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Sábado, 13 de julio de 2002

Atracción fatal

Se conocieron en 1959, en el casino de Mar del Plata, y se hicieron amantes en el acto. Él acumulaba deudas de juego, ella trabajaba de azafata, los dos se escondían de una esposa despechada. Dos años después, juntos, planearon y ejecutaron el robo que conmocionó a la época. El botín: 400 lingotes de oro alojados en las bóvedas de Ezeiza. No dejaron pistas, y hasta al mítico comisario Evaristo Meneses le tocó rumiar el desconcierto. Hasta que la pareja empezó a gastar el botín y cayó. Luego de unos años de condena, libres bajo fianza, Saúl Lipsitz y Nelly Herrera Thompson volvieron a las andadas, ahora a sangre y fuego, y enhebraron una triste ristra de robos rurales de la que saldrían
-previsiblemente– como Dios y la policía mandan: acribillados a balazos.

Por Juan José Becerra
Los hombres preparados para el golpe se enfrentaron de inmediato con la dificultad de la abundancia. Con cuatrocientos kilos de oro a su disposición, el plan urdido en detalle quedó suspendido unos minutos ante un final de obra en apariencia impracticable: una simple operación de carga que hiciera propio lo que les era ajeno y diera razón al argumento de aquellos que llaman trabajo al robo si el cuerpo del ladrón se esfuerza –un instante de labor es suficiente– como se esfuerza el cuerpo del obrero. Para juntarla con pala debieron cargar las carretillas de los depósitos de Ezeiza, acomodar las barras preciosas como panes de manteca y agregar, encima, las bolsas con dinero: francos, marcos, libras, dólares, cruceiros, mejicanos y una cantidad de pesos intraducibles de una Argentina de hace ya cuarenta años.
El atraco se prolongó varios minutos en la madrugada del 15 de enero de 1961, y el botín se arrumbó en una camioneta robada, con falsas inscripciones de una empresa de carga, que huyó hacia la General Paz con sus misteriosos integrantes, ladrones nuevos: cuatro hombres uniformados con mamelucos en una línea de sastrería similar a la de los auxiliares de pista, o a la de los chicos malos de Disney, a mitad de camino entre el candor y la malicia. Uno de los primeros comentarios que desataron fue que había sido un golpe de un comando comunista para obtener fondos que insuflaran ánimo al partido, deprimido desde la entrada triunfal de Fidel Castro a La Habana. Fue la salida elegante de la tradicional usina de rumores, incapaz de sospechar siquiera quiénes habían perpetrado el nuevo robo del siglo que había dejado en ridículo a la policía aeronáutica y a la idea de derecho sobre la propiedad privada.
Los cerebros en pesquisas fueron y vinieron varias veces entre archivos policiales y resúmenes sucintos de hábeas datas. Nada. Pero en los escasos resultados encontraron un resquicio para poder maniobrar como les gusta. A falta de nombres, asociaron hechos, y al grupo de anónimos que había desvalijado la bodega de Ezeiza le endilgaron quince robos anteriores, sin distinción de género ni móvil. Como si los delitos de varios prófugos anónimos pudieran haber sido cometidos por el mismo Pérez o González, la Policía Federal les reprochó un raid de saqueo a varios bancos, una casa de cambio, cooperativas, una jabonería, una aceitera, una tintorería del centro y –para endulzar tal vez sus vidas sin descanso– la fábrica de exquisitos chocolates Ulrich, de Belgrano.
El mítico comisario Evaristo Meneses –un Hoover criollo que encontró en las operaciones de prensa lo que los acontecimientos casi siempre le negaban: resultados– prometió, menos al contribuyente que sostenía su salario que a los lectores de los periódicos que lo ensalzaban, encarcelar a los miembros de la banda, fueran quienes fueran. Para impresionar, nombró a los top five del mundo delictivo de la época (incluyendo al temible pistolero Villarino), amenazándolos a la distancia y creando un clima de guerra despareja en la que habría de triunfar la ley en su versión menos transigente. En sus memorias (Meneses contra el hampa, Editorial Mam, 1964), el comisario agregó lírica a sus recuerdos al referirse a la zozobra que produjo en las filas policiales de esos años la obligación pública de descubrir quiénes habían asaltado el aeropuerto. “No hubo horas para comer –dictó el Sérpico argentino a su amanuense–, no las hubo tampoco para dormir; el descanso se llamó: trabajo.”
Socios plenos
Saúl Lipsitz y Nelly Herrera Thompson se conocieron en el casino de Mar del Plata dos años antes del gran golpe. Buscando una pausa tras mirar durante horas la cruz de la ruleta, Lipsitz encontró a una mujer pequeña y llamativa que apreciaba las apuestas fuertes. Tal vez las envidiara al apreciarlas. Los desconocidos compartieron hotel aquella noche y, de regreso a Buenos Aires, debieron enfrentar los problemas de quienes no están libres de deberes. La mujer de Lipsitz descubrió a losamantes y los insultó a voz en cuello. Como persistían los encuentros clandestinos, amenazaba a su rival allí donde la hallara. “Donde me encontraba, me hacía un escándalo”, recordaba Nelly. “Hablamos con Saúl y decidimos separarnos.”
El matrimonio Lipsitz más Nelly sumaban tres, pero había un cuarto hombre: Walter Montanha. Unido a Nelly por un contrato matrimonial firmado en Río de Janeiro, Montanha ocupaba el tiempo libre –todo el tiempo– fumando marihuana. El placer catatónico de la cannabis que endulzaba sus horas fue el infierno de su esposa, que financió sin saberlo el vicio del hogar con trabajos que envidiaban sus vecinas: agente de turismo y azafata. Nelly prestó servicios de a bordo en Royal Line y Panagra y conoció los aeropuertos de América y Europa, donde intentó refinar su aspecto prepunk con el consumo golondrina de accesorios y perfumes importados.
Pero no puede llamarse separación sino repliegue estratégico a la distancia inteligente que tomaron los amantes para verse a hurtadillas, lejos de los controles de la esposa de Lipsitz y del señor Montanha, que tal vez hasta hoy no se haya enterado de que, así como firmó su matrimonio envuelto en humos, así también firmó un día su divorcio, esa ruptura del vínculo que Nelly propuso en un viaje relámpago a Río y que en las declaraciones policiales le gustaba referir con la palabra con que la refieren en Brasil: desquite.
Desquitada, volvió una vez más a Buenos Aires y consiguió un novio presentable, aun cuando fuese –según el cliché con el que inspiraba compasión– “una hija natural que nunca conoció a sus padres”. Su unión informal con José María Quevedo –un desprevenido empleado de Aduana– le permitió restablecer su dominio sobra las cosas de pareja, al tiempo que el sosiego de la nueva compañía le permitía volver a frecuentar a Saúl Lipsitz en una renovada serie de encuentros furtivos. El juego había llevado a Lipsitz a acarrear deudas impagables, y Nelly ató cabos con cierta información que su querido Quevedo le daba sobre los movimientos de Ezeiza. Era suficiente para que aquel que tuviera virtud la abandonara en pos del acceso franco a los bienes materiales de los otros. No había seguridad en el aeropuerto; y, en cambio, había “valores”.
Además de los 400 kilos de oro en barras Johnson & Mathey (la mitad originalmente destinada al Banco Tornquist, la otra mitad a la firma Trombini Torrico), el botín incluía una jugosa partida de dinero para la casa Baires (400 mil pesos moneda nacional, 200 mil cruceiros, 300 libras Elizabeth, 90 monedas de oro Ana Frank, Ben Gurion, Theodor Felds y Juan XXIII) y otra, más modesta pero nada desdeñable, para Casa Piano (200 francos viejos, 20 mil marcos, 2 mil libras papel y 500 libras Elizabeth oro). Sumado el envío para Casa América (3 mil monedas mexicanas de 1 peso oro, 1600 de 2 pesos), el monto total ascendía a unos 40 millones de pesos de la época. Algo así como un millón de dólares.

Lipsitz comprometió en la operación a su primo, Gabriel Kreda, simplemente contándole cómo iban a dar el golpe, y delegó en él los planos del asalto y de la fuga en una de las reuniones que comenzaban en los bares de Constitución y terminaban, con charlas a la intemperie, en la Vuelta de Rocha. Se fueron sumando los muñecos: Ramón Toscano, Francisco Muraciole, Antonio González, Luciano Spataro y Javier Lorenzo. El 10 de enero de 1961 le robaron una camioneta Chevrolet con caja de madera barnizada a un tal Bagnatto, que bajó del utilitario como quien baja de un caballo en el Club Hípico, dándose corte frente a las empleadas de comercio de Cabildo. Lo encañonaron por los flancos y lo dejaron abandonado en la provincia, después de darle los viáticos que las huestes de Nelly y Lipsitz consideraron justo pagarle a cambio de las molestias.
La banda inauguró dos flamantes bases: una en un local de Ciudadela, donde simularon montar una lavandería que llevaría progreso al barrio de extramuros; otra en un hotel de Libertador y Schiaffino, donde Nelly y Lipsitz se encontraban a solas a dirimir cuestiones gremiales y privadas. Una vez fijada la noche del 15 de enero como la del sueño realizable, se dividieron compulsivamente las tareas. Kreda –fan de la gráfica– pintó el logo de Panagra en las puertas de la camioneta. Lipsitz compró tres overoles en el Coppa & Chego de Leandro Alem. Nelly cosió la marca a escala reducida en los bolsillos, en su departamento de soltera de calle Paraguay, con la angustia y la firmeza de una dama de Ayohuma. Lipsitz advirtió enseguida que era difícil que un movimiento nuevo en Ciudadela no resultara extraño o sospechoso. Entonces se le ocurrió una idea bomba: sobornar a la chusma con asado, y con chorizos. Ladrones y vecinos –todos amigos de lo ajeno– brindaron por el buen futuro del comercio nuevo. Mientras los vecinos corrompidos regresaban a sus casas con el colesterol malo en ascenso sostenido, Lipsitz se lanzó a la vanguardia del asalto y se acodó en un bar de Ezeiza a beber Coca Cola y avistar el último aterrizaje de la noche. Regresó al local, les dio los uniformes a sus muchachos, los cargó en la camioneta y estacionó en la zona interna del espigón que da a la pista.


Entraron con pistolas .45 a las cuatro y media de la mañana. Un primer sereno salió al cruce y, al ver armados a los falsos operarios, creyó en los uniformes, no en las armas. “Déjense de joder, che”, les dijo, con el tono del bombero que le recuerda al camarada que no pise mangueras. A gran velocidad se dio la serie: culata, nuca, siesta. Los demás serenos se entregaron sin problemas a los nudos marineros con que los amarraron a unas sillas, tras superar un pequeño incidente en el que uno de ellos ingresó a un trance de risa que Lipsitz llamó “de histerismo”. En quince minutos saquearon la caja de caudales y las bodegas –en una de ellas ataron dormido a un último sereno–, separaron quince bultos y cargaron las carretillas con esfuerzos de peón para merecer, al menos, una parte de lo que se llevaran.
Obligada por el amor de Lipsitz a guarecerse de cualquier represalia o falla que surgiera tras el golpe, Nelly Herrera Thompson pasó la noche del asalto de incógnito en Atlántida. Los diarios de Montevideo le trajeron luego la noticia. “¿Qué pensó usted cuando leyó eso?”, le preguntaron cuando la detuvieron. “Que ése –dijo– era el comienzo de mi ruina moral.”

La quimera del oro
El descanso se llamó: trabajo; y la función pública se llamó: narcisismo. Apenas fueron cayendo, uno a uno, los bandidos de Ezeiza, el comisario Evaristo Meneses y el jefe de Policía, Recadero Alvarez –”tan inclinado siempre a satisfacer lo que la generalidad desea”–, montaron una conferencia de prensa extraordinaria, con más voceros de uniforme que cronistas, que obligó al diario La Prensa a señalar el quién es quién de las autoridades con letras posadas sobre sus coronillas por temor a confundir nombres u omitirlos.
El botín de Ezeiza había comenzado a conspirar contra la perfección del atraco. La banda se enfrentó con el problema técnico del oro, que es el de tener dinero imaginario y no poder tenerlo en el bolsillo, no poder traducirlo de inmediato a circulante. Tenerlo enajenado, como lo tienen el rico o los Estados. Barras de oro o de queso, ladrillos, jabones Federal: da lo mismo tener cualquiera de esas cosas si quien las tiene está siendo vigilado. La punta del ovillo fue Isaac Vigelfager, un rengo voraz de calle Libertad que empezó a vender el oro del asalto a cinco pesos por debajo de su cotización de plaza. Pero también fue Lipsitz, que se animó a comprar una laminadora para reducir el metal en los fondos de un comercio de Corrientes al 3000 y se puso a derrochar la fortuna cuanto antes. Si el ladrón no puede esperar su momento de riqueza como fin de un proceso laborioso –una promesa que podrían cumplir el azar o el trabajo a largo plazo, si Dios quiere–, cómo puede esperarse que no quiera gastar de inmediato el botín que obtuviera en una noche.
“No fue de obstinado, señores. Fue necesidad.” Los policías que interrogaban a Lipsitz no alcanzaban a entenderlo. ¿Necesidad de qué cosas? Aunque el 19 de marzo de 1961 la banda de Ezeiza estaba ya en prisión, Lipsitz y Nelly habían podido verse nuevamente en medio de esa pausa que une el crimen y el castigo. Lipsitz, aduciendo razones deseguridad, obligó a Nelly a separarse de Quevedo, con quien iba a casarse el 25 de marzo, y en cambio le permitió realizar un nuevo viaje a Brasil, de donde volvió con un tendal de vestidos y zapatos, muebles y elementos suntuarios, como para dejar claro ante sí misma que las cosas habían cambiado para bien.
Las bodas, consumadas o anunciadas, nunca auguraron nada bueno para Nelly. El calvario de Montanha fue el consuelo equivocado tras su matrimonio con el americano Jules Hensen, muerto al cuarto día de haberse desposado al caer su avión al Mato Grosso. Pero en la declaración que prestó ante la Justicia no profundizó en detalles maritales, como sí lo hizo acerca de su relación con Saúl Lipsitz: “Nos queríamos mucho. Su esposa nos hizo la vida imposible. Por eso nos separamos como buenos amigos”. Al flashback biográfico le seguía, sin embargo, una tibia idea de futuro: “¿Cuánto tiempo voy a estar presa? Cuando salga van a ver que voy a rehabilitarme por completo”.
En sus memorias, Meneses la describe como “una mujer baja y de cuerpo bien formado. Una cara agradable; ojos grandes, claros, sombreados y bordeados por largas pestañas. Una nariz ligeramente respingada y boca grande, pero bien dibujada. Se expresaba con acento centroamericano. Su palabra era armónica; usaba términos precisos; ante cada pregunta hacía una breve pausa, como pensando el tiempo en que iba a pronunciar un Oh”.
Al declarar como el principal responsable del asalto al aeropuerto –el más importante, hasta ese momento, en América latina–, Saúl Lipsitz intentó protegerla, distanciarla en lo posible de los hechos, pero al final no pudo evitar que los jueces comprobaran su alto grado de responsabilidad en el atraco. Ambos salieron de la cárcel bajo fianza en julio de 1963, y las únicas noticias de los expedientes que quiebran la monotonía del encierro son una riña en la que intervino Lipsitz –recibiendo lesiones o produciéndolas: nada está claro– y una fractura de Nelly en una mano mientras estuvo detenida en Olmos, sin causas referidas.

Bonnie and Clyde
Tener aquel tesoro y perderlo en unos días –tras haberlo mirado, solamente– no habrá sido un chiste para Nelly y Lipsitz. Al poco tiempo de abandonar la cárcel pasaron a la clandestinidad, cambiaron varias veces de provincia y trataron de hacerse anónimos para borrar su mala fama. Se armaron. En octubre de 1969 matan, juntos y por primera vez, a un policía de Las Colonias, un pueblo de Santa Fe que hoy se pierde en los albores de sus brutales desplantes, cuando acallaban a sangre y fuego a quienes intentaban interrumpir el circuito que va del deseo de un botín al instante de obtenerlo para siempre. Asaltan bancos rurales, lo que venga, a lo Bonnie & Clyde, y se alojan en Rosario para evitar que los distingan. La policía rosarina los distingue, sin embargo, y ellos fingen rendirse ante un cabo que –cortés o temeroso– labra un acta.
Quien mata a uno, mata a dos. Y muere el cabo, mientras Nelly y Lipsitz huyen hacia al sur, a cambiar de vida nuevamente, si es posible. Durante cinco meses no producen hechos públicos que puedan delatarlos. Alquilan una casa en Martínez como si vinieran de otro mundo: no hablan con vecinos, no hacen compras en el barrio, no muestran este humor o aquel semblante. Hibernan, más bien, alejados del delito, cuyos frutos les permiten andar en un último modelo que entra y sale de la casa a toda hora, acaso para matar el tiempo libre.
La única persona que entra en la casa de Martínez es un hombre con prontuario –José Carrizo– que es amigo de la casa. La policía lo descubre y, entretanto rodean la manzana, llega la información de que sus habitantes permanentes son Nelly y Lipsitz. Desde la tarde del 15 de septiembre hasta la mañana del día siguiente, la policía de la provincia de Buenos Aires mantiene sitiada la vivienda, con patrulleros en todas las esquinas, francotiradores en las terrazas y sed colectiva de venganza. Unoficial con megáfono los induce a entregarse durante toda la noche. A las seis de la mañana, lanzan gases lacrimógenos dentro de la casa. Nelly y Lipsitz salen por puertas diferentes a enfrentar a los intrusos equipados, cada uno, con un .38 especial.
La crónica del día se complació en informar que llovieron sobre ellos doscientas balas de armas reglamentarias. Cayó Lipsitz junto a una puerta, y Nelly quedó bajo un limonero, cubierta con una sábana roja que acercó un vecino conmovido (¿comunista?). Para no desdeñar en la tragedia el número tres, que tanto los acompañara, cayó también el tercer hombre. La policía encontró los documentos falsos de Lipsitz y de Nelly con sus fotos verdaderas, donde para la ficción de los registros eran Mónica Lamas de Dhers y Raúl Dhers Almada, un feliz matrimonio de uruguayos.

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