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Domingo, 29 de mayo de 2005

MúSICA > JULIETA VENEGAS CANTA HOY EN BA

La venganza de la nerd

Alguna vez fue el secreto mejor guardado del rock mexicano, pero ya no. Desde que editó Sí, su tercer disco solista, esta chica de Tijuana, que cambió Chopin y Rachmaninoff por las canciones, se convirtió en una de las mejores compositoras (incluidos los hombres) del pop hispanohablante. Conozcan a Julieta Venegas, que canta hoy a la noche en el Gran Rex, y sepa por qué es una nerd que tuvo revancha.

 Por Martín Pérez

A los ocho años, Julieta era una chica muy ocupada. Al menos, así lo recuerda ella. Sus padres se habían preocupado, allá en su Tijuana natal, porque la niña fuese a sus clases de piano, ballet y cocina, entre otras cosas. Como todos sus hermanos y/o hermanas, por cierto. Con el tiempo, todos fueron dejando las clases, y ella también. Salvo la clase de piano, en la que era el orgullo de su profesora. “A ella le gusta el piano”, le explicaba a sus padres. Y pasaba a ejemplificarlo de una manera contundente: “Es la única que no se queda dormida en las clases”.

Así cuenta Julieta que hablaba su maestra de ella, y lanza una carcajada.

Ha pasado mucho tiempo desde aquel iniciático romance con su primer instrumento, y Julieta Venegas ya ha dejado de ser la chica con el piano. Pero no desde hace tanto tiempo como debería. Porque, en sus primeros pasos en solitario dentro de la escena musical mexicana, Julieta fue, justamente, una chica con su piano. Al menos así sonaba en Aquí, su primer disco solista, producido por Gustavo Santaolalla cuando Julieta aún era la novia de Joselo, el guitarrista de Café Tacuba.

Niña mimada de la escena mexicana, secreto mejor guardado de un rock poco propicio a las intimidades, Julieta era de esa clase de artistas que se disfrutaba entre conocedores, casi como si fuese la contraseña entre los de un mismo clan. Semejante perfil tuvo su segundo disco, Bueninvento, otra producción de Santaolalla, pero ahora con la chica noviando con el chileno Alvaro Henríquez, líder de Los Tres. Cuando ya parecía que su sello, BMG, había tirado la toalla –y cuando Santaolalla ciertamente ya lo había hecho– llegó un tercer disco, titulado simplemente Sí, que la catapultó a la fama.

A caballo de simples, como “Andar conmigo” o “Lento”, Julieta Venegas dejó de ser un secreto y suena profusamente en las radios porteñas, se pasea ganadora por Viña del Mar y llama la atención en Estados Unidos. Alguien dijo alguna vez que, después del llamado de Ricky Martin o Thalía a las puertas del imperio, el hecho de que grupos como Café Tacuba o solistas como Julieta Venegas encuentren un camino hacia la popularidad continental es algo así como la revancha de los nerds. Y algo de eso puede haber.

Mientras tanto, ahí está la niña y su piano, con la infancia llena de clases, delicada muñequita de cerámica en su primer disco, hoy mujer de blanco en la tapa de Sí, o con mirada seductora en las fotos de prensa. “Este es mi disco de florecer”, dice Julieta del disco que esta noche estará presentando en Buenos Aires. Pero antes del sí hay toda una historia de rock y pop peleado palmo a palmo, desde ese primer día en que, allá en Tijuana –como tantos chicos de su generación, en pueblos más chicos o ciudades más grandes que la suya–, Julieta dejó de tocar en su piano a Chopin y Rachmaninoff, para probar con “Boys Don’t Cry”, de The Cure.

NO HUESEROS

Según cuenta Julieta, más allá de la postal transgresora de ciudad de frontera, Tijuana es una ciudad muy conservadora. “No se acerquen a esa gente fea”, recuerda Julieta que decía su padre, refiriéndose a los gringos que nunca se aventuran más allá de la avenida Revolución. “En muchos sentidos, Tijuana es una ciudad inventada para los gringos, que apenas cruzan la frontera sienten que ya están conociendo México, pero las artesanías mexicanas que les venden sólo existen en Tijuana”, cuenta entre risas. “Todos los que vivimos en Tijuana cruzamos la frontera de manera cotidiana, nos la pasamos yendo a San Diego para ir al supermercado o a ver grupos. Pero ellos no, para ellos Tijuana es ir a otro país. Algunos hasta sacan seguro ante de cruzar la frontera.” Ahí en Tijuana fue donde la ex chica del piano comenzó con esto del rock. Allí vio sus primeros grupos, el Café Tacuba del primer disco, Maldita Vecindad presentando El Circo. Ahí también escuchó por primera vez los discos de Suzanne Vega, Lou Reed y, especialmente, Tori Amos, y fue entendiendo que había un lugar ahí afuera para lo que ella hacía sola en su cuarto. “Ahí va la fresa con su piano, ¿vas a hacer esas cancioncitas?”, recuerda Julieta que se burlaban de ella sus compañeros de toda la vida, los integrantes de Tijuana No, el grupo “comprometido” de Tijuana, los primeros de su generación en alcanzar una repercusión nacional. “En salir de Tijuana, vamos”, resume Julieta, que formó parte de los Tijuana No, pero se dio cuenta muy rápido de que su lugar no estaba ahí. “Somos un grupo politizado, no hay lugar para las canciones personales”, cuenta que le explicaba Luis, el líder del grupo, cada vez que rechazaba sus composiciones. Ella se fue, sí, pero a pesar de que ya no estaba para el primer disco el grupo grabó un tema suyo, “Pobre de ti”. “Decían que era una canción que no habla de nada, pero cuando la tocaron en vivo y a la gente le gustó, rápido de reflejos, Luis ya estaba diciendo que era una canción sobre la injusticia social”, se vuelve a reír Julieta, que armó un grupo llamado Julieta y Compañía para tocar sus temas.

“Tecladista y compositora busca armar un grupo de canciones originales. No hueseros.” Eso decía el cartel que Julieta colgó en una disquería del DF, al que llegó por un mes luego de hacer la banda de sonido de una obra de teatro que se presentó en una muestra musical de Monterrey. Al mes volvió a Tijuana, pero a buscar sus cosas. “No hueseros significa que no quería músicos profesionales”, explica Julieta, que asegura que en aquella primera época tenía un piano electrónico y se la pasaba componiendo todo el día. “Estaba de novia con Joselo y le pasé un demo a Gustavo (Santaolalla), que le gustó. Ese demo empezó a dar vueltas y vueltas, de mano en mano, y un día estábamos tocando en un bar y había tres representantes de disqueras afuera.” A pesar de los pedidos de Santaolalla para que no firmase, Julieta eligió a BMG –”el más insistente”, explica– y luego esperó un año a que Gustavo estuviese libre para grabar su hermoso disco debut, Aquí, que la presentó como la Tori Amos mexicana. “Me separé de Joselo, armé una banda y me fui de gira por España”, recuerda Julieta. “Llegar a las listas de discos con una canción como ‘De mis pasos’ era algo que me atormentaba. ¡No quería tocar!”

¡QUE LINDAS POMPAS!

Según recuerda Julieta, una noche en un antro de Tijuana escuchó una canción al piano que hizo mucho por cambiarle la vida. “No sabía qué era, pero no me la pude sacar de la cabeza”, cuenta. “Y así fue que, otra noche, la escuché nuevamente y agarré del brazo al chico que me pasó más cerca y le pregunté qué era eso que estaba sonando. Con cara de asustado, calculo, me dijo que se llamaba ‘Los dinosaurios’, y era de un tal Charly García. Me acuerdo de que durante mucho tiempo no supe cómo era físicamente, ya que tardé en tener en mis manos un disco suyo. Hasta que apareció el Unplugged de MTV y no pude creer lo que vi. ¿Ese es Charly? ¿Mi Charly?” Así fue como Julieta Venegas dio un paso más en su aprendizaje musical, y comenzó a escuchar discos como Yendo de la cama al living y Clics modernos. Le ayudó el hecho de que su nuevo novio, Alvaro Henríquez, era un fan acérrimo de García. “Mi segundo disco, Bueninvento, es fruto del descubrimiento de la guitarra para componer y de Charly García”, asegura. No sólo Charly García aprendió Julieta de Alvaro. También Beatles. “Es que en mi casa no se escuchaba a los Beatles”, se justifica. “Mi padre escuchaba cumbias y mi madre, a Jorge Negrete o a Tom Jones.”

De Aquí a Bueninvento pasaron tres años, tiempo que Julieta se pasó, básicamente, esperando a tener otra vez turno con Gustavo Santaolalla.”Mucha gente me conoció en ese tiempo por cosas que hice en el medio, como una canción para la banda de sonido de Amores perros”, cuenta. A pesar de que la época en la que grabó Bueninvento asegura que fue un tiempo feliz para ella, lo que terminó registrando fue un álbum muy complejo, lleno de emociones tristes. “Era un disco muy difícil de tocar”, explica. “Me acuerdo de que mi mamá fue a un show y quise dedicarle un tema... ¡pero no había ninguna canción que pudiese dedicarle a mi madre!” Para presentar Bueninvento en España, Julieta armó un grupo con la banda de Mastretta, su nuevo novio. “Pasé de escuchar rockabilly y blues, que es lo que le gusta al Alvaro, a disfrutar de la discoteca de Mastretta, con Caetano, Elis Regina y Duke Ellington”, enumera Julieta, que lanza una carcajada cuando se le comenta esta afición suya de buscarse novios músicos. “¡Es que yo no digo qué lindas pompas sino qué bien toca!”

POR LAS CANCIONES

Si para Bueninvento Julieta descubrió a Charly García, para Sí cuenta que le llegó el turno a Calamaro, al que descubrió viviendo en Buenos Aires. “Fue algo súper importante para mí descubrir la onda de las canciones”, cuenta Julieta, que compuso gran parte de su tercer disco con un colaborador de Andrés, Coti Sorokin. “Sí, fue una reacción ante Bueninvento”, explica. “Tardé otros tres años entre disco y disco, y en ese tiempo me di cuenta de que quería cantar otras canciones, mucho más clásicas y de cantante. ¡Quería canciones que no tuviese que cantar sola, que la gente pudiese cantar conmigo!” Se sacó el miedo a ser fresa o cursi sentándose a componer con Coti, y cuando se dio cuenta de que la cosa funcionaba se fue a Madrid, y en una semana compusieron la mitad del disco. Por entonces, Julieta estaba de novia con un argentino, que no era precisamente Coti. “Me di cuenta de algo: que los argentinos escuchan... ¡rock argentino!”

Después de la catarsis compositiva, Julieta voló a México para mostrar sus nuevas canciones ante la gente de la compañía, que ya no sabían qué hacer con ella. “Antes de venirme a pasar un tiempo a Buenos Aires, la disquera no me contestaba las llamadas; Gustavo tampoco. No sabía qué hacer, y pensé que a lo mejor era momento de cambiar de aire. Después de un tiempo acá, y de mi viaje relámpago a Madrid, fui a mostrarles mis canciones para que decidieran qué hacer conmigo. Y quedaron encantados.” No se arrepintieron.

Pero, a pesar de los cambios y eso que llaman éxito, Julieta sigue siendo Julieta. “Sigo teniendo la misma mirada ácida, escéptica y cabrona con la vida”, confiesa. Por lo pronto, no piensa grabar un nuevo disco antes de la pausa de tres años de rigor. Y su fanatismo por el rock argentino ya ganó otro capítulo, el de Vicentico. Pero, eso sí, su i-pod comienza a estar lleno de música brasileña: Antunes, Pedro Luis e Parede y Tribalistas, entre otros. “Estuve con Tom Capone, tal vez trabajemos juntos”, desliza, al tiempo que también nombra a Alika, la cantante de los chilenos Makiza. Parece que, como siempre, entre disco y disco, Julieta seguirá con la costumbre de aparecer en algún que otro disco ajeno. O alguna banda de sonido, ¿por qué no? “Yo no me siento tan diferente de cuando empecé”, dice. “Lo que ha cambiado es la actitud de la gente conmigo. Antes me escuchaban sólo porque eran del rock, ahora me escuchan por las canciones. Eso sí: yo descubrí con Sí otro espíritu en la música, el lado de la alegría, eso que tiene la música brasilera. Empecé un cambio que recién empieza.”

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“Todos los que vivimos en Tijuana cruzamos la frontera de manera cotidiana, nos la pasamos yendo a San Diego para ir al supermercado o aver grupos. Pero los norteamericanos no: para ellos Tijuana es ir a otro país. Algunos hasta sacan seguro ante de cruzar la frontera.”
 
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