radar

Sábado, 24 de diciembre de 2005

El amigo invisible

Cuentos de Navidad, novelas de Navidad, películas de Navidad, canciones de Navidad, compras de Navidad, arbolitos de Navidad, fantasmas de Navidad... No conforme con la prolífica oferta de fin de año, Radar les pidió a siete escritores que imaginaran el libro sobre la Navidad que les hubiera gustado leer, y después, que escribieran su contratapa. En las páginas que siguen, nuestro humilde regalito para esta noche: una bolsa llena de poemas polares, renos abusados, reyes magos orgiásticos, corazones solitarios, trineos despistados, niños desaparecidos por esperar despiertos a Papá Noel y asesinatos perpetrados a la luz de un villancico.

25/12/06

Sadako Shimizu

Nochebuena de 2006. Millones de niños alrededor del mundo esperan la llegada de Papá Noel despiertos en sus camas, los ojos abiertos en la oscuridad, mientras los padres intentan dejar los regalos cerca del árbol de Navidad sin ser escuchados. Los niños de otras religiones, aquellos que no celebran el nacimiento de Jesús, duermen tranquilos como siempre. Pero la mañana del 25 de diciembre trae consigo una catástrofe planetaria: los niños que pasaron la noche en vela han desaparecido, y los que dormían no pueden ser despertados. No queda un solo niño en el mundo que pueda explicar lo que ha pasado, ningún adulto es testigo del misterio. Una familia de Nueva Zelanda da la alarma, durante la madrugada navideña, y en seguida la noticia es el tema excluyente en los medios, cuando el extraño fenómeno se repite en el resto del mundo. El pánico da paso a cazas de brujas focalizadas: fueron los judíos que sacrifican niños cristianos en Navidad según reza una leyenda negra; fue una red internacional de pedófilos que se llevaron a los chicos como flautistas de Hamelin; fue un virus que se filtró de laboratorios secretos; fue el terrorismo internacional; fue el castigo de Dios para una humanidad predadora y sin rumbo. Ciudadanos organizados en grupos armados disparan sobre sus vecinos; otros se suicidan en masa; muchos se lanzan a las rutas en busca de sus hijos. Pero los ataques nacidos del prejuicio y las teorías conspirativas no devuelven a los desaparecidos ni despiertan a los dormidos, y el Año Nuevo encuentra a un mundo listo para la guerra nuclear cuando los jefes de Estado lanzan acusaciones que desembocan en la disolución de las Naciones Unidas y el derrumbe de las economías en un planeta desesperado, sin futuro. 25/12/06 recuerda a El fin de la infancia de Arthur C. Clarke pero, a diferencia de aquella novela clásica de la ciencia ficción, plantea un Apocalipsis sin redención, sangriento y desesperado; un cuento de los hermanos Grimm contemporáneo donde las fuerzas de la superstición y la ignorancia levantan su horrible cabeza hacia un final perturbador e inolvidable.

“Shimizu escribe con esa rara mezcla de precisión y poesía que define a los visionarios. Su novela apesta a profecía autocumplida. Nadie que la haya leído se irá a la cama tranquilo la próxima Navidad.” (Clive Barker)

Sadako Shimizu es célebre en Japón como guionista y dibujante de manga, pero obtuvo un éxito sin precedentes con su primera novela, 25/12/06, que ha sido traducida a treinta idiomas y la convirtió en la escritora japonesa más vendedora de todos los tiempos. Vive en Tokio con su esposo, el cineasta Hideo Murakami, y sus tres hijos.

Mariana Enriquez


Todos los renos cagan fuego

Elijah Thompson

Hasta que en la mañana de la Navidad de 1999 fue encontrado con los testículos en la boca, modalidad de vendetta mafiosa, en un costado de la mítica Ruta 66, Elijah Thompson había sido un periodista iracundo cuyas notas eran rechazadas por The Village Voice y The Rolling Stone. Estaba demasiado a la izquierda de estas publicaciones, se ha dicho. Ex marine, homosexual, luchador de sumo, alcohólico, heroinómano y jugador empedernido, la suya fue la suerte de muchos hijos de famosos. Su padre había sido el legendario clásico de novelas hard-boiled: Jim Thompson. Y su madre, según se supo más tarde, era una joven epiléptica, chiricahua descendiente del guerrero apache Cochise. Thompson habría conocido a Conchita, la madre de Elijah, en El Paso, durante una borrachera de Navidad en los ‘60, mientras escribía La fuga, que luego adaptaría Sam Peckimpah. Como su padre, Elijah probó suerte como obrero del petróleo, estibador, camionero, campesino, autor de novelas policiales con seudónimo y guionista de cine. En el porno incursionó con un guión que es una perla ficcional zoofílica: ¿Acaso no matan a los burros?, considerada un antecedente de la narración que lo consagraría post mortem. Se trata de un excepcional film paródico de la gimnástica novela de baile de Horace McCoy: un serrallo de púberes cuáqueras, practicando variadísimas gracias eróticas, concursan en exprimir un burro hasta matarlo. Detalle no menor: este antecedente ficcional de Elijah Thompson está ambientado en Navidad. A Elijah no le fue fácil estar a la altura de su padre. En lo político, así como Jim fue comunista, Elijah encaró una trayectoria errática desde la militancia en Amnesty, la conversión al Corán y, en su última época, la adhesión a las Milicias Michigan.

Todos los renos cagan fuego fue durante mucho tiempo una nouvelle maldita que circuló por editoriales under sin obtener el consenso para su publicación hasta que Fucking Press, una editorial marginal de Toronto, la dio a luz. Su trama: una noche de Navidad, en la apacible Salt Lake, el pequeño Bobbie McCullogh, hijo de granjeros, educado en el matrimonio plural que proponen sus padres, mormones fundamentalistas, decide fundar su propia secta. Al experimentar una erección en la Navidad de sus nueve años toma por esposa a su madre, luego a sus seis hermanas y al ser reprendido por su padre, en una escena que combina el gótico con el cuento infantil, el niño sodomiza a su progenitor ganándolo para su fe de un Niño Dios priápico. Bobbie se transformará en precoz líder de una comunidad que, derivando al satanismo, hará que su principal rito de iniciación consista en penetrar renos. O ponies, en caso de que no se tengan renos a mano. Los renos en un baño de sangre final anticipan lo que ocurrió en Waco. La crítica ha señalado coincidencias entre su mítico guión porno y este relato.

Tzvetan Todorov opinó que Elijah Thompson ha semiotizado con genio lúdico y naïf las investigaciones de Vladimir Propp.

Según Le Magazine Littéraire estamos ante un auténtico Sade protestante que denuncia las vilezas del capitalismo, la intolerancia religiosa y los trastornos alimentarios del fast food.

Los renos cagan fuego, registró The New York Review of Books, puede leerse a la vez como un alegato, como una sátira, como una anticipación orwelliana demoníaca y, por qué no, como una fresca crónica de iniciación en la que conviven el lado adulto y oscuro de J. D. Salinger con la parte infantil y alegre de Patricia Highsmith.

“El relato navideño que nos emociona a todos”, juzgó Il Manifesto.

El respaldo más elocuente que Elijah Thompson obtuvo provino de Paul Auster:

“Entregaría a Siri a cambio de una página de Elijah Thompson”, dijo aludiendo

a su esposa, la escritora Siri Hustvedt.

“Y yo a Christine”, se sumó Richard Ford.

El comentario más sagaz sobre Todos los renos cagan fuego provino de Susan Sontag: “La Navidad tiene un significado”.

Guillermo Saccomanno


Carámbano

o la historia de mi padre y poema nacional de Antártica

Carámbano, o la historia de mi padre y poema nacional de Antártica, de Albino Mangueira, echa luz sobre uno de los más grandes enigmas de la literatura argentina: por qué se llamó drásticamente a silencio César Aira y qué fue de él a partir de la Navidad del 2005, año que coronó su prolífica labor (en el curso de doce meses publicó cincuenta novelas) y su misteriosa desaparición. Albino Mangueira nos revela en este libro que es hijo natural del escritor desaparecido y la célebre cantante de hip-hop La Mangueira, quien persiguió a Aira hasta literalmente violarlo, para apoderarse de su verborragia e iniciar así su más que prolífica carrera discográfica. Albino supo quién era su padre a los doce años y partió en su busca a la Antártica, donde Aira había creado una trapa con un puñado de fieles, construida enteramente de hielo –incluso los lechos donde dormían y las gradas donde escuchaban, una vez al año, a su maestro pronunciar la única palabra que profería en cada aniversario, eran de hielo, así como también era de hielo su alimentación: carámbanos de slivovitz puro. Por un portento inexplicable, esa dieta alimentaria y vital permitió a Aira vivir ciento cincuenta años; y componer (a lo largo de la centuria que estuvo en la trapa) un poema de cien palabras exactamente, que corona su obra y hoy se da a conocer por primera vez, en esta edición profusamente anotada (2984 págs.) e igualmente iluminatoria, a cargo de Albino Mangueira.

Carámbano, no sólo título sino también inicio y fin del poema, relata y celebra el desprendimiento de hielos polares que convirtió a la Antártica en un territorio independiente como ninguno (su condición flotante le ha permitido ser y dejar de ser parte de diversos continentes en su devenir histórico, asegurando así su incorruptible autonomía). Gracias a los singulares comentarios de Mangueira, hoy podemos internarnos en cada uno de los versos (todos de una sola palabra) de este poema único, hasta acceder al corazón de esa civilización compuesta de un puñado de hombres que en realidad fueron sólo uno, ese que en la noche blanca, ante las gradas blancas de aquella trapa blanca, cada año, durante cien años, pronunció una única palabra anual, hasta fundirse por fin en el hielo invisible que conforma su nómada nación.

Esta edición de Carámbano viene acompañada de un CD de hondo valor testimonial: desde su lecho de muerte, La mismísima Mangueira aceptó recitar, con su inimitable fraseo, las palabras compuestas por el padre de su hijo, conformando para la posteridad la manera canónica de interpretar musicalmente el himno nacional de Antártica.

Juan Forn


Infelices fiestas

Max Glass

Spencer “Christmas” Spenze es un exitoso perdedor durante todo el año. Pero llegada la Navidad conoce –año tras año– el equivalente a sus quince minutos. Porque es entonces cuando se olvida de su trabajo como vendedor de seguros cada vez más absurdos, de su monstruosa ex esposa obsesionada con aprender ballet a los 40 años, de un hijo al que no comprende y quien asegura ser la avanzada de una invasión extraterrestre, y de sus padres adictos al bingo.

Cada Nochebuena Spenze se reencuentra con su verdadera vocación.

Y es que Spenze es un “hombre pesebre” y toda su vida ha estado marcada por espíritu de las fiestas supuestamente felices.

Su carrera comenzó a pocos días de su nacimiento –“Así como me ven yo fui un bebé hermoso”– ocupando el sitio del Niño Jesús en el pesebre viviente de su parroquia.

Con el correr de los años, Spenze fue, no ascendiendo pero sí creciendo, ocupando sucesivamente los roles de pastorcillo, Rey Mago (todos menos Gaspar), José y ahora –en el invierno de su descontento– se apresta a recibir su premio consuelo: los años le pesan, la panza le cuelga y todo indica que saldrá del pesebre para comenzar a disfrutar del largo retiro de vivir tras la barba y dentro del uniforme escarlata de Santa Claus.

Pero algo ocurre con la llegada de la vertiginosa Cindy Sax, nueva y muy poco virginal María abocada a una reinterpretación freudiana de los evangelios con “padrastro cornudo, madre histérica y padre biológico y divino que se fue para nunca volver”. Y de una banda de forajidos iraquíes: una “célula dormida” que no quiere despertarse y que ha renunciado a seguir todo mandato de Al Qaida para abrazar las tradiciones y ventajas del american way of life. Y de un nuevo sacerdote a la parroquia, el alcohólico Padre O’Leary, obsesionado con la idea de que él y sólo es el Hijo de Dios (y que, tal vez, Cindy Sax estaría mejor en el rol de María Magdalena). Y del periodista sin trabajo Tim McCandles empeñado en la escritura del best-seller total El Código Arbolito donde se teoriza sobre el significado oculto de cada uno de los adornos del pino navideño, el hermano gemelo y resentido de Jesucristo, y su relación con el inminente fin del mundo tal como lo conocemos.

“Una suerte de colaboración post mortem entre Frank Capra y John Kennedy Toole con Thomas Pynchon como médium-albacea.” Michiko Kakutani, The New York Times

“Sólo queda cruzar los dedos para que los hermanos Coen la lean y vuelvan

a la buena senda sólo deteniéndose para fichar a Bill Murray como protagonista.” Frank Temperley, Premiere

“Infelices fiestas confirma lo que siempre sospechamos: ese señor que se la pasa

lanzando ‘¡ho ho hos!’ es adicto al Prozac.” P. T. Zep, McSweeney’s

“Dickens habría odiado este libro. Yo no.” J. P. Donleavy

Rodrigo Fresán


Las doce y dos

Federico Lauría

Verdadero pionero (despuntan los años ’60 y a él se le da por ser hijo de padres separados), el niño Fabio Luján, por tercer año consecutivo primer promedio en las Escuelas Alonzo para Talentos Especiales de Palo Alto, vuelve a Buenos Aires para pasar la Nochebuena con sus dos familias: la del padre (con quien esta vez le toca estar hasta las 12 de la noche), un ex piloto de Pan Am arruinado por el alcohol, el punto y banca y los tres idiotas voraces que su nueva mujer se traía bajo la manga cuando lo enamoró; la de la madre (con quien le toca estar después de las 12), compuesta por dos perritos salchicha, un siamés alérgico y una corte de psicofármacos versátiles.

A las 12 y dos minutos, en el taxi que, como ha sido ley en los últimos cuatro años, lo lleva del aguantadero paterno al sórdido dos ambientes materno, Fabio, víctima del jet lag o de la mala calidad de la sidra que el padre lo obligó a tomar, se acurruca contra la puerta del auto y se rinde a una ensoñación múltiple: da con la solución más elegante para un complejísimo problema algebraico; se descubre presidente de la Argentina y firma sin vacilar una parva de decretos crueles; vuelve a ver la cara de asombro de Erika, su novia sueca de las Escuelas Alonzo, cuando le regaló el frasco de Hélàs! que su madre le había pedido por carta que le trajera; mira la mata de pelos que brota de la oreja del taxista y piensa en un animal que nunca vio; fabrica un brazo mecánico para recoger mierda de perro; urde un plan para acabar de una vez por todas con esas navidades estereofónicas que lo extenúan desde hace cuatro años. En el plan se ve de pie tocando timbres, alternativamente el de su padre y el de su madre, con la ropa enchastrada de sangre fresca.

Crónica en primera persona de esa ensoñación vertiginosa, Las doce y dos es también el plan de operaciones, el anuncio del feroz familicidio que enlutó a la efervescente Buenos Aires de la década del 60: Federico Lauría tenía doce años recién cumplidos cuando lo cometió y algo menos cuando lo escribió, aprovechando los remansos de ocios que le dejaban las actividades deportivas de las Escuelas Alonzo: de hecho, ya lo traía en su raído portafolios Primicia ese fatídico diciembre cuando aterrizó en el aeropuerto de Ezeiza. Allí lo descubrió el único de los tres idiotas voraces que sobrevivió a la masacre, el mismo que lo dio luego a la imprenta firmado con su nombre mientras Lauría languidecía, y poco después se suicidaba con la corbata de las Escuelas Alonzo, en el Instituto de Menores Julio A. Roca. Hoy, reeditada después de casi 40 años con el nombre de su legítimo autor, el lector puede por fin abordarla como lo que es: el testimonio de un hecho de sangre que dividió a la opinión pública, pero también la obra única, inclasificable, de un autor tan precoz como genial.

“Escalofriante: como si Claudio María Domínguez renunciara a Odol Pregunta

por un protagónico en A sangre fría.” (Siete Días)

“Un documento de un lirismo aterrador. La literatura argentina

ya tiene su poeta asesino.” (Panorama)

“Nuestro Pierre Rivière.” (Cristina Forero, Adán)

“¡La familia en la picota!” (Arnaldo Rascovsky)

Alan Pauls


Crimenes de Navidad

P.D. James

La palabra “crímenes” enfatiza la insinuación del título en inglés (X for Christmas), pero el plural que multiplica los crímenes o los divide, aplaca también su gravedad penal, sobre todo en una trama de P.D. James. De hecho, los crímenes no son lo que parecen porque la novela, iniciada como divertimento, es una falsa autobiografía que se vale de ellos para presentar una galería de situaciones únicas y personajes inolvidables. Así, en la primera parte –“Sobre el misterio de llamarse Phyllis”– una conspiración de los tiempos de Ana Bolena llega a manos de la narradora cifrada en una partitura dentro de un libro de oraciones. Con admirable inocencia, ella le cuenta los pormenores de dicha conspiración a Perceval Dunbarton, encargado de disfrazarse de Papá Noel en las navidades. La acción ocurre en Lewes, un pueblito del sur de Inglaterra donde ha habido más de un aquelarre. Perceval deduce de la historia antigua un plan para eliminar a Cedric Sykes Severn, el bibliotecario y editor de las publicaciones parroquiales (“quien parece estar siempre de espaldas a uno”), que se jactó siempre de ser “un viejo hugonote”. La parte del medio, “Tempestades en botellas de vidrio”, muestra a los personajes presentados tratando de salvar la vida, mientras tres nuevos –“Hinojos”, Solingen y Drummond– incorporan todo tipo de accidentes y obstáculos al argumento principal. La tercera parte, “La gramática de Dorothy”, cuaderno encontrado en el desván de la casa en que murieron las dos brujas principales de la historia –a la sazón, Phyllis Unbart y Deirdre Severn—, revela los orígenes de la animadversión de los ciudadanos del pueblo por todo el linaje de editores del Boletín parroquial de Lewes y permite dar un paso adelante en la relación –extraña, sumamente extraña– entre Perceval y Cedric. Una confesión final (“A lo largo de los años, querido Percy, he hecho con los manuscritos que me enviaban lo mismo que usted con las cartas de los niños: estenografías rústicas para proteger mis pesebres”) establece los límites simétricos de la venganza pero no permite sospechar el desenlace, en el que los fieles lectores de la autora de La muerte toma los hábitos reconocerán y festejarán su inimitable maestría.

Luis Chitarroni


Hay arena en tus ojos

Anónimo

Hay arena en tus ojos –Sand gets in your eyes, según la ya irónica primera traducción inglesa de Faber & Faber 1951– es el título occidental de una colección de tan antiguos como originales relatos judeoárabes datados en el siglo XIV y descubiertos en Alejandría hacia finales de la Segunda Guerra Mundial. El manuscrito, al que le faltaban las primeras dos páginas, fue hallado por las tropas británicas de ocupación en los sótanos de un monasterio parcialmente destruido por los bombardeos alemanes de 1943, y fue a parar a Inglaterra tras la finalización de la contienda. La disputa académica acerca de su autenticidad quedó rápidamente superada por el elogio irrestricto de Durrell, que desde el principio puso las cosas en otro lugar: “Entre Las mil y una noches y The Canterbury Tales, esta colección de historias probablemente apócrifa recupera el sabor y el saber, hoy casi olvidados, del relato bien contado”. El juicio del autor del Cuarteto de Alejandría permitió disfrutar la compilación como lo que es: noventa breves, extraordinarios cuentos fantásticos, humorísticos y eróticos. Distribuidos en treinta series de tres –que corresponden a las supuestas treinta escalas nocturnas que hicieron en otros tantos oasis los Tres Reyes Magos camino de Belén y de la Estrella que los guiaba al Mesías–, los relatos no son puestos en boca de los sobrecargados monarcas sino de sus elocuentes cabalgaduras. Así, según maravilloso artificio, son los mismos camellos quienes –desde su rumiante pero no siempre paciente perspectiva y con la impunidad que promete el silencio de la noche bajo las frescas palmeras– dan rienda suelta a su irónica fantasía. Hay en las historias de Abdul, Ahmed y Alí –tal el nombre de los locuaces y resentidos camélidos que se alternan en los relatos– cierto tono burlón de recurrente misantropía, muy moderno para un texto que, según se pretende, recoge historias dos veces milenarias.

Como dice Durrell, “Hay arena en tus ojos no echa luz sobre ninguno de los misterios de la Navidad e incluso se desinteresa de ellos; sin embargo, como sucede en algún cuadro de Brueguel sobre el drama del Gólgota, al hacer foco sobre hechos ajenos al Acontecimiento, los ilumina desde una perspectiva inédita”.

Así, el escepticismo campea en Historia del mercader cansado o “Cada nueva duna es la penúltima, Sahib”, contado por Alí en el Primer Oasis; cierto erotismo oscuro en Historia de una odalisca reticente o “Mejor que Alisha no se saque el séptimo”, contado por Abdul en ese mismo oasis, y hay resonancias múltiples en el notable “¿Quién traía la mirra?” o Historia de una tonta travesía –contado por Ahmed en el último segmento– cuyas alusiones al viaje de Melchor, Gaspar y Baltasar hicieron sonreír al habitualmente imperturbable T. S. Eliot.

Juan Sasturain

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Imagen: Bernardino Avila y Alejandro Ros
 
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