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Domingo, 11 de octubre de 2009

CINE > SE ESTRENA LA EXQUISITA PELíCULA DE VAMPIROS SUECA LET THE RIGHT ONE IN

Lejos del sol

 Por Mariano Kairuz

La naturaleza del vampiro estuvo desde siempre ligada a un poderoso impulso sexual, pero en el cine esto no fue explícito hasta que la Casa Hammer del Horror les puso rojo a la sangre y un escote pronunciado a sus chicas. Cuarenta, cincuenta años después de los relatos con colmillos de Christopher Lee y Peter Cushing, el cine de los hijos de la noche sufrió un retroceso tal que el género quedó desangrado, y la prueba más contundente es la anémica e inexplicablemente multimillonaria saga de Crepúsculo. En este panorama, Let the Right One in, la película del sueco Tomas Alfredsson con guión de John Ajvide Lindqvist basada en su propia novela (editada en Argentina con el título Déjame entrar) viene a funcionar como una transfusión: mantiene el sexo en el centro de su trama vampírica pero se mueve entre extremos poco explorados en el cine; en lo que va de la ternura y la calidez de un amor preadolescente, a un horror de cuño no fantástico, sino bien real.

A un lado, la historia de iniciación de un chico y una chica en el pueblo suburbano de Blackeberg, un lugar estéril, límpido, frío, deprimente; un paisaje apenas salvado del espanto por ese marco hipnótico que provee la nieve. Allí vive Oskar, un chico rubio, pálido como si no viera nunca la luz del sol; tímido, sin amigos, desatendido por sus padres separados, y blanco de los abusos de los tres bravucones del colegio. Hasta su vecindario llega Eli, morocha, también pálida, ojerosa (una nena de origen sueco e iraní llamada Lina Leandersson, uno de los hallazgos de la película). “Tengo 12 años, o por ahí”, le dice a Oskar cuando apenas se conocen, pero parece mayor que él, algo en su semblante indica un pasado infinitamente más largo. Se gustan, se caen bien, encuentran refugio el uno en el otro, pero el sexo queda sublimado: se expresa en la tensión hormonal de la edad, con un “¿Querés ser mi novia?” que él le lanza con total candor en un momento en que ambos están acostados en la misma cama, sin mirarse a las caras. La abstinencia de sangre de ella –que se hace sentir con especial intensidad cuando él le propone un pacto de fidelidad, extendiendo su mano recién tajeada con un cuchillo, goteando sobre el piso–, y las pulsiones reprimidas de él, las frustraciones y humillaciones contenidas, acaso sean como dos caras de una misma fuerza, de un mismo sufrimiento. Un plano genital pasa por nuestros ojos por apenas un par de segundos, lo suficiente como para poner en duda aquello que hemos visto, y que en su ambigüedad aporta un plano nuevo al vampiro cinematográfico.

A la par, se despliega el monstruoso mundo de los adultos, donde lo sexual se vuelve sórdido. Esto es mucho más explícito en el libro que en la película, y el propio Lindqvist parece haber asumido con sensatez cuál era el límite de lo filmable. Eli llega al pueblo con un hombre mayor que muchos asumirán que es su padre. En la novela no queda lugar a dudas de que se trata de un pedófilo, y el sexo de los niños deja de ser ese impulso latente y la fuente de emociones nuevas de la historia de Eli y Oskar, para convertirse de manera dura y cruda en sometimiento, abuso, vejación. El sexo que viene aparejado de la violencia, y parece haber mucha violencia –cotidiana, semioculta, o simplemente pasada por alto cuando se trata de violencia entre chicos– en este pueblo helado como el infierno.

Let the Right One in (título que quiere decir “deja pasar al correcto”, y fue tomado de un verso de Morrissey pero que para su estreno en dos semanas en Buenos Aires fue cambiado por el mucho menos significativo Criatura de la noche) restituye el sexo al cine de vampiros pero sin escotes ni la sangre de colores plenos de la Hammer. Los chorros de glóbulos rojos están administrados con mucho cuidado en esta película y, lejos de despreciar aquellas maravillas tan generosas en gore, puede decirse que al film sueco esta discreción le sienta bien. Por su parte, en una entrevista en la que cuenta el proceso de adaptación de la novela, Alfredsson dice que decidió concentrarse en “la historia de amor”, sabiendo que sería una historia de amor “sin sexo”. Sic, ésas son sus palabras; pero a lo que se refiere el director es a que no hay relaciones sexuales entre los chicos, lo que por supuesto no quiere decir que sea una película sin sexo, sino, por el contrario, que el sexo es una fuerza poderosa, temida, reprimida, impuesta, incontrolable, que no está presente en ninguna imagen en particular, pero va impregnando toda la película a medida que nuestras peores intuiciones van tomando cuerpo.

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