radar

Domingo, 24 de abril de 2005

NOTA DE TAPA

De AK

Intuitivo. Histriónico. Fascinado con las mujeres, el lujo y la belleza, y a la vez de una sensibilidad urticante y una capacidad para mostrar el reverso de lo visible. En los ’80 vivió en Nueva York, fotografió a medio rock argentino y a toda la plana mayor del under porteño y se enteró de que había contraído el virus del sida. En los ’90, su carrera dio un vuelco sorprendente: retrató con igual lucidez el circo menemista y su enfermedad, y la muestra Cóctel lo reveló como el fotógrafo argentino más valiente, tierno y descarnado. Ahora, a dos años de su muerte, el Malba organiza una muestra con buena parte de sus trabajos. A manera de homenaje, Radar reproduce fragmentos de la biografía incluida en el catálogo, en la que sus amigos reconstruyen vida y obra de Alejandro Kuropatwa, el hombre que hasta el último día se tomó la vida de un trago.

 Por María Gainza

“Una día estaba manejando cuando una mariposa se posó sobre el vidrio y por mirar sus colores Alejandro estrelló el auto contra un árbol.”
Contado por Horacio Dabbah

Cuentan las leyendas que Alejandro Kuropatwa (1956-2003) fundó un imperio del swing. Que quienes lo conocieron lo sintieron pasar como una ráfaga de nardos, un buque de guerra victorioso, un ser que iba derramando purpurina mientras acotaba: “Querida, no hay que burlarse del kitsch, es importante en la vida de la gente”, y que hacia el final de sus días, imitando el acento gallego, solía repetir: “Pues anda, hijo, aunque sea vive por curiosidad”. Lo cierto es que Alejandro Kuropatwa, el hombre, fue infinitamente más complejo que el emperador, fue la suma abarrotada y atolondrada de todas las voces que hoy lo recuerdan pero además fue un artista que plasmó, como pocos, el temperamento de su época. La imagen de la Argentina postdictadura: de los excitados años ‘80, de la euforia creativa de esos días y –por sobre todo– de esas noches, y de cómo en los años ‘90 bajó la espuma, tanto que para sobrevivir no quedó más opción que reinventarse.

“Aunque a veces intentara ser igual a los demás, no le salía. Estaba a años luz de nosotros pero ante al poderío de mi familia parecía un don nadie.”
Lily Kuropatwa

Alejandro nació en el sanatorio Cangallo de Buenos Aires a las 11.50 de la mañana del 22 de octubre de 1956. El tercero de tres hijos y el único varón. Su padre, Miguel, había abandonado Polonia rumbo a la Argentina en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Una vez instalado en Buenos Aires fundó Via Valrossa, una empresa farmacéutica. Su madre, Dora, hija de rusos, había nacido en la Argentina. Gordito, con un brillo de suspicacia resplandeciendo en el fondo de sus ojos color almendra y con su corte príncipe valiente, Kuropatwa atravesó la primaria generando confusión: “La maestra creía que por mi apellido y porque no hablaba nada yo era japonés”. Entonces ya parecía un eterno pilluelo. De Villa Urquiza a Belgrano y de escuela en escuela, Alejandro terminó el secundario en el Juan María Gutiérrez, un colegio experimental y progre donde conoció a su amigo íntimo, Tommy Pashkus, quien tiempo después recordaría: “En un colegio que estaba lleno de freaks, él era un extraterrestre, el más freak de todos. Era una pieza única, escandaloso y de una ansiedad a prueba de balas: nunca fue el drogadicto típico, ni el borracho típico, ni nada típico”. Ya por entonces el personaje Kuropatwa delineaba su esfera de acción: el descalabro.

En la adolescencia había participado de alguno que otro taller de fotografía, había aprendido cerámica y tocado la flauta, pero recién en 1973, cuando le faltaba poco para terminar el suplicio escolar, Kuropatwa decidió tomar su carrera en serio. Primero pasó dos furtivos meses por la carrera de Arquitectura y luego ingresó a la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano, donde realizó algunas perspectivas a lo De Chirico. Duró un suspiro: “Pasé por Bellas Artes en plena época peronista, cuando tomaban el lugar cada dos por tres. Yo estaba chocho, paleta en mano, dándole a la pintura cuando entraban y me decían: ‘La escuela está tomada’. Entonces me daba vuelta y les gritaba: Ay, pero la puta madre, el óleo es carísimo. Hice un año y dejé”.

–En Nueva York iba a todas las discotecas.
–¿Qué buscabas o, mejor, qué encontrabas?
–Alegría.

Conversación con Marcelo Franco.

A mediados de 1978 Kuropatwa se embarcó en un viaje por Europa, donde durante varios meses registró arquitecturas, fragmentos de fachadas, jardines y afroditas abandonadas. Fotografías que aparecerían una y otra vez en sus muestras futuras. Finalmente, un año después, se instaló en Nueva York. Kuropatwa contó una y mil veces que llegó a la fotografía en general y a Nueva York en particular inspirado por Los ojos de Laura Mars, aquella película de Irvin Kershner que narra la historia de una fotógrafa (Faye Dunaway) que, a través de su cámara, presagia asesinatos. “Me deslumbró todo el colorido, los sets, la música y la puesta en escena, es decir, quedé deslumbrado por todo Nueva York.” Primero, como su inglés era un poco rudimentario, se inscribió en el Wagner College de Staten Island: “Permanecí tres o cuatro meses aprovechando todas las noches para ir a Broadway. No podía desprenderme de ese brillo, sí, Nueva York brilla”. Tanto que más tarde precisaría detalles, contando entonces cómo durante aquellos primeros meses se había pasado las noches bailando en las discos de moda y regresando a la escuela en el ferry de las siete de la mañana. Al tiempo, con un inglés más callejero que otra cosa, se mudó a Manhattan, alquiló un departamento en la calle 39 y Park Avenue, se compró una camarita usada y dio el ingreso al Fashion Institute of Technology (FIT). Inquieto como una libélula, la decisión no había resultado fácil: “Al principio no sabía si quería bordar o sacar fotos”. Pero algo había que hacer y durante dos años y hasta 1982 estudió allí fotografía.

Con la ayuda económica de sus padres y alguno que otro trabajito part-time que –por sobre todo– lo mantuviera entretenido, Kuropatwa le sacó el jugo a Nueva York: a veces cuidaba a los chicos de Juan José Cambre, limpiaba la casa de Chula Osorio o hacía las compras en el supermercado para el Gato Barbieri. “Y era muy lindo porque mientras yo trabajaba el Gato tocaba el saxo.”

Por esos años conoció al diseñador y artista Andrew Moszynski y a su mujer Variety: “¡Ah Alex! –recuerda Andrew–. Es cosa sabida que era insoportable y maravilloso. Captaba y entendía cosas con gran claridad y siempre con algún grado de inocencia (a pesar de una maldad divertida). Mi mujer de entonces, Variety, él y yo bailábamos, tomábamos drogas y, en general, no teníamos mayores problemas en nuestras vidas. Alex fue el primer hombre que vi vestido con pollera (de esas con un alfiler de gancho grande, medio escocesas). Fue mi asistente de taller (duró un día) y además nos limpiaba la casa (‘Soy más barato y divertido que cualquier dominicana’). Y ahí, él apoyado sobre la escoba, nos poníamos a platicar, nos tomábamos un vodka, yo le pagaba por su trabajo, y la casa quedaba prácticamente igual que antes. Y de golpe empezó a mostrarme fotos. Siempre me impresionó que pudiera tomar una idea que podía ser considerada banal, dedicarse a ella con gran energía y entusiasmo y que los resultados fueran interesantes. Entonces empecé a tomarlo en serio como artista.”A comienzos de los rutilantes y decadentes ochenta, Kuropatwa vivía en la calle 23 entre la séptima y octava, pegado al Chelsea Hotel, el lugar donde unos años después fue encontrado el cuerpo de Nancy Spungen, la pitonisa de los Sex Pistols. Kuropatwa brillaba de noche: Lucky Strike, Roxy, Studio 54 formaban su derrotero habitual. El Danceteria era uno de los clubes más célebres de Manhattan, dirigido por un berlinés llamado Rudolph que, acodado sobre la barra, solía beber junto a Nina Hagen. Kuropatwa conoció a Rudolph y –carisma mediante– se hicieron amigos: “Una noche se me acerca un ángel y me dice: ¿Vos sos Alejandro? Yo soy Rudolph. Y yo –que ni idea– le digo: Ay querido, estás irreconocible”. Unos días después había conseguido una fecha para exponer en Congo Bill, el vip del Danceteria.

En 1982, a los 25 años, ingresó a la Parsons School of Design para continuar sus estudios. Por esos años Kuropatwa realizó sus primeras experiencias con imágenes desenfocadas, trabajos que más tarde se agruparían bajo el nombre Fuera de Foco. Son imágenes de rostros esfumados, fantasmales experimentos de los años ‘80, que parecen subrayar la ironía final de toda fotografía: su afanoso intento por atrapar un mundo que es inasible como una pelotita de mercurio en la palma de una mano. Kuropatwa presentó sus Fuera de Foco en la muestra anual de la Parsons pero su trabajo fue rechazado, y finalmente las exhibiría en el Estudio Giesso en una muestra individual.

En abril de 1984 Kuropatwa presentó sus fotografías en el Studio 54 de Nueva York. La invitación –como la de un casamiento– de elegantes letras negras sobre fondo blanco decía: “Milan and Alexis di Biasio invite you to a party in honor of Alejandro Kuropatwa at Studio 54, Tuesday April 10th, 1984”.

“Alejandro se tragó la vida de un solo sorbo hasta que la vida le dio un cachetazo.”
Tommy Pashkus

Para mediados de los años ‘80 el sida ya había comenzado a cobrar sus primeras víctimas. Kuropatwa, ojo y lengua afilada, lo definió así: “Algunos de mis buenos amigos habían muerto y se empezaba a complicar mi permanencia en Nueva York. Muchos creen que un día en Nueva York es una visita guiada al Edén. Yo creo que es como tomar unas copas en el infierno”, o bien: “En Buenos Aires la gente creía que Nueva York era discoteca, discoteca, discoteca, pero ya para 1981 era ambulancia, ambulancia, ambulancia”.

Kuropatwa abandonó entonces Nueva York rumbo a la Argentina. Pero antes eligió despedirse con lo que más adelante se convertiría en una típica fiesta a la Kuropatwa: “Invité a todo el mundo que conocía por más que sólo hubiera intercambiado una palabra en la calle y después nunca más lo hubiera visto. Recubrí la terraza con lucecitas y había una mesa de comida y bebida. Unas chicas vinieron con taquitos finitos y vestidos muy apretados con escote corazón y tul que salía por abajo”. El ojo exquisito de Kuropatwa ya comenzaba a posarse sobre un tipo de belleza particular. Es que Kuropatwa –como dijo Fernando Noy– “fue el último dandy pink, un sacerdote de la alegría que siempre vivió en un mundo 6 estrellas”. Al punto que llegaría a convertirse en un anfitrión sofisticado y el creador de algunas de las fiestas más delirantes que se recuerden.

Kuropatwa aterrizó en Buenos Aires y se instaló en una casa en la calle Paraguay al 3100. En algún momento de esa época (nadie parece recordar la fecha exacta) le informan que está enfermo de sida, que había contraído lo que por entonces llamaban “la peste rosa”. Públicamente comentó: “Me infecté en Nueva York. Antes de tener un diagnóstico yo ya sabía”. Y después amplió: “Un día me estoy bañando y observo una especie de verruga en la pierna. Los análisis confirman un sarcoma de Kaposi (cáncer cutáneo que aparece de la mano del HIV). Me desesperé. No bien me dieron el resultado escuché que la lecitina de soja era una medicina maravillosa. Llené la heladera de lecitina. Pasé por todas las alternativas porque todavía no había nada serio. Nada dio resultado. Entonces hice un viaje terminal”. En 1998, en el programa de televisión “Almorzando con Mirtha Legrand”, Kuropatwa contó que cuando se enteró de que estaba enfermo salió del consultorio y le dijo a su asistente: “Vamos a tomar un whisky a Los Angelitos”.

En 1986 realizó la exposición individual Naturalezas Muertas en el Centro Cultural Recoleta: unas fotografías en blanco y negro de bodegones en composiciones clásicas. Eran inesperadas asociaciones de instrumentos –martillo, sierra, y yunque; cesto de mimbre y naranjas; caños, canillas, canastas y cebollas– sobre un fondo neutro y bajo una iluminación homogénea. Hay una risa burlona en el intento del artista por darles forma a sus inquietudes a través de la representación de la naturaleza muerta y convertir así un género históricamente menor en una herramienta de exploración psicológica. Las de Kuropatwa son memento mori y a la vez, imágenes que parecen hablar sobre la sensación de morir más que sobre el significado de la muerte.

“Mi familia tiene una fábrica de cosméticos y yo estoy condenado, afortunadamente, a fotografiarlos.”
Alejandro Kuropatwa

Kuropatwa tenía una habilidad sorprendente para manejar diferentes registros en simultáneo. En septiembre 1988 expuso en el Centro Cultural General San Martín Solo Sonrisas. Fotografías en blanco y negro, primeros planos de rostros sonrientes que no esconden el paso de los años. Risas estentóreas que parecen retumbar en el tiempo, algunas suaves y melancólicas, otras altivas y vibrantes. Kuropatwa declaró en Plaza Magazine: “Con esta muestra intento combatir la famosa tristeza argentina”.

Durante ese año Kuropatwa comenzó a trabajar fotografiando productos para los catálogos de Via Valrossa. Al poco tiempo ese empleo se volvió su principal fuente de ingresos, lo que lo obligó a concentrarse en dos tipos de imagen: una pulcra, reservada a sus fotografías de producto, y otra utilizada en sus trabajos no comerciales, donde su gesto, como una pincelada que se suelta, se volvió despreocupado. Algo a lo que –con una inevitable vuelta de tuerca– Kuropatwa le sacó partido en su siguiente muestra.

En octubre de 1988 Kuropatwa presentó Fotografías de Objetos Presidenciales en el Museo de la Casa de Gobierno. Son fotografías en las que captura una condecoración militar con la decadente displicencia con que retrata un prensa matambre para Via Valrossa. Pompi Gutnisky, quien fue su asistente durante 1988, describió la sesión: “Mudamos todo el estudio ahí porque los objetos no se podían retirar. Alex se volvía loco con las cosas, me decía: ‘Pompi, mirá qué genial, ¡la banda de Rivadavia!’. Entonces tiraba la banda sobre el acrílico y como caía la dejaba. Era absolutamente intuitivo. Resolvía muy rápido y desdeñaba el virtuosismo técnico. Siempre decía: ‘¡La técnica que la haga otro!’”.

“En los ochenta yo sentía una vibración, sentía la creación, sentía que podía ocurrir todo. En los noventa, en estos años no sentí nada.”
Alejandro Kuropatwa

Roberto Jacoby suele hacer hincapié en el hecho de que Kuropatwa crea el grueso de su producción artística cuando sabe que se va a morir y aun así no se deja estar. Es que la aplanadora Kuropatwa parece resurgir a cada paso. Kuropatwa tiene 34 años cuando, en una entrevista en el diario La Nación, declara: “Mi vida es un lápiz labial. Para escaparme de los perfumes, de las cremas antiarrugas, del esmalte para uñas, trato de montar una exposición una vez al año”.

En agosto de 1990, con curaduría de Martha Nanni, Kuropatwa expuso en la galería Ruth Benzacar 30 días en la vida de A. La muestra redujo a treinta falsos días una serie de imágenes de amigos como Fernando Noy, Andrés Calamaro y Batato Barea, entremezcladas con paisajes, desnudos, interiores, baños de vapor y arquitecturas. Todo fijado en película polaroid vencida (“No sé si estaban vencidas o cargué mal la máquina. Me salieron mal y me encantó. Dije: que siga su camino, que pase lo que pase”). La historia –a grandes rasgos– fue así: una tarde, Kuropatwa se apareció de improviso en el departamento de Martha Nanni con cientos de transparencias. En esa visita inesperada, Kuropatwa le anunció a su amiga que estaba enfermo: “Estoy muerto de miedo”, le confesó. Venía de pasar –de refugiarse– unas semanas en unas termas de Salta. Nanni escribió: “Tiró el material sobre la mesada. Me dijo que volvería para que le dijera si se podía hacer algo. Tan sólo contó que durante treinta días no había dejado de disparar. Sin pensar cómo ni por qué. Me quedé toda la noche viendo el material”.

“Lo único que te pido es que respetes las ralladuras”, le pidió Kuropatwa. Nanni recuerda: “Para mí las rayas eran un dato fundamental porque eran los daños que él se infligía a sí mismo. La muestra era una enorme metáfora sobre el universo del sida”.

“Un día cobró una plata por unas fotos de Charly. Entonces nos fuimos al kiosco del Alvear a comprar revistas extranjeras y de ahí nos tomamos un remise. Una a una Alejandro hojeaba las revistas y después las tiraba por la ventana.”
Fernando Noy

Como una diva pop, Kuropatwa se reinventó a cada paso. Solía caminar por la calle Florida vestido con un enterito rosa y ventilador azul en mano. Así lo vio Roberto Jacoby por primera vez. Cecilia Roth lo recuerda paseándose por su casa en tacos altos. Y Marcia Schvartz lo imagina en las fiestas del Club Eros disfrazado de su personaje favorito: Naomi, una señora judía paqueta. Había algo de pavoneo en su constante despliegue histriónico, algo de puesta en escena en todo lo que hacía y una flexibilidad asombrosa para, con tan sólo un pestañar, ajustar el personaje según quién tuviera enfrente.

En enero de 1992 Kuropatwa alquiló por una noche una suite en el Hôtel Meurice de París. Allí, sobre las paredes de color rosa pálido, colgó sus fotografías: 16 fotos blanco y negro. Una vez montadas, Kuropatwa organizó un cóctel para 30 personas “heteróclitas y cosmopolitas” que Variety Moszynski registró en un corto de 13 minutos, El París de K. Ella explicó: “Para Kuropatwa el hotel representaba la quintaesencia del París fabuloso, del cliché fabricado por los extranjeros: la ciudad de las luces. Lo que más me impresionó durante la fiesta fue la inmensa distancia entre el evento social que transcurría y las fotos ahí mostradas, sobre este contraste me interesó construir el film. Las fotografías contaban una historia opuesta a la de la fiesta, el reverso de la medalla, una visión de la soledad y la muerte”.

Hugo Mujica, poeta, filósofo, teólogo, alguna vez definió a Alejandro como “un desesperado con cartel. Una persona que jugaba con su muerte, que coqueteaba con ella y que por momentos nos hacía dudar si no era todo una farsa”. El resultado de esta amistad dio, en 1993, una muestra conjunta en la galería Ruth Benzacar: Alejandro Kuropatwa. Fotografías. Hugo Mujica. Poemas. Kuropatwa presentó en esa ocasión 16 obras blanco y negro. Fotos de caireles, cortinas, mesas servidas, flores, desnudos y paisaje marinos. Kuropatwa anunció: “Lo que exhibo ahora refleja el deterioro de un ciclo de mi fotografía, el de las flores secas, el de soledad”.

–¿Qué me pongo para la inauguración? ¿Te parece bien mi traje Armani con una camisa Kenzo?
–No no, Alejandro, eso es demasiada información para una sola persona.

Conversación con Felisa Pinto

Quienes alguna vez participaron del montaje de una muestra de Kuropatwa dicen que el artista consultaba todo. Que hablaba horas por teléfono, se asesoraba, preguntaba, escuchaba, que espontáneamente armaba un grupo de trabajo con la gente que tenía cerca y respetaba. Tan era así que por momentos parecía un clown naïf –apenas terminaba de decir algo te clavaba los ojos y decía ¿te gustó?, ¿te gustó?– pero por otros un artista generoso que intuía que ese método de trabajo podía llevarlo a lugares donde él jamás se habría aventurado solo.

En mayo de 1994 Kuropatwa expuso en el Centro Cultural Ricardo Rojas ¿Dónde está Joan Collins?: 200 fotografías blanco y negro colgaban torcidas y amontonadas sobre la pared registrando un viaje del artista por Salta, Tucumán, Jujuy, París y Buenos Aires. Fotos de vírgenes, flores, perros solitarios y gallinas se entremezclaban con personajes de la fauna televisiva y artística. Para Kuropatwa la muestra era una suerte de resumen, lo que él llamó: “Hice hasta acá”.¿Y dónde estaba Joan Collins para Alejandro Kuropatwa? “Acá mismo, en el mundo ‘Dinastía’ que está viviendo la Argentina. Supongo que la revista Caras debería llamarse Joan Collins, ¿no?” Era un mundo que lo atraía y al mismo tiempo lo vaciaba de sentido. Por eso en sus fotos Kuropatwa despliega el reflejo de una astuta liebre de campo que, aun cuando encandilada por las luces altas, conserva siempre la cintura para darse vuelta y echar a correr.

En cierta oportunidad, Edgardo Giménez comparó a Kuropatwa con un brindis, un ser que “estaba siempre en el tope de sus emociones”. Las anécdotas lo pintan como un hombre de pocos grises pero fundamentalmente como un artista las 24 horas: “No estaba la obra por un lado y el hombre por otro. Estaba todo junto”. Marcos Goldstein, la Gran Markova, definió a Kuropatwa no como una raza en extinción sino como una raza extinguida: “Una persona que desde que abría los ojos convertía todo en un gesto único e irrepetible”. Era también caprichoso y veleidoso hasta la médula: “Una vez lo pesqué en una mentira y cuando se lo comenté me dijo: ‘Madame no miente, Madame inventa’”. Y de un ego a prueba de balas: en una ocasión Roberto Jacoby se lo topó por la calle y le comentó que andaba un poco desorientado. Entonces Kuropatwa enarcó sus cejas tupidas y le dijo: “Ya sé, tengo la solución para vos: tenés que escribir mi biografía”.

En junio de 1995 presentó en el Centro Cultural Ricardo Rojas una muestra individual: Mi Amor. Alejandro Kuropatwa. Alguna vez Kuropatwa confesó: “A la muerte la muestro siempre y a la naturaleza también”. El hecho es que las flores comenzaron a ganar terreno en sus trabajos. “Las flores me erotizan mucho. Adoro las calas. Al principio todos me decían ¡qué horror, cómo vas a fotografiar calas, es flor de cementerio! Ahora vas por la avenida Santa Fe y es moda”.

“Cumplía un día antes que Charly García. Entonces, como festejaban por separado, todas las mañanas después de su fiesta Kuro le mandaba los restos de su torta a Charly.”
Cecilia Roth

Kuropatwa no se daba por vencido con facilidad. Y un día de 1996 su vida dio un (segundo) vuelco: en la “Conferencia de la Esperanza”, como se denominó a la XI Conferencia Mundial sobre Sida celebrada en Vancouver, los científicos dieron a conocer los resultados sobre el llamado cóctel antiviral. Para él esto significó una esperanza.

Había pasado una temporada en el infierno que lo llevó a internarse en una clínica de rehabilitación en Laguna Beach, California. Sus padres lo acompañaron durante tres largos meses. “Allí me mimaron a lo loco y me trataron de todas las infecciones. Luego me incorporé a un grupo de autoayuda para alcohólicos y Father Bob nos rescataba de los happy hours de las 7 de la tarde, horario muy difícil porque volvés del trabajo y la copa te baila. Después de salir de la clínica me dije: ¿qué hago ahora que estoy vivo?” Miriam Bendjuia, su amiga más próxima y, como la describe Tommy Paskus, su enfermera espiritual, relató: “Durante esos meses me llamaba desde la clínica y me comentaba lo harto que estaba de tanta píldora. Entonces un día le dije: ¿Ale, por qué no le pedís a tu papá que te compre una camarita cualquiera y les sacás fotos a las pastillas?”. Y eso hizo. Ese octubre exhibió Cóctel en la galería Ruth Benzacar, muestra que Fernando Noy describió como “un hara-kiri mediático donde Kuropatwa sublimó su tragedia” y que para muchos es el gran giro en su obra. En la exposición, Kuropatwa presentó una serie de fotografías de gran formato que registraban su dieta diaria de píldoras. Edgardo Giménez comentó: “Cóctel fue de una honestidad brutal. Abrumadora. Mientras la gente se escondía, él se abría”.

La muestra fue un éxito, se vendió por completo y se calcula que fue visitada por más de 3000 personas. Kuropatwa declaró en la revista Gente: “Lo recaudado fue para beneficencia. Para mi propio beneficio. El tratamiento cuesta una fortuna”. Y se lo presiente feliz: “Estoy planeando una muestra en el Centro Cultural Recoleta con retratos míos, fotos sociales. Se va a llamar La Felicidad, ja ja-ja ja”.

El cóctel parecía dar resultado. El 9 de abril de 1997 Kuropatwa sacó una solicitada en el diario Clarín en la que instó al gobierno a administrar y distribuir correctamente los recursos para el tratamiento. Dijo entonces: “El virus del sida ya no se detecta en mi sangre. La gente con sida tendría que tener la misma oportunidad que yo”.

“Un día lo fui a visitar porque estaba muy mal; entonces se paró y, marcando con una mano a la altura de la rodilla y con la otra diez centímetros arriba, sobre el muslo, me dijo: decime, de acá a acá, ¿no estoy bárbaro?”
Roberto Jacoby

Donde Kuropatwa ponía el ojo, ponía la bala. A mediados de mayo 1998 inauguró en la Alianza Francesa Marie Antoinette. Despiadadas tomas de mujeres de alta sociedad armadas de joyas, turbantes, rictus y patas de gallo como surcos de viejo arado. En retratos de gran formato con fondos neutros, las mujeres aparecían inspeccionadas con la crudeza de una luz de quirófano. En Aida, los ojos amoratados e hinchados parecen los de una niña llorosa pero también los de una cobra espiando a través de mechones de nylon amarillo mientras dos pendientes hipnóticos se tambalean de sus orejas. En estas fotografías no hay humor negro porque, no obstante su encantador artificio, no hay compasión. Marie Antoinette fue quizá la primera muestra que dividió las aguas: hubo gente que la adoró y otra que creyó ver en ella maldad gratuita y traición hacia esas señoras que le habían abierto las puertas de su intimidad. Kuropatwa mostraba su veta más cínica y por un rato se convirtió en lo que Fernando Noy llamó “el Truman Capote del flash”.

Pero en Clarín el artista explicó: “En esta etapa de mi vida quise investigar el mundo de las mujeres de alta sociedad, de las joyas, y la ropa tan cara y tan inverosímil, de las charlas sobre yoga y los conciertos de la Wagneriana... Es un mundo de fantasía con mucho lujo y mucho té con budín. Si se las mira bien tienen algo del encanto de los viejos cabarets alemanes. Lo que yo veo es una vanidad muy humana”.

En la nota “Mujercitas” aparecida en Radar, Kuropatwa desarrolló: “Aida Schneider es mi favorita. Encarna el espíritu de la muestra. Me recibió una mañana en su departamento. La mañana es a eso de las doce porque de seis de la tarde hasta la madrugada juega al bridge. Con Aida aprendí a hablar de tú: ¿tú qué deseas tomar, Alejandro? Pidiera lo que pidiera Aida tocaba un botón y aparecía una mucama con uno de esos vasos que da pavor romper. Yo me había puesto el único traje azul que tengo, para presentaciones y otros eventos (y acerca del cual Aida no opinó, aunque no pudo dejar de criticarme la corbata). Esa mañana me di cuenta de lo fascinante que es una mujer que hace lo que quiere. Una mujer que dice: ya no hay sirvienta que trabaje como la gente, después de que la sirvienta entrara a decir que la mesa estaba servida (...). Le pregunté si tenía capas. Tocó un timbre y dijo: “Capas”. Apareció la sirvienta cargada de colores Dior. Mientras ésta desplegaba las capas sobre los sillones de terciopelo bordados en oro, Aida me pregunta: ‘¿Mi querido, no piensas que quedan mejor sobre los sillones que sobre mí?’ Durante la charla le di a entender que me fascinaban las esmeraldas. Aida se dio vuelta y empezó a sacar pañuelos de seda de un vaso del año del pedo mientras me decía: me ha dicho Cecilio Madanes que eres muy sensible, Alejandro, así que por favor no te desmayes. Entonces se da vuelta como en el ¡Shock! de Susana pero sin ser así de ordinario y dice: ‘Mi querido, estás viendo ochenta quilates en cada oreja’. A Amalita la descarté. Primero porque las fotos se expondrían en la Alianza de la que ella es la presidenta, pero además porque trabaja. Estas mujeres no. Amalita, como Mirtha, como Ernestina Herrera de Noble, son unas plebeyas. Se prostituyen. Laburan. Aida, a lo sumo, va alguna tarde al Museo Fernández Blanco”.

El 6 de enero de 2001, su padre Miguel, el hombre que para cuidar a su hijo solía pararse a la entrada de las fiestas para verificar que nadie ingresara con bebidas alcohólicas, murió. Para Kuropatwa, esto significó de alguna forma un alivio: la vida no interrumpía su orden natural. El hijo despedía al padre.

Con un hígado que ya no resistía las píldoras, Kuropatwa fue internado una y otra vez a lo largo del 2002. En el Museo Nacional de Bellas Artes se presentó la muestra retrospectiva Manifiesto y en el desplegable publicó lo que vendría a ser un texto programático: “En fotografía, lo primero es la mirada. Hay que aprender a mirar con humor. Eso no significa estar mirando, a ver cuándo aparece algo gracioso. La foto es un episodio solemne. Cada imagen tiene que ser buscada. Aun cuando la foto sea un hallazgo del momento, el trabajo sigue siendo de composición. Las cámaras de última generación dan todo resuelto. Eso no sirve: hay que saber exponerse al error y hay que poder exponer un error... ¿Cómo sacar una buena foto? Sin intelectualizar. Para fotografiar hay que cautivar. Ya sea el corazón del producto o el alma del modelo. Mi corazón no se lo doy a nadie. Mi alma, sólo a la fotografía”.

A comienzos de 2003 fue internado nuevamente. Edgardo Giménez recuerda que durante esos días, cuando lo llamaba por teléfono al sanatorio, solían descostillarse de risa hasta que Kuropatwa, exhausto, le decía: “Bueno, bueno ahora te corto porque no doy más, pero prometeme que mañana me llamás”.

Estaba cansado. Murió el 5 de febrero. Horacio Dabbah contó que ese día lo fue a visitar y Kuropatwa le dijo: “Quiero flores, quiero flores” y después, al rato: “No puedo más”.

Su último trabajo, el Kuro Tour, un proyecto que consistía en pasearse por Buenos Aires a la manera de un turista cualquiera disparando frenéticamente su camarita de bolsillo, quedó inconcluso.

“Hoy he tenido una gran experiencia vital: he viajado en colectivo.”
Alejandro Kuropatwa

Aun en los momentos de mayor ebullición creativa Kuropatwa logró destilar siempre un aire de ocio tropical. Dicen que los veranos en José Ignacio eran la dolce vita. Que comían lechón adobado con miel y especies de la India en la playa bajo el rayo de sol y tomaban champagne a toda hora. Dicen que cuando había dinero Kuropatwa era un despilfarrador compulsivo y que cuando éste faltaba también lo era, aunque de otra forma. En cierta ocasión, para el cumpleaños de Horacio Dabbah, Kuropatwa llegó sin regalo, tocó timbre y cuando le abrieron la puerta anunció: “No tengo plata”, y ahí nomás se desnudó y se tiró encima una lluvia de pétalos de rosas.

Kuroptawa tenía una facilidad asombrosa para entrar y salir –ileso– de cualquier mundo, como si llevara consigo un pasaporte con inmunidad diplomática. De noche arrastraba a sus amigos a Karim y las putas lo saludaban “Buenas noches, señor Kuropatwa” y lo invitaban hectolitros de champagne. De día se tomaba un remise a la estancia de María Luisa Bemberg y, acalorado, al llegar a la tranquera, le preguntaba al chofer: “¿Tendrán agua mineral en este sitio?”. Se sabe también que era demandante y despótico como un chico de cuatro años y que si lo aburría una conversación telefónica ahí nomás te cortaba, pero en los últimos años terminó rodeado de un séquito de amigos incondicionales a los que llamó “mis bomberos, los únicos que llegan siempre a tiempo”. Así fue, en brutas pinceladas, el hombre.

Ahora, Kuropatwa el artista fue un ser que vio más y mucho más allá de lo que sus imágenes encuadraron. Pues él, con esos ojos vidriosos que le bailaban detrás de los anteojos como farolitos chinos en el agua, fue dueño de una inteligencia visual aguda. Jamás sabremos todo lo que vio pero algo es algo: y ahí están sus fotografías, desbordadas, desparejas, huidizas. Están las que penetran la carne como la estocada certera de un alfiler y están las de melancólica lujuria, que mientras se diluyen en el tiempo se impregnan a las paredes de la memoria, dulzonas, como un whisky aguachento en la garganta.

Hace unos días, Marcia Schvartz, su amiga desde los comienzos en el taller de Dermijián, comentó: “La otra noche soñé con Alejandro. Soñé que nos estábamos matando de risa y me levanté sonriendo”.

Kuropatwa en Technicolor abre el 6 de mayo en el Malba (Av. Figueroa Alcorta 3415).

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Autorretrato, 2001.
 
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