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Domingo, 21 de mayo de 2006

PERSONAJES > E. NESBIT, LA AUTORA QUE MOSTRO A LOS CHICOS TAL COMO SON

La tatarabuela de Harry Potter

Era una perfecta excéntrica victoriana. Noël Coward la consideraba “la bohemia más auténtica que conocí”. Fue amante de Bernard Shaw. Y dilapidó fortunas en fiestas y amigos. Pero nada de todo eso tendría verdadera importancia hoy en día si además no hubiese escrito unos libros fantásticos para chicos en los que les sacudió
el polvo, los bucles y los buenos modales a esos monstruitos educados y los mostró por primera vez tal como son: caprichosos, egoístas y avispados. Con ustedes, E. Nesbit, la tatarabuela de Harry Potter y Shrek.

 Por María Gainza

Hay algo muy vivo en un cuento de E. Nesbit. Lo que no quiere decir que uno abra sus libros y un pájaro azul, un hipogrifo o una mariposa vayan a salir volando de entre las páginas (cosa que, de hecho, realmente ocurre en El libro de las bestias). No. Lo que hace que las historias de E. Nesbit y, más precisamente, sus personajes, luzcan tan contundentemente reales como cualquier hijo de vecino es otra cosa. Es, cómo decirlo, cierta vulgaridad. Los niños de Nesbit no son inolvidables criaturas de bucles dorados, mejillas con polvorete, modales de príncipe y labios en forma de corazón. Nada de eso. En realidad, son bastante feuchos, faltos de gracia y pueden llegar a ser celosos, gritones, egocéntricos y peleadores. Como la gran mayoría de los niños que andan sueltos por ahí. Pero precisamente por eso, por haberse sacudido de encima las viejas fórmulas victorianas que veían en la niñez un mundo feliz y un poco tonto que nunca dejaba de ser cartón pintado, y en su lugar, haber creado otro de personajes de carne y hueso con voces reconocibles –y hasta irritantes– es que E. Nesbit es considerada hoy no sólo la mejor escritora de cuentos infantiles del siglo diecinueve, sino también la tatara tatara tatarabuela de una progenie que ha dado primos tan variados como el anteojudo Harry Potter, el niñito chillón de Monsters Inc. o el feo lindo de Shrek.

I

Hay quienes llaman a E. Nesbit la primera escritora moderna para niños. Lo que no es del todo cierto, ni justo, porque si alguien merece ese título es el grande y maravilloso Lewis Carroll que en noviembre de 1865 cambió la literatura infantil para siempre. Pero, sin duda, es más fácil ver el árbol genealógico que creció de Nesbit que rastrear la improbable descendencia de Carroll. Al lado de la sofisticada Alicia, los personajes de Nesbit son bastante ordinarios. En realidad, lo que demuestran sus historias es que los niños no son tan genios bajitos ni panes de dios ni angelitos de nuestro corazón como se dice. Por el contrario, son bastante caóticos, desprogramados y torpes, como sus padres. Pero a su favor tienen algo delicioso y fugaz, algo que Nesbit capta brillantemente y es la lógica fanática, la coherencia de punta a punta y la preciosa atención que le dedican al mundo que los rodea.Las fantasías de Nesbit no tienen el vuelo poético ni las sensiblerías de un William Morris o George MacDonald. En ellas no encontrarán hadas art nouveau escondidas entre las caléndulas, con diademas hechas de gotas de rocío y azúcar sobre las alas. Las hadas de Nesbit no son producto de ensoñaciones sino registros de algo que la autora parece estar viendo con toda claridad frente a sus ojos. En Cinco niños y eso, “eso” es un hada bastante particular, más cerca de un Gremlin que de Campanita: “Valía la pena mirarla. Tenía los ojos en dos cuernos, como los de un caracol, y los movía hacia adentro y hacia afuera como telescopios; tenía orejas parecidas a las de un murciélago y el cuerpo rechoncho como el de una araña y estaba cubierto de pelo espeso, suave”. Y esa cosa dice ser un Psamid, una criatura prehistórica o hada de arena que cumple deseos. Bah, una vaquita de San Antonio de antes, diría un niño aburrido de los rodeos de esta nota.

Una princesa se niega a convertirse en la clásica princesa rescatada por un dragón; la gente del pueblo, al ver al rey en problemas, “se imaginan lo peor y comienzan a pensar qué ropa deberían usar el día del entierro”; una mantícora pide ser devuelta a las páginas del libro porque “no le interesa la vida pública”; la niñera le permite al niño-rey salir a salvar a su gente, pero antes le advierte: “Si eso es lo que debes hacer, hazlo, pero no te ensucies la ropa ni te mojes los pies”. Y en todas las historias es el tono de la autora lo que llama la atención. Su forma directa y sin complacencias de llamar a las cosas por su nombre.

Aun en las historias más fantásticas, el tono de cosa de todos los días permanece: “Hicieron una pausa flotando sobre las alas. No puedo explicarles cómo se hace eso, pero es parecido a ponerse vertical cuando una está nadando en agua bastante profunda; los halcones lo hacen extremadamente bien”. A lo que le suma una precisión digna de Balzac al describir emociones humanas: “Tratar de no creer en ciertas cosas cuando uno, en su corazón, está casi seguro de que son verdad, es lo peor que yo conozco para el humor de una persona”.

II

En 1960 Gore Vidal escribía sobre Nesbit en el New York Review of Books, quejándose que nadie la publicara en Norteamérica, atribuyendo la situación a su prosa llena de ingenio y a su pródiga imaginación: “Nuestros editores, nunca tan contentos como cuando arreglan la correa de un ventilador, quieren transmitirles a los niños su placer por las cosas prácticas. El resultado ha sido una literatura depresiva que te enseña a hacer cosas mientras las obras de invención han sido rechazadas por su falta de utilidad”.

Es curioso que, antes de esa fecha, nadie hubiera notado que en Nesbit es justamente la imaginación lo que siempre mantiene un pie o, por lo menos, el dedo gordo en el piso. En gran parte de sus cuentos, por ejemplo, suele haber un problema concreto: generalmente es la falta de dinero. “Londres es una prisión para los niños, especialmente si sus parientes no son ricos”. Los niños le piden cosas al Psamid –en la lista de deseos, las monedas de oro son una constante– entonces el hada cascarrabias se llena de aire como un globo y después estalla como una piñata. Y el deseo se cumple, pero siempre a medias. Porque las cosas nunca suceden exactamente como se planean. Y si no, pregúntenle a la misma Nesbit.

Nesbit nació en 1858, su padre murió cuando ella tenía sólo cuatro años y desde entonces, lo que quedó de la familia comenzó a rebotar de casa en casa buscando un clima amable para una hermana con tuberculosis. “Cuando era una niña –escribió Nesbit–, solía rezar y llorar y suplicar que al crecer no me olvidara lo que había pensado, sentido y sufrido entonces.” Hasta el final, la pequeña Nesbit siguió viviendo dentro de la escritora adulta. A los veintidós años, Nesbit se casó, embarazada de siete meses, con Hubert Bland, un respetable periodista a quien el dinero se le escurría entre los dedos. Más tarde, su querida amiga del alma, Alice, invitada a pasar unos días en casa del matrimonio, se quedó embarazada del señor Bland. Nesbit adoptó al niño (ya tenía otros tres) y propuso que vivieran todos juntos. Amantes de las repeticiones, años después, su marido y su amiga tendrían un segundo hijo. Nesbit, por su parte, vivía rodeada de hombres que la adoraban, impresionados por su vitalidad y descaro. Altísima, vestía un traje azul satinado con largos collares de cuentas y pulseras indias de la muñeca hasta el codo. Escandalizaba a sus invitados recibiéndolos sin corset y luego, se repantigaba junto a sus cuatro perros sobre la alfombra frente al fuego.

Quienes la conocieron, dicen que recordaba a una pintura de Gabriel Rossetti en crudo, con los cabellos cayéndole en cataratas sobre los hombros. Fumaba como una chimenea y podía escribir sin preocupaciones en medio de un gentío. Noël Coward la llamó “la bohemia más auténtica que conocí”. Era miembro fundador de la Sociedad Fabiana y se le conoce un romance con otro de sus miembros, Bernard Shaw. Durante años, Nesbit trabajó duro en sus novelas, poesías y artículos pero fue sólo cuando encontró su voz en los cuentos para niños que el mundo –incluyendo a H. G. Wells y Rudyard Kipling– le aseguró que estaba haciendo algo nuevo. Entrado el siglo XX, la venta de esos libros le permitieron mudarse a un caserón donde vivió expansiva y generosamente de fiesta en fiesta. Al punto tal, que terminó nuevamente pobre.

III

No hay buenos libros que sean sólo para niños. Nesbit nos enseñó a crear mundos mágicos y sensuales dentro de una atmósfera cotidiana y las referencias a otros textos, la lectura por capas que permiten sus cuentos, tuvo que esperar unos 80 años para ponerse de moda. Ahora, si su literatura se mueve entre la fantasía y el realismo es porque la mujer que imaginaba un anillo mágico y un mar de melaza, era la misma que por las tardes debía abrirles la puerta a los cobradores. Se dice que C. S. Lewis y J. K. Rowling tomaron prestado sin cargo: la entrada a un mundo fantástico vía un ropero, la opresiva tía bigotuda, la magia que cumple deseos pero también te mete en problemas, el Londres donde una puerta o una calle te pueden llevar a otra dimensión, son todos motivos y fórmulas que Nesbit había explorado antes. Pero lo que hace a Nesbit más arriesgada que muchos de sus descendientes es su sentido de la practicidad y su refinada ironía: “Gerald siempre era capaz de parecer interesante instantáneamente, habilidad que resultaba muy útil en el trato con los adultos”, “Ni siquiera alguien que se está muriendo de hambre tiene derecho a robarse platos de porcelana con flores diminutas y rosadas” o “Un rey sin experiencia es justamente lo que necesitamos”.

Los dibujos son de Emiliano Pereyra y están incluidos en la edición de Cinco niños y eso.

A pesar de las alfombras voladoras, de las estatuas vivientes, hay siempre una firme decisión por no edulcorar. Sus niños nunca son parte de un gran plan cósmico ni trascendental en donde ellos son héroes destinados a cambiar al mundo. Por el contrario, todo lo que les sucede, les sucede un poco de casualidad y medio a las ponchadas. No hay grandes malos ni grandes buenos. En la biografía de Noel Streatfeild, The Magic and The Magician, la autora sugiere que a Nesbit no le agradaban demasiado los niños. Quizá por eso sus personajes parecen tan humanos. Un niño advierte: “Nuestra madre murió, y si usted piensa que no nos importa porque casi no hablamos del tema, eso sólo demuestra lo poco que sabe usted sobre las personas”. El que habla es Oswald Bastable, en la segunda página de Historia de los buscadores de tesoros. La saga de los hermanos Bastable tendría un éxito descomunal.

Así fue un poco la vida y obra de E. Nesbit. Y aunque no hemos dado a conocer su primer nombre por cortesía, porque a ella le irritaba, debemos advertir que no debería ser confundida con la otra E. Nesbit: Evelyn Nesbit, aquella famosa modelo y corista involucrada en el crimen de su amante a manos de su marido Harry Thaw. Pero esa es otra historia (La historia de mi vida, escrita por Evelyn Nesbit en 1914) y no precisamente una de niños.

Historias de dragones y Cinco niños y eso acaban de ser publicados en Buenos Aires por editorial Andrés Bello. Además, se consigue El castillo encantado (editorial Alba).

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