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Sábado, 24 de diciembre de 2005

PERSONAJES > REESE WITHERSPOON: ESTRELLA O QUé

Melenita de oro

En pocos años, y con apenas un puñado de películas, Reese Witherspoon consiguió destacarse en el siempre competitivo firmamento de rubias hollywoodenses: nadie parecía capaz de construir personajes con tanta liviandad como ella. Pero ahora, con una nominación por un papel dramático, las cosas empiezan a cambiar. ¿Para bien o para mal?

 Por Mariano Kairuz

Algo pasa con Laura Jean Reese Witherspoon, la chica sureña, la ex niña modelo que se convirtió en estrella, que se mudó a California y que levantando quince millones de dólares por película dice no poder creer la cantidad de dinero que gana. Algo pasa con ella, que apenas después de filmar la película que la hizo definitivamente famosa, Legalmente rubia, decía en las entrevistas que en el pueblo en el que creció ni siquiera conocían las marcas carísimas que menta su personaje. En la flamante Como si fuera cierto, una comedia dramática y sobrenatural al estilo de El cielo puede esperar y Ghost, la sombra del amor, ella es la que viene a encarnar al fantasma de turno, llevando en todo momento un elegantísimo trajecito oscuro y el más pulcro corte de pelo. Es decir que, sin dejar de tener su encanto, se ve mucho más fría que aquella abogada de rosa, la blonda-aparentemente-hueca que les daba una lección a los petulantes de Harvard. Algo pasa con sus personajes, al menos justo ahora que Reese está por cumplir treinta, que está nominada a un Globo de Oro por un papel dramático: una de las rubias más encantadoras del Hollywood de los últimos años podría estar perdiendo liviandad y, quizá, hasta poniéndose un poco seria. Sería una pena.

Nacida en Baton Rouge, Louisiana, en marzo de 1976, aunque actuaba desde los 14, Reese se decidió a abandonar la universidad por la actuación de manera definitiva hace unos ocho años, cuando el director Robert Benton la convocó para Crepúsculo, una pequeña e injustamente olvidada película con Susan Sarandon y Paul Newman. Muy poco después estrenaba las dos películas con las que salió a relucir el monstruo que esta muy simpática, correctísima y aniñada rubia llevaba dentro: la adolescente seducida por el moderno Valmont de Juegos Sexuales (Ryan Philippe, su marido en la vida real) y esa suerte de psycho-bachiller, la mejor del colegio, en La elección, de Alexander Payne. Hizo su carrera de a poco, y cuando ingresó al club de las películas de más de cien millones (de taquilla), no pareció subírsele a la cabeza. Enseguida filmó una adaptación de La importancia de llamarse Ernesto, no para demostrar que ya era una de esas actrices que saben apreciar el valor de los clásicos, sino con el más noble argumento de que necesitaba alternar papeles bien distintos. Consecuente con sus palabras, volvió a encarnar a la abogada Elle Woods en la subnormal Legalmente rubia 2, y se reafirmó diciendo con todo candor que la película que más había disfrutado hacer era la comedia romántica No me olvides (Sweet Home Alabama), gracias a su identificación con la protagonista, una chica que regresa al pueblo en que creció después de triunfar en la ciudad. Y luego volvió a “intercalar”: Vanity Fair (Thackeray filmado por Mira Nair) y ahora Como si fuera cierto.

Y hablando de espíritus, difícil saber qué estrella del Hollywood clásico vino a reencarnar en Witherspoon. Kirsten Dunst se encamina a convertirse en lo que podría ser la única heredera moderna de Katharine Hepburn. Scarlett Johansson sigue buscando su cuerda (va por su tercer Woody Allen al hilo y su segunda Sophia Coppola) y podría aspirar a convertirse quizá en una suerte de Lauren Bacall. Lindsay Lohan continúa atada a un plan todavía demasiado adolescente. Reese, en cambio, no cultiva el tipo de torpezas de la gran Kathy Hepburn; tampoco es una femme fatale; sí tiene algo de heroína, una propensión –a partir de La elección, al menos– a los personajes de actitudes firmes, de armas tomar. La crítica norteamericana la comparó a la ligera con Carole Lombard, con Lucille Ball, con Judy Hollyday. Le preguntaron si se sentía “heredera de Meg Ryan”, un tema difícil para cualquier actriz que pudiera estar alcanzando su pico absoluto de celebridad, porque ya se sabe qué pasó con la actriz de Cuando Harry conoció a Sally y de sus intentos de reformular su carrera cuando varios pasos en falso le hicieron perder el cetro de Nueva Novia de América. Y la compararon con Goldie Hawn, y ahí sí: puede que haya algo en esa mezcla de determinación e ingenuidad en muchos de esos personajes que parecen escritos a su medida, que la emparenta con aquella otra rubia encantadora que en las ficciones de los ’80 llegaba a Washington de las maneras más insospechadas.

Pero, reina o heredera, es cierto que entre la chica de rosa y el espíritu del trajecito oscuro algo pasó. En la película que la espera con un Globo de Oro y por la que podría terminar de consagrarse, interpreta a June Carter, la mujer de Johnny Cash, con sus niños a cuestas. Para Walk The Line (o Johnny & June, según se la conocerá en febrero), dejó de ser rubia y entrenó para cantar ella misma. Aunque en lo personal dice seguir prefiriendo a Dolly Parton, quien siempre sonará, al menos desde la distancia, un poco más “white trash”. Es decir, toda una declaración de parte de la sureña Laura Jean, que (podría pasar pero) aún no parece haberse perdido del todo en la importancia de llamarse Reese Witherspoon.

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