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Domingo, 22 de septiembre de 2002

LIBROS

La guerra de los colores

Después de adentrarse en el romanticismo decimonónico con Las piadosas, el thriller político contemporáneo con El príncipe y la gauchesca revisitada con El árbol de las tentaciones, Federico Andahazi vuelve al terreno desde el que sacudió el panorama de la literatura argentina con El anatomista: el Renacimiento. Esta vez, la trama no gira alrededor del descubrimiento del clítoris sino de la sorda guerra de espías entre flamencos y florentinos por los secretos para dominar el mercado del arte.

Por Sergio Olguín

Cuarta novela de Federico Andahazi y un regreso a los orígenes. Después de recorrer un país imaginario sospechosamente parecido a la Argentina de hoy en El príncipe, después de incursionar en el romanticismo decimonónico en Las piadosas, Andahazi volvió al tiempo que mejor le cae: el Renacimiento. Como su primera obra, El anatomista, El secreto de los flamencos se sitúa en la época de mayor florecimiento intelectual y artístico de Europa. Pero en este caso no se trata, como había hecho el anatomista Mateo Colón, de descubrir el clítoris sino de aventurarse en otra búsqueda: la del color en estado puro.
Flamencos y florentinos dominaban el mercado del arte a comienzos del Renacimiento. En sus intentos de vencerse mutuamente, ambos grupos se espían, se traicionan y se roban sin medir consecuencias. En ese mundo vive el pintor de la bella Florencia, el Maestro Monterga y los hermanos Van Mander, ciudadanos de Brujas, una ciudad en decadencia pero que mantiene su prestigio artístico. Con la muerte del discípulo más destacado de Monterga, se desencadena una serie de sucesos misteriosos que esconden engaños, robos, crímenes, visiones casi místicas y cegueras simbólicas y reales.
En su casa de Almagro, Andahazi hace una pausa en sus trabajos de jardinería para hablar de El secreto de los flamencos, una novela que tiene elementos de la propia novela familiar del autor: “Mi abuelo paterno era pintor. Nació en Budapest y vivió muchos años en París. Cuenta la leyenda familiar que compartió el atelier con Pablo Picasso en sus comienzos”.
Siguiendo los caminos de su abuelo, Andahazi estudió pintura durante la infancia pero al llegar a la adolescencia se hizo una promesa: “Yo con la pintura siempre tuve una sensación de frustración. En la adolescencia me prohibí dos cosas: pintar, que era la actividad de mi abuelo (un muy buen pintor, por otra parte) y escribir poesía, que era la actividad de mi padre”. Pero hace dos años la pintura volvió a rondar por la cabeza de Andahazi. El interdicto impuesto tenía entonces un agravante: su esposa también es pintora. “Las ganas de volver a pintar las convertí en el deseo de escribir una novela pensada como una pintura. Se puede decir que lo que quería era pintar una novela.”
“Ese fue el germen de El secreto... Después le tuve que poner contenido. En un principio pensé una historia que arrancara en la actualidad y que tratara sobre una vieja pintura. Pero no me convenció y decidí ambientarla directamente en el siglo XV. Recordé la guerra sorda entre florentinos y flamencos acerca del saber de la pintura. Los florentinos ‘la tenían atada’ con el conocimiento de la perspectiva pero los flamencos estaban muy avanzados en todo lo relativo al color y al óleo. El espionaje que existía entre ellos para apropiarse del saber del otro me pareció un buen punto de partida.”

Policial multicolor
La novela comienza con un entierro en Florencia. Los capítulos alternan entre un taller florentino y otro flamenco: “Yo quería que la novela tuviera sobre todo una cosa pictórica. Cada capítulo me lo imaginaba como una pintura, una sucesión de pinturas. Los dos escenarios, Florencia y Brujas, me permitían acentuar este aspecto visual muy fuerte. Hay una contraposición entre la prosperidad de Florencia y la decadencia más absoluta de Brujas que generaba un contraste de luz y sombra en cada capítulo”.
Cada novela de Andahazi remite a un género distinto. El príncipe es una incursión en la sátira política; Las piadosas, una mezcla de suspenso y terror clásico; El anatomista, una novela histórica con mucho de aventura. Con El secreto..., Andahazi utiliza también los elementos de la novela histórica pero respetando las reglas del género policial. “Cuando empecé con la novela –recuerda– no sabía muy bien adónde iba a parar. Alescribirla me di cuenta de que era un policial. El thriller resulta un ejercicio bien difícil. Tiene que cerrar y ser muy equilibrado en la información que se da al lector.”

En busca del lector
Desde su primer libro, Andahazi tuvo lo que muy pocos escritores argentinos consiguen: un público. Tal vez por eso cierta crítica ha mirado con muchas reservas la facilidad de Andahazi para alcanzar un número de lectores más alto que el habitual. La misma crítica que le reprocha interesarse más por los efectos sobre el lector que por otros aspectos de la escritura. Pero el propio Andahazi reivindica ese interés: “Yo siempre hablo de mi preocupación por el lector. Yo creo en el lector, no puedo concebir escribir sin pensar en él. Y el policial es un género que te exige estar más atento todavía, saber qué datos le vas a dar, qué le vas a ocultar y qué hipótesis él va a vislumbrar a medida que lee. Escribir un policial es tener muy presente al lector. Tenés que actuar todo el tiempo dosificando la información que das, ni avara ni generosa. Que el final lo tome por sorpresa”.
La literatura, especialmente el género policial, es, para Andahazi, “del orden de la mayéutica, donde el conocimiento pasa por la rememoración. Cuando uno pone el punto final a una novela sabe que ya estaba escrita en algún lado. La sensación es que cuando la estás escribiendo en realidad estás rememorando. El policial se nota más porque ahí la historia tiene que cerrar sí o sí, y no sé cómo pero todo iba cerrando cuando yo no tenía idea para dónde iba”.
Cinco versiones distintas escritas en estos dos años fueron la manera de buscarle la vuelta al género policial. Andahazi confiesa que esta novela fue reescrita mucho más que las anteriores. A los problemas habituales de la trama y la escritura, se le agregó uno más: la edición final del texto. “El trabajo de edición fue muy trabajoso porque se hizo en España, con un editor español, vía mail. Al final, decidí reescribirla toda de nuevo.”
Entre sus primeros lectores se encontraba su propio padre para cerrar (o abrir en otras direcciones) la novela familiar: “Mi viejo se asombró porque los preceptos que pongo en boca de uno de los personajes eran de mi abuelo, algo que yo desconocía. Mi abuelo fue un tipo muy especial. Pertenecía a la aristocracia húngara y terminó convertido en un alto dirigente del partido trotskista de Hungría. Después de leer la novela, mi padre me volvió a hablar de él, de su relación con Picasso y con Isadora Duncan. Todo muy novelesco. Por qué no: podría ser mi próxima novela”.

Una novela borgeana
La historia de El secreto... contiene datos históricos y referencias pictóricas y culturales que sirven de marco a la acción. Usar la erudición como material narrativo era un proceso habitual en las ficciones de Borges. El lector puede sospechar que hay algo borgeano circulando en toda la novela, pero esa sospecha se convierte en evidencia con las referencias directas a “El Aleph”.
“Hay un pequeño pero absoluto homenaje a Borges. Borges consigue algo en ‘El Aleph’: sintetizar en un solo cuento toda la tradición de Aristóteles a esta parte acerca del sustrato metafísico de las cosas. En el Renacimiento todo tenía que tener un sustrato de sustento metafísico, sustento aristotélico. El color en estado puro es un sustrato metafísico. Para Aristóteles el blanco era la suma de todas las cosas (y no sólo de todos los colores). Y ese concepto de blanco aristotélico coincide con el Aleph borgeano.”
Sin embargo, un segundo libro ambientado en el Renacimiento no implica que Andahazi vaya forjando secretamente una erudición enciclopédica sobre ese período. “A la hora de escribir no consulto material enciclopédico. Prefiero leer ficciones escritas en la época o ambientadas en aquellos días. Creo que eso te da más material que el conocimiento enciclopédico.La erudición siempre es ficción. Es muy fácil hacer creer a alguien que uno es un erudito, sobre todo en una novela. Una novela tiene que ser básicamente verosímil. La erudición tiene que ver con darle un sustento de verosimilitud a la novela por más que ésta sea del orden de lo fantástico. Y yo no soy para nada un erudito, pero si no es verosímil, la novela se cae.”

Perfiles
Más allá del éxito inmediato de su primer libro, que lo convirtió en una persona conocida y en un best-seller inesperado, Andahazi practica un perfil razonablemente bajo. Hace un tiempo rechazó el ofrecimiento de un laboratorio que le pagaba una pequeña fortuna para escribir un texto breve sobre un producto similar al Viagra, pero no se niega a participar en antologías ni pone problemas de cartel o de dinero en esos casos. Difícilmente aparezca en algún show mediático para promocionar su obra ni se sube al carro del compromiso social como han hecho algunos escritores argentinos en estos meses para aparecer en los medios y aumentar las alicaídas ventas de sus libros. Una tirada original de 14 mil ejemplares y una presentación de lujo de El secreto... parece reforzar la idea de que hoy por hoy, Andahazi sigue siendo uno de los escritores más populares del panorama local.
“Nunca hago uso de la literatura para tal o cual cosa. Siempre tengo ganas de hablar de literatura, pero no me gusta montarme a lo que ocurrió con la Fundación Fortabat, por ejemplo. El príncipe fue una novela a contrapelo. Salió cuando a nadie le interesaba leer una novela política y hasta recibí duras críticas de mis lectores. Pero la escribí en un momento de indignación y la publiqué aunque no fuera lo más apropiado en esas circunstancias. No puedo pensar la literatura en función de la utilidad de determinado momento. En términos comerciales, tal vez tendría que relanzar El príncipe este año y dejar El secreto de los flamencos para el que viene, pero eso es un cálculo que prefiero no hacer ni practicar.”
El año pasado, Andahazi había anunciado que se iba a vivir a Uruguay. La misma indignación que lo había llevado a escribir El príncipe lo empujaba a cruzar el río. Pero lo ocurrido en diciembre último lo hizo cambiar de actitud: “Después de los episodios del 19 y del 20 de diciembre, con mi mujer decidimos que no era el momento de irse. Habíamos estado en la Plaza, ella con un embarazo avanzado y soportando las corridas por la represión. Cuando volvimos a casa nos enteramos de que había habido muertos. Tal vez parezca una locura pero preferimos que nuestra hija naciera en la Argentina. No había una razón de peso para exiliarse. Desde diciembre siento que estamos yendo a algún lado y no quería permanecer ni ajeno ni ausente”.

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