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Domingo, 6 de agosto de 2006

CINE > PACTO DE SILENCIO, EL DOCUMENTAL SOBRE LA COMUNIDAD ALEMANA DE BARILOCHE

Pueblo chico, infierno nazi

En 1995, el documentalista Carlos Echeverría asistió a una misa a la que concurrió el ex comandante nazi Erich Priebke, liberado por un par de horas, antes de ser extraditado. Los presentes lo increparon por estar en contra del oficial, y eso disparó una investigación sobre la comunidad alemana en Bariloche, donde la influencia de los nostálgicos nazis en la educación y la vida social resultó en una historia oculta de la ciudad.

 Por Mariano Kairuz

Carlos Echeverría creció en Bariloche pero debió redescubrir varias veces su propia ciudad. En 1987, de regreso de Alemania (donde estudió cine, y vivió entre los 20 y los 28 años), terminó Juan, como si nada hubiera sucedido, una impresionante indagación sobre Juan Herman, el único desaparecido barilochense de la última dictadura militar. En ella encaró a los responsables de la Escuela Militar de Montaña y siguió el rastro del secuestro; la sucesión de encuentros con personajes que se resisten a hablar e incluso niegan de manera inverosímil todo recuerdo o conocimiento del caso, adquiere un efecto crecientemente estremecedor. Juan... –que fue realizada con apoyo de la escuela de Cine y TV de Munich, y en cuyo guión participó Osvaldo Bayer– no fue muy bien recibida en su momento, en parte porque no podría haber resultado más molesta para quienes se beneficiarían, o siquiera apoyaron, ese mismo año, la promulgación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final.

Echeverría, que tras su retorno a la Argentina sólo volvió a vivir en Bariloche por períodos de nunca más de dos años, sabe que debió pagar algún precio por su película. Por ejemplo, dice, en referencia al problema de tener que “depender económicamente de Bariloche”, jamás pudo trabajar en la televisión abierta de la ciudad. Se las rebuscó como pudo en la programación de circuito cerrado, pero atado a un esquema que lo obligaba a producirse a sí mismo y que resultó insostenible a largo plazo. Por otro lado, su producción documental le valió también la confianza de alguna gente –filmadores de eventos sociales en video, veteranos “superochistas”– que le acercó su material audiovisual, metros y metros de películas y abundantes VHS con registros de la vida rionegrina a los que, a la larga, sabían que Echeverría sabría darles el mejor uso posible. Parte de ese archivo heterogéneo e inclasificable terminaría finalmente integrando su nueva película, Pacto de silencio, para la cual Echeverría salió a buscar y volvió a encontrar, una vez más, otro Bariloche.

El puntapié para esta investigación se produciría hacia 1995, cuando decidió asistir con una cámara a la misa de Acción de Gracias en la que se encontraba el ex comandante nazi Erich Priebke, liberado por tan sólo unas horas de los cargos –la masacre, en 1944, de 335 italianos en las Fosas Ardeatinas– por los que poco después sería finalmente extraditado a Italia. “Pero lo que me importaba no era tanto la misa”, dice Echeverría, “como lo que me dijeron los que lo rodeaban a Priebke, que me cuestionaban por hacer mi trabajo y no estar del lado de ellos. ¿Qué es lo que marcó a todas estas personas, ya adultas, y con toda la información de décadas de la que se disponía entonces, para que actuaran de esta manera?”.

Priebke se convirtió de este modo en el disparador pero no en el centro de una investigación sobre la comunidad alemana en Bariloche. Si el caso, dice Echeverría, era “interesante desde lo narrativo”, en él había encontrado la punta amenazante de algo más grande y quizá más temible: “decidí usarlo para penetrar la cuestión de la influencia que tuvieron los nostálgicos nazis que vinieron en la posguerra, y cómo ese proyecto político cultural marcó a sus hijos y a sus nietos, y a varias generaciones de alumnos que pasaron por el Colegio Alemán, que es la herramienta cultural de ese proyecto, y también al resto de la población”. Incluso a los no-alemanes. “Cada mes de julio, unas setenta personas le envían a Priebke una postal enorme para su cumpleaños. Yo he visto una de esas tarjetas”, dice Echeverría. “Entre los que las firman serán unos veinte alemanes, el resto son gente de Bariloche que no tiene nada que ver con el origen alemán.”

Hijo de una mujer de familia alemana, Echeverría conoce bien la historia de la comunidad patagónica de ese origen porque la investigó, pero, aclara, nunca le fue inculcado un “sentido de pertenencia”. No por parte de su madre, que se casó con un porteño (“muy porteño, tanguero y jazzero”), ni de su abuelo materno, a quien casi no llegó a conocer. La película recorre parte de la historia del afianzamiento de esta comunidad y rastrea los indicios de simpatías nazis que se manifestaban antes de la Segunda Guerra tanto entre los alemanes patagónicos como en los clubes alemanes de Capital y Gran Buenos Aires. Enhebrado por sus propios recuerdos personales (reconstruidos en breves escenas ficcionalizadas que se integran con sutileza y discreción entre las documentales), el relato avanza a partir del montaje de innumerables fragmentos de archivo de diversos orígenes y formatos. Buena parte de la película se dedica a exponer la centralidad del Colegio Alemán para la conformación de una suerte de cultura “oficial”, ofreciendo testimonios de diversos casos de censura (tales como la prohibición de enseñar al escritor Heinrich Boll) que se registraron en la institución, hasta hace no muchos años.

Echeverría asegura que mucho material interesante debió quedar afuera de la película, y que tal vez pueda volcarlo en un libro que proyecta escribir. El mes que viene acompañará la presentación de Pacto de silencio (que se dará durante todo agosto en el Malba con una duración mayor que la de su estreno en el Bafici, el año pasado) en Bariloche. Será, probablemente, una gran oportunidad para registrar en vivo las reacciones del público en la misma ciudad que retrata y redescubre una vez más. “Y ése –dice el director– va a ser para mí el verdadero estreno.”

Pacto de silencio se puede ver los sábados a las 19.30 en el Malba, Figueroa Alcorta 3415.

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Imagen: Nora Lezano
 
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