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Domingo, 26 de octubre de 2008

CINE 1 >SHARA, DE NAOMI KAWASE

El factor sentimental

Naomi Kawase es uno de los grandes nombres del cine oriental para este desalentador comienzo de siglo. Algunos la conocerán por el estreno, este año, de The Mourning Forest. Pero ahora llega la demorada Shara (2003), para muchos su mejor película, sobre dos hermanos que indagan en las circunstancias de su gestación y nacimiento, y descubren la importancia de aquel pasado en su futuro sentimental.

 Por Hugo Salas

De un tiempo a esta parte, el entusiasmo que despierte una película en tal o cual festival no permite asegurar nada, ni siquiera un mínimo nivel de expectativa. La multiplicación de estos eventos alrededor del mundo ha producido un denso (y tan alienante como alienado) circuito internacional que, lejos de favorecer la pluralidad de expresiones, administra con inusitado rigor la diversidad. De allí que la demora en el estreno comercial de Shara (2003), de la japonesa Naomi Kawase, resulte difícil de explicar, teniendo en cuenta que, a pesar de su éxito en los festivales, quizá se trate de una de las pocas películas realmente significativas de esta primera década del siglo.

En ella, con prolija destreza, la directora parte de las historias cruzadas de una pareja de jóvenes adolescentes para llevar adelante una perturbadora indagación sobre la filiación, la gestación y la infancia como mitos de origen de la propia identidad. El, un joven tímido y callado, descubre en el embarazo de su madre (interpretada por la propia Kawase) la oportunidad de confrontar la desaparición de su hermano, ocurrida varios años atrás, cuando ambos eran niños, y prácticamente negada por sus padres. Ella (cuya existencia ha sido inexplicablemente eliminada de la mayoría de las sinopsis y reseñas) descubre para su sorpresa que su propia historia de gestación no es la que creía.

Ambos procesos se anudan al momento en que los jóvenes dan comienzo a su vida sentimental, marcando así el papel fundamental de estos relatos familiares en la configuración de la propia identidad adulta, espacio que una vez abierto tiene claras resonancias sobre sus respectivos mayores. Con gran coherencia, luego de Shara, Kawase se tomó tres años para realizar Tarachime, un fascinante documental sobre su propia adopción (fue criada por su abuela) como personal mito de origen.

¿Qué hace, más allá de estos aciertos, tan interesante a la película? ¿Estamos frente a una cumbre del lenguaje cinematográfico? No, no se trata de una obra maestra, ni siquiera de un film perfecto. Hay planos demasiado largos, alguno que otro innecesario e incluso un acatamiento irreflexivo de buena parte de las reglas que constituyen el estándar festivalero. Sin embargo, a diferencia de lo que malacostumbra hoy el cine “alternativo” (incluso The Mourning Forest, última película estrenada de la propia Kawase), aquí pasa algo; en dos momentos, al menos, esta película está viva.

El primero de ellos tiene que ver con la sorpresa, lo inesperado. En medio de determinada escena (discúlpese la imprecisión, procura no arruinarle el momento a quien aún no la ha visto), sin previo aviso se descarga la lluvia, prodigiosa, borrando en pantalla la barrera entre el que hace y el que mira, convirtiendo ese momento en una escena física, furiosamente corporal. A diferencia del verismo rutinario en boga, poco importa aquí si esa lluvia ocurrió “de verdad” (y ha sido captada de un modo documental) o si es “producida” por medio de algún artilugio, sólo importa que ocurre, y mientras cae en pantalla se parece a algo cercano a la felicidad.

El segundo, por el contrario, apuesta a la postergación y a un respeto documental que, paradójicamente, vulnera todo naturalismo y nos ofrece un momento comúnmente elidido. Se trata de un parto. ¿Cuántos hemos visto, ya, en cine, en televisión incluso? ¿Cuán acostumbrados estamos a la madre que puja, el esfuerzo, la transpiración, el llanto del bebé? Aquí, sin embargo, se privilegia el momento entre contracciones, ese espacio a menudo descartado, donde a la mujer sólo le queda (menuda tarea) relajarse a la espera de la próxima oportunidad para pujar. En este caso no sorprende el lugar al que se llega sino la tardanza, una que en vez de lo esperado o archiconocido, nos ofrece lo que se calla.

Estos dos momentos, junto con algunos planos de los bellos jardines de Nara e incluso, por qué no, el manierista plano secuencia del comienzo, no hacen que valga la pena ver Shara. La vuelven indispensable.

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