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Domingo, 19 de agosto de 2007

TERRITORIOS > EL BARRIO QUE HIZO BAILAR Y ENFURECER A TOKIO EN LOS '20

Tokio era una fiesta

Mientras que París y Nueva York vivían sus años '20 en constante ebullición cultural, bailaban con el jazz, estallaban con el modernismo, se deslumbraban con el Ulises de Joyce y sus jóvenes promisorios se emborrachaban hasta amanecer bailando en las fuentes de los hoteles, Tokio vivía un fenómeno parecido. Y el gran cronista de esos años durante la influencia de Occidente marcó a toda una generación y a toda una ciudad, fue Yasunari Kawabata. La pandilla de Asakusa, que se edita en Buenos Aires por estos días, es la maliciosa crónica de aquellas noches y parrandas de la que él mismo renegó toda su vida (pero nunca eliminó de sus obras completas).

 Por Juan Forn

En todas las notas biográficas sobre Yasunari Kawabata se mencionan indefectiblemente dos episodios de su vida: su suicidio en 1972 y su período literario de juventud, cuando él y otros escritores de su generación se propusieron renovar la literatura japonesa incorporando la influencia de las vanguardias occidentales que redefinieron para el mundo entero la idea de arte durante las primeras décadas del siglo XX. La intriga es especialmente pertinente ante la evolución posterior de la obra de Kawabata, que condensa como ninguna otra la esencia más atemporal de la civilización japonesa. ¿Hubo alguna vez un Kawabata moderno, vanguardista, cultor de lo efímero, provocador?

La respuesta está en La pandilla de Asakusa, un folletín publicado entre 1929 y 1930 en el diario de mayor tirada de Tokio (el Asahi Shinbun), del que el propio Kawabata luego renegó (al punto de asegurar que el texto le daba náuseas) aunque nunca se decidió a eliminarlo de sus obras completas. La buena noticia del día es que el lector argentino puede por fin saber cómo sonaba Kawabata cuando era un joven provocador, y decidir por sí mismo si desea sumar La pandilla de Asakusa al estante que ocupan los otros libros de Kawabata en su biblioteca, o más bien prefiere ubicarlo cerca del botiquín donde está el Reliveran.

La veneración instantánea que despierta la lectura de cualquiera de las novelas de Kawabata tiene su lado riesgoso: genera un afán tóxico por ser kawabatiano. Rechazar La pandilla de Asakusa por devoción al maestro obligaría a considerar El maestro de go su mejor libro (como sostenía él), o privarse de leer Lo bello y lo triste (que se publicó póstumamente) porque él se proponía quemarlo antes de morir. Personalmente, prefiero ser un heterodoxo, en cualquier culto que sea. Prefiero conocer también la risa de los autores que venero. Y es evidente que Kawabata se divirtió como un enano cuando escribía La pandilla de Asakusa. Uno lee: "Paro un rickshaw, me zambullo en él y grito: ¡Siga a esas bicicletas!" (o bien: "No soy de las que besan. Demasiada complicación"), y no puede dejar de imaginar la risita entre dientes del joven Kawabata cuando tipeaba esas palabras o las leía al día siguiente en las páginas vespertinas del Asahi Shinbun, donde se publicaba como folletín, tres veces a la semana, en el sector inferior de la tapa.

Lo más genial del caso es que, cuando Kawabata leía ese diario la tarde siguiente, lo hacía en el mismísimo lugar de los acontecimientos que narraba en su folletín: en cualquiera de los cafés que crecían "como el bambú después de la lluvia" en el Sexto Distrito de Tokio, más conocido como Asakusa.

Asakusa era la letrina de Tokio, para los bienpensantes japoneses de la época. En Asakusa convivían los marginales tradicionales que hacían nido en los alrededores de cada gran templo nipón y la "nueva promiscuidad" que generaba el culto a lo occidental en una urbe como Tokio. Detrás del templo Kanon, cuyos jardines daban al río Sumida, los callejones de Asakusa hervían de varietés y vendedores de pájaros, cinematógrafos y fabricantes de kimonos, viejos calígrafos e informantes de la policía, geishas impolutas y mendigas prostitutas. Asakusa ofrecía toda la gama concebible de diversiones y perversiones a la japonesa y a imitación occidental.

El joven Kawabata pisó por primera vez el legendario Sexto Distrito de la ciudad cuando estaba en la escuela secundaria, antes de ingresar en la Universidad Imperial de Tokio. En uno de los mil cafés de Asakusa vio a Junichiro Tanizaki (que era trece años mayor que él y ya disfrutaba de fama como escritor) rodeado de chicas hermosas y decidió lo que quería en la vida.

Cuando el terremoto de 1923 destruyó buena parte de Tokio, Kawabata ya llevaba un año viviendo en Asakusa. En el momento mismo en que cesaron los temblores, él y su compadre de entonces, Ryonosuke Akutagawa, salieron a recorrer las ruinas, cada uno con su mochila y su cantimplora. Durante semanas contemplaron desde las calles mismas cómo se levantaba Asakusa de las ruinas y volvía a ser lo que había sido hasta que se rajó la tierra y cayó fuego del cielo. En semanas nomás, Asakusa volvió a ser frenéticamente la misma.

A diferencia de los mundanos Tanizaki, Nagai Kafu y el propio Akutagawa, Kawabata aseguró que nunca hablaba ni se relacionaba con nadie en Asakusa: se limitaba a absorber como una esponja lo que captaban sus cinco sentidos. Así es el narrador de La pandilla de Asakusa, ese que en las primeras líneas de su relato nos dice: "Supongamos ahora que son más de las tres de la mañana e incluso los vagabundos están dormidos y yo estoy aquí, caminando con Yumiko por cierto callejón de Asakusa. Aunque decir cierto callejón suena a comienzo de una novela realmente pasada de moda, y los miembros de la Pandilla Escarlata no cometen esa clase de crímenes".

Yumiko, valga aclarar, es la líder de la Pandilla Escarlata, un grupo de adolescentes que se dedica a diversas actividades non sanctas en las calles de Asakusa, desde el rubro placer al rubro venganza (incluyendo la ínfima y abismal distancia que va de uno al otro). Yumiko y su troupe preparan de la misma manera sus espectáculos artísticos y sus golpes callejeros, con pelucas y disfraces y un guión que acepta siempre la improvisación, sea espontánea u obligada por las circunstancias. Yumiko y su troupe son beatniks y situacionistas y punk y comedia muda a la vez: son avangardistas sin la menor conciencia de serlo, tal como el propio Kawabata jamás imaginó que a este libro le endilgaran la culpa de ser precursor de ese miasma-chicle que los sociólogos y semióticos de hoy llaman "cultura urbana pop japonesa".

Los primeros 37 capítulos de La pandilla de Asakusa aparecieron entre diciembre de 1929 y marzo de 1930 en el diario Asahi Shinbun. Los restantes 24 se fueron publicando entre septiembre y diciembre de 1930, pero ya no en el popular vespertino sino en las revistas de izquierda no marxista Kaizo y Shinchó. En el medio, el grupo femenino Casino Follies escenificó una versión del folletín y se convirtió en una de las atracciones de Asakusa (al punto que los espectadores creían que las chicas en el escenario eran los personajes de carne y hueso cuyas aventuras había contado Kawabata). Además se rodó entre gallos y medianoche un largometraje que se proyectaba a sala llena en los cines del Sexto Distrito. Ambas versiones especulaban con el hecho de que Kawabata había dejado sin contar el desenlace de los hechos: así atraían a los curiosos, que en Asakusa eran multitud. ¿Qué pasaría con Yumiko, y Haruko, y Oharu, y Ochiyo, y los demás miembros de la Pandilla Escarlata?

Como sucedió con País de nieve (que también se publicó en forma de folletín, unos años después), Kawabata retomó el folletín para cerrarlo a su manera trunca. Según él, la abandonó. Pero la última frase del último capítulo de La pandilla de Asakusa es tan elocuente que uno siente que no queda mucho más que decir. Por supuesto, uno seguiría escuchando hasta el fin de los tiempos nuevas andanzas de Yumiko y los suyos --quienes en las últimas entregas agradecen al propio Kawabata haberlos hecho famosos, aunque sea por cinco minutos, y se quejan de que en la versión fílmica Yumiko muera, cuando en el folletín la habíamos visto por última vez con cinco píldoras de arsénico en la boca, disponiéndose a besar a su archienemigo y gran amor.

Pero ese final (del que nada se dirá aquí salvo que se preste especial atención a la descripción del tosco kimono que viste Yumiko) es más que expresivo. No sólo explica el viraje que dio el relato al volver a publicarse por entregas, sino que ilustra también las razones por las cuales Kawabata decidió publicarlo en dos revistas como Kaizo y Shinchó y por qué cerró la última entrega con ese dato tan al pasar y tan elocuente a su vez sobre el kimono (y el destino) de Yumiko. Es decir, sobre lo que haría Asakusa (y la sociedad japonesa) con esa juventud en estado salvajemente puro.

Recapitulemos: el joven Kawabata imaginó su futuro cuando vio en un café de Asakusa a Tanizaki rodeado de admiradoras. En esos años, Tanizaki solía citar la novela La catedral, del español Blasco Ibáñez, donde se usaba el gran templo de Toledo como eje para contar las vidas de quienes vivían en torno de él. Tanizaki sostenía que alguien debería hacer lo mismo con el templo Kanon de Asakusa, y de hecho él mismo aseguró durante años estar escribiendo una novela sobre el Sexto Distrito, llamada La sirena, que nunca publicó.

Sabemos que Kawabata leyó en esos años La montaña mágica de Thomas Mann y las primeras novelas de Colette y al menos partes del Ulises de Joyce (que aparecieron traducidas en revistas japonesas), pero el fermento occidental que más lo influyó en la escritura de La pandilla de Asakusa fueron sin duda las películas que veía en los cines del Sexto Distrito, las publicidades radiales y gráficas que ensordecían a la ciudad, los modismos y costumbres que los compatriotas de su edad adoptaban como propios por las calles de Asakusa luego de ver esas películas, consumir esas publicidades o volver del extranjero.

A lo largo de aquel año 30 en el cual se fue publicando el folletín, el crack económico mundial hizo mella en Japón, alimentó el fuego nacionalista y anunció el ocaso del decadentismo cosmopolita. En los años siguientes, los artistas y bohemios se alinearían con el militarismo que desembocó en la invasión de Manchuria y la alianza con Hitler, o terminarían en la cárcel, o se refugiarían en la atemporal tradición japonesa.

Ese fue el caso de Kawabata: luego de imprimirles un tono crepuscular, casi póstumo, a las últimas entregas de La pandilla de Asakusa (mucho más afín a las revistas de izquierda, que sabían que deberían cerrar en cualquier momento, que al vespertino más vendido de Tokio, convenientemente orientado a los nuevos vientos ideológicos que soplaban en la isla), Kawabata dejó la capital de Japón, como ya habían hecho Tanizaki y Akutagawa (uno para aislarse en las afueras de Kyoto y el otro para partir al otro mundo con una sobredosis de somníferos) y comenzó a convertirse en el que todos conocemos: el autor de País de nieve, El maestro de go, El sonido de la montaña, el preservador por excelencia del espíritu milenario de su país a través de la palabra, el sabio y distante maestro de Mishima, el primer premio Nobel japonés.

A partir de dicho viraje, sería cada vez más difícil vislumbrar en los libros de Kawabata esa picardía que tan francamente exhibe en casi todas las fotos que de él se conocen. A cambio nos dio mucho, es cierto --incluso después de muerto--. Pero La pandilla de Asakusa nos recuerda que hubo un tiempo en que Yasunari Kawabata se divirtió como un enano provocando y escandalizando a los bienpensantes de su época con las aventuras y desventuras de un grupo de descarados, inolvidables adolescentes autobautizados La Pandilla Escarlata de Asakusa.

Hubo, efectivamente, una vez en que Kawabata fue joven y alegremente atolondrado y cultor de lo efímero, y la bohemia y la marginalia del Japón bailó al son de la cacofónica, acelerada música que él hacía sonar desde su folletín en el Asahi Shinbun, tal como en pleno furor de los años '20 en Norteamérica un jovencito llamado Francis Scott Fitzgerald escribió en las páginas del Saturday Evening Post: "Yo pongo la música; ustedes bailen".

La pandilla de Asakusa
Emecé, 2007.
295 págs.

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