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Domingo, 18 de mayo de 2008

PAGINA 3

Fábulas sin moral

 Por Eduardo Berti

De no haber existido Leonardo Da Vinci, es probable que Leone Battista Alberti hubiese ocupado su lugar como estereotipo de hombre del Renacimiento. Nacido en Génova, en 1404, muerto en Roma, en 1472 (cuando Leonardo tenía apenas 20 años), Alberti fue principalmente arquitecto, matemático y poeta, aunque también supo desempeñarse como arqueólogo, lingüista, músico y filósofo.

Alberti hizo aportes fundamentales a las artes plásticas y a la arquitectura: en De statua analizó las proporciones del cuerpo humano, en De pictura definió las leyes de la perspectiva y en De re aedificatoria estableció los cánones de la arquitectura moderna. También plasmó tratados sobre la familia (De familia), la lengua (Grammatichetta), el amor (Ecatonfilea, Deifira, Sofrona...) o las matemáticas (Ludi matematici). En paralelo, desde muy joven se consagró a la literatura: escribió una comedia autobiográfica (Amante de la Gloria) y una novela satírica (La moral y muy graciosa historia del Momo), ambas en latín, además de una suerte de elegía en broma (Canis) en memoria de su perro muerto y varios elogios en la tradición del Elogio de la mosca, de Luciano.

En la vasta obra literaria de Alberti destacan, como perlas raras, las pequeñas fábulas sin moraleja llamadas Apologhi centum (Cien apólogos), muy poco conocidas por los lectores de lengua española. Según lo quiere la leyenda, estas cien microfábulas fueron escritas bajo el influjo de la fiebre en apenas una semana, entre el 16 y el 24 de diciembre de 1437.

El modelo para las fábulas de Alberti parece haber sido el griego Esopo, a quien está dedicado el libro. Dos especialistas en literatura medieval y en la obra de Alberti (David Marsh y Consolación Baranda) han afirmado que, si bien el género de la fábula gozó de enorme popularidad durante la Edad Media, la traducción al latín de la obra de Esopo (publicada en Verona hacia 1479) fue determinante para que algunos humanistas empezaran a redactar nuevos apólogos en prosa. El primero de ellos fue Alberti (aunque sus Apologhi centum datan de antes de esta traducción) y otros siguieron sus pasos: Bernardino Baldi, Marsilio Ficino, el mismísimo Leonardo Da Vinci (cuyas fábulas siguen causando sorpresa) y especialmente Bartolomeo Scala, autor de apólogos inspirados en los de Alberti: “Al preguntársele por qué conservaba tan bien el fuego, la ceniza respondía: ‘Para no ser ingrata con quien me hizo nacer’”.

Desde tiempos antiguos existen, a muy grandes rasgos, dos clases de fábula: las fábulas apólogas y las fábulas milesias. Las primeras apuntan a alguna enseñanza, casi siempre moral; las segundas (así llamadas a partir de Arístides de Mileto) suelen definirse mediante dos rasgos centrales: buscan “divertir” al lector en vez de dejar una moraleja, y su contenido es más bien “licencioso” (cuando no erótico), como en el caso del Asno de oro de Apuleyo.

La originalidad de Alberti es tal que sus fábulas burlan ambas categorías y se ubican en una zona intermedia, más cercana a lo que hoy se entiende como “fábula sin moral”. Son “milesias”, podríamos decir, no por su tono subido sino porque a menudo eluden la moraleja o no la explicitan como era la regla en aquellos tiempos. En un breve prólogo a sus Apologhi centum, el propio Alberti admite que algunas de sus fábulas plantean un mensaje “ambiguo” y que por ello conviene leerlas más de una vez, aunque esto pueda causar “gran fastidio”. En el prefacio a la traducción francesa de los Apologhi, Pierre Laurens cita como antecedente un pequeño libro publicado en la Grecia Antigua y llamado Philogélos (“Amigo de la risa”) donde puede leerse, por ejemplo: “Un hombre, que deseaba vender su casa, se paseaba por la plaza exhibiendo un ladrillo, a modo de muestra”.

Lo que hace Alberti con la fábula no es tan distinto de lo que ocurrirá siglos después con el género del aforismo, el cual de un uso próximo a la máxima “apóloga” (Pascal, Montaigne) pasará (con Liechtenberg, Karl Kraus, Alphonse Allais o Gómez de la Serna) a un empleo cada vez más lúdico o, al menos, apartado de la intención didáctica. Escritas hace más de 500 años, las fábulas de Alberti poseen elementos asombrosamente actuales, que las vinculan con el arte de las “fábulas sin moral” que en el siglo XX supieron cultivar Kafka, Ambrose Bierce o Italo Svevo, entre otros. Igual de actual es esta frase que se le adjudica a Alberti: “Los buenos libros son aquellos que el lector escribe a medias”.

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Un vanidoso, frustrado porque su imagen en el espejo no
lo había saludado, se enfureció y lo miró con insolencia,
pero como la imagen respondió haciendo lo mismo golpeó
con fuerza el espejo y lo destrozó. Tras ello se sintió afligido
de haber multiplicado la cantidad de hombres que le hacían burla.

Un náufrago acusó de hurto al Océano y probó su culpabilidad delante de la Justicia. “Ven a visitarme –respondió el Océano–,
no impediré que recuperes tus cosas cuando quieras.”

Una flauta estaba obturada por el polvo. “Nosotros, los poetas –dijo–, no cantamos cuando estamos con la panza llena.”

Un emperador depositó en un templo, con los más grandes
honores, la flecha que había matado al rey de los enemigos.
El arco se lamentó: él era el principal artífice de la hazaña y
nadie le rendía homenaje.

La trompeta le preguntó a la diosa Eco: “Tú que eres siempre
tan atrevida, ¿por qué no le respondes al trueno?”. La diosa
Eco contestó: “Cuando Júpiter está en cólera, mejor callarse”.

Como era ágil y brillante, la chispa creyó que iba a convertirse
en una estrella, pero se apagó.

 
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