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Domingo, 7 de diciembre de 2008

CINE >PLANET TERROR, EL HOMENAJE DE ROBERT RODRíGUEZ AL DESCEREBRADO MUNDO DE LOS ZOMBIES

Dispara, mi amor

 Por Mariano Kairuz

Los chicos sólo quieren divertirse: últimos representantes profesionales de una cinefilia un poco nerd, un poco salvaje pero inofensiva, siempre excitada, en un sistema de estudios sin demasiado afecto por el pasado, Robert Rodríguez y Quentin Tarantino terminaron de desatar sus impulsos más adolescentes en Grindhouse. Con ese título se estrenó el año pasado en Estados Unidos su doble programa de puro cine de explotación, “barato”, gore, popular y marginal, que replica muchos de los elementos de las películas de los años ’70 y principios de los ’80 de las que se alimentaron vorazmente como –la analogía es especialmente apropiada– los zombies cinematográficos se alimentan de cerebros.

El proyecto de Rodríguez & Tarantino consistió en recrear la “experiencia” completa, con todos los guiños imaginables, imitando desde la tipografía de los créditos y por supuesto la música, hasta los rayones sobre el celuloide, los saltos y los rollos quemados en el proyector (o directamente ausentes) de aquellas copias que terminaban baqueteadas por su intensiva exhibición en continuado, en una época en la que el cine todavía era un espectáculo masivo y las películas se pasaban por meses y hasta por años. Pero la experiencia Grindhouse se desarmó un poco fuera de su país: concebidas como dos películas para ver una atrás de la otra, en el resto del mundo se vieron por separado, y eso es lo que va a ocurrir acá: Planet Terror, la de muertos vivos pergeñada por Rodríguez se estrena esta semana y la próxima, A prueba de muerte, una de autos chocadores a cargo de Tarantino, en enero. Distintas en género, humor, ritmo narrativo, ambas son aventuras conscientemente descerebradas: no hay, por suerte, lejos de tanto cine con pretensiones redentoras, nada que aprender en o de ellas. Como advierte la crítica Stephanie Zacharek en el sitio Salon.com, “el público contemporáneo ha sido arruinado por películas que tienen sentido, grandes actuaciones y que muestran desnudos sólo cuando es absolutamente necesario: con razón ya casi nadie va al cine”. Sólo quedan para responder a nuestros más pequeños pero vitales interrogantes (del tipo de –dice Zacharek– ¿puede un ataque nuclear engendrar zombies caníbales?) unas pocas películas que todavía creen en la potencia del cine. Una potencia puramente narrativa: la de conseguir de tengamos ganas de seguir sentados en nuestras butacas y atentos a la pantalla hasta que vuelvan a prenderse las luces en la sala.

Y ha pasado mucho cadáver resucitado y podrido frente a la lente pero Planet Terror se las ingenia para divertirse canibalizando cada cliché con mucho humor, imitando y hasta regodeándose con los defectos especiales –de continuidad, de producción, del sentido común– del cine hecho del lado bajo del presupuesto. Que, por supuesto, se vuelve bastante más caro cuando se lo parodia o se le rinde un homenaje posmoderno, aunque Rodríguez sabe cómo mantener los costos a raya: un poco a la manera de John Carpenter 30 años atrás, lo hace casi todo él mismo –guión, cámara y fotografía, montaje, una banda sonora efectiva, y probablemente el catering–, y hasta pone a su propio hijo en el papel de un nene que se vuela la cabeza (no tanto para ahorrar en actores como para, dice, “no traumatizar al hijo de otro”).

Decidido a aprovechar hasta el último recurso de producción, Rodríguez se llevó de Planet Terror también algo para su vida real: su nueva novia y musa es Rose McGowan (la ex de Marilyn Manson, una actriz que suele dar un aspecto menudo pero temible), que acá encarna a Cherry, la go-go dancer que renuncia al baile del caño y termina transformada por fuerza mayor en la chica-con-la-pierna-ametralladora. Una prótesis que, a la hora de destrozar zombies, resulta muy útil en combinación con su experiencia como bailarina: “Tarde o temprano todos encontramos un uso para ese talento inútil que tenemos”.

Entre el caño y la guerra contra el muerto vivo, se despliega una infinidad de asquerosidades: explosiones de sangre y pus, lenguas y brazos gangrenados, miembros sexuales en descomposición, cabezas que estallan en pedazos, una aparición de Bruce Willis como el soldado que encontró y mató a Bin Laden, otra de Naveen Andrews (alias Sayid, de Lost) como un mercenario que colecciona los testículos de sus enemigos, una anestesista lesbiana que maneja sus jeringas como armas mortales, y Fergie, la cantante de los Black Eyed Peas, con el cráneo abierto y vaciado. Y de ahí a la esperanza de una nueva, idílica vida... en México. Según definición de David Denby en la revista New Yorker, puro “academicismo pop”; reciclaje sin fin, cine sobre cines (perimidos) que todo el tiempo parece estar diciendo “Miren: el cine actual es un zombie; ya no se hacen películas como ésta. Larga vida a los descerebrados”.

Planet Terror se estrena en diciembre. A prueba de muerte, su gemela a cargo de Tarantino, tiene fecha para enero.

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