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Domingo, 22 de junio de 2008

ARTE > EL PROYECTO DE VALENTINA LIERNUR EN LAS ESCUELAS

Sólo los chicos

Las grandes bienales y muestras de vanguardia del mundo ya abordaron el problema, pero es justamente acá, en Argentina, que esa tendencia e inquietud encuentra una de sus encarnaciones más emblemáticas y genuinas: ¿cómo llevar el arte a los adolescentes esquivando la bobada publicitaria, la angurria de los esponsors sin llevarlos de prepo a un museo? Valentina Liernur lo llevó directamente a los colegios.

 Por Claudio Iglesias

En el arte actual no faltan fenómenos globales con articulaciones locales, pero nunca ocurre que una tendencia internacional tenga de entrada una expresión ejemplar en Argentina. Y es así entre otras cosas por la diferencia radical entre las condiciones de trabajo de los artistas argentinos y las de sus colegas extranjeros. Esta “imponderabilidad” de la producción local hace que, allí donde podría leerse un mero eco del batifondo del mundo, nos encontremos en verdad frente a trabajos con más capas de lectura: como si en lo que tiene de mimético y transocéanico el arte que se produce en Buenos Aires pudiera esconderse lo que lo hace genuino e intraducible.

Es llamativo en este sentido un trabajo reciente de Valentina Liernur, Proyecto Secundario, destinado a llevar arte contemporáneo a las escuelas medias de la ciudad y que (con el apoyo del Fondo Nacional de las Artes) ya tuvo una primera escala en la Goethe Schule a comienzos del otoño. El trabajo se acopla a un perceptible viento de atención internacional por lo que los artistas pueden hacer en las escuelas: pensemos en el proyecto de discusión y armado de talleres en secundarias de Alemania en el marco de la Documenta del año pasado, o en el programa que Luis Camnitzer estipuló para las visitas escolares a la última Bienal do Mercosul (Porto Alegre, 2007), con el foco puesto en el trabajo en clase sobre las obras expuestas. Dos iniciativas que, desde el corazón de la institución, buscaban irrigar los vasos comunicantes atrofiados entre el arte contemporáneo y la mirada de los más jóvenes.

Heavy Mental de Gastón Pérsico, montado en el aula de música del colegio.

Para contrastar este escenario de interés institucional en la enseñanza pública de arte con el proyecto de Liernur alcanza con unas pocas preguntas: ¿Cómo acercar el arte a las escuelas en un país como Brasil, que cuenta con una red de apoyo estatal y privado, museos, colecciones y bienales impensables en nuestra coyuntura? ¿Cómo hacerlo desde la Documenta, una de las usinas centrales del arte y la crítica a nivel mundial? ¿Y cómo hacerlo en Argentina, un país que ni siquiera tiene una escuela de arte contemporáneo? Pero sobre todo, ¿para qué golpear la puerta de una secundaria? ¿Qué ir a buscar? Esto fue lo que Liernur tuvo claro desde el comienzo: no poner el foco en la escuela como institución ni en el arte como contenido, sino en los adolescentes como público. El objetivo básico de la artista era comunicarse con ellos y llevarles algo: no hacer una obra sobre adolescentes ni con adolescentes, sino hacer algo para ellos. Concretamente, Liernur organizó una muestra en la escuela que la tuvo como curadora y protagonista principal: pintó doce cuadros para la ocasión y convocó a un puñado de artistas para que exhibieran o desarrollaran una actividad en el lugar, como fue el caso del proyecto Campo del Cielo de Guillermo Faivovich y Nicolás Goldberg (la investigación sobre un reservorio de meteoritos en Chaco), presentado en formato charla. ¿La meta? Entusiasmar: “Que se copen”, dice Valentina. Sus retratos carnosos de personajes extraídos de revistas de moda, monstruosos e indolentes tras sus máscaras, así como los dibujos hechos con marcador de Diego de Aduriz y el mash-up de rock pesado y filosofía francesa de Heavy Mental de Gastón Pérsico (montado en el aula de música del solemne colegio), todo esto habla de una pregnancia de la experiencia adolescente en buena parte del arte argentino joven, pero sobre todo de una vocación muy atendible de parte de la artista en el sentido de abrir el juego e interpelar a un público que no visita habitualmente galerías de arte. Y no hacerlo desde un programa institucional, sino desde una búsqueda de comunicación más visceral: llenar de arte el espacio, no para “intervenirlo” sino para llamar la atención de quienes lo transitan a diario. No site-specific, dice Valentina, sino public-specific. “La idea era pasar el rato, no fue algo pedagógico, fue más como un recreo”.

En el presente contexto de integración del arte contemporáneo con todo tipo de iniciativas de base comercial y finalidad publicitaria, hay algo que anotar en el empeño de Liernur por ir a encontrarse con los chicos en la escuela, y no en festivales de música o mega recitales esponsoreados por multinacionales ávidas de obra posconceptual que las ayude a posicionar nuevas y nuevas generaciones de productos frente al decisivo mercado joven. Buscando espacios y públicos, Liernur apuesta a encontrarse con los adolescentes en otro terreno que el de las publicidades de celulares. Con un lenguaje esencialmente sensible y plástico, su proyecto da combate en este terreno: no el de los contenidos de enseñanza sobre arte ni el de las instituciones como problema, sino el de la capacidad que hoy en día puede tener el arte para instigar experiencias de percepción y discurso en entornos humanos que no le son usuales.

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Una de las obras de Liernur llevadas al secundario.
 
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