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Domingo, 4 de febrero de 2007

TEATRO > EL PERIFéRICO DE OBJETOS EXPLORA EL LíMITE

El fin de la infancia

Manifiesto de niños, la nueva puesta de El Periférico de Objetos, intenta ser una investigación sobre el abuso infantil y la violencia ejercida sobre los niños. Pero, ¿se trata de una aguda provocación de la compañía de teatro más prestigiosa del país o de la mera teatralización del golpe bajo?

 Por Cecilia Sosa

Hace años que El Periférico de Objetos logró convertir cada uno de sus estrenos en una cita casi obligada con la más sofisticada modernidad local. Desde 1989, los niños mimados del “teatro culto” –que, de paso, ya alcanzaron la mayoría de edad– vienen provocando escenarios internacionales con su personalísima investigación visual del inquietante momento en el que todo aquello que parecía familiar se vuelve irremediablemente extraño. Y Manifiesto de niños, su espectáculo número 11, no podía ser la excepción. Una vez más, la crème de la crème de la crítica, la intelectualidad y el teatro off se encuentran en el primer piso de Ciudad Konex para participar de una nueva experiencia periférica. Una cita perfecta para sacudir polvillos y ¿por qué no? exponerse a una vivificante y distinguida cachetada de provocación físico-moral.

En el salón del primer piso del Konex, una enorme caja blanca reemplaza el escenario convencional. El público debe espiar de puntillas y a través de rendijas el interior de un cubo donde tres actores-payasos-verdugos-niños-idiotas (Maricel Alvarez, Emilio García Whebi y Blas Arrese Igor) manipulan muñecos articulados, cuerpos descabezados, pizarras, disfraces, playmóviles, rastros de moral. Los retazos de una extrañada pedagogía escolar se reúnen en un extraño dispositivo de encierro que se proyecta al exterior a través de pantallas y cámaras manipuladas por los actores desde el interior del laboratorio. (Nota aclaratoria: En realidad, el estreno no fue tal. Como ya es costumbre periférica, la obra tuvo su première mundial en mayo de 2005 durante el Kunsten Festival des Arts de Bruselas –donde se dice que mucho mucho no gustó–; y ahora llega en formato reducido en coproducción con el festival belga).

Ahora bien, ¿cuál es el secreto periférico? Si el grupete creado por Ana Alvarado, Daniel Veronese y Emilio García Whebi viene coqueteando hace largo con la pérdida de la inocencia con momentos altísimos como Cámara Gesell, Máquina Hamlet, Circo negro y Zooedipus, ahora en Manifiesto de niños parece ahondar la apuesta para investigar el punto cero de lo siniestro: una suerte de tratado en clave invertida sobre la indefensión infantil. Bienvenidos al teatro de la crueldad.

Todo comienza con una lista, acaso la más oscura y hasta obscena que se podría imaginar: la enumeración de los niños-muertos-víctimas del mundo; niños masacrados en Auschwitz, en Belfast, en Mozote, en Buenos Aires, en Kosovo, en la Franja de Gaza, en Bagdad, en Hiroshima, en el Pentágono. Uno por uno, con nombre y apellido, edad, nacionalidad... y son ¡100! La lista parece no detenerse nunca. Jane Eyre, Peter Pan, Patito Feo, Ricitos de Oro, Mafalda, Caperucita Roja, Tom Sawyer, Heidi. Un estremecedor obituario in crescendo, donde cada dato se vuelve más revulsivo, cada número más lastimero. La actriz (una suerte de voz de la humanidad vestida de jumper y peinada con dos colitas) continúa, quebrada en llanto pero aun así implacable, su eterna plegaria negra. Número 95. La voz clama atención desde la caja: “Les puede parecer aburrido, tedioso, monótono. Pero para mí es muy importante llegar con esta lista hasta el final. Esto no es una recreación poética de la muerte. Son 100 niños de carne y hueso, muertos de verdad”.

El pedido no podría ser más oportuno. El público se mira desconfiado, hastiado, o, a lo sumo, francamente deprimido. ¿La teatralización del golpe bajo? ¿El testimonio aterrado y punzante de la peor pesadilla? ¿El Gran Hermano de los elegidos? ¿La trampa perfecta del progresismo?

La lista llega a su fin pero pronto llegará el juicio: tres muñecos-niños serán juzgados por despertarse de noche, por comer sólo alimentos de formas definidas, por temerle a la oscuridad, por aburrirse espléndidamente, por jugar hasta lastimarse, por no cumplir con las expectativas de sus padres, por dar besos impúdicos, “por aterrorizarnos ante la sola idea de perderlos”. ¿Veredicto? Culpables. El juez-caballo-verdugo desenfunda un sexo de plástico y sodomiza al bebé de juguete.

El Periférico hace un recreo.... para tomar la leche: vainillas sumergidas en vasos eternos y felicidad devoradora, pero será sólo impasse antes de continuar con el suplicio: llega una aterradora fusión de ruleta rusa y verdad-consecuencia y ante cada pregunta en falso se fusila a un soldadito de juguete: “¿A cuántos niños metieron en el horno como a Hansel y Gretel?”, “¿Por qué si perdés te llenan de piedras y te tiran al río?”...

Hacia el final, el Periférico parece recuperar algo de su gracia perdida y muestra con burlona ironía la frágil frontera que aguarda entre lo diabólico y lo infantil. En escena y sin necesidad de palabras se puede ver cómo el conejito más blanco puede dejar de ser tan tierno y hasta tan blanco si las cámaras descubren unas orejas demasiado grandes, un hocico demasiado afilado. Y también aprender a desconfiar de ese simpático perrito que agita permanentemente la cola. ¿Y qué decir del arbolito (la estrella de la noche) que a mediados de enero levanta sus párpados redondos para gritar ¡Feliz Navidad!?

Los niños-verdugos, exhaustos, al fin se echan a dormir. Entonces, se oye una canción de cuna y una voz nueva, límpida y reluciente (y en las antípodas de la hora y media anterior) comienza a narrar la fábula del muñeco, de la infancia y del juego (un hermoso texto escrito y leído por Horacio González) y enuncia un último deseo: que la cuerda sea eterna.

Si a lo largo de su historia El Periférico se animó a jugar con gracia y altura los materiales más incómodos de la teatralidad, esta vez, y a pesar de todo el decorado, la provocación parece resultar un poco demasiado fácil, un poco demasiado solemne. ¿Será que a los niños mimados se les está acabando la cuerda?

Manifiesto de niños se puede ver los viernes, sábados y domingos a las 21.30 en la Ciudad Cultural Konex, Sarmiento 3131. Reservas al 4864-3200.

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