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Domingo, 27 de octubre de 2002

MúSICA

El sonido y la furia

Buenas noticias: Primal Scream sigue levantando polvaredas. Después
de 17 años de carrera, con todos los diplomas necesarios para atrincherarse
en el panteón de los clásicos, los autores del decisivo Screamedelica vuelven al ruedo con Evil Heat, un disco profundo
y arriesgado donde la furia cambia de cara pero no de intensidad. El cantante Bobby Gillespie cuenta cómo se hace para seguir alborotando pasados los cuarenta.

POR MARIANA ENRIQUEZ

Meses antes de que Al-Qaida atacara Estados Unidos, Primal Scream tocaba en vivo un tema que probaban para su próximo disco: “Bomb The Pentagon”. El 11 de septiembre, efectivamente, bombardearon el Pentágono y empezaron los rumores: que habían incluido el tema en el nuevo disco, que después los habían echado del sello... Evil Heat, el nuevo trabajo de Primal Scream, no incluye el “Bomb The Pentagon” original, pero sí una versión algo diferente rebautizada “Rise”. Varios medios ingleses los acusaron de cobardes. El cantante Bobby Gillespie se enojó: “¿Alguna vez se expuso esa gente? No. Y yo sí. Hablé de muchos temas, me hice cargo de mis opiniones. Soy un compositor. Puedo decir que apoyo la causa palestina y también puedo sacar una línea de una canción si se me cantan las pelotas. La tocamos cuatro veces y jamás fue grabada. El gobierno británico está convirtiendo al país en un estado policial. ¿New Musical Express escribe sobre eso? No. Solamente están de mal humor porque no pudieron visitar a los Strokes en Nueva York después de 9/11. Despabílense, boludos, y déjenme en paz”. Luego, más tranquilo, concede: “La canción tiene muchas imágenes y significados que sonaría pretencioso explicar, pero si tengo que hacerlo diría que trata de la pornografía del militarismo y de la cultura de las drogas como mecanismo de control. Incluirla hubiera sido sensacionalista. Odiamos el militarismo y no queríamos que se interpretara que lo apoyamos”.
Es saludable que después de tantos años Primal Scream todavía sea capaz de levantar polvaredas. Son de la misma generación que U2 y R.E.M. (comenzaron su carrera en Glasgow, Escocia, en 1985), pero a diferencia de sus contemporáneos no tuvieron una madurez complaciente ni conformista. Aun cuando podrían haberla tenido, porque ya son una banda clásica. Primal Scream sintetiza el rock británico de las dos últimas décadas. Bobby Gillespie empezó como baterista de Jesus & Mary Chain y tocó en el mítico Psychocandy. No es extraño que mire con indiferencia a las bandas que hoy reviven el punk y el garage: él ya lo hizo todo antes. Fueron una de las primeras bandas fichadas por Creation Records, el sello de Alan McGee que tuvo a My Bloody Valentine, Ride, Boo Radleys, Oasis, y que cerró sus puertas en el 2000, poniendo punto final a toda una era del rock británico. En 1996 entró a la banda como bajista Mani, ex Stone Roses. Desde Xtrmntr (2000) colabora con ellos Kevin Shields (My Bloody Valentine). Parecen una armada de exiliados que, increíblemente, ya son cuarentones. Pero lo más importante de todo es que son los autores de Screamedelica (1991), un disco celebrado con justicia como clásico: quebró barreras, creó la síntesis dance/rock más perfecta hasta el momento y hoy suena tan novedoso como entonces. Trabajaron con el DJ Andrew Weatherhall y con Jimmy Miller, ex productor de los Stones (Exile on Main Street). El resultado fue un caleidoscopio de neopsicodelia, dance, dub, techno, acid house, rock, pop y soul que no tenía nada de pastiche. Fascinados con el pasado y experimentando con el presente, habían logrado un disco atemporal, casi insuperable. El espíritu de Brian Wilson, que quería “escribirle una sinfonía adolescente a Dios”, sobrevolaba el disco. También el de Los Rolling Stones (“Movin’ on Up” y “Damaged” eran puro Stones de los ‘70) y el de Arthur Lee.
En 1994 hicieron algo extraño: editaron Give out but don’t give up, un disco puramente stone a la manera de Black Crowes, y perdieron su fama de innovadores. Pero la recuperaron pronto, en 1997, con Vanishing Point. Algo había cambiado, sin embargo. El mundo de Screamadelica era hermoso, todo estaba bien, había que tomarse de las manos. Ya no había ningún verano del amor, como quedó claro en el brutal Xtrmntr (2000), un disco virulento de electrónica salvaje, funk químico y muchísimo ruido. Una guerra bailable. Pasaron del caleidoscopio multicolor a la violencia de los videojuegos. Los títulos lo decían todo (“Swastica Eyes”, “Accelerator”, “Kill All Hippies”) y el fervor revolucionario era muy distinto: un disco de drogas, de política, de ataques al statu quo, al capitalismo, al conformismo. Bobby decía: “La gente está totalmentedespolitizada. Hay toda una generación que sólo conoce la impotencia. Estamos hablando de una resistencia organizada, no de un pataleo estúpido. Gran Bretaña es un país opresivo. Aceptamos todo: estamos en un estupor tonto. Yo soy de la escuela de la oposición. Creo en el descontento civil, en el cambio social organizado. No estoy hablando de salir a la calle y tirarle molotovs a cualquier cosa. No somos tan naïve como para creer que un disco va a cambiar algo. Pero tenemos la oportunidad de darle algo distinto a una escena de rock conformista que agoniza. El negocio de la música está manejado por contadores. No hay gente loca o rara ni siquiera en las bandas. No sé cómo consiguen que todos los grupos suenen como Bryan Adams. Gente conservadora hace música conservadora para gente conservadora”.
Ahora llegó Evil Heat. La furia está más contenida pero sigue allí. Es el primer lanzamiento de rock británico con alguna profundidad y riesgo este año, lo que no es poco. Las influencias siguen siendo las de grandes melómanos: Seeds y Moby Grape (bandas garage de los ‘60), algo de Can, Faust, Neu! y Throbbing Gristle (bandas industriales-electrónicas), Jerry Lee Lewis, nuevamente los Stones, gospel, country. “Es una celebración de la vida, puede sonar cursi y tonto, pero es así”, dice Bobby Gillespie. Es difícil comprender qué entiende Gillespie por “celebración”. Evil Heat abre con “Deep Hit of the Sun”, una canción electrónica-industrial con guitarras que suenan como sirenas de la policía. “Rise”, con su letra fragmentada, un bajo obsesivo e influencias de P.I.L. (la banda de Johnny Rotten post Sex Pistols), tiene demasiada furia contenida. “City” parece un tema de los Stones pero a la velocidad de la luz. Más relajados están en “The Lord is My Shotgun”, un blues futurista que John Lee Hooker podría escribir en el 2020: allí toca la armónica Robert Plant, que aceptó encantado la invitación de participar en el disco. Otro invitado ilustre es Jim Reid, de Jesus & Mary Chain, que canta “Detroit”, un brutal homenaje a MC5 y los Stooges. Y la invitada sorpresa es Kate Moss, que hace un dúo con Bobby en el cover de “Some Velvet Morning”, de Nancy Sinatra y Lee Hazelwood, y que les granjeó más de una crítica. “No los entiendo”, dice Gillespie. “Es una gran idea. Es punk, es Serge Gainsbourg con Jane Birkin. No me importa. Kate Moss es más estrella de rock que cualquier boludo de una banda de las de hoy. Las estrellas de rock actuales parecen empleados de banco”. La sorpresa para los iniciados es la producción de Andrew Weatherall, que vuelve a meter mano por primera vez desde Screamedelica en canciones excelentes como la hipnótica “Autobahn 66” (con influencias de kraut rock) y “Scanner Darkly”, título tomado del libro de Philip K. Dick sobre un yonqui alucinado y confundido.
Así, cargado de heroína y confuso, pasó la mayor parte del tiempo Bobby Gillespie después de grabar Xtrmntr. Estaba tan mal que Alan McGee tuvo que ofrecerle un retiro de desintoxicación en Gales. Lo acompañó su novia embarazada, que acaba de darle un hijo bautizado Wolf. Gillespie ya está bien, listo para volver a presentar su música. Y dice que aprendió a contener sus ataques verbales. La relación rock-política es problemática: las bandas que no se meten son acusadas de frívolas; las que lo hacen, de hipócritas o ignorantes. Pero Bobby, como hijo de un sindicalista escocés veterano de la Liga Antinazi, tiene autoridad para hablar, y su opinión siempre fue respetada. De todos modos, ya no quiere que lo consideren un militante: “Nada de lo que diga cambiará la política de EE.UU. o del estado de Israel. No puedo seguir adelante con un alto grado de militancia. Es duro, tenés que ser muy extremo y vivir para eso y, en última instancia, estar dispuesto a dar la vida por lo que pensás. Tenés que ser un comando. No soy tan valiente. Por ahora voy a limitarme a creer que mi música es una forma de resistir. Ésta es mi manera de pelear con la estructura de poder. Quiero inspirar a la gente y hacerla sentir bien, ofrecerle algo que no sea predecible. Espero lograrlo.”

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