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Domingo, 16 de agosto de 2009

DESPEDIDAS > WILLY DEVILL

Mi rock perdido

Fue el menos purista de los representantes del punk y la new wave neoyorquina, y al mismo tiempo el más puro en términos rockeros: un dandy con credenciales callejeras, amor por el mestizaje musical y gusto por el blues y los Rolling Stones. Su nombre sigue siendo una contraseña para ingresar por la puerta secreta del mundo del rock y sus canciones van camino a la leyenda. A los 58 años murió Willy DeVille. Y quienes alguna vez lo escucharon saben de la enormidad de la pérdida.

 Por Martín Pérez

El verdadero secreto de grabar un disco es saber cuándo detenerte”, decía Willy DeVille a fines del año pasado, en una entrevista sobre el admirable Pistola, su último disco. “Uno sabe que si vuelve a entrar en el estudio otra vez, va a matar la canción. Así que hay que aprender a creer en lo que se tiene”, explicaba el gran dandy del punk rock, capaz de agarrarse a piñas con los Ramones manteniendo el jopo en su lugar, con la autoridad que le daba más de una década de historia callejera detrás cuando la nueva generación recién llegaba a ocupar esas mismas veredas con sus jeans llenos de agujeros.

Al frente de su banda Mink DeVille, Willy se ganó un lugar por prepotencia de trabajo dentro de ese big bang del género que fue el legendario disco en vivo grabado en el CBGB, aun cuando lo suyo tenía raíces bien colocadas en el origen del rock’n’roll, sin necesitar que las bandas británicas viniesen a recordárselo. “Cuando todos escuchaban a Los Beatles, yo escuchaba a John Lee Hooker y Muddy Waters”, explicó más de una vez Willy, que mezclaba la herencia de Ben E. King y la mugre de los Stones originales en sus primeros y urgentes discos, producidos por Jack Nitzsche, su primer mentor, responsable de los mejores discos solistas de Neil Young y colega de Phil Spector.

“Nos llevamos bien enseguida”, dijo en su momento Nitzsche. “Cuando lo conocí sacó su colección de discos y comenzó a hacer sonar cosas, y no hizo falta más. Este tipo sí que tiene buen gusto, pensé.” Cuando estaba en pleno ascenso, y sus ex compañeros de escenario en el CBGB inventaban la new wave, ese buen gusto de DeVille lo llevó a grabar a París, donde trabajó con el arreglista de su admirada Edith Piaf y confesó su amor por la música de Jacques Brel. El resultado fue Le Chat Bleu, un trabajo que su discográfica norteamericana en principio se negó a editar. No dejaban de tener razón, después de todo: ellos habían firmado a uno más de esa tropa new wave, y lo que les llegaba era un álbum fuera de época.

Pero es que, parafraseando aquella famosa declaración de Pete Townsend, DeVille siempre gritó pidiendo verdad en vez de dinero, comprometiéndose con una belleza que nunca estuvo seguro de poseer. Por eso es que su música siempre mezcló todo lo que tenía cerca, mostrándoles el dedo medio a los puristas y haciendo siempre su propio camino. Supo ser más neoyorquino que ningún otro en los ‘70, mezclando sabor latino, regusto negro y anfeta caucásica en su música. Cruzó el Atlántico por la chanson y el acordeón gitano, y volvió a cruzarlo para hundir la cuchara en el gumbo de Nueva Orleans, y más tarde incluso tender lazos indígenas con su música. “Los puristas lo arruinan todo”, supo decir. “Me gusta lo mejor, pero por qué tiene que ser sólo de una cosa. Yo siempre trato de abrir la cabeza, y dejarla abierta.”

Después de casi cuatro décadas de buscar su propio sonido, en sus últimos discos Willy DeVille lo había logrado. Y el sorprendente Pistola es el mejor ejemplo, al que le puso ese nombre –en castellano– para que sonase como un spaghetti western. “¿Cuándo fue la última vez que escuchaste un disco de rock en la radio que te agarrase y te hiciese sentir feliz de estar vivo?”, les preguntaba a quienes lo entrevistaron por entonces. “Todo el mundo quiere ser una estrella, pero no les importa hacer lo que sea con tal de que haya dinero al final del camino. Y ya nadie quiere ser poeta, porque ahí no está la plata”, decía el artista nacido bajo el nombre de William Paul Borsey Jr. en los barrios industriales de Stamford, Connecticut.

Cuenta la leyenda que lo más cerca que DeVille estuvo de la fama, en su sentido más tradicional, fue cuando lo llamaron de la Academia de Hollywood para anunciarle que su canción “Storybook Love” había sido nominada al Oscar. Fue cuando abandonó el Mink del grupo para pasar a llamarse Willy y se puso al servicio de Mark Knopfler para grabar el desabrido Miracle. Knopfler además estaba componiendo la banda de sonido para la película The Princess Bride e incluyó aquel tema finalmente nominado de Willy. El cantante siempre contó que, cuando atendió ese llamado, colgó inmediatamente. Fue su segunda mujer, Lisa, la que se ocupó de esa comunicación cuando volvieron a llamar. Como buena manager, terminó arreglando su aparición en la ceremonia en la que terminaría arrasando la banda de sonido de Dirty Dancing.

Pero aquél fue el comienzo de una buena época para Willy, que supo gestionar el lugar que se ganó en Europa para instalarse primero en Nueva Orleans, y más tarde comprar una gran hacienda en Nuevo México. Siempre dejando los purismos a un lado, grabó una versión mariachi de “Hey Joe” e incluso el tema “Demasiado corazón”, así, en castellano. Pero el subibaja de una vida siempre al límite también se encargó de que presenciase el suicidio de Lisa, la decomisación de su hacienda por parte de los agentes de impuestos y sufriese un terrible accidente que lo condenó a usar un bastón hasta que se sometió a una operación de cadera, a mediados de esta década.

Por eso es que la aparición de Pistola fue una buena noticia, a fines del año pasado. “Ahí es cuando la vida se pone interesante, cuando cumplís 50”, decía. “Nunca creí que llegaría a cumplir 30, lo confieso. Y ahora creo que la música siempre va a estar conmigo”, decía esta leyenda de la época en que el rock aún era una contraseña privada entre aquellos para los que la música importa, y no es sólo la banda de sonido de cualquier anuncio publicitario. “Llamé a varios agentes y todo el mundo parecía sorprendido de que estuviese vivo. Pero los que se murieron fueron Johnny Thunders y uno de los Ramones, y no yo”, bromeaba Willy, feliz al lado de su nueva esposa, Nina, y con disco nuevo bajo el brazo.

La semana pasada llegó la noticia de que el cáncer de páncreas, sumado a una hepatitis C, hicieron que Willy se fuese a encontrar con Edith Piaf, Johnny Thunders y Jack Nitzsche –como lo anunció oficialmente su agente de prensa–, unos días antes de cumplir 59 años. Pocos se hicieron eco de esa noticia. Aún hoy su nombre sigue siendo una contraseña privada entre los que, así como pensaban que no podía seguir vivo, hoy saben que no se ha muerto. Porque sigue tan vivo como cada una de sus canciones, que todavía funcionan como contraseña para ingresar en ese mundo en el que el rock aún es un lenguaje secreto, un camino por el lado salvaje, arena y no aceite en el engranaje.

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