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Domingo, 5 de octubre de 2008

La mirada del adiós

Paul Newman fue muchos y muchas cosas: hizo más de cincuenta películas como actor, dirigió un par memorables, se convirtió en un icono indiscutible del progresismo norteamericano, fue el menos sufrido del genial grupo del Actor’s Studio, jamás dejó de trabajar y, sobre todo, fue para muchos el hombre de una belleza atemporal que le permitió atravesar cinco décadas de cine de un modo tan digno como canchero. Por eso, Radar invitó a escritores y periodistas a elegir su Newman favorito y recordarlo del modo que más les gustó.

 Por Rodrigo Fresán

¿Cómo recordar a Paul Newman? O mejor: ¿A cuál Paul Newman recordar? ¿Al protagonista de tantas “una de Paul Newman”, porque en realidad el director no importaba tanto y porque, en más de una ocasión, era Newman quien salvaba al asunto de la catástrofe y ruina? ¿Al actor de mínima pirotecnia y máximo fulgor? ¿A su afecto especial antes y durante y más allá de la era de los efectos especiales? ¿Al que aunque hiciera de estafador, cowboy, genio del pool, detective privado, arquitecto, policía, boxeador, presidiario o lo que venga nunca dejaba de ser Newman aunque siempre fuera, también, sin lugar a dudas, todos ellos? ¿A uno de los pocos que debutó en el cine de estudio, descolló en el cine de autor, mantuvo el tipo en el cine de productor de los ‘80 y fue honrado por el cine indie del cambio de milenio? ¿Al único que llevó a cabo la hazaña de ser sex-symbol multigeneracional deseado simultánea y progresivamente por hijas y madres y abuelas? ¿A esa especie de confiable Doctor David Banner para el inestable Hulk de Marlon Brando? ¿Al hermoso profesional sin las “complicaciones” de Montgomery Clift o James Dean o la bravuconería de Steve McQueen? ¿Al marido legendario y el padre de hijo suicida “accidental”? ¿A la carita benefactora y caritativa en las etiquetas de condimentos para ensaladas o el megatragador de 50 huevos duros en Cool Hand Luke? ¿Al tipo que junto a Robert Redford –en Butch Cassidy y el Sundance Kid y El golpe– resucitó y modernizó la buddy-movie empujándola hasta nuestros días? ¿Al corredor de carreras desenmascarado y perfil inspirador del súper-héroe Linterna Verde? ¿Al hombre crítico y comprometido detestado por Nixon sin por eso dejar de ser un legítimo y patriótico all american classic? ¿Al que para, por fin, ganar un Oscar (los “honoríficos” no cuentan) tuvo que apretar sus dientes para que brillaran los colmillos de Tom Cruise? ¿Al que hace unos años la revista Vanity Fair tuvo la osadía de señalarle a Matthew McConaughey como su sucesor (por ahí, antes, había pasado Kevin Costner como el efímero nuevo Gary Cooper) y despertar la ira e indignación de sus lectores ante semejante blasfemia? ¿Al noble rostro patricio que se fue arrugando y despidiendo de a poco, en roles cada vez más crepusculares –detective cansado en la no en vano titulada Twilight, empresario feroz en The Hudsucker Proxy, gangster patriarcal en The Road to Perdition, loco lindo de pueblo feo en Nobody’s Fool y Empire Falls con Richard Russo de alcalde– hasta acabar como voz de un auto alguna vez favorito pero ahora escondido a un costado del camino en Cars? ¿A la sonrisa blanca y ojos azules (y, digámoslo, daltónicos)?

Lo de antes: hay muchos y hay varios otros además de estos. Y no es fácil elegir entre sus personajes. Entre las personas que le conocí sin conocerlo a él –aunque Newman nunca dejaba del todo de ser Newman, para él nada de maquillaje o de aumentar o de bajar de peso– me cuesta, en principio, decidirme. Ahí están el cansado espía Joseph Rearden en El emisario de Mackintosh de John Huston, el William F. Cody alucinado por su propia leyenda en Bufalo Bill y los indios de Robert Altman, el reprimido y represor Walter Bridge en Mr. and Mrs. Bridge de James Ivory, o el Michael Gallagher soportando a la insoportable Sally Field en Ausencia de malicia de Sydney Pollack (película para mí inolvidable porque cuando entré a verla al Gran Rex íbamos ganando y al salir habíamos perdido la Guerra de las Malvinas y todo eso).

Es entonces cuando me acuerdo del abogado alcohólico Frank Galvin, ese hombre inocente pero tan culpable del crimen de haber matado a su propia vida. Ese condenado juzgado por todos aunque ningún jurado lo condenaría porque le alcanzaba con la cadena de su propia y perpetua sentencia. Me acuerdo de Paul Newman en El veredicto –de 1982, dirigida por Sydney Lumet, guión de David Mamet basado en la novela de Barry Reed– y, sí, así y aquí voy a recordarlo jurando y dando testimonio de que lo que sigue es la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

En El veredicto Newman es, por una vez, un perdedor verosímil. El actor lo intentó varias veces a lo largo de su carrera sin conseguirlo: el vencedor serial en la realidad se filtraba siempre por entre las grietas del derrotado en la pantalla. Pero en El veredicto, Newman logra perder por más que, al final, su personaje gane un caso millonario de mala práctica en un hospital regenteado por la Iglesia. A exactamente eso -–esa novedad, ese milagro, ese éxito de ver derrotado a Newman– se refiere David Thomson en su indispensable y subjetivo The New Biographical Dictionary of Film. Allí Thomson afirma que nunca le gustó Newman porque es “como si se sintiera culpable de su apostura y encanto” en buena parte de sus films luciendo como mejor candidato a “impecables avisos publicitarios que a buenas películas”. Aun así, Thomson rescata a Frank Galvin y a El veredicto donde “la luz invernal de Boston consigue atravesar su máscara y encontrar un alma desnuda. El veredicto es una película que atormenta al espectador porque se las arregla para demostrar que Newman es capaz de bajar la guardia y mostrar su intimidad”. Así, Frank Galvin como versión apaleada y on the rocks del Atticus Finch de Matar a un ruiseñor varios años antes de que Scott Turow y John Grisham recuperaran algo de glamour ético para una de las profesiones más moralmente ambiguas del mundo.

Newman fue candidato a un Oscar por este rol -–se lo robó Ben Kingsley por Gandhi– y leo que el primer candidato para Frank Galvin fue Robert Redford (como él, otro genio de la técnica micro-macro de interpretación), pero el actor se mostró incómodo con ciertos aspectos del guión y decidió pasar. Mejor así. No me imagino a Redford ahí adentro, apoyándose –si mal no recuerdo– contra esa máquina de pinball en los títulos del principio o del final o en ambos; antes y después de haber sido traicionado por una mujer fatal que lo deja roto para paladear el sabor de una victoria amarga. Pero la auténtica conquista es otra: Frank Galvin sabe –y nosotros sospechamos– que no volverá a ocurrir. Que no habrá más gloria. Que eso fue el tiro de gracia y el canto no del cisne sino del ganso en la botella de Ballantine’s. Que ganó el juicio pero que va a perder la razón en ese oficio de mierda. Que hasta ahí llegó, sin descendencia conocida o reconocida (aunque Michael Clayton –George Clooney es lo más parecido que tenemos a un astro clásico en estos tiempos tan modernos– podría ser hijo bastardo de Galvin: otro vencido público y campeón en privado) y que ahí empieza el largo adiós y la tristeza y la soledad del final. Todo indica, según sus declaraciones, que Newman pensaba más o menos lo mismo de la fauna hollywoodense y las cortesías de alfombra roja. Y así –como Frank Galvin, pero construyéndose en lugar de destruirse– hizo la suya a su manera. Así, a la hora del veredicto, nadie puede acusar de nada a Paul Newman. Fue –desde el principio hasta el final del proceso– un inocente jamás ingenuo y siempre sabio en sus juicios y acciones.

Escribo esto y me vienen imágenes de la película: los corredores de un hospital, las escaleras de un tribunal, Jack Warden detrás de un escritorio, Charlotte Rampling fumando, los sinuosos argumentos del abogado por la defensa (James Mason), el mal disimulado desprecio del juez (Milo O’Shea), la valentía de esa enfermera (¿era Lindsay Crouse?) que no se lleva el dedo a los labios y se niega al shhhhh..., la familia de una chica en coma preguntándose cómo es que escogieron a ese Frank Galvin que podría llamarse Jack Daniel’s, ese secuencia del juicio en la que Frank Galvin hace justicia y salgo corriendo hasta mi videoclub para calmar la impostergable sed de volver a verla. Es mañana de sábado, aún no saben allí que todo acabó, no se ha oído el ¡corten! y no se organizan las retrospectivas domésticas del THE END: tienen casi todas las de Paul Newman; pero no El veredicto.

“Se perdió”, me dicen.

Así, el perdido Frank Galvin volvió a perder.

Brindo a su salud y –se levanta la sesión– I rest my case, rest in peace.

Silencio en la sala.

Es palabra de Paul

Sobre Butch Cassidy & The Sundance Kid (1969)

“Hasta el último minuto yo pensé que iba a interpretar a Sundance. Me sabía todas las líneas de Redford. Es una película donde ya no se puede separar realidad de ficción, ni siquiera en los papeles. Yo iba a ser Sundance porque Marlon Brando iba a ser Butch, y a último minuto se cambió. Pero salió bien. Es una historia de amor entre dos hombres. Una buddy picture. Hace poco me llamaron de un programa de radio local, me dijeron por qué no hacer otra película con Redford, por qué no hacer Propuesta indecente 2. Yo pregunté: ‘¿Y eso cómo funcionaría?’. Me dijeron: ‘¿Se acostaría con Redford por un millón de dólares?’. Yo le dije: ‘¡Claro, como un cohete!’. Por Dios, me acostaría con un gorila por un millón de dólares. En cualquier caso, esto llegó a los diarios, y aparentemente, Redford recibió una llamada. Le dijeron: ‘Aparentemente Newman acaba de decir que se acostaría con usted por un millón de dólares’. Hubo una larga pausa, y Redford contestó: ‘No es suficiente plata’.”

Marlon Brando y Somebody Up There Likes Me (1956), de Robert Wise

“Me pidieron hacer la historia de Rocky Graziano, y terminé viviendo con él un par de semanas, trabajando con él. Mucha gente dijo que yo estaba imitando a Brando en la película. Y hay una historia interesante que salió de eso. Rocky dijo que en un momento, por la misma época, había visto a este joven en el gimnasio Stillman que lo observaba, y le hablaba cerca de los lockers, escuchaba sus conversaciones, miraba sus movimientos. Finalmente se le acercó y le dijo: ‘¿Le gustaría ver esta obra en la que estoy?’. Y él le preguntó: ‘¿Qué obra?’. El chico le dijo: Un tranvía llamado deseo. Siempre me gustó pensar que Marlon y yo estábamos estudiando al mismo tipo.”

La preparación para un papel

“Me gusta ensayar, y me gusta prepararme mucho más que estar frente a la cámara. En algunas ocasiones me encerraba en un hotel con doce botellas de Budweiser para ver hacia dónde me llevaba determinado personaje. El 90% de este descubrimiento era inútil, aunque parecía excéntrico y excitante entonces. Pero el 10% era de un lugar que yo no conocía. No lo recomiendo, pero en mi caso me llevó por caminos que de otra manera yo no hubiera explorado. Ya no tengo que hacerlo, gracias a Dios.”

Orson Welles y The Long Hot Summer (1958), de Martin Ritt

“En esta película trabajé con Orson Welles. Orson era maravilloso. Era diabólico. Estaba desconcertado. Joanne estaba en la película, también Anthony Franciosa, éramos todos del Actor’s Studio. Había estas búsquedas, estas conversaciones, esta cosa orgánica, y Orson le dijo a Martin Ritt, el director: “Siento que estoy andando en triciclo dentro de un barril de melaza”. Pero era el mejor. Tenía más inteligencia y habilidad que cualquiera que haya conocido. Orson siempre conseguía estar en plano. Siempre se ubicaba bien. Si era la escena de otro, era la escena de Orson.”

Ser un galán

“Alguna vez me definí como un actor de carácter. Sospecho que cuando lo dije tenía una personalidad amorfa, sin forma, que les robaba pequeñas partes a los personajes que interpretaba, y ese era el rostro que le mostraba al público. Mi trabajo cambió. Creo que odiaba ser definido como un ‘galán’. Sentía más afinidad en personajes como en The Hustler. Supongo que me atraían menos los personajes donde, bueno, donde me interpretaba a mí mismo. Me gustaría decir que elegía mis personajes, que había alguna definición. Muchas veces era como: ‘Es abril, hay que trabajar’, y uno elegía el mejor guión que ofrecían. En ocasiones, uno tenía suerte.”

Actuar

“La actuación no me sale natural. Soy cerebral, no soy intuitivo como Joanne, mi mujer. Para mucha gente, actuar es algo que les nace, y tienen el talento de salir y entrar de los personajes. Actuar para mí es como cambiar el curso de un río, es doloroso, sencillamente no tengo el talento, me preocupa y me culpo en cada actuación. No lo digo irónicamente, ni para hacerme el humilde. No sé para qué cosas tengo talento, salvo quizá para la tenacidad. Y siempre quise ser un deportista, hice esquí, boxeé, hice lucha, jugué fútbol y todo lo hice mal, muy mal. Sólo podía bailar con una persona, con Joanne. Nunca tuve gracia física alguna. En lo único que encontré gracia fue en los autos, y quizá por eso me enganché en el automovilismo. Nunca sentí que tuviera un don, para nada. Menos para actuar. Pero era algo que quería, y que quería con muchas ganas, algo que perseguía. Si tuviera que definirme como perro, sería un terrier: ellos saben trabajar sobre un hueso. Por supuesto, siempre sentí resentimiento por la gente que tenía esa intuición, ese instinto de actor. Esa dirección, esa facilidad para acceder a su instrumento, o esa preparación en sus historias de vida, en sus experiencias. Intentar saber qué me hacía accesible, cómo estar presente creo que fue la trayectoria más larga que tuve que viajar. Y creo que llegué, muy recientemente. No me gusta ver mis primeras películas, para nada.”

Sobre Martin Scorsese

“De él tuve una de las mejores lecciones que alguna vez recibí de un director. Estábamos haciendo una escena en un bar, hicimos una toma, y él dijo ‘corten’, y empezó a caminar en círculos como un pollo buscando un grano de maíz. Me dijo que la hiciera otra vez. Lo hice, y él volvió a su danza circular. Tres, cuatro, cinco, seis veces. Le pregunté. ‘Marty, ¿qué querés?’. Y me dijo: ‘No trates de ser gracioso’. Así que me saqué el puñal de la espalda y le hice caso. Es una gran tentación, tratar de hacerse el gracioso en una escena graciosa.”

Estas declaraciones están tomadas de la entrevista que le hicieron en Desde el Actor’s Studio y que salió al aire el 14 de agosto 1994; fue el segundo programa del ciclo.

Hoy a partir de las 15 hs. TCM dará en continuado Lady L., Infierno en la torre, El golpe, La gata sobre el tejado de zinc caliente y Cortina rasgada.

A las 21, Film&Arts emite el documental de Newman junto a Redford y después, Cortina rasgada.

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No es Marlon Brando, no es James Dean, no es Montgomery Clift... P.N. sobre dos ruedas, quizá antes de descubrir que su verdadera pasión eran los autos.
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