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Domingo, 16 de enero de 2005

PERLAS > UN RELATO DE MARíA ESTHER GILIO SOBRE UNA FUGA BAJO LA DICTADURA URUGUAYA

vacaciones de invierno

Por María Esther Gilio

No sé si ese invierno había sido tan cruel como lo registra mi memoria o fueron los hechos que vivimos en esos meses los que subrayan la ferocidad del viento y la violencia de la lluvia. Retrocedo a julio del ‘72 y veo mis retornos a casa siempre castigados por alguna noticia que quitaba el sueño. “Te llamó la madre de Ana, dice que otra vez la sancionaron a Sofía quitándole las visitas”. “Le negaron la libertad a Juan” o “Se llevaron a Carlos”. Esa noche, la que hoy traigo a mi memoria, encontré junto a la puerta del edificio donde vivía con mis hijas a una niña de 9 o 10 años que temblaba de frío a pesar de la bufanda que le envolvía el cuello y la cabeza. “Soy la hija de la Tota”, dijo, y me entregó un papel arrugado que traía apretado en la mano. Entramos, subimos y, arriba, luego de encender la estufa, leí la carta. “María Esther”, decía, “esta niña, cuyo nombre es Helena, es la hija menor de Roberto y la Tota. Su padre tuvo que hacerse humo porque lo tenían cercado. A la niña hay que arrimarla a Concordia donde una hermana de la madre irá a esperarla. Este es el teléfono al que debés llamar cuando llegues a Salto. Perdón por esta complicación que no esperabas y gracias. Un abrazo. Angeles”. “¿Qué tenés ganas de comer?”, pregunté a Helena. Pensó y dijo: “Milanesa y papas fritas”. “Milanesas no hay pero, si querés, podemos comer papas y huevos fritos”. Y después de un rato: “Me parece que estuviste llorando”. “Sí, un poco. Me voy a lavar la cara”. Cuando volvió, quedó unos segundos mirándome en silencio hasta que pareció decidirse:
–Mi nombre se escribe con hache –dijo.
–Ah, como Helena de Troya.
–Sí, por eso me lo pusieron con hache –dijo y otra vez quedó en silencio. A mi papá le encanta La Ilíada. La Ilíada es un libro.
–Sí, ya sé. ¿Qué te pasa? Quedaste triste. ¿Qué estás pensando?
–En un problema.
–¿Qué problema?
–Capaz que te vas a enojar.
–¿Estás segura de que me voy a enojar?
–Sí, porque yo tuve la culpa.
–Bueno, te prometo no enojarme. Decí.
–No tengo documentos. Perdí la cédula hace quince días, una vez que fui a lo de mi abuela en el Prado. La perdí en la calle Buchental, creo.
–Bueno, ya vamos a ver –dije mientras pensaba que no era la cédula el problema. En la cédula figuraba un nombre que sí podía ser problema.
A la edad de Helena no pedían cédula. Casi nadie la tenía. El
único problema era la entrada a la Argentina sin permiso de sus padres. Ya veremos. Después de dos días de dar vueltas, hablar con amigos y hacer averiguaciones, tomamos un ómnibus que nos llevó a Durazno. Allí, un amigo nos recogería para llevarnos a Salto en auto.
Eran algo más de las diez de la noche cuando el ómnibus se detuvo en una calle de Durazno. Miré a Helena que con la manga del saco limpiaba el vidrio tratando de ver dónde habíamos parado. La luz del ómnibus se encendió y Helena abandonó su vidrio por mi mano. “No me vayas a dejar sola”, dijo. “Cómo se te ocurre”. Sonrió y bajamos. Busqué a Omar, pero allí no estaba. Un empleado de la empresa se acercó. “¿Usted espera a Omar?” “Sí”. “Avisó que no se inquiete que ya vienen a buscarla. Pasen al local, acá está muy frío”. Entramos y nos sentamos. Helena apoyó la cabeza en mi falda y se durmió. Quince minutos más tarde un anciano de bigotes y poncho blanco se acercó, con la boina en la mano, pidiendo disculpas. “Manuel Ferreira, para servirla. Omar tuvo que salir de apuro para el campo hoy de tarde. Allá las espera. No es lejos. Aquí traje dos mantas; mi auto es viejito y el frío hace de las suyas”. Desperté a Helena que miró sorprendida al viejo, que se quitaba la gorra para saludarla y salimos. El auto –un Chevrolet de los 50, sin guardabarros– esperaba en la esquina. Subimos, nos tapamos con las mantas y esperamos que seresolviera la lucha entre Don Manuel y el arranque. Finalmente ganó Don Manuel y el auto empezó a moverse. “Estos autos, con el frío, se ponen muy mañeros” –dijo mientras limpiaba el parabrisas con su pañuelo. Y poco más tarde, mientras la ciudad iba quedando atrás: “No vamos ni muy lejos ni muy cerca, cuatro leguas y un poquito”.
Habíamos recorrido cerca de cinco kilómetros cuando Don Manuel pidió perdón pues tenía que detenerse para armar un cigarro. Mientras lo armaba preguntó y contó. Sobre Omar que estaba haciendo un tajamar y sobre su mujer que era muy gaucha y lo ayudaba. Ella es española, dijo, y se puso en marcha luego de explicar que en unos minutos dejaríamos la carretera para entrar en caminos vecinales. Me volví y miré a Helena. “Me dormí -dijo–. Me dormí y soñé”.
–¿Qué soñaste?
–Soñé que estaba en la escuela y la maestra me preguntaba por qué había faltado tantos días. No sé, pero cuando la maestra preguntaba eso todos los niños se reían.
–¿Y después?
–Yo quería saber por qué se reían, pero me desperté.
El auto había entrado en el camino que anunciara Don Manuel y su andar se había hecho tembloroso y vacilante. Una lluvia muy fina empañaba el parabrisas y el frío se había vuelto casi insoportable. “Ya llegamos, no se impacienten que falta poco”, dijo Don Manuel deteniendo el auto y bajando a examinar un bulto atravesado en el camino. “Creí que era un perro”, dijo al volver. Era un pedazo de plástico negro”.
Media hora después anunció que estábamos entrando en el campo pero que aún faltaban varios minutos para la casa. Recorrí el campo con la mirada, buscando las luces de la casa que nos recibiría pero ninguna luz la anunciaba. El auto se internó en un monte de eucaliptos bastante espeso y aminoró la marcha. El suelo brillaba. Era evidente que el agua lo cubría. “Esto está medio inundado”, dijo Don Manuel poniendo segunda cuando desde atrás saltó en un grito la voz de Helena.
–Aquí, aquí, de este lado hay una oveja en el agua. Son dos, dos. Una grande y allá un poco más lejos, una chiquita.
Don Manuel detuvo el auto y bajó. Tomó primero la grande y la colocó detrás del auto, en el camino, y luego, rezongando, se dispuso a meterse más lejos, donde estaba hundido el cordero. Lo levantó y se acercó. “Te animás”, le dijo a Helena, cuyos ojos brillaron en la oscuridad. “Vamos a secarlo un poco primero”, dijo pasándole su pañuelo por las patas. “Este nació ayer o antes de ayer. Mañana se lo devolvemos a la madre”. Helena tomó el cordero y lo metió bajo la manta. “Está muy frío”, dijo. El auto retomó la marcha. Habían pasado unos diez minutos cuando una luz apareció a la vuelta del camino. Habíamos llegado. Bajamos. Salió Omar a recibirnos y atrás Milagros, su mujer, cuyo acento seguía tan español como lo había sido a su llegada hacía treinta años. Entramos. Cerca de la estufa había una mesa baja con pasteles, tazas y dos termos. Don Manuel le pidió el cordero a Helena, pero Helena agachó la cabeza y sin mirarlo se dirigió a la estufa. “Dejala”, dijo Omar. “No te preocupes. Mañana o más tarde la llevás”. Don Manuel salió. Helena con su cordero apretado entre los brazos, desinteresada de los pasteles, se sentó. La miré y pensé que su rostro había cambiado. La expresión de miedo que parecía imborrable había desaparecido; estaba seria y tal vez un poco enojada.
–¿Qué pasa, Helena?
–Nada, nada –dijo acariciando la cabeza del cordero. Nada, el corderito me hizo pis.
–¿Mucho?
–No, creo que no, pero varias veces.
–Entonces...
–Es chiquito, no sabe. Después me cambio.Milagros rió mirándola. “Me recuerda a mí cuando salimos de Barcelona con mi madre. La pelea con mi pobre madre que me decía: “No puedes llevar el gato, Milagros, por Dios, no puedes”. Y yo, que no oía. La verdad es que no quería oírla”.
Helena había levantado la cabeza y la miraba.
–Mi madre y yo, con muchos otros, debíamos cruzar los Pirineos nevados. Estábamos en lo peor del invierno y mi madre no cesaba de llorar porque no sabíamos dónde estaba mi padre. Ni siquiera sabíamos si estaba vivo y si algún día volveríamos a verlo. Yo tenía el pelo como Helena, así rizado -aunque un poco más largo–, y unos mitones de lana azul parecidos a los suyos. Ay, niña, de un golpe estuve de nuevo allá por un minuto.
–¿Murió tu padre? –dijo Helena.
–Murió, sí. Pero tú quieres saber si murió aquella vez. Qué va, mi padre era duro y fuerte como un toro. Murió aquí treinta años después. Aquella vez lo hirieron, pero no murió. Dos años más tarde nos juntamos en Marsella y salimos para tu país. Esta casa, ¿viste qué bonita es? Fue él quien la construyó.
Este final feliz pareció devolver el hambre y la alegría a
Helena que tomó un pastel, accedió a darse un baño antes de dormir y entregó –después de besarlo varias veces– el cordero a Don Manuel, que había vuelto, y esperaba junto a la puerta. “Su madre se va a alegrar cuando lo vea”, dijo Don Manuel a una Helena que sonreía.
Era todavía noche cuando al día siguiente nos levantamos. El campo estaba blanco de escarcha, pero la cocina caliente, pues el fuego no se había apagado del todo durante la noche. Cuando salimos tuvimos la sorpresa de que iríamos en un auto nuevo y abrigado. Omar, con pantalones de pana marrón y poncho de vicuña, era un estanciero millonario. Se lo dije. “La ropa llama al respeto de los zonzos”, dijo mientras se calzaba los guantes de pecarí. “Ya verás que vamos a encontrar unos cuantos por el camino”. Y así fue: apenas entramos en la carretera un piquete policial nos detuvo. Omar bajó y dos segundos después volvió a subir. El oficial había gritado desde lejos: “Está bien, no precisa... deje pasar”. Omar volvió a su asiento, encendió un cigarrillo sin hablar y arrancó. Estaba serio, pero sus ojos sonreían. “Antes de mediodía estamos en Salto”, dijo encendiendo la radio y moviendo el dial hacia uno y otro lado hasta que encontró la radio Colonia hablando de dos “artefactos” que habían hecho explotar en Córdoba. Recorríamos ya la ruta 3 cuando nos enfrentamos con lo que pensamos era un accidente grave por los autos de la Caminera, la numerosa policía y las vallas que obligaban a todo el mundo a detenerse. Omar detuvo el auto junto a la banquina y preguntó a un paisano qué había pasado. “Parece que se les escapó una pareja de subversivos que llevaban para Montevideo”.
–¿Cómo se les escapó?
–No sé cómo fue, pero la gente quedó nerviosa.
–Parece que no se habían dado cuenta y la mujer tenía escondida una navaja –dijo otro. –Creo que hay un policía lastimado. Quedaron bravísimos.
Un policía se acercó y pidió documentos del auto y personales. Pero sólo a Omar. A mí y a Helena nos miró apenas y no dijo nada. Ya se iba cuando se detuvo en seco, volvió y, acercándose al baúl del auto, pidió que la abrieran. Movió la rueda de auxilio, miró hacia el fondo y cerró. “Pueden seguir”, dijo. No habíamos recorrido 20 metros cuando otro policía nos detuvo. “Tenemos acá un compañero que perdió el ómnibus, ¿podrían dejarlo a una media hora de camino de aquí?”. Omar dijo que sí y el muchacho –no más de 20 años–, sonrojado hasta el pelo, subió atrás. Pidió disculpas, comunicó su nombre y quedó en silencio. “Están trabajando fuerte”, dijo Omar. “Sí, este episodio ocurrió hoy de mañana, antes de aclarar. La mujer llevaba un cortaplumas encima y no lo vieron”.–¿Gente de por aquí? –dijo Omar.
–No, de por aquí no.
Haría algo más de media hora que el muchacho había subido cuando dijo que debía bajar para tomar el camino que se abría a la derecha. Bajó y Omar y yo nos miramos. “¿Vos no sufrís del corazón, no?” “No”. “Te veo más nerviosa de lo que corresponde. No llevamos a ningún subversivo en el auto”, miré hacia atrás. Helena, con la boca entreabierta, dormía. “No, pero si saben quién es pueden querer interrogarla. Madre presa, padre requerido. Sería complicado, ¿no?”. “No es fácil que lleguen a todo eso”. “Además de todo eso estamos nosotros que la llevamos. ¿Por qué la llevamos? ¿Cuál es nuestra relación con sus padres?” “Vos sos amiga de la madre y yo soy amigo tuyo”. “Andá a contárselo a Magoya que capaz que lo convencés”. “¡Pero si es verdad! ¿O no somos...?” “Ya sé que es verdad, pero eso no alcanza. ¿En qué país vivís?”.
No respondió y yo cerré los ojos. “Si pensás dormir ponete el cinturón”, dijo Omar. Miré la hora, me puse el cinturón y me dormí. Cuando desperté, tal vez una hora más tarde, quedé por varios minutos incapaz de moverme. Omar y Helenita habían bajado y lo que yo veía, lo que se extendía ante mis ojos, tenía la seducción y el misterio de un cuadro impresionista. Hasta hacía una hora todo era gris en mi entorno, el cielo, el campo y el camino. Con el sol en el cielo, el gris había abandonado el mundo y el color se había adueñado de todo lo que existía. Sobre el fondo verde varios niños se perseguían gritando y en un lago pequeño, del que salía un vapor tenue, varias mujeres sumergidas hasta el pecho, con el pelo levantado, conversaban y reían como si el mundo fuera un deseable, posible e irrenunciable paraíso. Busqué hasta encontrar un cartel que me ilustrara. Estábamos en las Termas de Daymán. Omar se acercó seguido por Helenita, quien venía seguida por un perro. “¿Quedaste deslumbrada?”, dijo Omar. Y luego: “Helena y tú se quedan acá por unas horas. Tú hacés el llamado a Concordia, mientras yo voy a Salto a tratar de resolver el resto”.
A las nueve de la noche volvió Omar, cansado pero alegre. “Mis amigos estaban en Artigas, llegaron a las seis. Saldremos hoy a la una. Dependiendo de las corrientes podemos demorar entre 30 minutos y una hora. ¿Qué pasó con tu llamada?”. “Matilde esperará en una pequeña entrada que hay 300 metros al norte de donde sale la lancha de pasajeros”.
Era la una cuando vi a Helena bajar la barranca ayudada por Omar y caminar hacia el río, negro como todo en esa noche. Flaquita y frágil caminó rápido con su bolso en la mano y la bufanda envolviéndole el cuello y la cabeza. Quedé mirando la luz amarilla del farol, pobre y oscilante, hasta que subió a la lancha y se alejó con ella. Y cuando la distancia apagó el sonido del motor volví al auto. A las 9 de la mañana siguiente me avisaron que tenía una llamada. La mano me tembló un poco cuando tomé el teléfono.
–¡Hola! Soy Helena.
–¿Helena con hache?
Una carcajada alegre respondió a mi pregunta desde el otro lado del río.

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