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Domingo, 4 de mayo de 2008

TEATRO > TODOS LOS MIEDOS, UN MANDAMIENTO HECHO TEATRO

Sé lo que hicieron el verano pasado

El ciclo Decálogo del Centro Cultural Rojas propone revisitar en clave teatral y contemporánea los diez mandamientos. Todos los miedos, dirigida por Romina Paula y escrita por Mariana Chaud, se encarga del segundo: “No tomarás el nombre de Dios en vano”. Y qué significa esto en un grupo de amigas en tiempos de una frivolidad impenitente.

 Por Mercedes Halfon

Los accidentes más conmovedores que se han visto en el cine responden en su mayoría a una ecuación de momento horrible, violento, tal vez musicalizado tal vez no, pero que despiertan una sensación feroz y terriblemente humana, una extraña vitalidad, seguida de congoja y en algunos casos muerte, en quienes lo estaban viviendo. Así sucedía en Crash, donde sus protagonistas incluso decidían procurarse un accidente como situación extrema y apetecible. En Corazón salvaje, en cambio, el accidente sorprendía a los protagonistas mientras escapaban de otra cosa, ellos sólo lo veían como una suerte de flashfoward de lo que podría ocurrirles o como una visión delirante provocada por las horas de viaje en la carretera. Laura Dern, después de que la chica con la cabeza rota se muriera en sus brazos, miraba a su novio y le preguntaba: ¿Por qué nos hizo esto a nosotros?

Todos los miedos podría ponerse junto a estas imágenes tan bellas, tan emblemáticas; hablar desde su título de todos aquellos miedos condensados: al aburrimiento eterno, a la soledad, a la muerte. La obra comienza en la oscuridad –otro terror atávico– con la vocecita temblorosa de Paola (Pilar Gamboa) llamando a sus amigas: “Barbi, Jaz, ¿están bien?”. Los nombres y el tono de la que habla ya dicen mucho de estas chicas, a las que parece les sucedió algo tremendo. “¿Están bien, están bien? ¡Contesten!”. Las luces se encienden y vemos un auto completamente destrozado, y a su alrededor, iluminado con un tenue azul, pedazos de fierros, algunos bolsos en posiciones azarosas, y más allá un cuerpo boca abajo. “¿Chicas?”, dice ya desesperada desde el auto. El cuerpo lejano comienza a moverse, a levantarse, ponerse un cangurito rojo, unas ojotas y recién ahí contesta “Acá estoy”. Ella es Jaz (Laura Paredes) y a partir de este momento la historia rondará alrededor de estos dos personajes, Pao y Jaz, dos chicas de veintipico, y de todas las cosas que les pasaron ese verano en el campo antes de ir por ese camino de tierra en la noche y ser embestidas por una vaca.

La obra, dirigida por Romina Paula, sobre un texto de Mariana Chaud, forma parte del ciclo Decálogo, indagaciones sobre los 10 mandamientos, del Centro Cultural Rojas, para el cual fueron convocados diez directores y diez dramaturgos a los que se les asignó un mandamiento en particular del que debía nacer una obra. Todos los miedos está basada en el segundo de ellos, que reza “No tomarás el nombre de Dios en vano”. Hay algo en el enunciado que suena a advertencia: hay un peligro en la frivolidad, la advertencia está hecha con la intensión deliberada de generar temor. Ser frívolo tiene sus consecuencias, podría traducirse hoy la frase (mandamiento), y éstas pueden ser terribles.

Desde el inicio de la obra, cuando vemos de qué manera están las protagonistas luego del accidente –peinadas, sin siquiera la pintura corrida, con sus shorts blancos impecables–, hay algo del accidente que, precisamente, nos hace ruido. A pesar de que una está lastimosamente atrapada en el interior del coche, y que otra (la tercera tripulante) ni apareció, la gravedad de la situación no implica un verdadero dramatismo. Da la impresión de que las chicas están demasiado bien. Incluso con energía para hablar de problemas sentimentales con un tal Nacho, discutir, contar los últimos acontecimientos cuando algunas de ellas fueron al río con unos chicos, incluido Nacho, dejando a otras excluidas.

Está claro que al estar varadas en el medio de la ruta, lo que va a convertirse en acontecimiento es el afuera, lo que pasó antes, las relaciones entre ellas, pero igualmente comienza a inquietar la frialdad o acaso la estupidez con la que van aproximándose a lo que les pasó.

Son más importantes las pequeñas traiciones que antecedieron a esa noche, que esa situación extrema y mortal. El castigo divino no es a la frivolidad, sino que es la frivolidad misma. El tema con estas chicas tampoco es claramente la tontería: es el sentimentalismo que se pone en el lugar de la sensibilidad. Así el bello momento crudo y trágico pasa en vano, sin dejar siquiera marcas en la piel.

Todos los sábados de mayo a las 23 Sala Cancha Centro Cultural Ricardo Rojas, Av Corrientes 2038 $ 20.

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