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Domingo, 21 de mayo de 2006

CINE > PERE PORTABELLA: EL CINE REVOLUCIONARIO BAJO EL FRANQUISMO

El vampiro del franquismo

Pere Portabella era un próspero productor de películas, pero cuando en 1961 una de sus producciones, la Viridiana de Luis Buñuel, fue condenada por el Vaticano, la subvención del Estado católico y franquista se cortó de golpe. Y su efecto fue notablemente paradójico: dio a luz a un cineasta independiente y revolucionario.

 Por Mariano Kairuz

Primero la tumba de Francisco Franco, y luego una sucesión de tomas de las manifestaciones por las calles de Madrid y de Barcelona en 1976, acompañadas por la música estridente de Carles Santos, que a los pocos minutos termina por volverse verdaderamente irritante, prácticamente insoportable. Una sensación de alerta permanente recorre Informe general sobre algunas cuestiones de interés para una proyección pública, el documental que el catalán Pere Portabella realizó clandestinamente entre fines de 1976 –un año después de la muerte del dictador– y principios del ‘77, como indagación sobre el estado de las cosas durante la “transición”, registrando las infinitas discusiones entre los partidos políticos todavía proscritos pero que ya comenzaban a darse a conocer (y por ahí aparece un joven Felipe González, por el PSOE) de cara a las primeras elecciones en cuatro décadas. Fue su film más “directo” sobre el franquismo, pero de ninguna manera su único film político: cada plano en cada película de Portabella es a su manera cine militante.

Nacido en Figueres en 1929, Portabella empezó a dirigir sus propias películas en la segunda mitad de los ‘60, después de que su proyecto como productor se viera interrumpido por la censura de su país. A principios de aquella década llegó a producir El cochecito, de Marco Ferreri, y Los golfos, de Carlos Saura. En 1961 ocurriría un episodio clave para comprender la situación del estancadísimo cine español de esos años: cuando ese año Viridiana, la película de Buñuel que Portabella produjo a través de su compañía Films 59, se llevó la Palma de Oro en Cannes, el Vaticano puso el grito en el cielo (y en algunas oficinas) y todo el asunto terminó costándole la cabeza al director general de Cine español, que había tenido el tupé de ir a recibir el premio a semejante “herejía”. Ya sin subsidios estatales –y como sus proyectos no eran precisamente comerciales– para finales de la década Portabella reducía costos y financiaba sus propios films hasta donde podía con las ventas al exterior de tres cortos documentales hechos en colaboración con Joan Miró (el último de los cuales, Miró l’altre, de 1969, muestra al pintor realizando un enorme mural para luego borrarlo, gesto destinado a provocar a los personajes más conservadores de la cultura española de aquella época).

Puede que su apuesta más oblicuamente política de aquellos años fuera, finalmente, Vampir-Cuadecuc, el largometraje de 1970 con el que transformó una cosa tan cotidiana para el mercado de consumo del cine como es un making of, en una experiencia absolutamente nueva y experimental. Ubicándose detrás de las cámaras del Drácula que filmaba el cineasta trash español Jesús Franco con Christopher Lee (que venía encarnando al vampiro transilvano desde la década anterior para la productora británica Hammer) como protagonista, Portabella volvió a narrar la historia de Bram Stoker una vez más, aunque sabiendo que el público ya conoce todos sus pormenores, lo hace como nunca se había hecho: despojando al film original de su color, generando imágenes espectrales compuestas de sombras y de blancos fosforescentes, sin diálogos pero con un sonido extraño, disonante, enervante; entrando y saliendo de la ficción para mostrar a sus actores y actrices –que miran a cámara– y sus increíbles recursos de utilería. Sobre el final, las únicas palabras de la película las pronuncia el propio Lee (que continuaría su experiencia con Portabella en Barcelona, en el film Umbracle, de 1972), con la novela de Stoker entre sus manos.

El efecto, dijo el propio Portabella, fue el de crear una película esencialmente “fantástica” sobre la película “de terror” de otro. Con Vampir consiguió aquello que le exigía al cine: despojarse del argumento. “Lo que siempre me ha interesado del cine –dijo– es la forma de quebrar las coordenadas tiempo-espacio. Con el ritmo sugerente, las imágenes son polifónicas. La banda sonora, la música, los ruidos, la luz, objetos que entran y salen. Lo que me interesa del cine es el hecho de convertir la realidad en una forma de mirar. El argumento es siempre secundario. (...) Hay que abandonarlo e ir directamente a la temática.” Y es en ese sentido que se trata de un cine militante y subversivo: porque narra subvirtiendo los códigos del lenguaje del poder; inventando otras imágenes y otros sonidos pero extrayéndolos de la misma realidad que la cultura oficial se dedicaba a aplastar todos los días.

Exhibida en la última edición del Bafici, la “Retrospectiva Portabella” se repite desde este fin de semana y hasta fin de mes en el Malba, Av. Figueroa Alcorta 3415. Con entrada libre gratuita. Consultar horarios enwww.malba.org.ar

Nocturno 29 (1968) 83’
Jueves 25 de mayo a las 18.30

Vampir-Cuadecuc (1970) 75’
Domingo 21 de mayo a las 22.00
Jueves 25 de mayo a las 20.00

Programa cortos 62’
Viernes 26 de mayo a las 18.30

Umbracle (1972) 85’
Viernes 26 de mayo a las 20.00

Puente de Varsovia (1989) 85’
Domingo 28 de mayo a las 22.00

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Christopher Lee en Vampir-Cuadecuc (1970).
 
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