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Domingo, 25 de marzo de 2007

Irlandesas detras de un gato

 Por Gloria Pampillo

“Irlandeses detrás de un gato” y “Los oficios terrestres”, esos dos cuentos de Walsh que transcurren en el internado de los irlandeses, me despertaron, desde la primera vez que los leí, la fuerte empatía que provoca compartir experiencias poco comunes. En este caso, la desolada orfandad del pupilaje. Pienso ahora que fue justamente la experiencia autobiográfica lo que me impidió prestar más atención a Estela Tolosa y Lidia Moussompes, esas chicas que, también desde su infancia, atraviesan otros dos relatos de Walsh: “Cartas” y “Fotos”.

Empiezo entonces por los Irlandeses. El chico al que más tarde llamaron el Gato entra al colegio unas semanas más tarde que los otros. Cuando los irlandeses lo descubren se le acercan, y la situación que de a poco se va configurando es la de la prueba: el Gato tiene que pelear para ocupar un lugar en el ranking (“o vos te creés que esto es un quilombo”, se justifica Mulligan, el cabecilla). El Gato consigue escaparle a la pelea con una variedad notable de tretas: los escandaliza, despierta aprensiones, los desconcierta con una versión personal del “preferiría no hacerlo, si no le molesta” del Bartleby de Melville. Dice el Gato: “¿No podríamos dejarlo para mañana?”.

Y es entonces, en este punto, cuando el relato, de una manera algo sorprendente, se demora mientras va transponiendo a los cuerpos de los irlandeses, a los códigos secretos de sus miradas, la terrible inquietud que les provoca lo que acaba de suceder: la ley se acaba de poner en cuestión.

En el estudio de las reglas de juego en la infancia, Piaget descubre que los varones quedan cada vez más fascinados por la elaboración legal de reglas y el desarrollo de procedimientos justos para decidir conflictos. Décadas más tarde, Janet Lever descubre que los juegos de los varones duran más porque cuando surgen disputas pueden resolverlas más eficazmente que las chicas. De estas investigaciones surgen conclusiones y una normatividad fatal para todas las mujeres: el sentido legal, que se considera esencial para el desarrollo moral, está menos desarrollado en las niñas pequeñas que en los niños. En la llegada a la adolescencia, la época en que el desarrollo depende de la identidad, la norma moldeada sobre los varones se vuelve aún más mortífera. Las etapas del desarrollo psicosocial que preceden a la adolescencia son caracterizadas por una progresiva individuación. Esta desemboca en la celebración del yo autónomo, que ha forjado una identidad que puede apoyar y justificar los compromisos del adulto.

En el relato de los “Irlandeses” se manifiesta una afirmación intensa de la autonomía del varón. El Gato no teme la pelea sino que rechaza el contacto con los otros, el vínculo con el grupo. Los irlandeses van a perseguir al Gato, lo atrapan, lo golpean –situación que Walsh, como buen narrador, omite representar– y sin embargo el relato concluye con la afirmación de la autonomía varonil. La Morsa, el celador, encuentra al chico y le tiende la mano para ayudarlo a pararse. El Gato retira su mano. “Puedo caminar solo”, dice.

La serie de los Irlandeses transcurre en un internado. “Cartas” y “Fotos”, en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. En este espacio común, sus personajes representan los diversos estamentos sociales. La historia de Domingo Moussompes, el pequeño terrateniente que, falsamente acusado de robar ganado, es apresado y pierde todo en el intento de que le hagan justicia, es una condensación de la Década Infame. Pero yo me quiero centrar en estas dos chicas, Estela Tolosa, alta, huesuda y burlona, la hija de estanciero, y Lidia Moussompes, redonda, colorada, creciendo en pecas y largos ojos verdes. “Inseparables”, dice el relato y entreteje las voces de una y otra familia que previenen a cada una de las chicas contra su amistad estrecha. El relato las va a representar unidas en la escuela, en una complicidad que no excluye las envidias de Lidia, unidas también después en la tragedia, cuando Lidia debe abandonar sus estudios y termina trabajando de sirvienta en la casa de Estela.

En 1982, cuando Carol Gilligan publica La moral y la teoría. Psicología del desarrollo femenino, afirma que, en una investigación sobre el desarrollo del juicio moral en la niñez, una chica responde a una pregunta distinta de aquella que el entrevistador creyó que le había hecho. Frente a un caso extremo que se le plantea, la chica no contesta si un hombre debe o no robar, con lo cual se remitiría a la ley para mediar en la disputa, y así el problema se transformaría en un impersonal conflicto de derecho, si no que considera qué forma debe tomar esa acción; cuál debe ser esa acción. Y su modo de comenzar a resolver este dilema, su modalidad de pensamiento, diríamos, es la de abrir una red de conexiones, algo así como una red de relaciones, una red contextual, sostenida por un proceso de comunicación. Su convicción de que la resolución del dilema surgirá si se representa de una manera adecuada, vista a esta luz, está lejos de ser ingenua o cognoscitivamente inmadura.

En “Fotos”, de Walsh, es Estela quien escribe cartas. Narra a los que están lejos lo que sucede en el pueblo y así los acerca y relaciona con las redes de la comunicación y del cuidado. En el conjunto de los dos cuentos, Estela es una figura aún más desdichada que la de Lidia. Ahogada por la autoridad paterna, no puede construir su identidad y cuando llega el momento de la intimidad se casa con el hombre que no eligió. Es que, a diferencia del varón, la mujer mantendrá en jaque su identidad mientras se prepara para atraer al hombre por cuyo apellido será conocida, por cuya posición será definida. Para las mujeres, la intimidad va con la identidad. Y, sin embargo, “Cartas” está escrito al estilo de Estela. El relato está configurado por una urdimbre de relaciones y de voces. Naturalmente, la comunicación no se entabla porque las voces van a dar contra oídos sordos. El final de estos relatos es amargo. Termina con un suicidio, con la prisión, con el sometimiento de los personajes que han sido sus héroes y heroínas. No es sorprendente que en estos cuentos de Walsh surja una vez más su exasperado anhelo de justicia y su fe en el poder de la comunicación. Lo que sí en cambio agrega una dimensión insólita a su pensamiento es que tras la convalidada concepción de la legalidad de los Irlandeses asome ya, ligada a Lidia y Estela, la sutil percepción de esa otra racionalidad que intenta transformar un orden desigual mediante una actividad de relación comunicativa.

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En el muelle de la casa Loreley, en el Delta, circa 1966.
 
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