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Domingo, 26 de octubre de 2008

La vuelta al pago

Acaba de volver a sus raíces con un disco de folclore llamado Baile en el cielo, donde homenajea a sus padres Hugo Díaz y Victoria Díaz y a su tío Domingo Cura. Y junto a este reencuentro, Mavi Díaz recuerda su infancia en las peñas, su adolescencia en la escena porteña paracultural de los años ochenta, su éxito como estrella pop femenina y los años en Madrid, cuando llegó a componer hits que vendieron 400.000 copias y fue entrenadora vocal de Joaquín Sabina y La Oreja de Van Gogh.

 Por Juan Andrade

Los primeros recuerdos musicales de Mavi Díaz se remontan a esa nebulosa temprana de la que, a lo sumo, se pueden rescatar una sensación, un olor, una voz. “Era muy chiquita. Tenía tres años y me acuerdo que me gustaba ir al backstage de las peñas y los festivales con mis padres, para escuchar cómo ensayaban los cantantes”, dice. Mavi habla rápido, con un tono casi infantil. Cuando termina de pronunciarlas, algunas frases resbalan de su boca con un leve acento que delata una década de residencia española. Ahora, por ejemplo, mientras su memoria se enciende con flashes nítidos que iluminan la entrevista: “El primer disco me lo compré con una plata que me habían regalado cuando cumplí ocho años. Era un simple de Buenos Aires 8, un grupo vocal que hacía ‘Muerte del ángel’ y ‘Buenos Aires Hora Cero’ de Piazzolla. Lo ponía y sacaba las voces. Y eso se repitió como un loop a lo largo de toda mi vida. Me llamaban la atención los arreglos vocales y, por eso, ya en el colegio era la directora del coro”.

Tanta evocación de los orígenes viene a cuento de Baile en el cielo, el recién lanzado disco de folclore de la ex Viudas e Hijas de Roque Enroll. “A mis padres, Hugo Díaz y Victoria Díaz, y a mi tío Domingo Cura, cuyas almas bailan en el cielo”, escribió en la dedicatoria del álbum. La hija del gran armoniquista llegó a grabar estas piezas firmadas por Andrés Chazarreta, los Hermanos Abalos y otros, junto a su no menos grande tío percusionista, que falleció poco más tarde. Su propia página web lo titula como la “osadía de una rockera atreviéndose al folclore” pero, más bien, es un homenaje a sus raíces.

Después de todo, su debut arriba de un escenario está tan emparentado con el género como con su familia. Fue en la peña El Palo Borracho, que solía contar con sus padres entre los números principales. “Los domingos por la tarde hacían peñas infantiles. Todos los grupos eran alegres y yo era una solista medio dark. Cantaba canciones de folclore y temas que le hacía a Sandro: era mi ídolo absoluto, lo amaba locamente. Eran copias exactas de sus canciones, pero con las letras que le escribía a él. Todas de sufrir y de llorar. Cantaba mirando para abajo, a lo Tracy Chapman. Y me acuerdo que una vez, justo cuando estaba tocando ‘Sin rumbo’, una de las que le había dedicado, levanto la vista y lo veo a mi papá bajando las escaleras con Sandro. Me dio un ataque. ¡Se me cortó la respiración! No pude seguir cantando. Dejé todo y me fui al baño... No quería salir, tuvo que venir a buscarme mi mamá, era tal la emoción. Me llevó a la mesa y me saqué una foto con cara de poker. Y al día siguiente fui al colegio con la foto y la rompí, me volví la chica más popular del mundo. Tenía nueve años.”

Para Mavi, cantar era un juego: ni remotamente pensaba que ahí podía haber una carrera. “Era inevitable, igual”, concede. Mientras tanto pasaba largas temporadas veraniegas junto a su padre, de gira por los festivales de la Docta. Estaban los encuentros más populares, los de Villa María y Cosquín, sí. Pero también otros en pueblos cuyos nombres desconocían y en los que, de golpe, se encontraban con cuatro mil personas dispuestas a disfrutar de una larga noche regada con ritmos folclóricos y vino tinto. Ella aprovechaba para jugar con los chicos que integraban la troupe itinerante, como la hija de Dino Saluzzi. Hasta que su padre la llamaba desde el escenario y la invitaba a subir. “Mi viejo se iba y me dejaba sola cantando y tocando la guitarra: eso me dio tablas”, asegura. “A los catorce me llevó a una gira por Brasil, porque la mujer del guitarrista había tenido familia y no podía viajar. Cantaba ‘Zamba del ángel’ y algunas zambas de Oscar Valle, que eran muy alegres. También ‘La Pomeña’, porque la admiraba a Marián Farías Gómez.”

¿Y qué era el folclore para vos en ese momento?

–La música de mis padres. Era el patrimonio de ellos, su terreno. Siempre digo que, si eras la hija de mis padres y te querías destacar en la música, mejor que te dedicaras a otra cosa. Fue lo que hice, pero no de manera consciente. No fue un plan macabro. No me desperté un día y dije: “Voy a ser una estrella pop”.

O sea que antes de ser Viuda, fuiste Hija.

–Sí. Y después también, porque siendo Viuda seguía siendo Hija.

Foto: Nora Lezano

LAS CHICAS SOLO QUIEREN DIVERTIRSE

Quizás buscando una vocación artística en el exterior del país de los Díaz, Mavi se marchó a estudiar en el MET de Nueva York. “Quería ser régisseur de ópera. No me interesaba tanto lo lírico, sino lo teatral”, explica. Por esa época la banda de sonido de sus días la extraía de los discos de Pescado Rabioso, aunque su despertar rockero había sido anterior: “Lo que marcó el comienzo de mi etapa eléctrica y me metió un equipo Fender en la cabeza fue Manal. Estuve en la vuelta en el Luna Park y grité como una loca.”

En la prehistoria de los ochenta, pegó la vuelta para sumarse al elenco de La Comedia del Arte. La chica que había estudiado teatro, danza y canto ahora actuaba, bailaba y cantaba sobre las tablas del “mítico” Auditorio de Buenos Aires. “Era un grupo alucinante y ahí lo conocí a Cachorro (López), Andrés (Calamaro) y Fabi Cantilo, que formaban la banda de una de las obras. Yo era muy jovencita, andaría por los 17, Andrés también. En ese lugar empezaron Miguel Zavaleta, Geniol, Diana Nylon, Los Proxenetas... Te estoy hablando de antes del Café Einstein. Cuando murió John Lennon hicimos una exposición fotográfica. Fue el semillero de los grupos, el teatro independiente y la movida paracultural que después sería la vanguardia de los ochentas.”

Faltaba poco para que la Díaz se cruzara con la bajista Claudia Sinesi y la guitarrista María Gabriela Epumer y juntas provocaran una pequeña revolución femenina y singular en un ambiente saturado de testosterona. “Ellas tenían un grupo que se llamaba Rouge, me encantaba cómo tocaban; pero tocaban bien, en serio. Y yo quería hacer un grupo divertido. Cuando salieron Los Twist, me enamoré. Les dije: ‘Quiero hacer un grupo como los Twist, pero de chicas’. Entonces nos juntábamos, nos disfrazábamos y contábamos las historias que teníamos con nuestros novios: era como un diario abierto de nuestras vidas”, define. “Era una época en la que había que liberarse y expresarse, sobre todo la mujer, que tenía un rol reducido dentro del rock: no había un lenguaje femenino en las letras. Nosotras no militábamos en ninguna clase de feminismo, salvo el absurdo. Pero también hablábamos de otras cosas. Y el que lo pillaba, lo pillaba. Y el que no, no. Parecía un mensaje facilón, pero no lo era.”

¿Un estribillo dedicado al FMI?

–Ese fue el primer tema que hicimos. La gente tenía una necesidad y, sobre todo, las chicas: se encontraron representadas, venían a los conciertos y veían que se podía tocar un instrumento y triunfar en la música. Igual no nos dábamos cuenta de lo que estábamos generando. Eramos conscientes de que, siendo como éramos y haciendo lo que mejor sabíamos hacer, nos iba a ir bien. Y eso ya era un piso para poder expresarse y tener una carrera. Pero nos dimos cuenta cuando empezamos a vender cientos de miles de discos y a llenar estadios. Cuando, bien o mal, todo el mundo hablaba de nosotras.

¿Cuánto de mito hay en los ochenta?

–Cuando terminaron, me fui a vivir afuera. Es una opinión personal, pero lo de los ’80 fue verdad. Convivíamos grupos totalmente diversos, que generamos una movida: Viudas, Virus, Los Twist, Soda, Sumo, los Redondos. Marcamos tendencias que después se hicieron tribus urbanas, como el rock chabón. Y luego, claro, después de una época tan prolífica, viene un período de decadencia. Los ’90 aportaron bastante poco, fueron como la resaca de los ’80.

FOLCLORICA TELURICA ATAVICA

Antes de tomar la decisión de emigrar a España en 1991, con Viudas... ya disueltas, Mavi formó La Mixta. “Apostaba por la banda, pero me fue estrepitosamente mal. Iba por las compañías y me pedían: ‘Queremos un tema como los de las Viudas...’”, comenta con una decepción retrospectiva. “Yo no me quería ir pero Gonzalo, que era mi marido de entonces, se fue antes”, agrega. Se refiere al Gonzo Palacios, saxofonista que pasó por las filas de grupos como los Redondos, Los Twist y Soda Stereo. Sigue Mavi: “La industria se fue al traste, vino la hiperinflación, había una situación política y económica horrorosa. Me acuerdo que había grabado Languis con Soda y le pedí a Gustavo que me lleve de gira. Y me dijo: ‘¿Cómo te voy a llevar a vos de corista?’. Era muy duro: había llegado muy alto y luego no podía trabajar”.

Lo que vino a continuación tampoco fue sencillo. Mavi pasó tres años en las islas Canarias tocando por unas pesetas en hoteles y bares de turistas. “Fue un cambio del día a la noche en mi vida. Acostumbrada a que la gente pague por verme, me vi convertida en un mueble. Pero, bueno, son experiencias que te sirven. Musicalmente, crecí muchísimo: la autogestión con la que me manejo ahora la saqué de ahí.”

Después de intentar infructuosamente abrirse camino en Londres, conoció en un viaje al productor Alejo Stivel y la suerte empezó a cambiar. Por su mediación se convirtió en la vocal coach de Joaquín Sabina, M-Clan y La Oreja de Van Gogh, entre muchos otros. Y finalmente se mudó a Madrid y amplió hasta límites impensados su radio de acción profesional: “El hecho de haber cantado en la tele durante tres años es un laburo denso, pero te da la oportunidad de ponerte en la piel de otros. Y eso me permitió componer para cantantes de diferentes estilos. Intenté una cosa, me salió otra y eso pegó: una cantante vendió 400 mil discos con un tema mío. ¡Y todo el mundo empezó a pedirme rumbas!”.

Las bajadas, las subidas y el asentamiento final de su periplo europeo quedaron reflejados en ¡Chau!, el trabajo producido por Stivel que marcó su debut como solista. Hay varias letras que hablan de eso. Pero hay una en particular que puede escucharse como un presagio de lo que vendría a continuación en su carrera, aunque ella todavía no lo supiera. Se trata de “Esdrújula”, una especie de autodefinición rapeada y montada sobre un riff nervioso. Entre muchas otras cosas, ahí se describe como “folclórica telúrica atávica”. Mavi primero se ríe y después confiesa: “No lo había pensado. ‘Esdrújula’ es uno de mis temas favoritos porque, además del juego de palabras, son antónimos todo el tiempo, que es como me siento a veces: soy muchas personas antagónicas. No lo hice a propósito, pero lo del atavismo es una cosa que llevo en los genes y estaba predestinado a ser de alguna manera”.

Cuando el director Alberto Larrán la convocó para que cantara “Zamba del ángel” en el documental sobre su padre que estaba filmando, Mavi al principio dudó. “La idea me encantaba, pero me daba un poco de miedo, por el respeto que le tengo al folclore. Al final vine a Buenos Aires a rodar los reportajes, habían contratado el estudio ION, en el que habían grabado mis padres. Y estaban los músicos que habían tocado con ellos. Fue todo muy fuerte. Encontrarme con toda esa gente que no veía desde hacía años y que era mi familia musical. Mientras estábamos grabando, Pedro Rodríguez, el productor, dijo: ‘Esto es como un Buena Vista de la música argentina’. Y ahí surgió lo del disco, fue como sacar una foto familiar. Lo grabamos en otro estudio, un sábado y un domingo por la tarde, porque el lunes me volvía. No hubo pre-producción ni nada: Baile en el cielo es despojado, crudo, completamente peñero”.

¿Descubriste algo como cantante?

–Me pasó algo fuerte al principio, cuando estaba grabando las voces de referencia. En un momento salgo de la cabina y lo veo a mi tío Domingo y a mi tía Alcira llorando. ¿Tan mal lo hago? Pero no: lo que pasó es que me salía la voz igual a la de mi mamá. Y eso sí me sorprendió. Me encanta, porque el folclore me da otras herramientas a nivel interpretativo. Me siento cada vez más cómoda. No fue algo que yo hubiera querido, jamás se me habría ocurrido. Pero el tributo, el homenaje, la emoción fueron una primera etapa. Ahora tengo la responsabilidad de aportar algo.

Al principio decías que el folclore era la música de tus viejos, ¿empezaste a sentirlo como algo propio?

–Sí (lo piensa unos segundos). Todo esto me pegó muy fuerte. Y ahora me están empezando a pasar cosas, como que me siento a componer y me sale una chacarera.

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