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Domingo, 14 de diciembre de 2008

FAN > UNA ESCRITORA ELIGE SU PELíCULA FAVORITA

El sonido de la muerte

 Por Paula Perez Alonso

Chinatown es una película perturbadora y deslumbrante. La vi por lo menos cinco veces, siempre en video, y puedo imaginar lo que sería verla en una buena sala de cine y en la época en que se estrenó, si así, con una copia regular de videoclub de barrio, me causó un impacto que no se diluye ni borronea con el tiempo.

Polanski es de esos directores obsesivos y maniáticos que te obliga a “hacerte un ojo”, hay que estar muy atento porque nada es azaroso, todo significa y está ajustado al detalle. Puedo volver a verla cinco veces más y cada vez le voy a encontrar algo que pasó inadvertido: está llena de sutilezas e indicios.

Ese control total sobre la narración desde la primera escena y sus elecciones estéticas tienen sobre mí un poder hipnótico. El color sepia, el ritmo moroso, el romance, el suspenso, la música del genial Jerry Goldsmith, la presencia de la violencia como algo permanente, el escenario hostil en que el desierto se impone, todo nos hace pensar que en esa historia laberíntica nada es lo que parece y que algo tremendo va a pasar. La tensión crece y revela el drama familiar que encubre una de las máximas perversiones/humillaciones: el abuso y el consentimiento en él.

Su título, según Robert Towne, el excelente guionista, respondía a un estado de ánimo, una especie de tierra baldía psíquica, y no a un lugar. La referencia a Chinatown la hace el detective Jake Gittes (Nicholson), al mencionar un caso que nunca pudo resolver cuando era un policía en ese barrio de Los Angeles: involucraba a una joven y terminó en tragedia, y en el aire de romanticismo y fatalidad que se percibe en la evocación uno sabe que algo preanuncia.

La historia arranca en los años ‘30, en la mejor tradición del cine negro norteamericano, con la visita de una mujer que sospecha que su marido le es infiel. Gittes aconseja a la mujer dejar pasar el asunto, pero ante la insistencia de ella acaba aceptando el encargo. El es un detective especialista en casos de infidelidad y la problemática se presenta como inofensiva, pero sabemos que si se trata de Polanski ninguna propuesta lo es.

La investigación lo lleva a descubrir la densa trama que está por detrás: un gran caso de corrupción por la escasez de agua en el valle de Los Angeles –una disputa histórica– y la lucha por el dominio de la tierra.

Polanski es un director frío, incluso Jack Nicholson y Faye Dunaway están súper controlados (hasta que Nicholson se da cuenta de que no controla nada y el desasosiego y la incertidumbre le ganan). Sin embargo, me hace llorar en la escena final, mi momento preferido de la película que, incluso, alguna vez cerré los ojos para no ver. Aun conociendo muy bien la secuencia, el sonido de la bocina que queda trabada ante el peso del cuerpo de Evelyn y los gritos desgarradores de su hija/hermana me dejan impotente, en el mayor desconsuelo: el siniestro padre (¿puede haber alguien más real que John Huston en ese papel odioso?) ha arrasado con todo con tal de no perder. Es uno de los finales más impactantes, desoladores y nihilistas que alguien pueda imaginar.

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El de Chinatown –(1974), ganadora de muchos premios y, entre ellos, el Oscar al mejor guión original– tranquilamente podría ingresar en un top ten de los mejores finales del cine. Sin embargo, no se trata de esos finales que redimen o transforman una película sino más bien el final extraordinario al que desemboca, naturalmente, Chinatown. Su director, Roman Polanski dijo alguna vez: “Si hubiéramos tenido un final feliz todo lo que intentábamos contar habría sido un sinsentido. Era un niño cuando vi Amazing Men y recuerdo que sentí pena de un personaje que no puede salvarse, esa película me persiguió muchos días después de verla... Tuve muchas discusiones con Bob, que me envió muchas escenas para que no terminase así la historia, pero si hacés una historia como ésta tenés que ser honesto, tenés que hacer una escena que sea un símbolo, un símbolo de la realidad”.
 
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