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Domingo, 16 de abril de 2006

PLASTICA > MARK RYDEN, EL PINTOR DE NIñOS

Esos locos bajitos

A comienzos de los ’70, un movimiento artístico se opuso a la alta cultura y el arte de las galerías alzando las banderas de una cultura juvenil y callejera: tatuajes, dibujos animados, punk, psicodelia y cultos religiosos. Veinticinco años después, un joven llamado Mark Ryden finalmente consiguió para aquel grupo low-brow el reconocimiento que merecía: hoy, Tim Burton y Stephen King son sus principales coleccionistas, las galerías aceptan su trabajo felices y comparan sus cuadros con los de un Brueghel o un Bosco contemporáneo.

 Por Mariana Enriquez

En los años ’70, un grupo de pintores y escultores californianos –casi todos de Los Angeles– comenzaron a llamarse a sí mismos low-brow, es decir, artistas menores. Sus influencias, que enarbolan con autoconciencia y orgullo, van desde la publicidad hasta los dibujitos animados, la cultura del circo y el tatuaje, el graffiti, el kitsch, el manga, el arte religioso, el punk rock, la psicodelia, el cómic; al principio, las grandes galerías los ignoraron, pero en los últimos años, varios artistas low-brow (o cultores del “surrealismo pop”) muestran su trabajo en galerías del circuito oficial de la alta cultura, lejos ya de una confrontación con el mundo del arte galerista. Sin embargo, sus imágenes siguen ilustrando remeras de diseñadores under, o fanzines, o blogs de jovencitas góticas.

Y quizás el causante de este reconocimiento sea Mark Ryden. Sí, muchos de sus compañeros de estilo que desde 1994 empezaron a publicar en la revista Juxtapoz tienen prestigio, pero Ryden logró el objetivo del low-brow: imágenes surrealistas, algo mórbidas, con tanto de Alicia en el País de las Maravillas como de el Bosco, que son realmente populares y al mismo tiempo reconocidas como arte y no mera ilustración; miniaturas, óleos, dibujos blanco y negro, tapas para bandas de rock (One Hot Minute de Red Hot Chilli Peppers, por ejemplo), citas a Manet y a Björk: todo convive en las obras de Ryden, de perturbadora ternura. Allí hay una inocencia corrompida, una mirada infantil morbosa, y una violencia latente que sugiere no sólo la extrañeza y la complejidad del cuerpo humano (niños bautizados con sangre humana, nínfulas pálidas con un tajo en el pecho, hundidas en un baño de sangre), sino algo onírico y detallado, a la manera de Dalí, el Bosco, Brueghel. Algunos críticos lo llaman “el Bosco de chicle” (bubblegum), y hay algo de eso, del pop edulcorado de los años ’50 en los Estados Unidos que sonaba en una década represiva, a punto de estallar. Hay una tensión entre la belleza de sus imágenes y lo oscuro de su contenido; colores pastel para el grotesco, niñas inocentes con juguetes sangrientos, niños rosados y celestes vestidos con uniformes nazis. “El aspecto visual de la cultura pop contemporánea contiene los arquetipos específicos que formaron mi conciencia, y suelo encontrar arquetipos en viejos libros infantiles y en juguetes, que además colecciono. Me siento atraído por cosas que evoquen recuerdos infantiles”, explica Ryden.

Por algo Tim Burton es el coleccionista más importante de Ryden, seguido de Stephen King; Burton también colecciona la obra de Margaret Keane, artista kitsch de los años ’60 que se especializa en niños –sobre todo niñas– de ojos grandes, como en el animé y el manga japonés. Pero si Keane apenas sugería lo siniestro, Ryden lo expone: sus niños-esposos lloran sangre, sus reinas contienen mundos superpoblados de seres deformados, hay conejos simpáticos que son carniceros y hacen brutalmente su trabajo frente a nenas sonrientes. “Hay una delgada línea entre ser mórbido y ser observador”, escribe el crítico de Seattle Andrew Engelson. Ryden, como William Burroughs, desnuda el almuerzo en nuestros tenedores, para recordarnos constantemente sobre la violencia que duerme bajo la superficie de nuestras plácidas y pequeñas vidas. Además de ser un meticuloso pintor anticuado, muy de vieja escuela, Ryden es un creador de iconos posmodernos. Sus cuadros están cargados de una extraña e inescrutable cantidad de símbolos personales que abren la puerta a una vida secreta. Una y otra vez aparece Abraham Lincoln, abejas, animales de peluche, estatuas de Jesucristo, citas a la numerología, a las tradiciones religiosas mundiales, los fluidos corporales, y cantidad de niños de ojos grandes. Como sabe cualquiera que haya pasado más de diez minutos con ellos, los niños no son ángeles inocentes, sino voraces observadores de lo que los adultos tratan de esconder. Ryden posee una fascinación infantil con lo asqueroso, como los niños. Sus cuadros insisten en que somos carne, pero carne que además puede leer filosofía.

Mark Ryden nació en Oregon, y abrió su primera muestra en 2001, en Nueva York. Ahora, ya muy famoso, vive en Los Angeles y tiene su estudio en el Castle Green Hotel de Pasadena. Tiene cuarenta años, y sus muestras son eventos multitudinarios; en apenas cinco años de trayectoria, ya contó con una retrospectiva en Los Angeles llamada Wondertoonel, un término tomado del título de un libro holandés de 1706 llamado Wondertoonel der Nature, que catalogaba una colección de historia natural, con sus extraños fósiles, esqueletos y animales disecados, un gabinete de curiosidades. Así es el arte de Ryden, extraño y familiar, con tanto de sueño como de carnalidad.

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