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Domingo, 28 de octubre de 2007

La casa Rusia

 Por Anna Politkovskaya

En sus discursos públicos, Putin juega con una fraseología chovinista y explota a fondo la idea de un Estado fuerte. Pero ¿cómo se manifiesta esta idea en lo concreto? Ciudadanos rusos, ¿de qué podemos sentirnos orgullosos?

En la Rusia de Putin hay pocos resultados positivos: la economía sigue estando dominada por los oligarcas y la protección social es inexistente. ¿Sobre qué bases puede construirse una política interior? Sobre la nostalgia de la “gran Unión Soviética” y sobre la nostalgia del Imperio, porque necesitamos sentirnos “grandes”. Y no hay nada mejor para ello que crear una nueva “zona de residencia” y sacarle partido ideológicamente.

Esto explica el torrente de estupideces con que el poder alimenta al pueblo: se habla de un “renacimiento del ejército nacional” en Chechenia, pero, de existir tal cosa, se trataría de una anarquía policial santificada por el Estado; se cultiva el mito de la “lucha contra el terrorismo internacional” y el de un pueblo checheno de mediana edad...

Tras el breve intervalo de Yeltsin, Rusia, amputada de sus “repúblicas hermanas” de la Unión Soviética, se sintió incapaz de vivir cómodamente sin tradiciones ni ambiciones imperiales. Rusia necesita “un pequeño” y “un malvado” para sentirse grande e importante. El goce orgásmico de ser una gran potencia se alimenta de la aniquilación del otro, de su humillación, lo cual se logra con absoluta impunidad. El principio es muy sencillo: ésta es la “zona de residencia” destinada a los “malvados” a los que es necesario “reeducar”, y ése es el resto del territorio ruso, donde viven los “buenos” y que en comparación con aquel infierno parece un paraíso.

Esta es la naturaleza de nuestro patriotismo neoimperial y neosoviético, adoptado por Putin y por todo el “poder vertical”. Hoy en día la mayor parte de nuestros gobernantes son Putin en miniatura que hablan de un Estado fuerte y de patriotismo, mientras fustigan a los “enemigos del pueblo”.

Todo esto parece irracional. Sin embargo, da frutos completamente racionales y tangibles, como cotas de popularidad bastante elevadas para las autoridades en general y para Putin en particular. Porque nos gusta mucho que nuestras autoridades se vean rodeadas por un ligero halo de “pasión” imprevisible. Poco importa que este halo envuelva a hombres cínicos y sanguinarios y poco importan las consecuencias. Nosotros sólo pensamos en el goce inmediato. Esta es la razón por la cual nuestros gobernantes no tienen visión a largo plazo y no brillan por su inteligencia. Putin no es una excepción. El mito de su inteligencia satánica no es más que una campaña de imagen destinada a Occidente. Y supongo que Europa y Estados Unidos lo acogen no por su inteligencia y su perspicacia, sino por su capacidad para “contener a Rusia” dentro de los límites que a ellos les conviene, sin preocuparse por los medios utilizados por el poder ruso.

Lo cierto es que Occidente no se molesta en reflexionar sobre el precio del “fenómeno Putin”, los derechos humanos en Chechenia, incluidos en este precio, la justicia sumaria convertida en norma en Rusia, la posibilidad de que exista un gueto en Europa en el siglo XXI...

¿Por qué? No tengo respuesta. Durante décadas, el mundo occidental se proclamó defensor de los derechos humanos y, de pronto, desde finales del siglo XX, Occidente ha adoptado un doble parámetro: existen unos derechos humanos canónicos e inalienables de uso occidental interno, y otros derechos humanos más flexibles, casi inexistentes, para los ex soviéticos, incluidos los chechenos víctimas de la dura arbitrariedad militar.

¿Cómo demostrarlo? Muy fácilmente. Entre los líderes de G-7 no veo nunca un presidente o un primer ministro que intente sacudir la palmera. No veo a nadie dar un paso al frente para decir: “Lanzo un ultimátum a Putin: ¡o pone orden en Chechenia y controla a su ejército, o dejamos de ser amigos!”.

Nadie lo hace. Y de esto se beneficia el jefe del Estado ruso, que puede así conservar su poder personal. Pero no confundamos este poder con toda Rusia. La Rusia bella, intelectual y poderosa paga igualmente el precio del “fenómeno Putin” mientras Estados Unidos, Europa y nuestro presidente son tan amigos.

Cada cual tiene derecho a pensar lo que quiera sobre la globalización, donde los intereses particulares priman sobre los intereses generales. Es en estos términos como concibo el “amor” entre Europa, Estados Unidos y Putin.

Pero se me ponen los pelos de punta cuando pienso que este “amor” carece de contrapeso, porque entonces recuerdo los rostros de personas a las que he conocido y han muerto como mártires en Chechenia... Han muerto en nombre de esta entente global fundada sobre la sangre de otros. Me acuerdo de Aichat acribillada con balas de uso prohibido, de los mechones de pelo arrancados de Malika, de la tumba de Vaja, que intentó proteger a los vecinos de su pueblo, Tovzeni...

Y me siento como un animal acosado.

Anna Politkovskaya fue una periodista rusa que cubrió el conflicto checheno, activista de derechos humanos y mediadora, en octubre de 2002, en el teatro de Moscú tomado por independentistas chechenos. Sobrevivió a un envenenamiento en Beslan y fue asesinada el 7 de octumbre del año pasado, día del cumpleaños de Putin. Alexander Litvinenko acusó al presidente ruso del crimen, poco antes de morir envenenado con polonio radioactivo. Estas líneas forman parte de La deshonra rusa (RBA), uno de sus libros que se consigue en las mesas de saldo de la Av. Corrientes.

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