sitio en mi página y mande estos comentarios que vengo escribiendo desde hace dos años. Están Almodóvar, Tarantino, Martínez Estrada, Favio, Aristarain, cositas que veo en las giras, cuentos eróticos. Una miscelánea, filosofía barata, digamos, escrita con cierta pasión.
¿Este repaso de veinte años te llevó a algún territorio inesperado, a algún descubrimiento?
–Más que nada, a una zona de emociones. Imaginá: de golpe escuchar “Ciudad de pobres corazones” cantada por Cerati y por Charly en un teatro en Buenos Aires. Se me vino el tema encima, esa letra, lo que pasó en el momento que hice la canción, quiénes eran las dos personas que estaban cantando conmigo... Muy potente. O escuchar la versión de “Aguas de marzo” cantada por el público en Río de Janeiro... Me da como najes, que en idish significa algo entre el orgullo y la satisfacción por algo que hace alguien que uno quiere. En este caso, mis músicos y yo mismo. Orgullo de que estuviésemos tocando eso, con ese swing, delante de ellos. Diciendo: a nosotros también nos pertenece esto. O escuchar “El amor después del amor” en Montreaux, un festival tan fuerte, tocando a las tres de la mañana. Cuando casi todos estaban dormidos, salimos como una banda de bárbaros argentinos y pusimos a todo el mundo a bailar. Torrentes de emociones.
¿Y en cuanto al análisis de tus propios trabajos?
–En realidad, lo que encuentro es que uno está haciendo siempre la misma canción, cantando lo mismo. Yo creo que la gente no cambia en lo esencial. Me parece que somos víctimas y victimarios de una lógica pasional, cada uno con la suya. Lo que podés aprender con el tiempo es el oficio, que tiene su costado peligroso. Trato de correrme todo el tiempo de eso para poder estar siempre en aquel lugar del niño, de jugar. Claro que a veces el oficio te ayuda, te salva, te da recursos. Habilidades buenas como saber ensayar con un piano desafinado. Pero a la hora de las decisiones hay que mantenerse lo más virgen posible.
¿Mantener el contacto con la intuición, el inconsciente?
–Sí, y con la propia sexualidad. No buscar tantas explicaciones racionales. ¿Viste que ahora cuando alguien no conoce algo dice que es barroco? Si le parece sobrecargado y se queda afuera, en lugar de reconocer “no sé leer esto”, le pone la etiqueta de barroco. Palabra cuyo significado no conocen realmente, pero la usan de comodín.
¿Cómo en tu historia con la inspiración? ¿Bajan realmente las musas algunas veces?
–Hay situaciones casi milagrosas, alguien que no es uno está haciendo eso. Yo no soy especialmente místico respecto de estas cosas, pero tengo que reconocer que al hacer algunas canciones me he sentido como un médium. “Une las puntas de un mismo lazo”: ahora me doy cuenta de la dimensión que puede tener. Y aunque estoy cada vez más escéptico con todo lo que no puedo ver o comprobar, en un punto no puedo dejar de pensar que existe una fuerza desconocida.
¿Hay dones repartidos de manera desigual, que los artistas comparten a través de su obra?
–Hay dones que te hacen ver verdades, a veces muy terribles. Yo no he conocido nada que humanice mejor que el arte, salvo la paternidad. Y nacimientos, muertes cercanas, la depresión. El amor es más difuso (risas) en cuanto a ese sentido revelador. En cambio, las muertes, los nacimientos, las depresiones las puedo leer con más claridad. Lo otro es navegación.
Ya que convocamos a las musas, hablemos de ellas, las diversas mujeres de tu vida que pueden haber cumplido ese rol.
–Musas, sí, sí. Ayer estaba pensando en las tapas para los discos tres y cuatro y se me ocurrió un dibujo de un tipo escribiendo con todas sus musas, las demonias y las angelitas, dándole vuelta. Te podría contar de las parejas que he tenido, todas musas extraordinarias en el sentido de que me han inspirado mucho desde su inteligencia. También tengo que mencionar a mi abuela Velia, ella llegó a escuchar hasta Giros. Yo le ponía el disco y me decía “... éste y éste, el otro no sirve”, y eran los temas de esos discos que hoy me gustan a mí y a mucha gente. Muy genia. Música ella también, tocaba el piano. Una docente de escuela primaria que dedicó toda su vida a los chicos. Musa, muy musa. Mi tía Charito ejerce también esa forma de musidad. Esa percepción popular de que te hablaba antes: “ésta es la canción que nos va a gustar a todos”. Nada que ver con la mirada del publicista, puesta en el mercado. Una mirada ancestral, de madre. A ver, pensemos un poco sobre las musas. ¿Por qué son musas? Están protegiendo algo relacionado con los lenguajes, las expresiones emocionales. Ellas son rectoras, no vienen solamente a iluminarte. La musa va a decirte que esto está bien y esto no, que no seas bobo, que no seas tan negro porque la vida también tiene risa. Aunque ahora que lo pienso mejor, no siempre son protectoras, pueden ser tremendas, paralizantes en lo inmediato. Pero es posible que esa parálisis te meta en un proceso que al cabo de un tiempo –nunca se sabe cuánto– va a ser liberador. Como si fueran estrictas gobernantas (risas): castigado años, para que entiendas.
¿Cómo saber que son voces de musas y no cantos de sirenas?
–Ah, bueno, hay que tener la antena preparada. A veces, apenas basta con ver cómo prenden un cigarrillo, cómo se pintan los labios, cómo se callan en una reunión, qué bebida toman. Es una tarea reconocerlas (risas). Pero nunca podés estar seguro de haber aprendido, siempre poder caer cautivo de una nueva trampa: vos te creías que sabías todo sobre ellas y no, te cayó otra que te reubicó. En la musa siempre hay algo vital, trae acción, incentivo. Incluso con el silencio. Generalmente te revelan cosas para que después puedas continuar tu camino. A veces revolcándote con ella también. Pero es una linda idea la de la musa, a mí me divierte.
Las chicas emplumadas de Mi vida con ellas, ¿tienen todas algo de musas?
–De una u otra forma, creo que todas: mis compañeras de trabajo, algunas ex mujeres, amigas, mi tía Charito, Noy, mi mujer Romina...
¿Tu hija Margarita todavía no ingresó a este olimpo?
–Seguramente va a serlo. Le puse “Bienvenida, Margarita” en la tapa para dedicarle el álbum a ella, por supuesto, que lleva el nombre de mi madre. Andá a saber a cuántos hombres volverá locos esta chica...
No sufras con tanta anticipación, falta mucho.
–Es que yo sufro por los hombres (risas).
Muy generoso con tus congéneres...
–¿La verdad? Yo ya me imaginé la escena: cae un traficante todo tatuado, con un arma que pone sobre la mesa: “Compadre, vengo a llevarme a tu hija”. Y yo sacando una Smith & Wesson y baleando al tipo contra la pared: “A esta chica no me la toca nadie”. No, es muy niñita Margarita, por ahora llora y se ríe como todos los pibes de su edad. Todavía no sé cuál es la diferencia respecto de un hijo varón. Me dicen que las hijas te llevan del cuello. No me extrañaría en lo más mínimo, ya que toda mi vida me ha sucedido eso con las mujeres.
Ay, ay, ay, pobre Fito.
–Yo encantado igual, me gusta que las chicas manden en la casa. Las chicas dan mucha pelea.
En un país misógino como éste, ¿qué otra cosa pueden hacer?
–Es verdad. Pero yo no soy misógino, ¿por qué se la agarran conmigo? (risas). Sólo pertenezco al género masculino.
A ver, explicá un poco por qué no sos misógino. Dame alguna buena razón.
–La misoginia es odio a las mujeres, desprecio, ¿no? Me parece algo medieval, me cuesta mucho tratar de ponerme un segundo en ese lugar. Son tantas las cosas que me gustan en ellas. En todo lo que tiene que ver con los vínculos, son más abiertas, van al grano, saben lo que quieren. El hombre es más acomplejado en este terreno. Tiene que pelear más contra sus propios fantasmas. No haría un disco que se llamara Mi vida con ellos (risas). A mí ya de arranque me divierte la idea de que una persona sea mujer, en todo caso la diferencia la aprovecharía para jugar. Nunca para dañar ni para rebajar a alguien, porque cuando denigrás a alguien por un motivo de esa naturaleza, te están denigrando a vos mismo. (Este es el momento exacto en que irrumpe Margarita con un piyama rojo en brazos de su mamá, toda sonrisas, y se suceden los chistes acerca de si su corazón va a pertenecer a papito. “Le va a poner una cadenita papito”, bromea Fito. “Y mamita se la va a soltar”, replica Romina.)
Dieciséis chicas a favor, entonces, en la tapa del disco.
–Dieciséis beldades, sí. Todas son hadas buenas, aunque en algún momento puedan ser terribles. Me acuerdo, por ejemplo, de Fabi que rechazó una canción, “Las cosas tienen movimiento”, que ahora está en este álbum. Me volvió loco de tal modo que estuve veinte años sin grabarla. Hasta que un día la agarró Spinetta y la versionó toda. A lo mejor hacía falta que la cantara Luis, Fabi no quería que la hiciera yo. Nos junta el rollazo de la vida. Hay algo en nosotros que supera nuestras mezquindades: nuestras generosidades. Son todas personas que amo. Nos unen las canciones, la risa, la vida misma. Muchas relaciones largas: Noy, Fabi, Ceci, Charito, Divina... Y todavía faltan muchas que estarán en la próxima tapa.
¿Los 40 te trajeron alguna especie de
madurez?
–Los 40 te relajan mucho, ya tenés suficiente bagaje, el tiempo ha puesto algunas cosas en su lugar, las cosas toman su verdadera dimensión. La paternidad, como la maternidad, te reubican en el mundo, te cambian el rol.
¿El año que viene dirigís tu segunda
película?
–Sí, y tengo varios títulos alternativos. Por ahora se va a llamar ¿De quién es el portaligas? Es una comedia de enredos. Tres chicas en una ciudad argentina. Se muestra el valor de la amistad entre mujeres, sus vínculos con los hombres. Todo desde el punto de vista de ellas, mujeres muy apasionadas. Una pequeña épica femenina. Hasta ahora, mi guión fue aprobado por todas las chicas que lo leyeron, vamos a ver cómo sobrevive a los ensayos, al hilado fino. Lo escribí en medio de la gira. La quiero hacer muy chiquita, con presupuesto cero. Filmar en casa de amigos, en mi casa, con la cámara en la mano, sin equipo de luces, lo mínimo. Porque nome quiero meter en toda la cosa empresarial del cine, hablar con esos jerarcas ridículos que deciden qué película va a gustar. Es más, si puedo presentarla en circuitos no comerciales, mejor. Que se vea en lugares pequeños, independientes. Sé que no quiero entrar en la trituradora.
¿Saliste muy herido de la experiencia con Vidas privadas?
–Sí, claro, golpeado muy fuerte, sobre todo en la Argentina. Porque he tenido algunas experiencias buenísimas afuera. Acá, aun antes de que se mostrara, parte de la crítica era como un grupo de tías enojadas. No hubo realmente análisis, se quedaron en la etiqueta de pretencioso.
¿Algo así como “esta estrella del rock qué se mete a hacer cine”?
–Ah, sí, claro. Y si bien me destruyeron ya ves que vuelvo a filmar. Pero no puedo negar el efecto negativo que se produjo. Fue un trabajo que se hizo seriamente sobre un asunto arriesgado, y resultó muy bastardeado. Cuando leo algunas críticas de afuera, veo que hay tipos que se meten dentro de la obra con mucho conocimiento, como si te disecaran a fondo. No noto eso acá. Y lo lamento, porque a mí, personalmente, me deja incompleto. Porque sin pretender que te elogien porque sí, está bueno cuando podés tener una devolución fundamentada.

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Foto: Nora Lezano y Sebastian Arpesella
 
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