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Domingo, 4 de mayo de 2008

FAN > UNA ESCRITORA ELIGE SU ESCENA DE PELíCULA FAVORITA

Lágrimas en la lluvia

 Por Sylvia Iparraguirre

No sé cuántas veces vi Blade Runner. Siempre hay una noche en que algo en al aire me dice que quiero volver a verla. Como la poesía, esta película no es para cualquier momento. Hay una secuencia que me lleva a la escena que quiero contar, la del final. “Questions”, dice con sonrisa irónica Roy (un albino Rutger Hauer) ante la cara vieja y oriental del fabricante de ojos: “¿Morfología?, ¿fecha de inicio?, ¿longevidad?”. Es un replicante el que pregunta, la exacta copia de un hombre, una obra maestra de la ingeniería genética, un Nexus 6 construido para la guerra, para el trabajo esclavo en las colonias galácticas. La pregunta central es: ¿Cuánto tiempo tengo?, ¿cuánto viviré? Casi con ternura el fabricante de ojos lo mira: “Yo hice tus ojos –contesta–, es lo único que sé”. Sólo el “padre”, el Creador, podrá responderlas; sólo Tyrell, el genio de la Corporación Tyrell –cuyo lema es “Más humano que el hombre”–, tiene el secreto de la vida y la muerte de los replicantes. Por fin, el androide y su creador están frente a frente: “Quiero más vida”, exige Roy. Como en las antiguas mitologías, el Dr. Tyrell contesta en enigma: “La luz que brilla el doble dura la mitad, y tú has brillado mucho, Roy”. Como en las antiguas mitologías, la criatura se rebela contra el dios falible que lo creó y lo mata, le aplasta la cabeza con las manos; Roy está hecho para eso, para no tener piedad. Todo sucede en una ciudad de sueño que es el futuro y que se parece al presente. Llueve y una tristeza cenicienta envuelve a los personajes y a los edificios y a las calles; la luz tamizada por la bruma es una presencia corpórea en los cuadros imborrables de Ridley Scott: ventiladores de lentas aspas cortan haces de luz donde se enciende la música de Vangelis. En el horizonte marcado por la ciudad interminable, explosiones de fuego perforan la noche. La trama de la cacería entre el Blade Runner Deckard (Harrison Ford) y el último replicante va a concluir en la cima de un antiguo edificio abandonado. La persecución se invierte. El poder físico del Nexus 6 aterroriza a Deckard, que huye entre chimeneas oscuras y el vapor que nace del cemento mojado. Palomas dormidas chocan contra paredes tapiadas. Deckard parece no tener ninguna chance de sobrevivir; el replicante le ha quebrado casi por diversión los dedos de la mano derecha; un momento después, la propia mano de Roy falla, como inequívoca señal de que su fin está cerca. Para que su mano no se entorpezca, la atraviesa de lado a lado con un clavo real y también simbólico. Ahora Deckard cuelga de una viga en el vacío, y cae. Roy lo atrapa en el aire: le salva la vida con su mano atravesada por el clavo. Su otra mano sujeta con suavidad una paloma blanca. La cara de Roy es de un infinito cansancio. Mira al hombre (su creador, al fin y al cabo) y la ironía vuelve a brillar en su cara mojada por la lluvia: “He visto cosas que ustedes no creerían. Naves ardiendo más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de La Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir...”. La cabeza de Roy se inclina sobre el pecho. La paloma, libre, vuela hacia lo alto, hacia un cielo que, sólo por un segundo, parece azul.

Una antología ideal debería incluir, para mí, dos obras maestras: Solaris, de Stanislaw Lem, y ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick. La primera fue llevada al cine nada menos que por Tarkowsky; la segunda tuvo la fortuna de ser filmada por Ridley Scott. El encuentro dio como resultado algo parecido a la perfección.

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