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Domingo, 21 de marzo de 2010

PLáSTICA > “EL VELORIO DEL ANGELITO” REVISITADO POR CASI 30 ARTISTAS

El cielo puede esperar

El velorio del angelito es una costumbre ancestral extendida por buena parte del país y del continente: la celebración, con baile, rezos y lágrimas prohibidas para la madre, de la muerte de cualquier niño en la edad de la inocencia. Con el propósito de juntar fondos para luchar contra la muerte de los 6000 niños por año que mueren en la Argentina por causas prevenibles, la Fundación Nalbandian convocó a casi 30 artistas a revisitar el rito en lienzos de 1 x 0,80 que serán expuestos y subastados. A manera de guía, Radar recorre la historia de esa costumbre cuyo origen se remonta a la América precolombina e incluso a Arabia y Africa.

 Por Emilia Pardo

santos en el patio, marcos lopez

Hubo un tiempo en que la tradición se extendía desde Neuquén al norte, y desde allí de vuelta al sur, a la provincia de Buenos Aires. Cuando moría un niño antes de la edad del pecado –un bebé al que no hubo tiempo de bautizar, en otras tradiciones cualquier niño menor de diez años, edad hasta la que dura la inocencia– los familiares organizaban el velorio del angelito. El niño muerto dejaba este mundo para unirse al coro celestial, sin interrupciones. Por eso, los que lo acompañaban en el tránsito no debían demostrar dolor. La madre no debía llorar, porque las lágrimas podían humedecer las alas e impedirle al angelito su rápida llegada al cielo. Y el velorio tenía que ser una fiesta. Un ataúd blanco, por la pureza. Sobre él, un paño con flecos: cada uno de los asistentes tenía que hacer un nudo y decir en voz baja su deseo, que el flamante angelito se llevaría al cielo para que fuera cumplido. En las casas más pobres, cuando resultaba imposible conseguir un paño de esas características, se ponía sobre el ataúd un sencillo manojo de hilos. Si era posible, se le hacían al niño unas simbólicas alas de papel, ubicadas a los costados del cuerpo. Esa es una tradición, pero hay otras. En una de ellas, el niño debía estar sobre una mesa adornada de flores y rodeado de velas altas. Sobre él, pendiendo del techo, una sábana blanca decorada con estrellas plateadas o doradas, todo a cargo de la madrina del bebé; el padrino, mientras tanto, se ocupaba de encargar la música y la bebida –mate, licores– para la fiesta. Todos tenían que bailar en la fiesta, porque de ese modo se le daban alas al angelito, se lo ayudaba en su ascensión. Los padrinos eran los últimos en bailar en la fiesta –cielitos, huellas, media caña, triunfos–: eran los encargados de cerrar la despedida antes de iniciar la marcha al cementerio. Además del baile había rezos, especialmente trisagios o cantos para los muertos.

Con variaciones, con detalles cambiantes, la tradición se registra en casi toda la América católica, no sólo en Argentina. José Effio, pintor costumbrista peruano del siglo XIX, pintó un velorio urbano y criollo, la familia vestida con gran elegancia y el angelito en uno de los lados, entre su mortaja blanca. Francisco de Oller, en Puerto Rico, pintó El velorio en 1893, con el niño sobre la mesa rodeado de un verdadero clima de jolgorio: hay niños que corren, alguno que revolea el sombrero, perros, guitarras. Violeta Parra grabó en 1965 –junto a su gran amor Gilbert Fauvre– un recorrido por la música folklórica de Chile que comenzaba con las diferentes etapas del velorio del angelito interpretadas como “canto a lo divino”. También pintó un famoso cuadro -–Violeta Parra también se dedicaba a la plástica– donde el bebé está casi solo, en su mesa, sólo acompañado por un visitante que toca la guitarra y unos animales que van pasando. A esta visión casi personal se le puede agregar la de Florencio Molina Campos, con la fiesta desbordando una tapera en pleno día.

Y claro que los artistas se vieron interpelados. Un ritual popular, bello y macabro, doloroso, sincrético, lleno de color, misticismo y pena; un consuelo para esa muerte indefensa, una invención del duelo que, además, ayudaba a sobrellevar la realidad fría de la mortalidad infantil, la estadística que siempre abultan los más pobres; el velorio del angelito como esperanza triste frente a la injusticia.

Hace unos ocho meses, un grupo integrado por el artista cordobés Federico Racca, los alumnos y profesores del IPEM 23 Lino Enea Spilimbergo y del Colegio Nuevo Milenio –con la colaboración de la Municipalidad de Villa Allende y la Fundación David Nalbandian– decidió rescatar la tradición –que, aunque menguante, todavía puede encontrarse en el norte argentino, especialmente en Santiago del Estero– para llamar la atención sobre los 6000 niños que mueren por año en el país por causas evitables. La intervención artístico-urbana que realizaron se llamó 6000 Angelitos y la pregunta que la acompañaba era: ¿cuánto espacio ocupan esos 6000 niños que mueren anualmente en Argentina? La respuesta fue un kilómetro y medio, lo que ocuparon sencillos angelitos recortados en cartón y pegados a un palo; imposibles de ignorar, se instalaron a ambos lados de la avenida Padre Lucchese de la ciudad de Villa Allende, Córdoba.

Y para darle una continuidad a esa primera intervención –y realizar, finalmente, una intervención material y política– la Fundación Nalbandian convocó a un grupo de artistas plásticos para que reflexionaran en un lienzo de 1 metro por 0.80 sobre el tradicional velorio del angelito y la mortalidad infantil. La muestra 6000 Angelitos-Colección 2010 se puede ver desde el 25 de marzo en el Palacio Duhau del Park Hyatt Buenos Aires, y el 6 de abril serán subastadas en el Malba: todo el dinero se orientará a acciones para reducir la mortalidad infantil en el país y especialmente a la creación de un Centro de Atención y Rehabilitación de Alta Complejidad en Córdoba, que haga posible la detección precoz de enfermedades y la atención temprana de chicos vulnerables. Donaron obra León Ferrari, Daniel Santoro, Clorindo Testa, Marcos López, Charlie Mainardi, Antonio Seguí, Remo Bianchedi, Adriana Bustos, Alberto Camps, Pablo Canedo, Daniel Ciancio, Gustavo López Armentía, Roger Mantegani, Hugo Irureta, Raúl Díaz, Hernán Dompé, Víctor Quiroga, Onofre Roque Fraticelli y muchos más. Las obras son tan diferentes como las sensibilidades de sus autores: Camps toma a los angelitos de la ruta que dispararon la convocatoria y los hace volar sobre un niño pálido; Fraticelli tiene a su angelito solo, sobre un marrón tristísimo, mirándose al espejo; Marcos López mezcla al niño Jesús con el Che, Bolívar, el Gauchito Gil y otros personajes-alma de América latina; Daniel Santoro ofrece una Piedad Justicialista que cita a la “Isla de los Muertos” de Arnold Bocklin; Charlie Mainardi elige un ataúd blanco con un colorido móvil en la cabecera, una cunita de muertos. Todos, sin embargo, confluyen en la paradoja de inspirarse en una costumbre que aspiran a desterrar.

6000 Angelitos-Colección 2010

Paseo de las Artes del Palacio Duhau del Park Hyatt (Av. Alvear 1661).

Del 25 de marzo al 5 de abril

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